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martes, 10 de enero de 2017


MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



 El Auto de Fe de Maní 
En la historia de los pueblos existen episodios que perduran a través del tiempo. La memoria colectiva se encarga de hacerlos perennes, de dotarlos de un significado que trasciende el tiempo, el cual se arraiga cada vez más profundamente a través de los años. Es labor del historiador analizar estos eventos, redescubrirlos, reestructurarlos y dotarlos de una visión nueva; en pocas palabras, hacer de ellos un objeto de estudio que aporte nuevas interpretaciones sobre un momento histórico.
En México existen diversos momentos históricos que han perdurado a través del tiempo. Son en su mayoría memorias que se mantienen tan arraigadas en el pensamiento del mexicano actual, pero que en muchos casos sólo contribuyen a que quien los conoce se forme ideas erróneas con respecto a un acontecimiento histórico específico. Lo anterior puede deberse a que es posible que aquellos que tienen alguna noción sobre la historia no profundizan en su estudio, por lo tanto, toman como cierto mucho de lo que han escuchado o leído en lugares o textos poco serios o mal fundamentados.
Este ensayo persigue un único fin: analizar, discutir y esclarecer uno de los acontecimientos históricos más controversiales en la historia de nuestro país: el auto de fe de Maní. Mucho se ha ya escrito al respecto, mucho se ha dicho y discutido también. Pero en muchos de los casos los puntos de vista divergen y se contraponen. Por un lado tenemos a quienes se han informado bien al respecto y expresan sus opiniones de una manera objetiva y libre de pasiones y puntos de vista personales. Por otra parte, tenemos a otros que con poco o ningún fundamento critican y emiten juicios en torno a personajes y eventos históricos.
Es por ello que pretendemos presentar al lector esta breve disertación sobre uno de los personajes históricos más criticados y juzgados, pero también uno de los peor entendidos: Fray Diego de Landa. Asimismo, intentaremos hacer una exposición de su participación en el Auto de Fe de Maní, así como los motivos y razones que tuvo para convertirse en uno de los más tenaces perseguidores de la idolatría en la zona de Yucatán.
Esperamos que el lector tome con benevolencia este breve y sencillo escrito, pobre en datos pero rico en la intención de mostrar lo que pensamos con respecto a acontecimientos como éste. Sabemos, por consiguiente, que no aportaremos nueva información a la discusión del tema, sino sólo nuestra más sincera opinión con respecto a uno de los personajes que ha sido satanizado por muchos al considerarlo como el culpable directo de la destrucción de importantes documentos tan útiles para el estudio del pasado indígena de Yucatán.
Iniciemos nuestra disertación presentando algunos datos generales sobre la vida de fray Diego de Landa, para que, actuando de esta manera, entendamos cómo fue que llegó a la provincia de Yucatán y los motivos que lo hicieron ser uno de los individuos con los más altos cargos jerárquicos dentro de la administración eclesiástica de la región.
Nace fray diego de Landa en la región de la Alcarria, provincia de Guadalajara, el año de 1524. A edad temprana decidió entregarse al sacerdocio, para lo cual ingresó al convento observante de San Juan de los Reyes en Toledo. Después de algún tiempo de haberse entregado a la vida eremítica, decide entregarse a la empresa evangelizadora de la Nueva España, desembarcando en el puerto de San Juan de Ulúa el 10 de abril de 1549.
De Veracruz parte hacia Campeche, lugar considerado como la puerta de entrada al interior de la zona maya de la Península de Yucatán. Una vez ahí, Landa se dio a la difícil tarea de aprender la lengua de los mayas, cosa que no tardó mucho en lograr, pues resultó tener una enorme habilidad para ello. Al fundarse los conventos de Maní, Conkal e Izamal, fray Diego de Landa fue asignado a realizar su labor misional en el último de éstos. Ya ahí se dedicó con ardor a predicar el evangelio, pero también a presentarse incansablemente en los lugares de culto pagano. “[…] suspendía los sacrificios, destruía los ídolos, derramaba las bebidas rituales y no temía las amenazas de muerte, puesto que el martirio le aseguraba conseguir la gloria eterna.”[1]           
Con el tiempo, Landa obtiene el cargo de definidor, puesto eclesiástico que le permite ser miembro de un tribunal religioso abocado a la resolución de asuntos internos concernientes a la orden de los franciscanos de la provincia de Yucatán. Para 1556, Landa obtiene el cargo de custodio de la provincia de Yucatán. Con esto, Fray Diego ostenta el cargo religioso más importante dentro de la provincia y con el cual podrá ejercer las funciones de un obispo. Entre estas funciones cabe destacar aquella en que el custodio puede desempeñar el papel de juez ordinario en asuntos relacionados a cuestiones de fe y en los que podía ser asistido por las autoridades civiles de Yucatán. 
Al constituirse Yucatán en provincia, Fray Diego de Landa es electo como su provincial. Y es durante el ejercicio de este cargo que el fraile se vio envuelto en uno de los episodios más controversiales de la evangelización: el auto de fe de Maní. Con esta breve reseña de la vida de Landa, pretendemos situar al lector en un marco contextual que explique someramente cómo Landa llegó a ocupar el cargo de provincial, cargo que, por otra parte, fue el que le permitió ejercer la severa y obstinada persecución de la idolatría en la provincia de Yucatán.
Sin embargo, para continuar con nuestra discusión, consideramos pertinente presentar cuál era la situación reinante con respecto a la evangelización y su metodología. Primeramente, no debemos olvidar que de acuerdo con Robert Ricard, la evangelización sujeta a un método de trabajo empieza sólo con la llegada del famoso grupo de los doce misioneros franciscanos, los cuales arribaron al puerto de Veracruz en mayo de 1524. Así nos lo dice este autor: "la llegada de los doce pone el principio de la evangelización sujeta a orden y método."[2]
Uno de los objetivos primordiales del método evangelizador era erradicar la idolatría. Por tal motivo estos primeros evangelizadores se dieron a la tarea de desmantelar los antiguos templos paganos y destruir las imágenes de los ídolos. Un ejemplo de ello es la destrucción en Tzintzunzán, ciudad prehispánica ubicada en Michoacán, de ídolos y templos. Pero el asunto no paró ahí, ya que Fray Juan de Zumárraga condenó a Don Carlos Ometochtli, noble indígena texcocano, a morir quemado en la hoguera por ser hallado culpable de herejía.[3]
A pesar de que el caso de Don Carlos Ometochtli es un claro ejemplo de los alcances que tuvo la persecución de la idolatría por parte de los misioneros católicos, no debemos pensar que este tipo de situaciones abundaron. No obstante, cabe indicar que el castigo corporal fue una herramienta recurrente usada por los frailes para obligar a los naturales a dejar sus ídolos y prácticas idolátricas. Lo anterior fue recurrente en muchas de las provincias en donde se buscaba implantar la nueva religión. Por lo tanto, no debe extrañarnos encontrar esta situación en la región de Yucatán.
Hemos de recordar que la conquista definitiva de la región maya y su consecuente evangelización se retrasaron por varios años. Esta demora se debió fundamentalmente a varios factores, entre los que destacan la dura resistencia de los grupos mayas, la deserción de soldados españoles que marcharon en busca de riquezas al Perú, y el reducido número de frailes disponibles para evangelizar. Luego de algunos años la situación cambió de manera notoria, pues tras la derrota de los últimos grupos disidentes mayas, los frailes pudieron finalmente dedicarse al aprendizaje de la lengua y a su registro a través del alfabeto latino.
Para 1551, el territorio ya se hallaba consolidado en su mayoría. Fue entonces que el visitador Tomás López Medel promulgó, en conjunto con los frailes franciscanos de Yucatán, distintas encomiendas para ordenar la conducta de los indígenas mayas. Entre ellas se encontraban certeras prohibiciones hacia "las juntas nocturnas, la enseñanza de ritos y cosas de la gentilidad, la posesión de ídolos, la celebración de sacrificios y fiestas paganas; dispuso se construyeran iglesias y escuelas, se acudiera a la doctrina, se castigase a los que renegaban del bautismo [...]."[4]
Esta última parte, el castigo a los renegados de la fe, es la que nos parece primordial. Como puede verse, la violencia física fue también una manera de implantar la fe en la mente y alma del indígena. Sin embargo, su eficacia es un tema a debate. Pues bien sabemos que las prácticas idolátricas tuvieron una vigencia digna de notarse. No es para menos que Antonio rubial García nos comente lo siguiente con respecto a los verdaderos alcances de la evangelización de las primeras décadas:

Ahora sabemos, sin embargo, que la actitud de los señores indios con respecto a los frailes no fue hija del convencimiento sino de la conveniencia. Muchos se bautizaron y continuaron con sus ritos antiguos, los cuales permanecieron vivos hasta el siglo XVIII; otros aprovecharon la aparición de este nuevo factor social que eran los frailes para conseguir poder y prestigio en la región; con la ruptura de los equilibrios tradicionales, los beneficiados fueron aquellos que supieron buscar la alianza con los religiosos. Las masas, por su parte, recibieron el bautismo como una imposición de la conquista armada y como parte del sometimiento de sus señores.”[5]

            Entonces, como puede verse, la vigencia de la idolatría fue una de los problemas más graves a los que tuvieron que enfrentarse los misioneros. Ahora bien, en una región como Yucatán, con cultos de gran importancia y con una muy pronunciada renuencia hacia la evangelización, no debe parecernos extraño que los castigos corporales se hayan aplicado con una severidad tal al punto que se proclamaron “nuevas disposiciones reales que defendían los derechos de los súbditos nativos, entre ellas la que había prohibido el uso de castigos corporales cuando los conversos incurrían en prácticas idolátricas o se mostraban negligentes para aprender la doctrina.”[6]
            Estas nuevas disposiciones vinieron a alimentar un conflicto que había surgido en torno al uso de los castigos corporales como un medio para lograr una evangelización efectiva. Y tal situación habrá de tomar una gran importancia al grado que durante la primera mitad del siglo XVII Pedro Sánchez de Aguilar publicará su Informe contra idolorum cultores del obispado de Yucatán. En él se manifestarán los dos grandes dilemas que seguían siendo las preocupaciones de religiosos como de laicos: “1) lo que se consideraba un rebrote de la ‘idolatría’ […]; y 2) la disputa entre el brazo civil y el eclesiástico con respecto a la competencia (exclusiva) del obispo para juzgar y castigar a los indios ‘idólatras’.”[7] Tal situación no ha de sorprendernos, pues dicho conflicto tiene su origen desde los primeros años de la labor evangelizadora de Fray Diego de Landa, y se va a prolongar por varios años más. No es para menos que el historiador John F. Chuchiak mencione que esta situación va a alcanzar un punto álgido entre los años de 1573 y 1579, periodo en que Fray Diego de Landa ocupaba el cargo de obispo de Yucatán y Francisco Velázquez de Guijón el de gobernador.[8]
            Pero diez años antes de que este conflicto llegara al estado que Chuchiak hace notar en su artículo, la persecución de la idolatría en Yucatán va a alcanzar su momento más dramático. Siendo Landa el provincial de Yucatán, recibió la noticia de que en la región bajo la jurisdicción del convento de Maní había sido hallado un adoratorio con ídolos y evidencia de sacrificios humanos. Las indagaciones empezaron de inmediato a cargo del guardián del convento, fray Pedro de Ciudad Rodrigo, dando como resultado la aprensión de un gran número de implicados en prácticas idolátricas. Debido a que los naturales se mostraban reacios a entregar la cantidad total de sus ídolos a los frailes, éstos optaron por hacer uso de la tortura en los interrogatorios para obtener mejores resultados. Dicha tortura contempló desde colgar a los idolatras por las muñecas, hasta los azotes y las quemaduras con cera líquida.
            Al aumentar las proporciones de los resultados de las primeras pesquisas, fray Pedro de Ciudad Rodrigo pidió a Landa que se dirigiera a Maní y se hiciera cargo personalmente del caso. Allí fungió como juez inquisidor y otorgó facultades a otros religiosos para castigar a los idolatras que fueran siendo hallados en los pueblos vecinos. Al poco tiempo resultó que varios gobernantes y miembros de la nobleza indígena fueron hallados culpables de idolatría, lo que ocasionó un descontento popular y acrecentó el riesgo de que se diera una sublevación de la población. Para poder controlar la situación, Landa se hizo apoyar por la justicia real y los encomenderos de Maní.
            Estando así las cosas, Landa decide organizar un auto de fe el día 12 de julio de 1562 durante el cual:

…se ejecutaron las sentencias de los culpables nobles y maestros de escuela, pero se reservó a los gobernadores y líderes espirituales de la comunidad, que fueron llevados prisioneros a Mérida para continuar con todas las formalidades legales de sus procesos. Las penas de los sentenciados consistieron en azotes, trasquilamiento, uso de sambenito, trabajo forzoso, privación de cargos y destierro de la comunidad durante tiempos determinados, además del pago de penas pecuniarias. Como se supo que algunos indígenas difuntos y sepultados en sagrado habían sido en realidad idólatras encubiertos fueron desenterrados y sus restos arrojados a la hoguera, donde también se quemaron ídolos, objetos ceremoniales y códices, recogidos durante la investigación.[9]

            Lo anterior nos produce una imagen bastante vívida de las proporciones que alcanzó el auto de fe de Maní, auto que destruyó varias producciones del arte maya. Además, la impresión que pudo haber causado en la mente de los nativos el ver destruidos los objetos de su devoción, así como la incineración de sus muertos acusados de idolatría, debió ser tremenda. Y este era el fin que Landa perseguía: dar un claro ejemplo del castigo que recibirían todos aquellos que persistieran en la adoración de los ídolos y en la realización de los sacrificios.
            Y aunque para muchos este proceder de los religiosos sea reprobable, no debemos olvidar que en la mentalidad de aquellos hombres la única meta era la erradicación de la idolatría, sin importar los medios que tuvieran que emplearse con para lograr tal fin. Así, dentro de la visión del mundo que tenían los religiosos de aquél tiempo, todo objeto, aunque curioso o llamativo, mientras que estuviera vinculado al culto de la religión de los idolatras, no merecía otro destino que la destrucción inminente. Al respecto, Ricard nos menciona que:

…no cabe reprobarles su conducta: era lógica y ajustada a la conciencia. Icazbalceta ha hallado la frase exacta cuando dijo: ‘un misionero no es un anticuario’. Porque hay que notar que lo que se censura en los misioneros no es haberse equivocado acerca de los métodos que había que seguir para evangelizar a México, sino el no haber respetado los derechos del arte y de la ciencia. […] Ni el arte ni la ciencia tienen derechos si son un estorbo para para la salvación de las almas o para la fundación de la iglesia.”[10]

Con las palabras anteriores no buscamos justificar el proceder de los frailes. Sólo pretendemos poner sobre la mesa de la discusión un argumento para entender el proceder de aquellos religiosos y sus métodos. Recordemos la frase de Marc Bloch que nos dice que los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres. Así, vale traer a colación lo que el mismo Landa nos dice con respecto al porqué de su conducta:

Usaba también esta gente de ciertos caracteres o letras con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con ellas y figuras y algunas señales en las figuras, entendían sus cosas y las daban a entender y enseñaban. Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosas en que no hubiese superstición y falsedades del Demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena.”[11]   

Con lo anterior nótese que para Landa todos esos documentos no eran piezas de arte que debían conservarse, sino cosas supersticiosas y demoniacas que debían ser destruidas para evitar que los nativos regresaran a ellas. Pero a pesar de que el auto de Maní es el más memorado y discutido, hubo otro en Sotuta para castigar a nuevos idolatras. De él no tenemos noticia si también se quemaron códices y vasijas, sin embargo las implicaciones de la cacería encarnizada que llevaron a cabo los franciscanos en contra de los idolatras no se hizo esperar. Muchos indígenas decidieron abandonar sus viviendas y marcharse al monte, mientras que otros se ahorcaron para evitar las persecuciones. El clima se fue volviendo más tenso, pues muchos colonos españoles temieron una sublevación por parte de los mayas.
La situación tomó un rumbo distinto cuando en agosto de 1562 llegó el primer obispo de Yucatán, el también franciscano fray Francisco Toral, quien reprobó los métodos ejercidos por Landa para la erradicación de la idolatría. Tomó los procesos bajo su poder e hizo que se suspendiera el uso de la tortura para obtener la confesión de los inculpados.
Pero dejemos aquí nuestro relato de los acontecimientos que estudiamos, puesto que, como lo mencionamos al principio, nuestra intención fue presentar al lector algunos puntos generales que desembocaron en el auto de fe de Maní. Es menester, por lo tanto, retomar la discusión general en torno al tema central de este breve ensayo para poder establecer algunas conclusiones generales.
Como lo hemos visto a lo largo de esta exposición, la persecución de la idolatría se valió de prácticas que a todas luces merecen ser reprobadas por el juicio contemporáneo. No obstante, debemos recordar que el uso de la tortura y los castigos temporales no fueron exclusivos de los misioneros novohispanos del siglo XVI. Este proceder ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Así, no debiera sorprendernos que en un enfrentamiento tan brutal como el choque de dos religiones divergentes en muchos aspectos, el grupo dominante se sintiera con derecho a ejercer la fuerza para lograr sus fines. Mas como ha sido señalado, aun cuando los frailes ejercieron medidas tan represivas como las mencionadas anteriormente, el culto idolátrico no pudo ser ahogado durante muchos años. Pues no debemos olvidar que lo que hemos venido discutiendo es sólo la visión occidental de los que escribieron la historia, tales como Landa o Sánchez de Aguilar. Para el indígena maya la pervivencia del culto era algo inherente a su naturaleza, algo que los vinculaba con sus antepasados, con su tierra, con sus dioses.
Sin embargo, como en este ensayo no buscamos dar la razón a ninguno de los representantes de culturas tan dispares, creemos que también es de considerarse el contexto histórico en que personajes como Landa se desenvolvieron. En una sociedad extremadamente católica, la idolatría era uno de los más grandes males que podían aquejar a la cristiandad. España, por decirlo de algún modo, venía saliendo de una guerra con miras a erradicar de su territorio el dominio y fe del islam. Entonces, la idea del iustum bellum (guerra justa) para combatir el paganismo tiene toda la validez necesaria, pues hacer la guerra en nombre de Dios y el cristianismo implicaba actuar con justa razón.
Por consiguiente, de acuerdo a esta lógica, Landa actuaba por mandato divino y por el amor que le inspiraba el querer salvar las almas de los idolatras engañados por el demonio. En nuestro tiempo nos resulta fácil criticar el actuar de hombres como Landa o Zumarraga, pues nos olvidamos de que los seres humanos piensan y actúan, en muchos de los casos, orientados por las ideas y creencias de su tiempo. Por consiguiente, con base en estas apreciaciones, resulta exagerado y equivocado juzgar a un hombre del pasado con una mirada contemporánea.
Pero uno de los aspectos que consideramos esenciales para poder llevar a buen fin este escrito, es el hecho de que el auto de Maní tuvo serias repercusiones para el desarrollo de la evangelización en la provincia de Yucatán. Pues, como se ha ya dicho, las implicaciones sociales de tal acontecimiento no se hicieron esperar. Entre éstas podemos mencionar el riesgo de posibles sublevaciones indígenas y la migración de los nativos hacia los montes. Lo anterior trajo consigo diversos disturbios y enfrentamientos, nos sólo entre españoles e indígenas, sino entre los mismos españoles.
Con todo, la erradicación de la tortura dentro del proceso mismo de evangelización despertó un acalorado debate entre aquellos que estaban a favor de su utilización y aquellos que propugnaban una evangelización pacífica y no coercitiva. Sería interesante extender el periodo de estudio de este tema, pues sabemos que por la premura que nos embarga no hemos podido proveer al lector de un panorama más rico y detallado de este conflicto.
Esperamos este texto haya cumplido satisfactoriamente sus objetivos esenciales. Quedando en espera de poder profundizar en nuestros estudios sobre cultura maya. Esperamos que el lector tome en cuenta los datos aquí referidos y juzgue, por sí mismo, si los frailes actuaron por justa razón o inspirados por la violencia y la intransigencia más que por la razón. Nosotros, por nuestra parte, creemos que si hemos de dar nuestro punto de vista final sobre el proceder de estos religiosos sólo podemos decir que ninguna razón justifica plenamente el uso de la violencia hacia el otro, pues, como ya lo hemos dicho en otro escrito, la intolerancia y la intransigencia nunca han sido los únicos y mejores métodos para resolver los problemas humanos.  


BIBLIOGRAFÍA

Chuchiak, John F., “El regreso de los autos de fe: Fray diego de Landa y la extirpación de idolatrías en Yucatán, 1573-1579”, Península, México, v. I, n. 0, 2005.

Gubler, Ruth, “El informe contra idolorum cultores del obispado de Yucatán”, Estudios de Cultura Maya, México, v. xxx, 2007.

Landa, Fray Diego de, Relación de la cosas de Yucatán, México, Cien de México, 2003.
Noguez, Javier, “El juicio inquisitorial del noble texcocano don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539)”, Arqueología Mexicana, México, v.xxi, n. 127, 2014.

Rubial García, Antonio, “Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos mitos sobre la evangelización de Mesoamérica”, Signos históricos, México, n. 7, 2002.

Ricard, Robert, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de la órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572. México, Fondo de Cultura Económica, 2002.



[1] Fray Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, estudio preliminar, cronología y revisión de textos por María León Cázares, México, CONACULTA (Cien de México), 2003, p. 21. 
[2][2] Robert Ricard, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572, México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 83.
[3]Javier Noguez, “El juicio inquisitorial del noble texcocano don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539)”, Arqueología Mexicana, México, v. xxi, n. 127, p. 57.        
[4] Fray Diego de Landa, op. cit. p. 22.
[5] Antonio Rubial García, “Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos mitos sobre la evangelización de Mesoamérica”, México, Signos históricos, n. 7, 2002, p. 21.
[6] Fray Diego de Landa, op. cit. p. 28. 
[7] Ruth Gubler, “El informe contra idolorum cultores del obispado de Yucatán”, Estudios de Cultura Maya, México, v. xxx, 2007, p. 107.
[8] John F. Chuchiak, “El regreso de los autos de fe: Fray diego de Landa y la extirpación de idolatrías en Yucatán, 1573-1579”, Península, México, v. i, n. 0, 2005, p. 29.
[9] Fray Diego de Landa, op. cit. pp. 29, 30.
[10] Ricard, op. cit. pp.105, 106.
[11] Fray diego de Landa, op. cit. p. 185. 

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