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martes, 10 de enero de 2017

MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



 La Expulsión 
de los Judíos en 1492 


 P
               
or muchas cosas, el año de 1492 fue trascendental para la historia de los reinos españoles y para el resto de Europa. Por una parte, el triunfo sobre el último bastión de presencia musulmana en la península se logró con la reconquista de Granada y con la consecuente expulsión de la comunidad árabe de lo que antaño había formado parte del territorio conocido como Al-Ándalus. Por otro lado, en ese mismo año se publica la primera gramática de la lengua española por Antonio de Nebrija y se lleva a cabo el encuentro fortuito con enormes extensiones de tierras hasta ese momento desconocidas.
            Pero si el hallazgo de un continente, al que más tarde se daría el nombre de América, tuvo enormes implicaciones no sólo para España sino para el resto de Europa, no debemos dejar de mencionar otros acontecimientos que se llevaron a cabo ese mismo año y que incidieron profundamente en el devenir económico e histórico de un reinado tan importante e influyente como lo fue el de los Reyes Católicos. Cabe recordar que Fernando e Isabel obtuvieron la concesión exclusiva sobre la evangelización del entonces llamado “Nuevo Mundo”. Con ello y con la afanosa labor de reconquista llevada a buen término durante su reinado, se viene a ratificar su encomiable labor como defensores y propulsores de la fe católica.
          Con tan grande responsabilidad en sus manos, no fue para menos que la presión de una sociedad católica y excesivamente intolerante, como lo fue la castellana, les impeliera a tomar medidas cada vez más drásticas para llevar a cabo “una limpieza de sangre”. En este sentido, huelga decir que en un reino tan dispar como lo fue el de Fernando e Isabel la segregación y el odio étnico adquirieron tintes cada vez más grotescos. Esto nos lleva a recordar que la consumación de la reconquista no significó la erradicación completa de los grupos árabes que habitaron en la península, puesto que muchos de ellos siguieron viviendo en los diversos reinos españoles a lo largo de muchos años. No sobra traer a colación el término mudéjar, el cual denominó a todo aquel árabe radicado en España que vivía entre cristianos y que seguía fiel al islam.
            Esta tolerancia ejercida por los Reyes Católicos no se debió, sin embargo, a su buena fe o buen corazón. Los mudéjares aportaron grandes beneficios económicos a la corona española, pues estaban obligados a pagar un tributo a cambio de poder seguir profesando su religión. Además, a pesar de las reglamentaciones y prohibiciones vigentes, muchos árabes eran destacados médicos y sus servicios eran ampliamente solicitados por los cristianos. Pero hubo otro grupo que también fue objeto de la segregación y discriminación: los judíos.
             El antisemitismo no es una práctica contemporánea, pues desde hace cientos de años los judíos han sido perseguidos incansablemente por distintos pueblos y culturas. Han sido objeto, también, de innumerables vejaciones, calumnias e inclusive mitos que sólo han alimentado el odio que se tiene hacia ellos. Con esto no queremos mostrarnos como defensores de este grupo religioso y hacer ver a los seguidores del judaísmo como las victimas por excelencia de una práctica racista y desconsiderada, sólo buscamos dar la pauta para una discusión sobre nuestras impresiones sobre la persecución que se hizo de ellos y que condujo, irremediablemente, a los episodios catastróficos de 1391 y a su posterior expulsión en 1492 bajo el reinado de los Reyes Católicos.
            Para darnos una idea del camino que siguió el antisemitismo en el territorio que a la postre conformaría la regencia de Fernando e Isabel, creemos imprescindible llevar a cabo una breve revisión de algunos momentos históricos que nos parecen representativos, y que nos ayudarán a entender la subsecuente expulsión de los judíos de España a finales del siglo XV.
          La España visigótica es, por muchas razones, un referente obligatorio para comprender la conformación del territorio hispano entre los años 569 y 711. Con el rey visigodo Leovigildo (569-586), y posteriormente con su hijo y sucesor Recaredo (586-601), se inicia y consolida la unificación territorial del reino visigótico. Así mismo, la conversión de Recaredo (quien anteriormente profesaba el arrianismo) al catolicismo sienta las bases la unidad religiosa en la España de los visigodos. De esta manera, con la adopción y difusión del catolicismo en el reino, “la Iglesia católica suministró al poder visigótico sus fundamentos intelectuales y jurídicos, heredados de Roma y Constantinopla, y ampliamente inspirados en los modelos bíblicos.”[1]
            Uno de los fundamentos que permearon hondamente en la organización religiosa visigótica fue la implementación de los concilios, juntas eclesiásticas convocadas para deliberar y decidir asuntos concernientes al dogma y disciplina de la Iglesia católica. El VIIIº concilio de Toledo, convocado por el rey Recesvinto en 653, es de suma importancia para nuestro tema, ya que en él se especifica “que el rey era el protector de la fe católica, que debía defenderla frente a la ‘perfidia de los judíos’ y frente a los herejes…”[2] Como es de notar, la aversión hacia los judíos es patente desde los tiempos visigóticos, pues se les tacha de pérfidos, es decir, de traidores y quebrantadores de la fe católica. Por lo tanto, es de suma importancia no olvidar este antecedente, pues sienta las bases de una política antisemita que se verá reforzada durante la época de Fernando e Isabel. Lo anterior no debe extrañarnos de ningún modo, puesto que estos reyes y sus súbditos, aunado a su honda fe y devoción católica, fueron los sucesores de los grupos visigóticos que se refugiaron al norte de España tras la invasión árabe y berebere. Esto explica, por consiguiente, el decidido antisemitismo de los habitantes de los reinos responsables de la reconquista.
Otros dos concilios, uno anterior y otro posterior, también nos dan una idea de las diversas disposiciones antisemitas que se promulgaron durante el reino visigótico. En el tercer concilio, llevado a cabo en el año 589, se prohibía “a los judíos los matrimonios mixtos, el ejercicio de las funciones públicas, la creación de nuevas sinagogas, la posesión de esclavos cristianos y el proselitismo.”[3] Así mismo, el concilio XIIº de 681 “tenía por finalidad primera […] ‘extirpar la peste judaica, que renace sin cesar’”.[4] Otras medidas, todavía más extremas, fueron llevadas a cabo por el rey Sisebuto (612-621), ya que por decreto real obligó a los judíos a la conversión, mientras que el rey Recesvinto:

…privó a los judíos de sus derechos en la justicia contra los cristianos y prohibió las manifestaciones exteriores de la religión –costumbres alimenticias, circuncisión, ceremonias del matrimonio, celebración de Pascua-. A partir de 654, se obligó a los conversos a hacer acto de presencia ante su obispo con motivo de todas las fiestas cristianas y de las antiguas fiestas judías.[5]

El rey Egica (687-702), por su parte, decidió convertir en esclavos a todos los judíos que habitaran en el reino, con lo que confiscó todos sus bienes y servidumbre.      
               Con lo anteriormente expuesto buscamos mostrar al lector algunos ejemplos de las duras disposiciones antisemitas que tuvieron lugar durante el reinado de los visigodos. Empero, en ninguna de los concilios expuestos se promueve la expulsión como un medio infalible para la erradicación del judaísmo. Es claro que los judíos representaban una fuente de ingresos para el reino visigótico, pues Egida, al confiscar sus bienes, hizo que esta medida resultara altamente provechosa para la economía de su reino. Pero esta intolerancia y persecución hacia los judíos no termina cuando el dominio visigótico cae en poder del islam[6], ya que, como lo menciona claramente García de Cortázar, “bajo el dominio almorávide […] el islamismo se vuelve para muchos en cuestión de profunda convicción interna. Ello se tradujo en la primera mitad del siglo XII en una actitud de intolerancia hacia las comunidades judías y cristianas de Al-Ándalus, cuya vida se hace progresivamente más difícil.”[7]
            Como podemos ver, aquí la situación cambia notoriamente, ya que los almorávides van a emprender una política de persecución e intolerancia no sólo contra los judíos, sino también hacia los cristianos. Esta práctica se va a continuar con sus sucesores y vencedores, los almohades, pues son éstos los que van a:

…hacer realmente difícil la vida de las comunidades no musulmanas; la mozárabe había desaparecido prácticamente en 1126, e igual suerte corrió la judía en la segunda mitad del siglo XII en que la dura persecución almohade obligó a sus miembros –numerosísimos en Sevilla, Granada, Lucena y otras ciudades- a fingir su conversión al islamismo o, más frecuentemente, a huir a los reinos cristianos, especialmente Castilla…”[8]

        Los mozárabes, menester es la aclaración, son los cristianos que a cambio de un impuesto pagado a los musulmanes pudieron seguir viviendo en los territorios conquistados y despojados a los antiguos reyes visigodos. Llama la atención que muchos de los pocos judíos y cristianos que decidieron mantenerse en territorios almohades tuvieron que optar por la conversión, práctica que, como se verá más adelante, causó un gran número de problemas a los regentes católicos de finales del siglo XV al obligar a muchos judíos a convertirse al catolicismo.
Por otra parte, la gran mayoría de judíos que no aceptaron la conversión se vieron obligados a huir hacia los reinos cristianos del norte, los cuales, debido a su precaria situación hegemónica, no dudaron en darles cobijo, puesto que, como es bien sabido, muchos judíos detentaban un notable poder económico gracias a su diligencia y natural predisposición hacia el comercio. Ahí conformaron comunidades a las que se llamó aljamas, vocablo árabe hispanizado que se usó para denominar a los barrios judíos.
Pero si los almohades habían logrado expulsar a la gran mayoría de judíos de sus territorios hispanos, los cristianos del resto de Europa no quisieron quedarse atrás en una práctica que los reivindicaba como defensores de la fe católica. Así, en Inglaterra, en 1290, el rey Eduardo I había exiliado a los judíos de su reino. Lo mismo sucedió en Francia en diversos momentos, ya que varias expulsiones se llevaron a cabo durante los años 1182, 1306 y 1323. De igual manera la expulsión de los judíos se dio en los Principados alemanes, en los Ducados de Parma y Milán desde mediados del siglo XV.[9]
Para 1266, la guerra de reconquista declarada al islam en España había alcanzado sus más altas proporciones, haciendo que los reinos cristianos del norte mantuvieran la hegemonía de prácticamente el mismo territorio hasta el año 1484. Durante este periodo, las aljamas judías habían crecido en número y su presencia se había hecho latente en diversas partes del territorio reconquistado. Esto nos indica que, pese a las antiguas medidas propuestas por los reyes visigodos, los judíos habían logrado ser tolerados y admitidos otra vez en los nuevos reinos católicos. Pero esta actitud por parte de los gobernantes hispanos hacia los judíos no era meramente desinteresada, ya que su pericia como administradores y recaudadores de impuestos los hacía imprescindibles para el buen funcionamiento de la corona.
Y fueron estas cosas, entre otras muchas circunstancias más, las que llevaron a que desde mediados del siglo XIV los predicadores católicos emprendieran una campaña de desprestigio de los judíos que buscaba a todas luces despertar el odio popular. Según Miguel Ángel Ladero Quesada, el antijudaísmo en España tuvo dos vertientes: el “antijudaísmo doctrinal, que se expresa en la legislación eclesiástica […], y el antijudaísmo popular, que derivaba del odio originado por los contactos a nivel económico, ya a través del problema de los préstamos, ya durante la gestión de los intereses de la Hacienda real y de otras rentas por algunos judíos que, conviene recordarlo, eran una pequeña minoría dentro de su comunidad.”[10]
Como podemos observar en la cita anterior, mucho de este antijudaísmo estaba fincado en el resentimiento popular de los cristianos hacia algunos judíos que gozaban de una posición económica superior o que realizaban cobros y recaudaciones en nombre de la Corona española. Pero como acertadamente lo menciona Ladero Quesada, sólo un reducido número de judíos eran los que realizaban este tipo de actividades y que gozaban de una gran riqueza. Pese a ello, en la conciencia popular se fue creando una muy nutrida aversión hacia los judíos y el judaísmo en general, aversión que, alimentada por los predicadores, desembocó en los disturbios de 1348 y, finalmente, en las sangrientas persecuciones de 1391. En estas últimas, un gran número de judíos fueron asesinados; otros, que no sufrieron la misma suerte, decidieron marcharse de los territorios españoles, mientras que otros muchos más aceptaron la conversión.  
Pero la conversión, haya sido sincera o no, acarreó nuevos problemas para los Reyes Católicos y para los mismos judíos. Tras la recuperación de la comunidad judía después de los disturbios de finales del siglo XIV, el hecho mismo de su conversión empezó a levantar nuevas dudas y acalorados debates. Hacia 1412 se promulgó un ordenamiento que contemplaba la discriminación y segregación de los judíos. Este ordenamiento fue ratificado en la Sentencia Arbitral de 1465. Empero, aunque muchas de las disposiciones fueron cumplidas cabalmente, una de ellas, la de la prohibición de ejercer determinados oficios, no contemplaba que los judíos no pudieran ejercer ciertos cargos relacionados con el arrendamiento de rentas reales, eclesiásticas o señoriales. Con ello, los judíos pudieron reingresar al desempeño de cargos en que eran de suma ayuda al poder regio.
Sólo la defección de los neoconversos vino a dar al conflicto su punto más álgido. Para ese entonces no fueron pocos los neocristianos que abandonaron el catolicismo para abrazar de nuevo la religión que les había sido arrancada. Fue entonces que un criptojudaísmo hizo su aparición en la práctica religiosa de los nuevos miembros de la iglesia católica. Y así fue, efectivamente, ya que muchos neoconversos aprovecharon la intimidad de sus hogares para realizar prácticas judaizantes. Esto condujo a que, según palabras de John H. Elliott, “los auténticos convertidos [hicieran] presión para que se estableciese en Castilla un tribunal de la Inquisición, cuya creación solicitaron Fernando e Isabel de Roma en 1478.”[11] La tarea fundamental del Consejo de la Suprema y General Inquisición fue la de perseguir y castigar a los neocristianos que, según este consejo, “habían vuelto encubiertamente a sus antiguas creencias.”[12]
Gracias a la insistencia de Fernando, la presencia de la Inquisición se extendió a otras regiones del reino español, lo que trajo consigo que un gran número de judeoconversos abandonaran España ante el temor de ser juzgados por el brazo inflexible del Santo Oficio. Esta medida conllevó, como consecuencia lógica, que un gran capital judío saliera de España, con el consiguiente perjuicio de la economía hispana. Por fin, el 30 de marzo de 1492, justo unos cuantos meses antes de que Colón diera por casualidad con el ahora llamado continente americano, los Reyes Católicos firmaron el edicto que ordenaba que los judíos abandonaran el reino español en un plazo no mayor a cuatro meses.
En la breve exposición anterior hemos buscado mostrar distintos puntos que culminaron con la expulsión de los judíos de los reinos españoles en 1492. Creemos, no obstante, que dicha decisión se vio influenciada gravemente por varios factores que vale la pena mencionar. Un factor fue el subsecuente movimiento de expulsiones realizadas en varios reinos europeos avivadas por la ideología de una lucha en contra de la herejía y las doctrinas adversas al catolicismo. Otro factor fue el reacio antisemitismo que el pueblo español mostró a lo largo de décadas, y que tuvieron su manifestación más dramática en los disturbios y asesinatos masivos de judíos en 1391. Pero un motivo que creemos fundamental fue, sin duda, el creciente criptojudaísmo español que amenazaba con romper la tan anhelada paz y unión católica que la toma y reconquista de Granada había creado en la mentalidad de los súbditos españoles de aquel tiempo, ya que, como lo mencionan diversos autores, la conciencia de un reino católico cuya misión fue eliminar a los pérfidos, fue cada vez más fuerte.
Sin embargo, creemos que medidas tan drásticas no muestran más que la intolerancia del ser humano, ya que como pudimos observar a lo largo de nuestra exposición, el común denominador en muchos de los pueblos que en cierto momento detentaron el poder fue la segregación y la intolerancia hacia el otro.  Esperamos que este pequeño ensayo siembre en el lector la inquietud por repensar el papel que la intolerancia ha jugado, juega y está jugando en nuestro devenir histórico, haciendo que al menos por un momento se vea reflejado en alguno de los pueblos que han sido perseguidos y comprenda que la violencia hacia las ideas del otro no será nunca la mejor manera de resolver los conflictos.                   
             
  
 BIBLIOGRAFÍA.

Blasco Martínez, Asunción, “Razones y consecuencias de una decisión controvertida: La expulsión de los judíos de España en 1492”,  Kalakorikos: revista para el estudio, defensa, protección y divulgación del patrimonio histórico, artístico y cultural de Calahorra y su entorno, España, Amigos de la Historia de Calahorra, 2005.

Elliott, John H., La España imperial, Barcelona, Editorial Vicens Vives, 1972.

García de Cortázar, José Ángel, Historia de España Alfaguara. Tomo II: la época medieval, Madrid, Alianza/Alfaguara, 1981.

Ladero quesada, Miguel, La España de los reyes católicos, Madrid, alianza editorial, 2014.

Rucquoi, Adeline, La historia medieval de la península ibérica, Zamora, El colegio de Michoacán, 2000.




[1] Adeline Rucquoi, La historia medieval de la península ibérica, Zamora, El colegio de Michoacán, 2000, p. 46.
[2] Ibidem.
[3] Adeline Rucquoi, op. cit. pp. 47, 48.
[4] Adeline Rucquoi, op. cit. p. 47.
[5] Adeline Rucquoi, op. cit. p. 48.
[6] Cabe aclara en este punto que la política de los primeros gobernantes islámicos, los llamados Omeyas, fue de tolerancia hacia los cristianos y judíos, situación que cambió radicalmente durante los reinados almorávides y almohades.
[7] José Ángel García de Cortázar, Historia de España Alfaguara. Tomo II: la época medieval, Madrid, Alianza/Alfaguara, 1981, p. 122.
[8] José Ángel García de Cortázar, op. cit. p. 125.
[9] Asunción Blasco Martínez, “Razones y consecuencias de una decisión controvertida: La expulsión de los judíos de España en 1492”,  Kalakorikos: revista para el estudio, defensa, protección y divulgación del patrimonio histórico, artístico y cultural de Calahorra y su entorno, España, n. 10, p. 10.  
[10] Miguel Ladero quesada,  La España de los reyes católicos, Madrid, alianza editorial, 2014, pp. 301, 302. 
[11] John H. Elliott, La España imperial, Barcelona, Editorial Vicens Vives, 1972, p. 110.
[12] Idem. p. 111. 

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