MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
El Auto de Fe de Maní
En la historia de los pueblos existen episodios que perduran a
través del tiempo. La memoria colectiva se encarga de hacerlos perennes, de
dotarlos de un significado que trasciende el tiempo, el cual se arraiga cada
vez más profundamente a través de los años. Es labor del historiador analizar
estos eventos, redescubrirlos, reestructurarlos y dotarlos de una visión nueva;
en pocas palabras, hacer de ellos un objeto de estudio que aporte nuevas
interpretaciones sobre un momento histórico.
En México existen diversos momentos históricos que han perdurado a
través del tiempo. Son en su mayoría memorias que se mantienen tan arraigadas
en el pensamiento del mexicano actual, pero que en muchos casos sólo
contribuyen a que quien los conoce se forme ideas erróneas con respecto a un
acontecimiento histórico específico. Lo anterior puede deberse a que es posible
que aquellos que tienen alguna noción sobre la historia no profundizan en su
estudio, por lo tanto, toman como cierto mucho de lo que han escuchado o leído
en lugares o textos poco serios o mal fundamentados.
Este ensayo persigue un único fin: analizar, discutir y esclarecer
uno de los acontecimientos históricos más controversiales en la historia de
nuestro país: el auto de fe de Maní. Mucho se ha ya escrito al respecto, mucho
se ha dicho y discutido también. Pero en muchos de los casos los puntos de
vista divergen y se contraponen. Por un lado tenemos a quienes se han informado
bien al respecto y expresan sus opiniones de una manera objetiva y libre de
pasiones y puntos de vista personales. Por otra parte, tenemos a otros que con
poco o ningún fundamento critican y emiten juicios en torno a personajes y
eventos históricos.
Es por ello que pretendemos presentar al lector esta breve
disertación sobre uno de los personajes históricos más criticados y juzgados,
pero también uno de los peor entendidos: Fray Diego de Landa. Asimismo,
intentaremos hacer una exposición de su participación en el Auto de Fe de Maní,
así como los motivos y razones que tuvo para convertirse en uno de los más
tenaces perseguidores de la idolatría en la zona de Yucatán.
Esperamos que el lector tome con benevolencia este breve y
sencillo escrito, pobre en datos pero rico en la intención de mostrar lo que
pensamos con respecto a acontecimientos como éste. Sabemos, por consiguiente,
que no aportaremos nueva información a la discusión del tema, sino sólo nuestra
más sincera opinión con respecto a uno de los personajes que ha sido satanizado
por muchos al considerarlo como el culpable directo de la destrucción de
importantes documentos tan útiles para el estudio del pasado indígena de
Yucatán.
Iniciemos nuestra disertación presentando algunos datos generales
sobre la vida de fray Diego de Landa, para que, actuando de esta manera,
entendamos cómo fue que llegó a la provincia de Yucatán y los motivos que lo
hicieron ser uno de los individuos con los más altos cargos jerárquicos dentro
de la administración eclesiástica de la región.
Nace fray diego de Landa en la región de la Alcarria, provincia de
Guadalajara, el año de 1524. A edad temprana decidió entregarse al sacerdocio,
para lo cual ingresó al convento observante de San Juan de los Reyes en Toledo.
Después de algún tiempo de haberse entregado a la vida eremítica, decide
entregarse a la empresa evangelizadora de la Nueva España, desembarcando en el
puerto de San Juan de Ulúa el 10 de abril de 1549.
De Veracruz parte hacia Campeche, lugar considerado como la puerta
de entrada al interior de la zona maya de la Península de Yucatán. Una vez ahí,
Landa se dio a la difícil tarea de aprender la lengua de los mayas, cosa que no
tardó mucho en lograr, pues resultó tener una enorme habilidad para ello. Al
fundarse los conventos de Maní, Conkal e Izamal, fray Diego de Landa fue
asignado a realizar su labor misional en el último de éstos. Ya ahí se dedicó
con ardor a predicar el evangelio, pero también a presentarse incansablemente
en los lugares de culto pagano. “[…] suspendía los sacrificios, destruía los
ídolos, derramaba las bebidas rituales y no temía las amenazas de muerte,
puesto que el martirio le aseguraba conseguir la gloria eterna.”[1]
Con el tiempo, Landa obtiene el cargo de definidor, puesto
eclesiástico que le permite ser miembro de un tribunal religioso abocado a la
resolución de asuntos internos concernientes a la orden de los franciscanos de
la provincia de Yucatán. Para 1556, Landa obtiene el cargo de custodio de la provincia
de Yucatán. Con esto, Fray Diego ostenta el cargo religioso más importante dentro
de la provincia y con el cual podrá ejercer las funciones de un obispo. Entre
estas funciones cabe destacar aquella en que el custodio puede desempeñar el
papel de juez ordinario en asuntos relacionados a cuestiones de fe y en los que
podía ser asistido por las autoridades civiles de Yucatán.
Al constituirse Yucatán en provincia, Fray Diego de Landa es
electo como su provincial. Y es durante el ejercicio de este cargo que el
fraile se vio envuelto en uno de los episodios más controversiales de la evangelización:
el auto de fe de Maní. Con esta breve reseña de la vida de Landa, pretendemos
situar al lector en un marco contextual que explique someramente cómo Landa
llegó a ocupar el cargo de provincial, cargo que, por otra parte, fue el que le
permitió ejercer la severa y obstinada persecución de la idolatría en la
provincia de Yucatán.
Sin embargo, para continuar con nuestra discusión, consideramos
pertinente presentar cuál era la situación reinante con respecto a la
evangelización y su metodología. Primeramente, no debemos olvidar que de
acuerdo con Robert Ricard, la evangelización sujeta a un método de trabajo
empieza sólo con la llegada del famoso grupo de los doce misioneros
franciscanos, los cuales arribaron al puerto de Veracruz en mayo de 1524. Así
nos lo dice este autor: "la llegada de los doce pone el principio de la
evangelización sujeta a orden y método."[2]
Uno de los objetivos primordiales del método evangelizador era
erradicar la idolatría. Por tal motivo estos primeros evangelizadores se dieron
a la tarea de desmantelar los antiguos templos paganos y destruir las imágenes
de los ídolos. Un ejemplo de ello es la destrucción en Tzintzunzán, ciudad
prehispánica ubicada en Michoacán, de ídolos y templos. Pero el asunto no paró
ahí, ya que Fray Juan de Zumárraga condenó a Don Carlos Ometochtli, noble
indígena texcocano, a morir quemado en la hoguera por ser hallado culpable de
herejía.[3]
A pesar de que el caso de Don Carlos Ometochtli es un claro
ejemplo de los alcances que tuvo la persecución de la idolatría por parte de
los misioneros católicos, no debemos pensar que este tipo de situaciones
abundaron. No obstante, cabe indicar que el castigo corporal fue una
herramienta recurrente usada por los frailes para obligar a los naturales a
dejar sus ídolos y prácticas idolátricas. Lo anterior fue recurrente en muchas
de las provincias en donde se buscaba implantar la nueva religión. Por lo
tanto, no debe extrañarnos encontrar esta situación en la región de Yucatán.
Hemos de recordar que la conquista definitiva de la región maya y
su consecuente evangelización se retrasaron por varios años. Esta demora se
debió fundamentalmente a varios factores, entre los que destacan la dura
resistencia de los grupos mayas, la deserción de soldados españoles que
marcharon en busca de riquezas al Perú, y el reducido número de frailes disponibles
para evangelizar. Luego de algunos años la situación cambió de manera notoria,
pues tras la derrota de los últimos grupos disidentes mayas, los frailes
pudieron finalmente dedicarse al aprendizaje de la lengua y a su registro a
través del alfabeto latino.
Para 1551, el territorio ya se hallaba consolidado en su mayoría.
Fue entonces que el visitador Tomás López Medel promulgó, en conjunto con los
frailes franciscanos de Yucatán, distintas encomiendas para ordenar la conducta
de los indígenas mayas. Entre ellas se encontraban certeras prohibiciones hacia
"las juntas nocturnas, la enseñanza de ritos y cosas de la gentilidad, la
posesión de ídolos, la celebración de sacrificios y fiestas paganas; dispuso se
construyeran iglesias y escuelas, se acudiera a la doctrina, se castigase a los
que renegaban del bautismo [...]."[4]
Esta última parte, el castigo a los renegados de la fe, es la que
nos parece primordial. Como puede verse, la violencia física fue también una
manera de implantar la fe en la mente y alma del indígena. Sin embargo, su
eficacia es un tema a debate. Pues bien sabemos que las prácticas idolátricas
tuvieron una vigencia digna de notarse. No es para menos que Antonio rubial
García nos comente lo siguiente con respecto a los verdaderos alcances de la
evangelización de las primeras décadas:
Ahora sabemos, sin embargo, que la actitud de los
señores indios con respecto a los frailes no fue hija del convencimiento sino
de la conveniencia. Muchos se bautizaron y continuaron con sus ritos antiguos,
los cuales permanecieron vivos hasta el siglo XVIII; otros aprovecharon la aparición
de este nuevo factor social que eran los frailes para conseguir poder y prestigio
en la región; con la ruptura de los equilibrios tradicionales, los beneficiados
fueron aquellos que supieron buscar la alianza con los religiosos. Las masas,
por su parte, recibieron el bautismo como una imposición de la conquista armada
y como parte del sometimiento de sus señores.”[5]
Entonces, como puede verse, la vigencia
de la idolatría fue una de los problemas más graves a los que tuvieron que
enfrentarse los misioneros. Ahora bien, en una región como Yucatán, con cultos
de gran importancia y con una muy pronunciada renuencia hacia la
evangelización, no debe parecernos extraño que los castigos corporales se hayan
aplicado con una severidad tal al punto que se proclamaron “nuevas
disposiciones reales que defendían los derechos de los súbditos nativos, entre
ellas la que había prohibido el uso de castigos corporales cuando los conversos
incurrían en prácticas idolátricas o se mostraban negligentes para aprender la
doctrina.”[6]
Estas nuevas disposiciones vinieron
a alimentar un conflicto que había surgido en torno al uso de los castigos
corporales como un medio para lograr una evangelización efectiva. Y tal
situación habrá de tomar una gran importancia al grado que durante la primera
mitad del siglo XVII Pedro Sánchez de Aguilar publicará su Informe contra
idolorum cultores del obispado de Yucatán. En él se manifestarán los dos
grandes dilemas que seguían siendo las preocupaciones de religiosos como de
laicos: “1) lo que se consideraba un rebrote de la ‘idolatría’ […]; y 2) la
disputa entre el brazo civil y el eclesiástico con respecto a la competencia
(exclusiva) del obispo para juzgar y castigar a los indios ‘idólatras’.”[7] Tal situación no ha de
sorprendernos, pues dicho conflicto tiene su origen desde los primeros años de
la labor evangelizadora de Fray Diego de Landa, y se va a prolongar por varios
años más. No es para menos que el historiador John F. Chuchiak mencione que
esta situación va a alcanzar un punto álgido entre los años de 1573 y 1579,
periodo en que Fray Diego de Landa ocupaba el cargo de obispo de Yucatán y
Francisco Velázquez de Guijón el de gobernador.[8]
Pero diez años antes de que este
conflicto llegara al estado que Chuchiak hace notar en su artículo, la
persecución de la idolatría en Yucatán va a alcanzar su momento más dramático.
Siendo Landa el provincial de Yucatán, recibió la noticia de que en la región bajo
la jurisdicción del convento de Maní había sido hallado un adoratorio con
ídolos y evidencia de sacrificios humanos. Las indagaciones empezaron de
inmediato a cargo del guardián del convento, fray Pedro de Ciudad Rodrigo,
dando como resultado la aprensión de un gran número de implicados en prácticas
idolátricas. Debido a que los naturales se mostraban reacios a entregar la
cantidad total de sus ídolos a los frailes, éstos optaron por hacer uso de la
tortura en los interrogatorios para obtener mejores resultados. Dicha tortura
contempló desde colgar a los idolatras por las muñecas, hasta los azotes y las
quemaduras con cera líquida.
Al aumentar las proporciones de los
resultados de las primeras pesquisas, fray Pedro de Ciudad Rodrigo pidió a
Landa que se dirigiera a Maní y se hiciera cargo personalmente del caso. Allí
fungió como juez inquisidor y otorgó facultades a otros religiosos para
castigar a los idolatras que fueran siendo hallados en los pueblos vecinos. Al
poco tiempo resultó que varios gobernantes y miembros de la nobleza indígena
fueron hallados culpables de idolatría, lo que ocasionó un descontento popular
y acrecentó el riesgo de que se diera una sublevación de la población. Para
poder controlar la situación, Landa se hizo apoyar por la justicia real y los
encomenderos de Maní.
Estando así las cosas, Landa decide
organizar un auto de fe el día 12 de julio de 1562 durante el cual:
…se ejecutaron las sentencias de los culpables nobles y
maestros de escuela, pero se reservó a los gobernadores y líderes espirituales de
la comunidad, que fueron llevados prisioneros a Mérida para continuar con todas
las formalidades legales de sus procesos. Las penas de los sentenciados
consistieron en azotes, trasquilamiento, uso de sambenito, trabajo forzoso,
privación de cargos y destierro de la comunidad durante tiempos determinados,
además del pago de penas pecuniarias. Como se supo que algunos indígenas
difuntos y sepultados en sagrado habían sido en realidad idólatras encubiertos
fueron desenterrados y sus restos arrojados a la hoguera, donde también se
quemaron ídolos, objetos ceremoniales y códices, recogidos durante la
investigación.[9]
Lo
anterior nos produce una imagen bastante vívida de las proporciones que alcanzó
el auto de fe de Maní, auto que destruyó varias producciones del arte maya.
Además, la impresión que pudo haber causado en la mente de los nativos el ver
destruidos los objetos de su devoción, así como la incineración de sus muertos
acusados de idolatría, debió ser tremenda. Y este era el fin que Landa
perseguía: dar un claro ejemplo del castigo que recibirían todos aquellos que persistieran
en la adoración de los ídolos y en la realización de los sacrificios.
Y
aunque para muchos este proceder de los religiosos sea reprobable, no debemos
olvidar que en la mentalidad de aquellos hombres la única meta era la
erradicación de la idolatría, sin importar los medios que tuvieran que
emplearse con para lograr tal fin. Así, dentro de la visión del mundo que
tenían los religiosos de aquél tiempo, todo objeto, aunque curioso o llamativo,
mientras que estuviera vinculado al culto de la religión de los idolatras, no
merecía otro destino que la destrucción inminente. Al respecto, Ricard nos
menciona que:
…no cabe reprobarles su conducta: era lógica y ajustada
a la conciencia. Icazbalceta ha hallado la frase exacta cuando dijo: ‘un
misionero no es un anticuario’. Porque hay que notar que lo que se censura en
los misioneros no es haberse equivocado acerca de los métodos que había que
seguir para evangelizar a México, sino el no haber respetado los derechos del
arte y de la ciencia. […] Ni el arte ni la ciencia tienen derechos si son un
estorbo para para la salvación de las almas o para la fundación de la iglesia.”[10]
Con las palabras anteriores no buscamos justificar el
proceder de los frailes. Sólo pretendemos poner sobre la mesa de la discusión
un argumento para entender el proceder de aquellos religiosos y sus métodos.
Recordemos la frase de Marc Bloch que nos dice que los hombres se parecen más a
su tiempo que a sus padres. Así, vale traer a colación lo que el mismo Landa
nos dice con respecto al porqué de su conducta:
Usaba también esta gente de ciertos caracteres o letras
con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con
ellas y figuras y algunas señales en las figuras, entendían sus cosas y las
daban a entender y enseñaban. Hallámosles gran número de libros de estas sus
letras, y porque no tenían cosas en que no hubiese superstición y falsedades del
Demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena.”[11]
Con lo anterior nótese que para Landa todos esos
documentos no eran piezas de arte que debían conservarse, sino cosas
supersticiosas y demoniacas que debían ser destruidas para evitar que los
nativos regresaran a ellas. Pero a pesar de que el auto de Maní es el más
memorado y discutido, hubo otro en Sotuta para castigar a nuevos idolatras. De
él no tenemos noticia si también se quemaron códices y vasijas, sin embargo las
implicaciones de la cacería encarnizada que llevaron a cabo los franciscanos en
contra de los idolatras no se hizo esperar. Muchos indígenas decidieron
abandonar sus viviendas y marcharse al monte, mientras que otros se ahorcaron
para evitar las persecuciones. El clima se fue volviendo más tenso, pues muchos
colonos españoles temieron una sublevación por parte de los mayas.
La situación tomó un rumbo distinto cuando en agosto de
1562 llegó el primer obispo de Yucatán, el también franciscano fray Francisco
Toral, quien reprobó los métodos ejercidos por Landa para la erradicación de la
idolatría. Tomó los procesos bajo su poder e hizo que se suspendiera el uso de
la tortura para obtener la confesión de los inculpados.
Pero dejemos aquí nuestro relato de los acontecimientos
que estudiamos, puesto que, como lo mencionamos al principio, nuestra intención
fue presentar al lector algunos puntos generales que desembocaron en el auto de
fe de Maní. Es menester, por lo tanto, retomar la discusión general en torno al
tema central de este breve ensayo para poder establecer algunas conclusiones
generales.
Como lo hemos visto a lo largo de esta exposición, la
persecución de la idolatría se valió de prácticas que a todas luces merecen ser
reprobadas por el juicio contemporáneo. No obstante, debemos recordar que el
uso de la tortura y los castigos temporales no fueron exclusivos de los
misioneros novohispanos del siglo XVI. Este proceder ha estado presente a lo
largo de la historia de la humanidad. Así, no debiera sorprendernos que en un
enfrentamiento tan brutal como el choque de dos religiones divergentes en
muchos aspectos, el grupo dominante se sintiera con derecho a ejercer la fuerza
para lograr sus fines. Mas como ha sido señalado, aun cuando los frailes
ejercieron medidas tan represivas como las mencionadas anteriormente, el culto
idolátrico no pudo ser ahogado durante muchos años. Pues no debemos olvidar que
lo que hemos venido discutiendo es sólo la visión occidental de los que
escribieron la historia, tales como Landa o Sánchez de Aguilar. Para el
indígena maya la pervivencia del culto era algo inherente a su naturaleza, algo
que los vinculaba con sus antepasados, con su tierra, con sus dioses.
Sin embargo, como en este ensayo no buscamos dar la
razón a ninguno de los representantes de culturas tan dispares, creemos que
también es de considerarse el contexto histórico en que personajes como Landa
se desenvolvieron. En una sociedad extremadamente católica, la idolatría era
uno de los más grandes males que podían aquejar a la cristiandad. España, por
decirlo de algún modo, venía saliendo de una guerra con miras a erradicar de su
territorio el dominio y fe del islam. Entonces, la idea del iustum bellum (guerra justa) para
combatir el paganismo tiene toda la validez necesaria, pues hacer la guerra en
nombre de Dios y el cristianismo implicaba actuar con justa razón.
Por consiguiente, de acuerdo a esta lógica, Landa
actuaba por mandato divino y por el amor que le inspiraba el querer salvar las
almas de los idolatras engañados por el demonio. En nuestro tiempo nos resulta
fácil criticar el actuar de hombres como Landa o Zumarraga, pues nos olvidamos
de que los seres humanos piensan y actúan, en muchos de los casos, orientados
por las ideas y creencias de su tiempo. Por consiguiente, con base en estas
apreciaciones, resulta exagerado y equivocado juzgar a un hombre del pasado con
una mirada contemporánea.
Pero uno de los aspectos que consideramos esenciales
para poder llevar a buen fin este escrito, es el hecho de que el auto de Maní
tuvo serias repercusiones para el desarrollo de la evangelización en la
provincia de Yucatán. Pues, como se ha ya dicho, las implicaciones sociales de
tal acontecimiento no se hicieron esperar. Entre éstas podemos mencionar el
riesgo de posibles sublevaciones indígenas y la migración de los nativos hacia
los montes. Lo anterior trajo consigo diversos disturbios y enfrentamientos,
nos sólo entre españoles e indígenas, sino entre los mismos españoles.
Con todo, la erradicación de la tortura dentro del
proceso mismo de evangelización despertó un acalorado debate entre aquellos que
estaban a favor de su utilización y aquellos que propugnaban una evangelización
pacífica y no coercitiva. Sería interesante extender el periodo de estudio de
este tema, pues sabemos que por la premura que nos embarga no hemos podido
proveer al lector de un panorama más rico y detallado de este conflicto.
Esperamos este texto haya cumplido satisfactoriamente
sus objetivos esenciales. Quedando en espera de poder profundizar en nuestros
estudios sobre cultura maya. Esperamos que el lector tome en cuenta los datos
aquí referidos y juzgue, por sí mismo, si los frailes actuaron por justa razón
o inspirados por la violencia y la intransigencia más que por la razón.
Nosotros, por nuestra parte, creemos que si hemos de dar nuestro punto de vista
final sobre el proceder de estos religiosos sólo podemos decir que ninguna
razón justifica plenamente el uso de la violencia hacia el otro, pues, como ya
lo hemos dicho en otro escrito, la intolerancia y la intransigencia nunca han
sido los únicos y mejores métodos para resolver los problemas humanos.
BIBLIOGRAFÍA
Chuchiak, John F., “El regreso de los autos de fe: Fray diego de
Landa y la extirpación de idolatrías en Yucatán, 1573-1579”, Península, México,
v. I, n. 0, 2005.
Gubler, Ruth, “El informe contra idolorum cultores del obispado de
Yucatán”, Estudios de Cultura Maya, México, v. xxx, 2007.
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Noguez, Javier, “El juicio inquisitorial del noble
texcocano don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539)”, Arqueología
Mexicana, México, v.xxi, n. 127, 2014.
Rubial García, Antonio, “Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos
mitos sobre la evangelización de Mesoamérica”, Signos históricos, México, n. 7,
2002.
Ricard, Robert, La conquista espiritual de México.
Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de la órdenes mendicantes
en la Nueva España de 1523-1524 a 1572. México, Fondo de Cultura Económica,
2002.
[1]
Fray Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, estudio preliminar,
cronología y revisión de textos por María León Cázares, México, CONACULTA
(Cien de México), 2003, p. 21.
[2][2] Robert Ricard, La
conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos
misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572,
México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 83.
[3]Javier Noguez, “El juicio inquisitorial del
noble texcocano don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539)”, Arqueología
Mexicana, México, v. xxi, n. 127, p. 57.
[4] Fray Diego de Landa, op. cit. p. 22.
[5]
Antonio Rubial García, “Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos mitos sobre la
evangelización de Mesoamérica”, México, Signos históricos, n. 7, 2002, p. 21.
[6]
Fray Diego de Landa, op. cit. p. 28.
[7]
Ruth Gubler, “El informe contra idolorum cultores del obispado de Yucatán”,
Estudios de Cultura Maya, México, v. xxx, 2007, p. 107.
[8]
John F. Chuchiak, “El regreso de los autos de fe: Fray diego de Landa y la
extirpación de idolatrías en Yucatán, 1573-1579”, Península, México, v. i, n.
0, 2005, p. 29.
[9]
Fray Diego de Landa, op. cit. pp. 29, 30.
[10]
Ricard, op. cit. pp.105, 106.
[11]
Fray diego de Landa, op. cit. p. 185.