MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
¿Matlalcueye o
Malinche?
Breves anotaciones sobre el cambio de nombre de una montaña en Tlaxcala
L
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os nombres no sólo son palabras que nos identifican ante una sociedad;
son también, en muchos casos, elementos descriptivos a los que asociamos
nuestra personalidad y esencia. No es casualidad que el ser humano guste de
nombrar todo lo que descubre y conoce. En los nombres se cristaliza el
significado de las cosas, el recuerdo de personajes del pasado, de nuestros
abuelos y abuelas. En los nombres se concentran muchas veces las creencias de
los pueblos, la visión que tienen sobre el mundo, sobre su historia, sobre sus
mitos y leyendas. La etimología nos ayuda a entender el sentido de los nombres,
a saber de dónde provienen, cuándo y con qué intenciones fueron creados. Ya Guillermo Bonfil
Batalla nos menciona que “nombrar es conocer, es crear. Lo que tiene nombre
tiene significado o, si se prefiere, lo que significa algo tiene necesariamente
un nombre.”[1]
La toponimia juega un papel
fundamental en el estudio de los nombres. Al referirse exclusivamente a la
denominación de los lugares, los toponímicos nos proveen de datos interesantes
sobre la situación geográfica de un sitio en particular. A través de ellos
sabemos de los rasgos distintivos de una región, sobre los elementos que
figuran en ella, sobre su abundancia. Pero los toponímicos también nos hablan
de aspectos históricos del devenir humano y, si prestamos atención a los
cambios de nombres de algunos lugares, podremos constatar que diversos grupos
que han habitado la misma zona geográfica se han preocupado por llamarle de
distintas maneras. En México no es raro que en áreas donde aún se habla una
lengua indígena, el nombre que usan los hablantes de esta lengua difiera de
aquél que es considerado oficial o del que está más estrechamente vinculado con
la lengua del grupo mayoritario.
No será inoportuno, entonces, hacer
notar que los nombres de muchos sitios han mutado a lo largo del tiempo. Esto
puede verse en el cambio de nombre que han experimentado los cerros y las
montañas en nuestro país. Pongamos, por ejemplo, el caso del ahora llamado
Cerro de la Estrella, en la Ciudad de México, cuyo nombre indígena es el de Huizachtepec. Lo mismo sucede con la
elevación conocida anteriormente como Citltlatepetl,
(actualmente Pico de Orizaba) ubicada en los límites territoriales de los
estados de Puebla y Veracruz. Y así podríamos extender la lista de cerros y
montañas que han cambiado su nombre a lo largo de los años. Esto no es raro,
puesto que en muchos de los casos el cambio de nombre obedece a que las lenguas
que se han usado para denominarle también han cambiado. También la religión ha
tenido mucho que ver en estas mutaciones nominales, ya que en muchas ocasiones
el nombre indígena de una montaña o cerro está asociado con alguna deidad
prehispánica, por lo cual el celo misionero trató de erradicar todo vestigio
del nombre autóctono. Así, encontramos cerros que actualmente ostentan el
nombre de santos. Tal es el caso del famoso cerro de San Miguel, en la ciudad
de Atlixco, Puebla.
Una montaña, por lo tanto, posee en su nombre toda una historia de cómo
los sujetos a su alrededor la han valorado y venerado. Un análisis minucioso de
los distintos nombres que una elevación geográfica pueda poseer nos hablará de
las motivaciones ideológicas, políticas y culturales de los pueblos que se han
desarrollado a las faldas de su mirada infinita. De igual manera, si dotamos de
una curiosidad atenta a nuestros ojos y oídos, podremos darnos cuenta de que
los nombres a nuestro alrededor son registros que guardan datos
interesantísimos sobre la historia cultural de los pueblos que se han asentado en
torno a estas elevaciones eternas.
Existe en el estado de Tlaxcala una elevación que ha llamado nuestra
atención y despertado nuestra curiosidad. El nombre con el que se le conoce
actualmente es el de Malinche. Comparte esta elevación parte de su territorio
con el estado de Puebla, colindando al suroeste con los poblados de San Miguel
Canoa y San Pablo del Monte, mientras que al noreste colinda con el municipio
de Huamantla, cuya ciudad principal destaca por su honda tradición cultural e
historia prehispánica y virreinal.
La montaña Malinche nos parece interesante no sólo porque en ella se ha
dado el cambio de nombre al que hemos hecho alusión al principio de este
escrito, sino porque en los dos nombres más representativos que ha poseído se encuentran presentes dos concepciones totalmente opuestas pero complementarias.
Con esto queremos decir que por una parte el nombre prehispánico está asociado
a una deidad femenina vinculada con el agua y la fertilidad, mientras que su
nombre actual hace referencia a la mujer que es considerada como “la peor
traidora” en la historia de México. Entonces, consideramos que ambos nombres se
oponen en el sentido de que por un lado el primer nombre, Matlalcueye, hace
alusión a una divinidad, en tanto que el segundo se refiere a un personaje
histórico, no mítico.
También ambos nombres, como ya hemos dicho, se complementan. Se
complementan en el sentido en que ambos personajes son concebidos como seres
fecundadores y creadores, es decir, Matlalcueye, como diosa del agua y la
fertilidad, dio continuidad a la vida mediante el crecimiento de los
mantenimientos. Por otra parte, la Malinche es considerada como la mujer que
más contribuyó al nacimiento de la cultura mestiza que dio origen al México
actual. No es para menos que Federico Navarrete Linares haya pretendido
vincular a la Malinche con la virgen María, y a ésta con la diosa tlaxcalteca
del agua. En un interesantísimo artículo que lleva por nombre La Malinche, la Virgen y la montaña: el
juego de la identidad en los códices tlaxcaltecas, Navarrete Linares nos
dice que “la identificación entre la Malinche, Tlaxcala, la figura femenina que
representa a la Nueva España y la Virgen es reforzada históricamente por la
importancia del culto a esta última en dicha provincia desde los primeros años
posteriores a la conquista”.[2] Y
nos da como ejemplo que en 1528 una imagen de la virgen que Hernán Cortés
regaló a un gobernante Tlaxcalteca llamado Acxotécatl “fue sacada en procesión
por los tlaxcaltecas para salvar a la provincia de una sequía.”[3] Así,
como podemos ver, Matlalcueye, diosa patrona de las lluvias es asociada con la
virgen María, ya que se le pide que interceda para terminar con la sequía.
Concluye Navarrete Linares diciendo:
La identificación entre estas figuras femeninas [la
Malinche y la Virgen María] es reforzada por el hecho de que durante el periodo
colonial el gran volcán que dominaba [y sigue dominando] el paisaje de
Tlaxcala, y que era un lugar de culto importante para los habitantes de la
provincia y una parte integral del paisaje sagrado del altépétl, que se llamaba originalmente Matlalcueye, el nombre de
una diosa del agua, fue rebautizada como La Malinche, como se llama hasta el
día de hoy.”[4]
No nos queda clara esta asociación entre la Malinche, la Virgen y la
montaña que propone Navarrete Linares. Sin embargo, no es nuestra intención
ahondar más en el tema. Lo que vale la pena apuntar es el hecho mismo de que
este investigador no dice mucho, o mejor dicho, no dice nada, con respecto al
cambio de nombre de la montaña. Se contenta con mencionar que el cambio de
nombre se dio durante la época colonial, sin preocuparse por informarnos cuándo
fue exactamente y por qué razón.
Para la realización de este trabajo partimos de la siguiente hipótesis:
Creemos que el cambio de nombre se llevó a cabo durante algún momento del siglo
XIX, y que éste, a su vez, tiene que ver con la ya añeja idea de que Tlaxcala
es un pueblo traidor. Pensamos que algún escritor propuso la idea de la
traición a la patria y que en su afán de ensalzar la idea de nación emitió un
juicio de valor en contra de los grupos indígenas que participaron en la
conquista de México-Tenochtitlán. De esta manera, esta idea de Tlaxcala como un
pueblo traidor se pudo ir arraigando en la mente de las personas hasta
convertirse en el prejuicio que hoy es. En este contexto, el nombre de
Malinche, nombre por demás asociado a la traición, bien pudo haber sido asignado
a la montaña por alguien que quiso darle al pueblo de Tlaxcala la marca
indeleble de su participación en la derrota de los mexicas.
Hasta aquí todo son suposiciones, hipótesis que seducen el oído pero que
requieren forzosamente de una comprobación científica. Para ello es necesario
recurrir a las fuentes y realizar un análisis cuidadoso de todas las obras
escritas a lo largo del siglo XIX y que versan sobre la historia de la
Conquista. Empero, lo difícil de esta labor nos hizo pensar en que el primer
acercamiento que podríamos tener a la resolución de esta cuestión sería
descartando o aceptando el hecho de que el cambio de nombre de la montaña de
Tlaxcala se llevó a cabo durante el siglo XIX, centuria que se ve hondamente
marcada por la influencia del ideal nacionalista y la lucha encarnizada entre
liberales y conservadores.
Una prueba de que la lectura de los escritores e historiadores
decimonónicos nos ayudará a aclarar este misterio nos la da el historiador
Alfredo Chavero. En sus comentarios a la Historia
de Tlaxcala, de Diego Muñoz Camargo, este autor nos dice lo siguiente:
Estos datos prueban la unidad de raza; y que al
ponerse ésta en contacto con la del Sur, produjo la unidad de civilización en
lo que después ha formado nuestro actual territorio, desde Tlapallan y
Chicomoztoc en nuestra frontera Norte, hasta la región maya-kiché en nuestra
frontera Sur: hecho sociológico de gran importancia, y que en aquellos remotos
tiempos preparaba ya la unidad nacional.[5]
Es notoria la influencia del nacionalismo en chavero. Frases como
“unidad de raza”, “nuestro territorio” y “unidad nacional” se manifiestan en
esta pequeña cita que acabamos de anotar. No es nada improbable que así como
Chavero usa el pasado para explicar el presente y la conformación nacional del
México de su tiempo, así también use el presente para explicar el pasado,
aludiendo a ideas de patria y nación para momentos históricos en los que éstas
no existían. No tenemos hasta el momento prueba de ello. Hasta aquí, lo único
que pretendemos es mostrar cómo un análisis detallado de textos como los de
Chavero nos puede aportar datos para esclarecer el asunto que nos concierne.
Ante la complejidad de la tarea mencionada líneas arriba, decidimos
empezar por lo que hasta ese momento consideramos la tarea más fácil: ubicar
las razones del cambio del nombre de la montaña y el momento en que éste se
llevó a cabo. Sin embargo, conforme fuimos avanzando en nuestras pesquisas, nos
dimos cuenta que nos enfrentábamos a otra gran incógnita en la historia de
nuestro país.
La pesquisa la organizamos de la siguiente manera: decidimos empezar
preguntando a los pobladores de Tlaxcala si sabían por qué el nombre de
Matlalcueye había sido sustituido por el de Malinche. Para nuestra sorpresa,
nos dimos cuenta que ninguna de las personas a las que interrogamos sobre el
tema supo contestarnos. Isidoro Martínez, carpintero oriundo de la ciudad de
Tlaxcala, nos dijo que él no sabía el porqué del cambio de nombre. Nos informó
que desde su infancia él conoció la montaña como Malinche. Empero, comentó que
un amigo suyo amante de la historia oral de Tlaxcala le había contado una
leyenda que tenía que ver con la Malinche (Doña Marina), la montaña y la laguna
de Acuitlapilco, ubicada al sur de la ciudad de Tlaxcala, a orillas del antiguo
camino real a Puebla. Nos referiremos a esta leyenda más adelante en este
texto.
La maestra Hilda Serrano, oriunda de la Ciudad de México, pero cuya
familia es originaria del estado de Tlaxcala, y quien radica actualmente en la
ciudad de Apizaco, nos hizo saber que ella tampoco tenía ninguna idea de por
qué la montaña había cambiado de nombre. Nos comentó que conocía la leyenda
prehispánica que asocia a la Matlalcueye con el cerro llamado Cuatlapanga, la
cual tiene mucha similitud con la leyenda de los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl,
pero sólo eso.
Roberto Arias, fotógrafo de profesión y admirador de la montaña, nos
comentó que él tampoco sabía nada al respecto. Nos dijo que durante todo el
tiempo que vivió en Tlaxcala, pues es oriundo del estado de Puebla, nunca
escuchó que alguien hablara sobre el cambio de nombre de la montaña.
La maestra Daniela Flores Galaviz, oriunda de la ciudad de Libres, en el
estado de Puebla, nos comunicó que ni ella ni su tía y madre sabían nada al
respecto. Nos contó una leyenda sobre la montaña, la cual discutiremos más
adelante.
La señorita Alma Valdivia, cuya familia es originaria de Apizaco, pero
quien radica en la ciudad de Puebla, nos comentó que ella sólo sabía sobre la
leyenda del Cuatlapanga y la Matlalcueye. Nada más. Que nunca se había
preguntado por qué la montaña cambió de nombre.
El artesano urbano José Luis Carmona, originario de San Andrés
Ahuashuatepec, poblado situado al noroeste de la montaña Matlalcueye y a
escasos kilómetros del cerro Cuatlapanga, nos dijo que ni él ni su padre, una
persona de alrededor de noventa años, sabían por qué la montaña había cambiado
de nombre.
Para todas las personas a las que preguntamos sobre el cambio de nombre,
ésta era la primera vez que se les cuestionaban sobre ello. Ellos sabían que el
nombre de la montaña es Malinche, algunos conocían que el nombre prehispánico fue
Matlalcueye, pero ninguno supo decirnos por qué el cambio de nombre se llevó a
cabo.
Con nulos datos obtenidos para resolver nuestra incógnita, decidimos
comenzar la búsqueda de libros en que la montaña fuera mencionada. El primer
texto al que nos acercamos fue el Mapa de
Cuauhtinchan núm. 2. Es éste un libro alusivo a un mapa que comprende la
región oriente del estado de Puebla, cuya edición y estudio introductorio fueron
llevados a cabo por Keiko Yoneda. La lógica que seguimos para esta consulta fue
el hecho de conocer si en este mapa, que hace referencia al pasado prehispánico
de la región del valle poblano-tlaxcalteca, podíamos ubicar el nombre que se
usó para llamar a la montaña Malinche.
Efectivamente, encontramos no sólo que el mapa usa el nombre de
Matlalcueye, sino que el mismo estudio de Yoneda ubica distintas
representaciones glíficas para la montaña. Fig. 1
Figura 1.
Representaciones del volcán Matlalcueye en el Mapa Cuauhtinchan 2.
Después de este hallazgo, nos dimos cuenta que una ruta a seguir en esta
investigación bien puede ser el estudio de la cartografía histórica, puesto que
gracias a ella podemos ver la evolución de las representaciones de la montaña
y, más importante aún para los fines de nuestra investigación, los nombres
utilizados para denominarle.
El siguiente paso fue buscar en las fuentes históricas coloniales datos
sobre el nombre de la montaña. Así, decidimos consultar la Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala, de Diego Muñoz
Camargo. En ella encontramos que el autor usa el nombre de Sierra de Tlaxcala
para referirse a la montaña. Esto debido a que “toda ella, o la mayor parte, es
de Tlaxcala y entra en la máquina de su provincia.”[6]
Es, entonces, en el siglo XVI cuando el nombre prehispánico empieza a ser
relegado, sustituyéndolo por el de Sierra de Tlaxcala. Esto es válido, empero,
sólo para las fuentes escritas en español. Aun cuando no pudimos consultar
fuentes escritas en náhuatl, creemos que en éstas el nombre que se siguió
usando bien pudo haber sido el de Matlalcueye. Aceptamos las limitaciones de
nuestro breve estudio en este caso, dejando abierta la posibilidad de recorrer
este camino en una futura investigación.
Es interesante contrastar la información que nos provee esta fuente
escrita en español con el mapa del año 1577, en donde se representa al poblado
de San Miguel del Milagro Teanquiztenco. Del lado izquierdo del santuario del
arcángel se observa una representación de la montaña, y junto a ésta se ve
claramente una glosa que le nombra como Matlalcueye.
Figura 1. Matlacueye; San Miguel de Milagro
Teanquiztenco. Tlaxcala, 1577. AGN, ref. 979/1135.
Otro mapa que nos parece interesante, es el que pertenece a la colección
Orozco y Berra llamado Carta corográfica
del territorio de Tlaxcala, del año 1849. De autor desconocido, este mapa
mide 34 x 44 centímetros. En él se puede constatar que para ese año el nombre
usado en la cartografía es el de Sierra Matlalcuey. Fig. 2. Sería interesante
hacer una revisión minuciosa de todos los mapas publicados a partir del siglo
XVI hasta principios del siglo XX para observar el desarrollo del nombre de la
montaña. Lamentablemente, por ser éste sólo un acercamiento al problema, la
información que presentamos es reducida. Valga esta aproximación para darnos
una idea de la ruta que esta investigación puede tomar en el futuro.
Figura 2.
Carta corográfica del territorio de Tlaxcala, Colección Orozco y Berra, 1849, No.
Clasificador: 1774-OYB-7248-A.
Este mapa de 1869 nos provee de información valiosa. En él se observa
que la montaña ostenta los dos nombres que la caracterizan. En el mapa se lee
la leyenda: “Malinche u Matlalcueye”, con lo cual entendemos que para el año de
publicación de este mapa la montaña ya era llamada con cualquiera de los dos
nombres. Fig. 3
Figura 3.
Por otra parte, en la Carta
topográfica general de los alrededores de Puebla, de 1884, podemos
constatar que para esa fecha el nombre que la montaña ostenta es el de Malintzin. Figura 4.
Figura 4.
Carta topográfica de la ciudad de Puebla y sus alrededores, Colección General,
1884, No. Clasificador: 3878-CGE-7247-A.
Aun con lo limitado de nuestra consulta de mapas, el dato que obtenemos
de la revisión de estos tres es revelador. No sólo el nombre prehispánico de la
diosa tlaxcalteca del agua ha desaparecido, sino que en este último mapa se usa
en específico el nombre de la indígena doña Marina. Cabe recordar que el nombre
de Malinche le fue dado originalmente a Hernán Cortés, pues éste siempre se
encontraba acompañado de Malintzin,
nombre náhuatl de quien al ser bautizada recibiría el nombre hispanizado de
Marina, y que hoy conocemos como Malinche.[7]
Aquí, la controversia que se suscita es digna de tomarse en cuenta. Creemos que
si el nombre de la montaña Matlalcueye
hubiera sido cambiado por el de Malinche durante el primer siglo de dominación
española en Tlaxcala, éste bien pudo haberse referido al conquistador extremeño
Hernán Cortés. No obstante, los resultados que nuestras incipientes pesquisas
han arrojado nos dan pruebas suficientes para afirmar que el cambio de nombre
no se dio durante el siglo XVI. Además, la idea de que la montaña Matlalcueye,
asociada con una diosa tan importante por proveer agua para el sustento, fuera
rebautizada por los mismos tlaxcaltecas para honrar con ello a Hernán Cortés no
tiene sentido. Más bien, como hemos apuntado con anterioridad, creemos que el
cambio se dio por otras causas, y que éste se llevó a cabo en el siglo XIX, en
específico en la segunda mitad de esta centuria, ya que así lo han demostrado
los mapas.
Hasta aquí nuestra consulta de los mapas. Los resultados parecen
favorables a primera vista. Mas cabe señalar que un estudio detallado de dónde
y por qué motivos fueron realizados estos mapas arrojaría nuevos datos a esta
investigación. El hecho de que el último mapa provenga del estado de Puebla nos
hace pensar que probablemente en esta entidad la montaña ya era conocida como
Malinche desde mucho antes. Habría que buscar mapas específicos de cada estado
para poder corroborar cuál fue el desarrollo en el uso de los nombres para
denominar a la montaña en cuestión.
Otro recurso del que pensamos podríamos obtener datos valiosos fue el de
las leyendas. Con esto en mente procedimos a la búsqueda de leyendas que se
vincularan de alguna manera con el cambio de nombre de la montaña. Hasta el
momento no hemos obtenido muchos resultados. No obstante, nuestro informante
Isidoro Martínez nos dio la pauta a seguir, ya que nos comentó que un amigo
suyo le había contado una leyenda sobre la laguna de Acuitlapilco en que se
refería algo que nos podría ser de utilidad. Con esto en mente, nos dirigimos a
la ciudad de Tlaxcala para que Isidoro nos mostrara la laguna en cuestión y nos
relatara la leyenda que él conoce.
Asimismo, nos dedicamos a la búsqueda de alguna leyenda al respecto en
internet. Pudimos corroborar que la leyenda que Isidoro nos contó existe en la
red, en un sitio de la Secretaría de Educación Pública[8],
así como en una página sobre el poblado
de Acuitlapilco.[9]
Escribimos a los correos que encontramos en la página de la SEP, pero,
lamentablemente, debido a que la última modificación del sitio fue en 2001,
nunca recibimos respuesta. Los únicos datos que obtuvimos fueron los nombres de
los maestros que publicaron la leyenda en este sitio y el nombre de la escuela
en Apizaco donde laboraban en ese tiempo. Habría que buscarlos para que nos
informen de dónde sacaron la leyenda y quién se las proveyó. Creemos que ellos
fueron los primeros en recabar esta historia, puesto que la página en internet
del poblado de Acuitlapilco es posterior al 2001, además de que la versión que
tienen de la leyenda es la misma que existe en la página de la SEP, pues la
copia en todo, hasta en sus errores de redacción. A continuación reproducimos
la leyenda tal y como la encontramos en internet:
Cuenta la leyenda que doña Marina, pidió permiso a
su amo y señor el Capitán Hernán Cortés, para bañarse en la laguna de
Acuitlapilco, (La laguna de Acuitlapilco se encuentra a unos tres kilómetros de
la ciudad de Tlaxcala, está formada por las aguas de manantiales, y de las
lluvias que recibe de las vertientes cercanas, aunque en la actualidad, ya no
tiene la belleza que en el pasado se veía, debido a los efectos del
desequilibrio ecológico) cosa que le fue concedida por el extremeño, para
tenerla más de su parte. Acompañada de cuatro esclavas, de las que como ella,
habían sido obsequiadas a Cortés por los Caciques tabasqueños, se encaminó a
ese lugar, luciendo un huipitl de vistosos colores; en su turgente pecho,
pendían las gargantillas de cuentas de vidrio, imitando esmeraldas, turquesas y
amatistas, que como valiosas joyas había recibido de Cortés, y que resaltaban
su singular hermosura; pues era de broncíneo cutis, pupilas cintilantes,
cabellos de azabache, dientes perlados, cuerpo grácil y labios ardientes, como
toda mujer tropical. Una vez que se desnudó, se zambulló en las tersas aguas,
sin fijarse que en el lado opuesto de la laguna, la estaban mirando los de
Xiloxoxtla, (poblado cercano a laguna de Acuitlapilco), que entusiasmados por
su belleza, hasta confundirla con una hada, le pidieron que desencantara a la
montaña Matlalcuéyatl, (Malinche o Matlalcuéyatl, son nombres que se refieren a
la misma montaña), pero ante esa sorpresa y creyéndose perdida, exclamó:
¡Malinche! ¡Malinche!, y apresuradamente se vistió y regresó de prisa, en tanto
sonaban los caracoles y la gente corría tras de ella. Al tener conocimiento
Cortés, ordenó a sus arcabuceros que le prestaran auxilio a doña Marina, cuyo
nombre se tornó por el de la Malinche, quedándole también a la preciosa
montaña.[10]
La versión que nos
contó el señor Isidoro no diverge notoriamente de ésta, por lo cual deducimos
que quien se la platicó la pudo haber tomado de la misma página de la SEP de
donde la copiamos nosotros, o de la página del poblado de Acuitlapilco que
nosotros también consultamos. Ahora bien, esta leyenda nos parece de verdad
interesante, puesto que busca explicar el tan misterioso cambio de nombre de la
montaña. Ambienta lo ocurrido a orillas de la tan importante laguna de
Acuitlapilco. Este lugar es célebre en el Municipio de Tlaxcala, puesto
que Hernán Cortés pasó a orillas de ella cuando se dirigía a la ciudad de
Cholula. No dudamos que la leyenda toma de este acontecimiento para ambientar
lo que se narra, pues como es sabido, para ese momento doña Marina ya se
encontraba en compañía de los conquistadores españoles.
¿Pero qué relación pueden tener Xilixoxtla y Acuitlapilco con la
Matlalcueye? ¿Cuál es el encantamiento de que fue presa la montaña a que se
refiere la leyenda? No podemos por el momento dar respuesta a estas preguntas.
No obstante, la existencia de esta leyenda nos demuestra que ha habido personas
que han buscado explicar este cambio de nombre a través de la narrativa
fantástica. Esto nos da mucho en que pensar con respecto al enigma que venimos
analizando, puesto que al existir este tipo de leyendas vemos que ha habido un
interés popular por tratar de explicar por qué la Matlalcueye mudó su nombre
por el de Malinche. A este respecto, cabe seguir indagando si hay otras
leyendas en las comunidades aledañas a la montaña, tanto en Tlaxcala como en
Puebla, que nos ayuden a entender el fenómeno que estamos estudiando. En este
sentido, la elaboración de una etnografía cuidadosa nos aportará datos
interesantes para complementar este estudio.
Otra leyenda que logramos ubicar nos fue dada por la maestra Daniela
Flores Galaviz, originaria del municipio de Libres, en el estado de Puebla. A
pesar de que esta leyenda no está vinculada con el cambio de nombre de la
montaña, nos parece importante destacar la relación entre la Malinche tomada
como una mujer que personifica a la montaña, y su vinculación con el agua y la
muerte por ahogamiento. Nos relata Daniela lo siguiente:
Me cuenta mi tía que hay una leyenda que dice que
la montaña Malinche baja al río transformada en una mujer vestida de blanco.
Ahí espera a que pase algún hombre para llamarlo y encantarlo; luego lo ahoga
en el río.[11]
A simple vista, esta leyenda no parece tener mucha importancia, ya que,
como se podrá notar, posee mucha semejanza con la manera en la que dicen que la
llorona se manifiesta. Empero, para nosotros esta historia está revestida de
una importancia digna de ser tenida en cuenta. Primeramente, cabe mencionar que
Matlalcueye es el nombre que los tlaxcaltecas dieron a la diosa Chalchitlicue,
consorte del dios Tlaloc. Estas deidades eran los patronos del agua y las
lluvias. Se sabe que para honrarlos y recibir sus bondades se les tenía que
sacrificar seres humanos. La manera de sacrificarlos era mediante el
ahogamiento. Ahora bien, si la montaña Malinche es la representación de la
diosa Matlalcueye, y ésta a su vez es la mismísima diosa Chalchitlicue, la
manera en que la montaña hace fenecer a los hombres no debe ser visto como un
asesinato en sí, sino como un sacrificio que la montaña reclama a los seres
humanos para poder seguirles dando sus dones.
Con
el ejemplo anterior lo que queremos demostrar es que así como en esta pequeña
leyenda pervive la vieja idea mesoamericana del sacrificio por ahogamiento para
honrar y solicitar las bondades de la diosa del agua, así en las leyendas que
pudiéramos recopilar sobre el cambio del nombre de la montaña podremos encontrar
elementos que nos ayuden a conocer el motivo del cambio. Queda esta puerta
abierta para un desarrollo más profundo de esta investigación.
Por último, nuestras indagaciones encontraron recompensa al saber de la
existencia de un libro que se refiere exclusivamente a la montaña Matlalcueye.
Aunque este texto toca distintos asuntos concernientes a la montaña, tales como
la arqueología, flora, fauna y composición lítica, el tema que atrapó nuestra
atención fue aquél vinculado con su patrimonio cultual. El libro en cuestión
lleva por nombre Matlalcueye. El volcán
del alma tlaxcalteca. Fue escrito por Ismael Arturo Montero García, y es el
resultado de una investigación de gran envergadura y de carácter
interdisciplinario. Publicado en 2012, es de lamentarse que hayamos tenido
noticia de su existencia en las últimas semanas de nuestra investigación.
En este libro encontramos una cita del afamado viajero Humbold. La cita
nos parece por demás reveladora:
Llamada también la Sierra Malinche ó Doña
Marina. Malinche parece derivarse de Malintzin,
palabra que (ignoro porqué) designa hoy el nombre de la Virgen. (Humboldt, Ensayo político sobre…, t. II, 1822:5).
No sabemos, a ciencia cierta, cuándo y por qué Humboldt escribe el libro
del que se dice se obtuvo la cita. Pero si aludimos y tomamos como fiable la
fecha de 1822 que aparece en el texto arriba referido, nos estaremos
enfrentando ante una de las noticias más tempranas sobre el cambio de nombre
que hasta ahora hemos conseguido. Esta afirmación se refuerza al tomar en
cuenta otra cita que el mismo Montero García presenta más adelante en su libro.
La cita en cuestión dice lo siguiente:
[…] la montaña Matlacueye, soberbio monolito que
alza su cabeza erigida como centinela de la ciudad tlaxcalteca. No se comprende
hoy por qué inexplicable costumbre o tradición se le da a la montaña
Matlalcueye, la diosa de la enagua azul, el nombre de Malinche, se ignora qué
relación puede tener la montaña del culto idolátrico de la diosa azteca con la
amante compañera de Cortés. (Peñafiel, La
ciudad virreinal de Tlaxcala, 1980:7).
Sabemos que la obra de Peñafiel se
publica por primera vez en el año de 1909. Por lo tanto, para esas fechas la
noticia de la razón del cambio de nombre sigue siendo un enigma. El mismo
Montero García admite en su texto que “no tenemos una relación clara en alguna
fuente histórica que explique en qué momento y por qué la montaña cambió el
nombre de diosa a mujer mortal.”[12]
Pero este investigador no se detiene ahí. Recurre a la rica etnografía
realizada en torno a la montaña y nos da pruebas de cómo para los tlaxcaltecas
“la Malinche no sólo es una figura femenina, es la montaña misma transformada
en mujer que sale para convivir con los seres humanos…”[13]
Lo anterior hace eco con lo que planteamos al discutir la pequeña leyenda que
nos proveyó la maestra Daniela Flores, pues en muchas de las historias que
presenta y discute Montero García la montaña se manifiesta ante los pobladores
como una mujer morena, de cabello largo y vestida de blanco.
Interesante es también la
explicación que Montero García obtuvo de Yolanda Ramos al preguntarle por qué el volcán tenía el nombre de Malinche:
Es una historia de amor, Cortés le regaló la
montaña, es la montaña de la Malinche, con el tiempo se confundió el concepto y
se simplificó a solamente La Malinche.[14]
Difícil tarea la que nos propusimos
en esta investigación. Como puede verse, la razón por la cual esta montaña
sagrada cambió de nombre no ha podido resolverse. Y este estudio, por su
naturaleza de acercamiento al problema, no ha podido contribuir en mucho a la
solución de este enigma. A pesar de ello, consideramos que hemos replanteado
este tema de investigación, dejando la puerta abierta para futuras
indagaciones. Sabemos que es posible que la solución siga esperando por
nosotros; es sólo cuestión de tiempo y amor por la montaña dar con la respuesta
esperada.
En esta breve exposición hemos buscado mostrar cómo la utilización de
diversas fuentes es vital para la resolución de un problema de investigación. Y
aunque nosotros no hayamos llevado a buen término este estudio, estamos
conscientes de que hay, por lo tanto, mucho que queda por resolver en torno a
este tema. Damos las gracias a nuestro profesor, Carlos Aranda Monroy, de la
Escuela Nacional de Antropología e Historia, por habernos llevado hacia el
inicio del camino de la investigación etnohistórica. Aprendimos mucho de esta
travesía.
BIBLIOGRAFÍA.
Bonfil Batalla,
Guillermo, México Profundo. Una
civilización negada, México, Editorial
Grijalbo, 1990.
Montero García, Ismael
Arturo, Matlalcueye. El volcán del alma
tlaxcalteca, México,
Editorial Porrúa, 2012.
Muñoz Camargo, Diego,
Historia de Tlaxcala, México,
Editorial Innovación, 1978.
Muñoz Camargo, Diego, Descripción de la ciudad y provincia de
Tlaxcala, ed. R. Acuña,
México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981.
Navarrete linares,
Federico, “La Malinche, la Virgen y la montaña: el juego de la identidad
en los códices tlaxcaltecas”, Brasil, Revista Histórica, vol. 26, núm.
2, 2007.
Yoneda, Keiko, Mapa de Cuauhtinchan 2, México, Ciesas,
Miguel Ángel Porrúa, 2005.
[1] Guillermo Bonfil
Batalla, México Profundo, una civilización negada, México, Editorial Grijalbo,
1990, p. 37.
[2] Federico Navarrete
linares, “La Malinche, la Virgen y la montaña: el juego
de la identidad en los códices tlaxcaltecas”, Brasil, Revista Histórica, vol. 26, núm. 2, 2007,
p. 304.
[5] Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala, México, Editorial
Innovación, 1978, p. 21, edición anotada por Alfredo Chavero.
[6] Diego Muñoz Camargo, Descripción
de la ciudad y provincia de Tlaxcala, ed. R. Acuña, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981,
p. 72.
[7] Malinche (Malintze en
náhuatl) quiere decir el que tiene a Malintzin, el que la posee. El sufijo –e
del náhuatl, en palabras como Matlalcueye y Malintze, indica posesión, acción
de tener. Vid. Ángel María Garibay
K., Llave del Náhuatl, México,
Editorial Porrúa, 2007, p. 54.
[12] Ismael Arturo Montero
García, Matlalcueye. El volcán del alma
tlaxcalteca, México, Editorial Porrúa, 2012, p. 146.










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