MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
La Embriaguez entre los
Mexicas
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E
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l tema de la embriaguez entre los
mexicas nos parece de gran interés, ya que no sólo nos muestra el lado humano
de un pueblo del pasado, sino que también nos da un claro ejemplo de cómo una
sociedad reaccionó ante uno de los problemas más recurrentes en la historia de
la humanidad. Pues la embriaguez ha sido y sigue siendo una práctica con tan
honda raigambre que no ha podido ser erradicada de las costumbres de las
sociedades a lo largo del tiempo. De muchos son conocidos los problemas que
ésta conlleva, así como sus efectos en la descomposición social, ya que el
ebrio no aporta bienestar, sino por el contrario, es improductivo, problemático
y autodestructivo.
En un pueblo como el mexica, la embriaguez no sólo fue un asunto de
interés social, ya que se convirtió en un tema de suma importancia para la
supervivencia de un pueblo que creía tener como misión primordial la
continuidad de la vida y el consecuente renovamiento de la vitalidad solar.
Así, en una sociedad con tan importante razón de ser, la embriaguez era
considerada como uno de los peores males que podían acontecer a un individuo en
plena edad productiva. Por lo tanto, la sociedad mexica se vio en la imperiosa
necesidad de regular la ingesta de la bebida embriagante por excelencia en el centro
de México: el pulque u octli.
Y
aunque en el México prehispánico se consumieron diversos productos embriagantes
tales como los hongos, el peyote, el ololiuhqui, el toloache y el
tabaco, nuestro estudio está orientado a presentar al lector las prácticas
culturales y sociales vinculadas al pulque. Es por ello que en este escrito
pretendemos mostrar diversos aspectos relacionados con esta bebida, entre los
que podemos mencionar las prohibiciones y sanciones en contra del consumo
del octli, así como la literatura y prácticas rituales que giraron
en torno a tan afamado licor.
Con
el presente texto no pretendemos llevar a cabo un estudio exhaustivo de toda la
información concerniente al tema de nuestro interés, puesto que la extensión a
que hemos sujetado nuestro ensayo no lo permite. Así mismo, consideramos que la
finalidad central de nuestra tarea es fundamentalmente llevar a cabo una
revisión bibliográfica general de varios textos con los que contamos. Por
consiguiente, cabe aclarar al lector que este estudio no agota de ninguna
manera la bibliografía que se ha creado en torno a nuestro tema, sino que en su
más sencilla intención sólo pretende mostrar al lector cómo la sociedad mexica
reaccionó ante la embriaguez y el pulque, al igual que desmentir la no poco
difundida idea de que los mexicas fueron miembros de una sociedad que permitió
la ingesta desordenada de la por muchos llamada “bebida de los dioses”.
Comencemos por discernir el nombre del pulque y su origen etimológico. Durante
largo tiempo se pensó que el vocablo pulque provenía de la palabra
araucana pulqú, la cual designa a todas las bebidas fermentadas
embriagantes.[1] Sin embargo, tal interpretación ha
perdido vigencia, pues se ha demostrado que bien pudieron haber sido los
españoles los que llevaron dicha palabra a las regiones de los araucanos
chilenos. Por consiguiente, se acepta que la palabra pulque puede tratarse de
un barbarismo derivado del náhuatl puliuhqui, que significa
descompuesto o corrompido.
Cabe señalar que los mexicas distinguían entre el llamado iztac-octli (vino
blanco) y el octli puliuhqui (vino descompuesto o corrompido).
Entonces, es muy probable que al oír reiteradamente la palabra puliuhqui,
los españoles pensaran que así se le denominaba genéricamente a la bebida. En
este estudio utilizaremos reiteradamente los vocablos octli y
pulque indiscriminadamente.
Desde luego que no podemos proseguir con nuestro estudio sin mencionar la
dicotomía a la que se vio sujeto el pulque, pues éste tuvo entre los mexicas un
uso ritual al igual que profano. En el libro I de su Historia general
de las cosas de Nueva España, fray Bernardino de Sahagún menciona distintos
usos del octli durante las diversas fiestas dedicadas a los
dioses. Entre estos podemos mencionar la ingesta ritual y derramamiento que
viejos y viejas hacían de la bebida como una ofrenda a Xiuhtecutli,
dios del fuego. Otro ejemplo es la fiesta cuatrianual llamada pillaoano que
se hacía en honor de este mismo dios. En ella niños, jóvenes, adultos y
ancianos podían beber el pulque.[2]
Otro uso del pulque estaba estrechamente vinculado con el carácter de ofrenda
ritual que éste poseía. Sahagún nos cuenta cómo se ofrendaba pulque a los
dioses tlaloques. Así nos lo dice en el libro primero de su vasta historia:
Ofrecían así mismo a estas imágenes vino, u octli o pulcre,
que es el vino de la tierra; y los vasos en que lo ofrecían eran […] unas
calabazas lisas, redondas, pecosas, […] que las llaman tzilacayotli […];
a cada una de éstas partíanla por la mitad y sacábanle lo que tenía dentro, y
quedaba hecha como una taza, y henchíanla del vino dicho y poníanlas delante de
aquella imagen o imágenes […].[3]
Pero si en las fiestas a otros dioses el octli era
fundamental, con más razón lo encontraremos presente en las celebraciones
honrosas hechas a los dioses de la bebida y la embriaguez, los llamados centzon
totochtin (cuatrocientos conejos), nombre genérico con el que se
conocía a un innumerable conjunto de deidades de la embriaguez, entre los que
sobresalen Ome Tochtli, Tepoztécatl, Tezcatzóncatl, Toltécatl, Yauhtécatl,
Izquitécatl, Pahtécatl, Cuatlapanqui, Tlilhua, entre otros.[4] No
obstante, lo que llama la atención es aquello que Sahagún nos dice con respecto
al dios Tezcatzóncatl, pues menciona que todas las malas acciones de los
borrachos no eran responsabilidad de éste, sino del dios de la embriaguez que
poseía al borracho mientras le duraba la ebriedad.[5]
Por otra parte, el pulque tenía un uso
profano. Sonia Corcuera de Mancera nos menciona que en su forma no fermentada
(agua miel) era una bebida recurrente entre los antiguos mexicanos. Así nos lo
dice esta autora cuando escribe que “no cualquiera podía beber el pulque fermentado
que parece haber estado reservado para las ocasiones ceremoniales en que se
buscaban los efectos embriagantes de la bebida. Es posible que el pueblo
consumiera preferentemente huitztli o agua miel, que era el
líquido recién sacado de la planta y que tenía un grado muy bajo de
fermentación y una menor capacidad para embriagar.”[6]
El octli también era usado como remedio para algunos
padecimientos físicos. Sahagún hace referencia a su uso en la sanación de
heridas de la piel. Nos dice que “contra heridas y descalabraduras de la cabeza
el remedio es […] sacar zumo de la penca del maguey y cocido ponérselo en la
herida…”[7] Asimismo, agrega que “cuando comienza
el dolor de los ojos será provechoso […] echar en los ojos ciertas gotas
de pulcre trasnochado o serenado…”[8] El
agua miel también era usado en la producción de miel de maguey, la cual era
comercializada por hombres dedicados a este oficio y que poseían magueyes para
tal fin.
Todo lo mencionado con anterioridad nos hace ver que para los mexicas el pulque
gozó de una gran importancia, pues esta bebida no sólo tuvo un uso ritual sino
que también fue utilizada para otros fines, tanto alimentarios como curativos.
Pero si el líquido fue fundamental para ellos, así también lo fue la planta de
donde se obtenía. Y no era para menos, puesto que el maguey fue para los
pueblos antiguos del valle de México una planta maravillosa llena de bondades.
Así nos lo manifiesta el investigador brasileño Oswaldo Goncalves de Lima en su
ya clásico estudio El maguey y el pulque en los códices mexicanos,
pues nos dice que “la importancia del maguey y del pulque, análoga en la vida
de los mexica y de otros pueblos habitantes del área geográfica de los
magueyes, se puede estimar por sus representaciones en los viejos códices
figurativos […]”[9] Y este autor considera esta
planta mesoamericana como una de las más importantes para los pueblos del
pasado, que no escatima en decir que el pulque es la parte central de un
complejo cultural que bien podría recibir el nombre de “complejo del maguey”.
Creemos, por consiguiente, que una planta que a la vez proveía alimento, papel,
fibras textiles y una bebida ritual merece ser catalogada como el eje central
de un pueblo del que podríamos decir que desarrolló “una civilización del
maguey”. Sin embargo, no debemos incurrir en el común error de pensar que los
antiguos mexicanos, por el simple hecho de ser “una civilización del maguey”,
fueron también una “civilización de la embriaguez”. Ya el connotado etnólogo
francés Jacques Soustelle nos menciona que “jamás, en la historia, levantó
cultura alguna barreras más rigurosas ante [la bebida alcohólica], [puesto que]
los antiguos mexicanos conocían perfectamente el peligro que [ésta] significaba
para ellos [y] para su civilización.”[10]
Ahora bien, es menester ocuparnos de cómo los antiguos mexicanos concebían la
embriaguez dentro de su cultura. Como ya hemos mencionado con anterioridad, la embriaguez
ritual era tolerada dentro de un marco religioso controlado. Pero tal y como
nos lo da a entender Soustelle, la embriaguez profana y consuetudinaria era
castigada gravemente. Para poder comprender mejor la reacción de los mexicas
ante los excesos en que caía el ebrio, es crucial que hagamos un rápido
análisis de ciertos pasajes literarios en donde se nos ejemplifican los efectos
nocivos y devastadores de la embriaguez.
De nuevo Sahagún juega un papel de primer orden en nuestro cometido, pues en su
libro recoge un pasaje que hace referencia a la ruina de la mítica Tollan y
su dirigente Quetzalcoátl debido al efecto embriagante del octli.
Nos dice primeramente “que vino el tiempo que ya acabase la fortuna de Quetzalcóatl y
de los toltecas. Vinieron contra ellos tres nigrománticos, llamados Huitzilopochtli, Titlacauan y Tlacauepan,
los cuales hicieron muchos embustes, en Tulla.”[11] De
estos embustes el que nos ocupa es aquél que hace referencia a cómo Titlacauan se
transformó en un anciano para engañar a Quetzalcóatl. Ya bajo la apariencia de
un viejecillo indefenso, pidió encontrarse con Quetzalcóatl, argumentando que
era indispensable se entrevistara con él. Al estar ante su presencia, Titlacauan le ofrece una medicina que
curará sus enfermedades. Quetzalcoátl se muestra renuente a beber la pócima que
Titlacauan le ofrece, no obstante, al
final cede a los ruegos del anciano y se emborracha, ya que la dicha medicina
resulta ser pulque.
Después de beber el pulque que le ofreció el anciano, Quetzalcóatl se embriagó, con lo
que fue presa de una gran tristeza y deseo de abandonar Tollan. Así
comenzó, según los datos recogidos por Sahagún, la ruina de Tollan y
los toltecas. Esta historia nos muestra cómo para los antiguos mexicanos el
pulque y la embriaguez era el origen de muchos males y la ruina de los seres
humanos. Esta visión nefasta de los efectos nocivos de la ebriedad la
constatamos en otro pasaje recogido por el mismo Sahagún en el libro VI de su
magna obra. Aquí el nuevo señor dirige una arenga por primera vez a su pueblo
invitándolos a que no se embriaguen. Presentamos al lector un fragmento que
ilustrará efectivamente la idea que tenían los mexicas con respecto a la bebida
y la embriaguez:
Lo que principalmente encomiendo es que os apartéis
de la borrachería, que no bebaís octli, porque es como beleños que
sacan al hombre de su juicio, de lo cual mucho se apartaron y temieron los
viejos y las viejas, y lo tuvieron por cosa muy aborrecible y asquerosa, por cuya
causa los senadores y señores pasados ahorcaron a muchos, y a otros quebraron
las cabezas con piedras, y a otros muchos azotaron.[12]
En
este pasaje es notorio el rechazo que tenían los mexicas hacia la embriaguez
desordenada y el pulque y su uso profano. Es evidente, también, esa dicotomía
en torno a la bebida. Pues como hemos ya visto arriba, por un lado el octli fungió
como una bebida ritual cuya ingesta era permitida en ocasiones especiales, pero
por otro lado era también tenido como una bebida que sólo traía los peores
males posibles. Entonces, una sociedad como la mexica debía implementar una
política represiva para evitar la proliferación de bebedores descontrolados y
consuetudinarios. En este sentido, es interesante presentar al lector las medidas
que este pueblo tomó para erradicar la embriaguez profana.
En primer lugar, cabe presentar la idea que se tenía sobre el influjo que los
dioses de la embriaguez ejercían sobre el recién nacido y si es que había algo
que se pudiera hacer para cambiar el destino nefasto de aquellos nacidos bajo
su signo. “Este signo [se] llamaba ome totchtli. Decían que
cualquiera que nacía en este signo sería borracho, inclinado a beber vino y
(que) no buscaba otra cosa sino el vino […] y […] que no se podía remediar […]”[13] Así, tenemos que Sahagún nos informa
determinantemente que no existía remedio para lograr que los nacidos bajo el
signo de la embriaguez se alejaran de tan nefasto destino. No obstante, hasta
donde llega nuestro conocimiento con respecto a esta cuestión, sabemos que la
única manera en que era posible evitar o mitigar el influjo negativo que se
ejercía sobre aquéllos que nacían en alguna fecha no propicia era mediante el
bautismo. Así, se debía “señalar para la ceremonia del “bautismo e imposición
de nombre” una fecha lo suficientemente propicia como para contrarrestar los
augurios funestos del nacimiento.”[14]
Pero ya que una medida como ésa no puede ser a todas luces eficiente, se
necesitaban medidas más rigurosas que controlaran y reprimieran la propensión
al vicio no sólo de aquellos nacidos bajo el signo de la embriaguez, sino de
todos los habitantes que mostraran gusto por la bebida. En el fragmento de la
arenga que presentamos líneas arriba dada por el señor a su pueblo en que le
aconsejaba alejarse de la embriaguez, se muestran algunas de las medidas
represivas dirigidas hacia los ebrios consuetudinarios. Recordemos lo que nos
dice la última parte del texto que citamos: “los senadores y señores pasados
ahorcaron a muchos, y a otros quebraron las cabezas con piedras, y a otros
muchos azotaron.” Estas palabras nos dan una idea de las medidas tan drásticas
que los mexicas implementaron para controlar la ingesta del octli y
la práctica de la embriaguez.
Sabemos que los mexicas implementaron leyes feroces en torno a la ingesta de la
bebida. Por ejemplo, Jacques Soustelle nos menciona que “las ordenanzas de
Nezahualcoyótl castigan con la muerte al sacerdote sorprendido en estado de
ebriedad, y lo mismo al dignatario, o embajador que se encuentre borracho en el
palacio; al dignatario que se haya embriagado sin hacer escándalo recibe por
ello un castigo no menor, pues pierde sus funciones o sus títulos.”[15]
Como uno de los castigos menos severos encontramos que el ebrio era trasquilado
en la plaza pública o apaleado. De igual manera, el borracho era sometido a una
especie de “muerte civil”, pues el individuo que se embriagaba era rechazado
por la sociedad. Pero muchas veces el castigo no sólo implicaba penas
corporales o trasquilamientos, ya que la casa del ebrio podía ser derribada o
quemada, como una manera de mostrar a los demás que el borracho no merecía
vivir entre gente de razón.[16] Si el ebrio era un
hombre joven, se le llevaba al telpuchcalli y ahí se le
apaleaba hasta provocarle la muerte. En el caso de que el ebrio fuera una
mujer, se le apedreaba también hasta causarle la muerte. A otros ebrios se les
ahorcaba, mientras que a otros más se les aplastaba la cabeza con un bloque de
piedra.
Como podemos ver, las
medidas represivas en torno al consumo del octli eran feroces.
Los habitantes de una sociedad como la mexica se tuvieron que sujetar a
disposiciones altamente autoritarias. Por ende, aquel que se alejara de la
norma establecida por las autoridades recibía el rechazo de la sociedad y, en
el peor de los casos, la muerte. Entre los antiguos mexicanos la embriaguez no
era un asunto carente de interés, entonces, se debe considerar que los aportes
a la legislación judicial en torno al consumo de bebidas embriagantes en el
México antiguo no era un tema que se tomara a la ligera.
Y aunque hemos visto que los castigos públicos fueron un medio muy usado para
infundir en la población el temor y prudencia, también existieron otros medios
para hacer que la sociedad se alejara del vicio y la embriaguez ilícita. En
este sentido, cabe presentar al lector algunos extractos de obras literarias
que buscan amonestar y mostrar al individuo los problemas que acarrearía entregarse
al vicio. Los discursos didácticos llamados huehuetlatolli nos
proveen de claros ejemplos de lo que venimos discutiendo.
En uno de estos huehuetlatolli o pláticas de los ancianos que
recogió fray Andrés de Olmos, encontramos un discurso muy a la medida de lo que
buscamos mostrar. El texto dice lo siguiente:
Todas estas cosas te tengo recomendadas, que no
hagas: hazlas así y te darás a conocer como un gran bellaco, que no hay para ti
ni sentido ni cordura, que de veras tú eres un hombre dejado al vicio, que de
verás tendrás por merecimiento tuyo y será tu herencia, la yerba
estupefaciente, la yerba embrutecedora, el pulque, el hongo intoxicante: los
comerás, los beberás, con ellos te embriagarás, con ellos rodarás, te perderás
tú mismo, de modo que ya no tengas sentido de ti mismo, y te arrojarás al fogón
encendido, al comal del fuego, al río, al peñascal; caerás en la trampa, en la
red de cuerdas; y no te darás cuenta de cómo vienes a encontrar piedra y palo,
la suciedad y la basura; con esto te insolentarás, echándote a la cabeza y
mollera ajenas, te harás estúpido y salaz, te embrutecerás salvajemente, te
harás compañero del conejo, del venado, te meterás por bosques y llanuras.[17]
Como
podemos ver, en este texto se nos presenta de manera evidente la recomendación
de alejarse de los productos que embriagan, entre ellos el pulque. Pues es la
embriaguez la causante de la perdición del individuo, aquello que lo hará vivir
entre la suciedad y la basura, eso que lo igualará a los animales sin juicio ni
razón. Y así también la embriaguez será la causa de su ruina, de su perdición,
pues el ebrio no tiene cuidado ni de sí mismo ni de lo que hace y de hacia dónde
va.
Otro
ejemplo es el discurso del gobernante a su pueblo del que ya hemos presentado
un extracto. Tomamos de éste otro breve pasaje que ilustrará cómo el pulque es
el causante de la perdición del individuo y de la falta de interés hacia su
vida y hacia sus cosas.
Mucho lloran estos tales; siempre están tristes,
son vocingleros y alborotadores de las casas ajenas; después que han bebido
cuanto tienen hurtan de las casas de sus vecinos las ollas y los jarros y
platos y las escudillas; ninguna cosa dura en su casa, ni medra; no tiene
sosiego ni reposo en su casa el borracho, sino todo es pobreza y malaventura;
no hay plato ni escudilla, ni jarro en su casa, no tiene qué se vestir, ni con
qué cubrirse, ni qué calzar, ni tiene en qué dormir.[18]
Basten
estos breves extractos para dar una idea al lector de los diversos discursos
que se crearon con la intención de mostrar al pueblo los efectos nocivos de la
embriaguez. Y no fue para menos mencionarlos, pues ilustran de manera efectiva
la tendencia que tuvieron los mexicas de hacer uso de la retórica para dar a
conocer de una manera más cordial los efectos negativos que podría tener el
excederse en la ingesta del octli. Pero, como ya vimos, el castigo
corporal y la pena de muerte fue también un medio para reprimir el abuso en la
ingesta del pulque.
Ahora
sólo nos resta recapitular lo que hemos venido mencionando a lo largo de este
escrito y presentar algunas consideraciones finales. Primeramente, cabe
destacar que el pulque y la embriaguez significaron para los mexicas un tema de
sumo interés e importancia. Es notoria la ambigüedad existente con respecto a
la bebida y sus efectos, ya que por un lado fue considerada como un medio de
rendir culto a los dioses y como una ofrenda digna de su divinidad.
Por
otra parte, vemos que la bebida también fue considerada algo asqueroso y
aborrecible. Esta visión es la que nos parece interesante, pues el hecho de que
la bebida haya tenido valores tan dispares nos hace preguntarnos sobre la
intención de los gobernantes y sacerdotes al permitir que el pueblo lo
ingiriera sólo en ocasiones específicas y con claras restricciones sobre su
consumo. Creemos que en una sociedad tan autocrática como la mexica, la
embriaguez permisible era usada como un vehículo para el desfogue de sus miembros,
para hacer que la represión tuviera una válvula de escape. Así, los individuos
podrían seguir sujetos a las normas y la estabilidad se garantizaba.
Pero
a pesar de que el uso lícito del pulque se restringía a meras cuestiones
religiosas, vimos que también el uso profano que tuvo como sustancia auxiliar
en el tratamiento de enfermedades fue ampliamente difundido. De esta manera la
bebida pierde su carácter ritual y entra al mundo cotidiano. Y no debemos
olvidar que el líquido no fermentado de donde se obtiene el pulque fue también
utilizado para la producción de miel. Por lo tanto, no debe sorprendernos que
la planta de donde se obtenía y que daba tantas bondades a los seres humanos
fuera divinizada al asociarla a los dioses.
Otro
aspecto que nos parece pertinente considerar es aquél que se vincula con el
nacimiento y el signo ome tochtli. En pocas palabras, puede decirse
que aquel individuo cuyo sino era la embriaguez no tenía manera de escapar de
las garras de la bebida. Es por ello que se idearon maneras para poder liberar
al infante de tan despreciable destino. Sin embargo, creemos que aquí el libre
albedrío juega un papel fundamental. Pues no debemos olvidar que incluso en la
actualidad la propensión al vicio es más que nada una decisión personal más que
una imposición de los astros o las divinidades. Así, creemos que la elaboración
de un aparato legal tan feroz para controlar la ingesta ilícita de la bebida y
la embriaguez obedeció a las necesidades de controlar a un pueblo que habitaba
una región que le prodigaba de variados productos para intoxicarse. No
olvidemos que el auge mexica se dio en un corto periodo de tiempo con respecto
a otros pueblos, entonces, sus dirigentes bien pudieron darse cuenta que si se
le permitía a los ciudadanos vivir intoxicados, su productividad y rendimiento
disminuirían, lo cual afectaría irremediablemente el poder y progreso que su
civilización había alcanzado.
Lo
anterior es palpable en los diversos discursos didácticos recogidos por Olmos,
ya que en ellos se dan diversas recomendaciones a los jóvenes sobre cómo llevar
a cabo una vida ordenada y productiva alejada de los vicios y la ociosidad. Es
por ello que decidimos incluir el fragmento de uno de ellos, pues ilustran
ricamente la manera en que eran usados como un medio educativo no violento. No
dudamos de la eficacia de ellos, puesto que su pervivencia nos demuestra la
utilidad y la factibilidad de su uso.
Finalmente,
cabe destacar que a pesar que muchos son los temas que podrían tomarse en
cuenta para poder desarrollar un texto más dilatado y profuso sobre el asunto de
la embriaguez entre los antiguos mexicas, decidimos hacer uso de sólo algunos
de los rasgos más fundamentales que hacen de este asunto uno de los más
fascinantes en el estudio de la historia de la cultura náhuatl. Y aun cuando no
hayamos podido dar un buen fin a esta labor, estamos seguros que nuestro
interés no terminará con la realización de este sencillo ensayo, pues tenemos
la esperanza de poder reelaborar este estudio con más seriedad y dedicación,
pues sabemos que el desarrollo de una investigación de gran envergadura
requerirá siempre de un espíritu dispuesto y vigoroso que lleve sus
indagaciones hasta las últimas consecuencias.
BIBLIOGRAFÍA
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Soustelle, Jacques, La vida
cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista, 2ª. Ed., trad.
De Carlos Villegas, México, Fondo de Cultura Económica, 283 p. 159.
[1] Sonia Corcuera de Mancera, El fraile, el indio y el
pulque. Evangelización y embriaguez en la Nueva España (1523-1548), Primera
edición, México, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 20.
[2] Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas
de Nueva España, Primera edición, México, Editorial Porrúa, 1975, pp. 37,
38.
[3] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit. p. 48.
[4] Guilhem Olivier, “Los dioses ebrios del México antiguo. De la
transgresión a la inmortalidad”, Arqueología mexicana, México, v. xix, n. 114,
2012, p. 26.
[5] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit. p. 49.
[6] Sonia Corcuera de Mancera, op. cit. p. 26.
[7] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit. p. 569.
[8] Ibid. p. 570
[9] Oswaldo Gonçalves de Lima, El maguey y el pulque en los
códices mexicanos, Primera edición, México, Fondo de Cultura Económica,
1956, p. 28.
[10] Jacques Soustelle, La vida cotidiana de los aztecas en
vísperas de la conquista, 2ª. Ed., trad. De Carlos Villegas, México,
Fondo de Cultura Económica, 1970, p. 159.
[11] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit. p. 190.
[12] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit. p. 318.
[13] Sahagún, op. cit. p. 221.
[14] Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, 9ª. Ed., pról. de
Ángel María Garibay K., México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2001,
p. 195.
[15] Jacques Soustelle, op. cit. p. 160.
[16] Sonia Corcuera de Mancera, op. cit. p. 39.
[17] Ángel María Garibay Kintana, Historia de la literatura
náhuatl, 2ª. Ed., pról. de Miguel León-Portilla, México, Editorial Porrúa,
1992, pp. 416, 417.
[18] Fray Bernardino de Sahagún, op. cit. p, 319
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