MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
La Expulsión
de los Judíos en 1492
de los Judíos en 1492
P
|
or muchas cosas, el año de 1492 fue trascendental para la historia
de los reinos españoles y para el resto de Europa. Por una parte, el triunfo
sobre el último bastión de presencia musulmana en la península se logró con la
reconquista de Granada y con la consecuente expulsión de la comunidad árabe de
lo que antaño había formado parte del territorio conocido como Al-Ándalus. Por
otro lado, en ese mismo año se publica la primera gramática de la lengua
española por Antonio de Nebrija y se lleva a cabo el encuentro fortuito con
enormes extensiones de tierras hasta ese momento desconocidas.
Pero si el
hallazgo de un continente, al que más tarde se daría el nombre de América, tuvo
enormes implicaciones no sólo para España sino para el resto de Europa, no
debemos dejar de mencionar otros acontecimientos que se llevaron a cabo ese
mismo año y que incidieron profundamente en el devenir económico e histórico de
un reinado tan importante e influyente como lo fue el de los Reyes Católicos. Cabe
recordar que Fernando e Isabel obtuvieron la concesión exclusiva sobre la
evangelización del entonces llamado “Nuevo Mundo”. Con ello y con la afanosa
labor de reconquista llevada a buen término durante su reinado, se viene a
ratificar su encomiable labor como defensores y propulsores de la fe católica.
Con tan grande
responsabilidad en sus manos, no fue para menos que la presión de una sociedad
católica y excesivamente intolerante, como lo fue la castellana, les impeliera
a tomar medidas cada vez más drásticas para llevar a cabo “una limpieza de
sangre”. En este sentido, huelga decir que en un reino tan dispar como lo fue
el de Fernando e Isabel la segregación y el odio étnico adquirieron tintes cada
vez más grotescos. Esto nos lleva a recordar que la consumación de la
reconquista no significó la erradicación completa de los grupos árabes que
habitaron en la península, puesto que muchos de ellos siguieron viviendo en los
diversos reinos españoles a lo largo de muchos años. No sobra traer a colación el
término mudéjar, el cual denominó a todo aquel árabe radicado en España que
vivía entre cristianos y que seguía fiel al islam.
Esta tolerancia
ejercida por los Reyes Católicos no se debió, sin embargo, a su buena fe o buen
corazón. Los mudéjares aportaron grandes beneficios económicos a la corona
española, pues estaban obligados a pagar un tributo a cambio de poder seguir
profesando su religión. Además, a pesar de las reglamentaciones y prohibiciones
vigentes, muchos árabes eran destacados médicos y sus servicios eran
ampliamente solicitados por los cristianos. Pero hubo otro grupo que también
fue objeto de la segregación y discriminación: los judíos.
El antisemitismo no
es una práctica contemporánea, pues desde hace cientos de años los judíos han
sido perseguidos incansablemente por distintos pueblos y culturas. Han sido
objeto, también, de innumerables vejaciones, calumnias e inclusive mitos que
sólo han alimentado el odio que se tiene hacia ellos. Con esto no queremos
mostrarnos como defensores de este grupo religioso y hacer ver a los seguidores
del judaísmo como las victimas por excelencia de una práctica racista y
desconsiderada, sólo buscamos dar la pauta para una discusión sobre nuestras
impresiones sobre la persecución que se hizo de ellos y que condujo, irremediablemente,
a los episodios catastróficos de 1391 y a su posterior expulsión en 1492 bajo
el reinado de los Reyes Católicos.
Para darnos una
idea del camino que siguió el antisemitismo en el territorio que a la postre
conformaría la regencia de Fernando e Isabel, creemos imprescindible llevar a
cabo una breve revisión de algunos momentos históricos que nos parecen
representativos, y que nos ayudarán a entender la subsecuente expulsión de los
judíos de España a finales del siglo XV.
La España
visigótica es, por muchas razones, un referente obligatorio para comprender la
conformación del territorio hispano entre los años 569 y 711. Con el rey visigodo
Leovigildo (569-586), y posteriormente con su hijo y sucesor Recaredo
(586-601), se inicia y consolida la unificación territorial del reino
visigótico. Así mismo, la conversión de Recaredo (quien anteriormente profesaba
el arrianismo) al catolicismo sienta las bases la unidad religiosa en la España
de los visigodos. De esta manera, con la adopción y difusión del catolicismo en
el reino, “la Iglesia católica suministró al poder visigótico sus fundamentos
intelectuales y jurídicos, heredados de Roma y Constantinopla, y ampliamente
inspirados en los modelos bíblicos.”[1]
Uno de los
fundamentos que permearon hondamente en la organización religiosa visigótica
fue la implementación de los concilios, juntas eclesiásticas convocadas para
deliberar y decidir asuntos concernientes al dogma y disciplina de la Iglesia
católica. El VIIIº concilio de Toledo, convocado por el rey Recesvinto en 653,
es de suma importancia para nuestro tema, ya que en él se especifica “que el
rey era el protector de la fe católica, que debía defenderla frente a la
‘perfidia de los judíos’ y frente a los herejes…”[2]
Como es de notar, la aversión hacia los judíos es patente desde los tiempos
visigóticos, pues se les tacha de pérfidos, es decir, de traidores y quebrantadores
de la fe católica. Por lo tanto, es de suma importancia no olvidar este
antecedente, pues sienta las bases de una política antisemita que se verá
reforzada durante la época de Fernando e Isabel. Lo anterior no debe extrañarnos
de ningún modo, puesto que estos reyes y sus súbditos, aunado a su honda fe y
devoción católica, fueron los sucesores de los grupos visigóticos que se
refugiaron al norte de España tras la invasión árabe y berebere. Esto explica,
por consiguiente, el decidido antisemitismo de los habitantes de los reinos
responsables de la reconquista.
Otros dos
concilios, uno anterior y otro posterior, también nos dan una idea de las
diversas disposiciones antisemitas que se promulgaron durante el reino
visigótico. En el tercer concilio, llevado a cabo en el año 589, se prohibía “a
los judíos los matrimonios mixtos, el ejercicio de las funciones públicas, la
creación de nuevas sinagogas, la posesión de esclavos cristianos y el
proselitismo.”[3]
Así mismo, el concilio XIIº de 681 “tenía por finalidad primera […] ‘extirpar
la peste judaica, que renace sin cesar’”.[4] Otras
medidas, todavía más extremas, fueron llevadas a cabo por el rey Sisebuto
(612-621), ya que por decreto real obligó a los judíos a la conversión,
mientras que el rey Recesvinto:
…privó a los judíos de sus derechos en la justicia contra los
cristianos y prohibió las manifestaciones exteriores de la religión –costumbres
alimenticias, circuncisión, ceremonias del matrimonio, celebración de Pascua-.
A partir de 654, se obligó a los conversos a hacer acto de presencia ante su
obispo con motivo de todas las fiestas cristianas y de las antiguas fiestas
judías.[5]
El rey Egica (687-702), por su parte, decidió convertir en esclavos
a todos los judíos que habitaran en el reino, con lo que confiscó todos sus
bienes y servidumbre.
Con lo
anteriormente expuesto buscamos mostrar al lector algunos ejemplos de las duras
disposiciones antisemitas que tuvieron lugar durante el reinado de los
visigodos. Empero, en ninguna de los concilios expuestos se promueve la expulsión como un medio infalible para la erradicación del judaísmo. Es
claro que los judíos representaban una fuente de ingresos para el reino
visigótico, pues Egida, al confiscar sus bienes, hizo que esta medida resultara
altamente provechosa para la economía de su reino. Pero esta intolerancia y
persecución hacia los judíos no termina cuando el dominio visigótico cae en
poder del islam[6],
ya que, como lo menciona claramente García de Cortázar, “bajo el dominio
almorávide […] el islamismo se vuelve para muchos en cuestión de profunda
convicción interna. Ello se tradujo en la primera mitad del siglo XII en una
actitud de intolerancia hacia las comunidades judías y cristianas de Al-Ándalus,
cuya vida se hace progresivamente más difícil.”[7]
Como podemos ver,
aquí la situación cambia notoriamente, ya que los almorávides van a emprender
una política de persecución e intolerancia no sólo contra los judíos, sino
también hacia los cristianos. Esta práctica se va a continuar con sus sucesores
y vencedores, los almohades, pues son éstos los que van a:
…hacer realmente difícil la vida de las comunidades no musulmanas;
la mozárabe había desaparecido prácticamente en 1126, e igual suerte corrió la
judía en la segunda mitad del siglo XII en que la dura persecución almohade
obligó a sus miembros –numerosísimos en Sevilla, Granada, Lucena y otras
ciudades- a fingir su conversión al islamismo o, más frecuentemente, a huir a
los reinos cristianos, especialmente Castilla…”[8]
Los mozárabes,
menester es la aclaración, son los cristianos que a cambio de un impuesto
pagado a los musulmanes pudieron seguir viviendo en los territorios
conquistados y despojados a los antiguos reyes visigodos. Llama la atención que
muchos de los pocos judíos y cristianos que decidieron mantenerse en
territorios almohades tuvieron que optar por la conversión, práctica que, como
se verá más adelante, causó un gran número de problemas a los regentes
católicos de finales del siglo XV al obligar a muchos judíos a convertirse al
catolicismo.
Por otra parte,
la gran mayoría de judíos que no aceptaron la conversión se vieron obligados a
huir hacia los reinos cristianos del norte, los cuales, debido a su precaria
situación hegemónica, no dudaron en darles cobijo, puesto que, como es bien
sabido, muchos judíos detentaban un notable poder económico gracias a su
diligencia y natural predisposición hacia el comercio. Ahí conformaron comunidades
a las que se llamó aljamas, vocablo árabe hispanizado que se usó para denominar
a los barrios judíos.
Pero si los
almohades habían logrado expulsar a la gran mayoría de judíos de sus
territorios hispanos, los cristianos del resto de Europa no quisieron quedarse
atrás en una práctica que los reivindicaba como defensores de la fe católica. Así,
en Inglaterra, en 1290, el rey Eduardo I había exiliado a los judíos de su
reino. Lo mismo sucedió en Francia en diversos momentos, ya que varias
expulsiones se llevaron a cabo durante los años 1182, 1306 y 1323. De igual
manera la expulsión de los judíos se dio en los Principados alemanes, en los
Ducados de Parma y Milán desde mediados del siglo XV.[9]
Para 1266, la guerra
de reconquista declarada al islam en España había alcanzado sus más altas
proporciones, haciendo que los reinos cristianos del norte mantuvieran la
hegemonía de prácticamente el mismo territorio hasta el año 1484. Durante este
periodo, las aljamas judías habían crecido en número y su presencia se había
hecho latente en diversas partes del territorio reconquistado. Esto nos indica
que, pese a las antiguas medidas propuestas por los reyes visigodos, los judíos
habían logrado ser tolerados y admitidos otra vez en los nuevos reinos
católicos. Pero esta actitud por parte de los gobernantes hispanos hacia los
judíos no era meramente desinteresada, ya que su pericia como administradores y
recaudadores de impuestos los hacía imprescindibles para el buen funcionamiento
de la corona.
Y fueron estas
cosas, entre otras muchas circunstancias más, las que llevaron a que desde
mediados del siglo XIV los predicadores católicos emprendieran una campaña de
desprestigio de los judíos que buscaba a todas luces despertar el odio popular.
Según Miguel Ángel Ladero Quesada, el antijudaísmo en España tuvo dos
vertientes: el “antijudaísmo doctrinal, que se expresa en la legislación
eclesiástica […], y el antijudaísmo popular, que derivaba del odio originado
por los contactos a nivel económico, ya a través del problema de los préstamos,
ya durante la gestión de los intereses de la Hacienda real y de otras rentas
por algunos judíos que, conviene recordarlo, eran una pequeña minoría dentro de
su comunidad.”[10]
Como podemos
observar en la cita anterior, mucho de este antijudaísmo estaba fincado en el
resentimiento popular de los cristianos hacia algunos judíos que gozaban de una
posición económica superior o que realizaban cobros y recaudaciones en nombre
de la Corona española. Pero como acertadamente lo menciona Ladero Quesada, sólo
un reducido número de judíos eran los que realizaban este tipo de actividades y
que gozaban de una gran riqueza. Pese a ello, en la conciencia popular se fue
creando una muy nutrida aversión hacia los judíos y el judaísmo en general,
aversión que, alimentada por los predicadores, desembocó en los disturbios de 1348
y, finalmente, en las sangrientas persecuciones de 1391. En estas últimas, un
gran número de judíos fueron asesinados; otros, que no sufrieron la misma
suerte, decidieron marcharse de los territorios españoles, mientras que otros
muchos más aceptaron la conversión.
Pero la conversión,
haya sido sincera o no, acarreó nuevos problemas para los Reyes Católicos y
para los mismos judíos. Tras la recuperación de la comunidad judía después de
los disturbios de finales del siglo XIV, el hecho mismo de su conversión empezó
a levantar nuevas dudas y acalorados debates. Hacia 1412 se promulgó un
ordenamiento que contemplaba la discriminación y segregación de los judíos.
Este ordenamiento fue ratificado en la Sentencia Arbitral de 1465. Empero,
aunque muchas de las disposiciones fueron cumplidas cabalmente, una de ellas, la
de la prohibición de ejercer determinados oficios, no contemplaba que los
judíos no pudieran ejercer ciertos cargos relacionados con el arrendamiento de
rentas reales, eclesiásticas o señoriales. Con ello, los judíos pudieron
reingresar al desempeño de cargos en que eran de suma ayuda al poder regio.
Sólo la
defección de los neoconversos vino a dar al conflicto su punto más álgido. Para
ese entonces no fueron pocos los neocristianos que abandonaron el catolicismo
para abrazar de nuevo la religión que les había sido arrancada. Fue entonces
que un criptojudaísmo hizo su aparición en la práctica religiosa de los nuevos
miembros de la iglesia católica. Y así fue, efectivamente, ya que muchos
neoconversos aprovecharon la intimidad de sus hogares para realizar prácticas
judaizantes. Esto condujo a que, según palabras de John H. Elliott, “los
auténticos convertidos [hicieran] presión para que se estableciese en Castilla
un tribunal de la Inquisición, cuya creación solicitaron Fernando e Isabel de Roma
en 1478.”[11]
La tarea fundamental del Consejo de la Suprema y General Inquisición fue la de
perseguir y castigar a los neocristianos que, según este consejo, “habían
vuelto encubiertamente a sus antiguas creencias.”[12]
Gracias a la
insistencia de Fernando, la presencia de la Inquisición se extendió a otras
regiones del reino español, lo que trajo consigo que un gran número de
judeoconversos abandonaran España ante el temor de ser juzgados por el brazo
inflexible del Santo Oficio. Esta medida conllevó, como consecuencia lógica,
que un gran capital judío saliera de España, con el consiguiente perjuicio de
la economía hispana. Por fin, el 30 de marzo de 1492, justo unos cuantos meses
antes de que Colón diera por casualidad con el ahora llamado continente
americano, los Reyes Católicos firmaron el edicto que ordenaba que los judíos
abandonaran el reino español en un plazo no mayor a cuatro meses.
En la breve
exposición anterior hemos buscado mostrar distintos puntos que culminaron con
la expulsión de los judíos de los reinos españoles en 1492. Creemos, no
obstante, que dicha decisión se vio influenciada gravemente por varios factores
que vale la pena mencionar. Un factor fue el subsecuente movimiento de
expulsiones realizadas en varios reinos europeos avivadas por la ideología de
una lucha en contra de la herejía y las doctrinas adversas al catolicismo. Otro
factor fue el reacio antisemitismo que el pueblo español mostró a lo largo de
décadas, y que tuvieron su manifestación más dramática en los disturbios y
asesinatos masivos de judíos en 1391. Pero un motivo que creemos fundamental
fue, sin duda, el creciente criptojudaísmo español que amenazaba con romper la
tan anhelada paz y unión católica que la toma y reconquista de Granada había
creado en la mentalidad de los súbditos españoles de aquel tiempo, ya que, como
lo mencionan diversos autores, la conciencia de un reino católico cuya misión
fue eliminar a los pérfidos, fue cada vez más fuerte.
Sin embargo,
creemos que medidas tan drásticas no muestran más que la intolerancia del ser
humano, ya que como pudimos observar a lo largo de nuestra exposición, el común
denominador en muchos de los pueblos que en cierto momento detentaron el poder
fue la segregación y la intolerancia hacia el otro. Esperamos que este pequeño ensayo siembre en
el lector la inquietud por repensar el papel que la intolerancia ha jugado,
juega y está jugando en nuestro devenir histórico, haciendo que al menos por un
momento se vea reflejado en alguno de los pueblos que han sido perseguidos y
comprenda que la violencia hacia las ideas del otro no será nunca la mejor
manera de resolver los conflictos.
BIBLIOGRAFÍA.
Blasco Martínez, Asunción, “Razones y consecuencias de una decisión
controvertida: La expulsión de los judíos de España en 1492”, Kalakorikos: revista para el estudio,
defensa, protección y divulgación del patrimonio histórico, artístico y cultural
de Calahorra y su entorno, España, Amigos de la Historia de Calahorra, 2005.
Elliott, John H., La España imperial, Barcelona, Editorial
Vicens Vives, 1972.
García de Cortázar, José Ángel, Historia de España Alfaguara.
Tomo II: la época medieval, Madrid, Alianza/Alfaguara, 1981.
Ladero quesada, Miguel, La España de los reyes católicos, Madrid,
alianza editorial, 2014.
Rucquoi, Adeline, La historia medieval de la península ibérica,
Zamora, El colegio de Michoacán, 2000.
[1]
Adeline Rucquoi, La historia medieval de la península ibérica, Zamora,
El colegio de Michoacán, 2000, p. 46.
[3] Adeline Rucquoi, op. cit.
pp. 47, 48.
[4] Adeline Rucquoi, op. cit.
p. 47.
[5] Adeline Rucquoi, op. cit.
p. 48.
[6]
Cabe aclara en este punto que la política de los primeros gobernantes islámicos,
los llamados Omeyas, fue de tolerancia hacia los cristianos y judíos, situación
que cambió radicalmente durante los reinados almorávides y almohades.
[7]
José Ángel García de Cortázar, Historia de España Alfaguara. Tomo II: la
época medieval, Madrid, Alianza/Alfaguara, 1981, p. 122.
[8]
José Ángel García de Cortázar, op. cit. p. 125.
[9]
Asunción Blasco Martínez, “Razones y consecuencias de una decisión
controvertida: La expulsión de los judíos de España en 1492”, Kalakorikos: revista para el estudio,
defensa, protección y divulgación del patrimonio histórico, artístico y
cultural de Calahorra y su entorno, España, n. 10, p. 10.
[10] Miguel
Ladero quesada, La España de los
reyes católicos, Madrid, alianza editorial, 2014, pp. 301, 302.
[11]
John H. Elliott, La España imperial, Barcelona, Editorial Vicens Vives,
1972, p. 110.
[12] Idem.
p. 111.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Agradeceremos cualquier comentario al respecto.