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viernes, 10 de noviembre de 2017

CINTHIA CURIEL GONZÁLEZ
Y
MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ
.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



 La Biblia y Sus Traducciones:
Un acercamiento al trabajo de traducción de Martín Lutero


Desde antaño, el texto que ahora se conoce como Biblia se ha visto sujeto a traducciones a distintas lenguas. Ejemplo de ello son las llamadas targumim, traducciones del Antiguo Testamento a la lengua aramea destinadas a un público judeo-arameo.[1] Esto se debió, en gran parte, a que la lengua hebrea en que se encontraba escrito el libro sagrado de los judíos había dejado de ser comprensible para muchos de ellos, por lo tanto, era necesario hacer llegar el mensaje en la lengua vernácula de la mayoría. Por otra parte, los cristianos del norte de Mesopotamia realizaron una traducción a la lengua que les era comprensible. Fue así que para estos creyentes el idioma en que se tradujeron las escrituras fue el siriaco.[2]
            Más tarde, debido a que el griego llegó a ser de uso común para muchos judíos, surge la necesidad de una nueva traducción del Antiguo Testamento, ahora al griego. Esta nueva versión de las escrituras del pueblo de Israel recibió el nombre de Septuaginta, así como también el de  “versión alejandrina” o “versión de los Setenta. De acuerdo con Jesús Cantera Ortiz de Urbina, esta nueva traducción se encontraba ya terminada para el año de 150 a. C.[3] Así, puede verse que desde tiempos tan remotos hubo la necesidad de elaborar traducciones del Antiguo Testamento por parte de los mismos judíos. Y si para ellos fue menester actuar de esta manera ante los diversos cambios en el uso y hegemonía de las lenguas, no ha de extrañar que a lo largo de la historia estos textos siguieran el mismo camino con tal de ser comprensibles para un mayor número de personas.
            Al consolidarse el cristianismo, surge un acalorado debate entre judios y cristianos en torno a la interpretación de ciertos conceptos del hebreo vertidos al griego en la Septuaginta. Con el motivo de evitar estos problemas, se realizan nuevas versiones al griego, traducidas directamente del hebreo. Tales traducciones fueron llevadas a cabo por Aquila, Teodoción y Símaco. De esta manera, la popularidad de la versión de los Setenta pierde vigencia y da paso al uso de estas nuevas traducciones.
            Con la aceptación, desarrollo y difusión del cristianismo en el imperio romano de occidente, cuya lengua hegemónica es el latín, se hace necesario contar con versiones de las escrituras hebreas y griegas del Antiguo y Nuevo Testamentos en esta lengua. Por ende, proliferan distintas traducciones al latín que reciben el nombre de Vetus Latina. Son éstas versiones de la Septuaginta que en ningún momento se llegan a consolidar como textos oficiales de la Iglesia Católica, ya que para resolver problemas de interpretación era recurrente acudir al texto griego de la Septuaginta. Además, todas ellas poseen divergencias derivadas de la libertad de adaptación e interpretación de los traductores. Por tal motivo, a instancias del Papa español San Dámaso, San Jerónimo inicia, en 382 d. C., la revisión de toda la Biblia Latina.[4]
            Pero San Jerónimo no se contenta con tal sólo revisar las versiones latinas existentes, puesto que al darse cuenta que muchos de los problemas de interpretación tienen su origen en la versión de los Setenta, decide llevar a cabo la traducción al latín de los textos originales en hebreo, para de esta manera poder dar una versión lo más fiel posible a las escrituras primigenias. A pesar de haber llevado a buen fin esta encomiable empresa, la versión de San Jerónimo, conocida como Vulgata, no fue bien recibida por el clero, en especial por San Agustín, quien sentía un especial apego por el uso de la Septuaginta y consideraba que más que una nueva versión al latín de la Biblia, lo que se necesitaba era una revisión de las traducciones anteriores al latín basada en la versión alejandrina o de los Setenta.[5]
            No obstante, con el correr de los años fue ésta la versión que se erigió como la más completa y acertada, dando como resultado que finalmente se adoptara como la traducción oficial de la iglesia Católica. Por otra parte, a partir de principios del siglo XVI surgen versiones de la biblia que son conocidas como poliglotas. Una de las más celebres es la llevada a cabo por idea y bajo el auspicio del cardenal español Cisneros. De esta manera:

…de 1514 a 1517 un grupo de doctos escrituristas y filólogos preparan y elaboran en Alcalá de Henares, a base de muy valiosos manuscritos, la edición de esta obra extraordinaria del Renacimiento español, que en cinco voluminosos tomos fue puesta a la venta en 1522.[6]

            Cabe mencionar que para estas fechas ya se habían realizado otros muchos intentos de traducir la biblia. Pero esta vez no al latín, sino a lenguas vernáculas tales como el alemán, holandés, italiano y francés. Dichas traducciones aparecen entre 1466 y 1478, siendo muy populares y logrando grandes tirajes.[7]
Los acontecimientos político-religiosos que tienen lugar durante la primera mitad del siglo XVI darán pie a que se emprendan nuevas traducciones de la Biblia a lenguas como el alemán o el inglés. En el primer caso es de notable importancia el papel que jugó el religioso Martín Lutero, puesto que no sólo fungió como traductor de la Biblia a su lengua natal, sino que es considerado como el promotor del movimiento religioso protestante.
               Nace Lutero en el poblado de Eisenach en el año de 1483. Gracias a la profunda devoción religiosa de su madre y la estable posición económica de su padre, recibe una magnifica educación durante su juventud, orientándose a los estudios del derecho, los cuales abandonará más tarde para entrar al convento de los agustinos-ermitaños de Erfurt.[8] Su espíritu inquieto y reformador le hará cuestionar hondamente las prácticas de la Iglesia católica de su tiempo, al punto que para 1517 publicará sus 95 tesis, texto en que denuncia de manera tajante la gran corrupción que se vivía en torno a la venta de las indulgencias y la vida licenciosa de los religiosos.
            A raíz del célebre debate de Leipzig, llevado a cabo durante el periodo comprendido entre los años de 1517 a 1521, Lutero se dedica a escribir nuevas obras que son una notoria declaración de guerra en contra de la Iglesia Católica. Títulos como La libertad del Cristiano, A la nobleza cristiana de la nación alemana sobre la reforma de la cristiandad y La cautividad babilónica de la Iglesia sientan las bases de lo que será el rompimiento de Lutero con la Iglesia romana.[9]
            De la pregunta que se hace a Lutero en su encuentro con el cardenal Tomás Cayetano en Augsburg en 1518 (credis, vel non credis? / ¿crees o no?) se desprende la respuesta en que se afirma que Lutero sí “creía en la Escritura pero no en el papa, ni en los concilios ni en la jerarquía eclesiástica que tan poco digna de confianza había demostrado ser. Lutero creía, sí, en su doctrina, en la suficiencia de la fe y en la autoridad insuperable de la Escritura…”[10] Esta postura se resume en las dos celebres frases latinas sola Fides, sola Scriptura  en donde se cristaliza la idea de que la Iglesia no era ningún intermediario entre el hombre y Dios, y que la Fe era la única que salvaba, así como las escrituras eran la mejor manera de conocer la palabra de Dios.  
            De este modo, para Lutero el acercamiento a las escrituras fue vital para crear esa unión directa entre los seres humanos y Dios. Por consiguiente, la manera en que el individuo podía acercarse a la palabra era mediante una versión del Nuevo Testamento escrita en su lengua y digna de tenerse como traducción confiable. No obstante, para 1522, fecha en que Lutero presenta su versión de las sagradas escrituras al alemán, ya se habían publicado dieciocho ediciones de la Biblia en esta lengua.[11]
             ¿Pero qué es lo que aporta la traducción hecha por Lutero y que difiere de las anteriores? En primer lugar, es ésta una versión de los textos griegos originales del Nuevo Testamento y no de la Vulgata. En segundo lugar, la versión al alemán fue pensada por Lutero como una obra literaria escrita con un lenguaje sencillo que fuera fácilmente entendible por todos.

“En vez de los giros y expresiones típicas de los originales, Lutero busca las expresiones y giros propios del alemán: su preocupación es que el lenguaje usado en su traducción corresponda al lenguaje usado por el hablante de la lengua alemana, al hombre de la calle.[12]

Como puede verse, la claridad y estilo sencillo y accesible para el común de los lectores son el sello distintivo del trabajo de Lutero. Si su finalidad era acercar las escrituras al pueblo, su traducción debía estar dirigida al lector promedio, liberándola de todo tecnicismo innecesario y rebuscamiento literario que obnubilara el entendimiento de quien la leyese. Pero esto no fue todo, ya que Lutero también buscó mostrar el mensaje de la justificación por la fe. Lo anterior quiere decir que:

Si, en efecto, un individuo, para salvarse según las creencias cristianas, lo único que tiene que hacer es creer en Cristo, todo el aparato eclesiástico, empezando por el papa y todo su boato, sale sobrando. En eso consiste la Reforma: no es necesaria ningún tipo de mediación entre un individuo y Dios. A todo mundo le basta sólo su fe. Es, por tanto, la reivindicación del individuo con todas las importantes consecuencias que ello tuvo: individualismo en todos los sectores de la actividad humana, el surgimiento de las ideas democratistas, el desarrollo de la inducción como método del conocimiento –la verdad ya no viene de arriba (como en la deducción base de la escolástica) sino que hay que construirla pacientemente, desde “abajo”.[13]

            De lo anterior se desprende que Lutero buscó mediante su traducción acercar la palabra al pueblo alemán, liberándolo del yugo religioso al que lo tenía sometido la Iglesia católica. El conocimiento de la Biblia era un derecho que tenía todo individuo, y éste no debía verse mermado o manipulado por ningún intermediario que usara las escrituras como instrumento para manipular o explotar a los creyentes. La fe es ante todo el vínculo que une al ser humano con Dios, y a todo el mundo debe bastarle ésta para acercarse a la vida espiritual a la que aspira toda persona que ama y vive según las reglas de Dios. En esta relación hombre-Dios la Iglesia sale sobrando, pues ella no es, tal y como lo había hecho creer desde hace tiempo, el único y posible medio para la salvación de las almas.
            Con todo, tenemos que Lutero fue un reformador que supo la importancia que guardaban las palabras, así como el acercar el conocimiento bíblico a todo aquél que lo requiriera. Así, la obra de Lutero queda como un monumento a la libertad de ejercer la espiritualidad, como un trofeo en la lucha que sostuvo contra la hegemonía de la Iglesia dominante de su tiempo, como un ejemplo de que no todo aquél que luchaba por sus ideales de fe y libertad de credo era un hereje digno de morir consumido por las eternas llamas del infierno.


BIBLIOGRAFÍA

Cantera Ortiz de Urbina, Jesús, “Antiguas versiones bíblicas y traducción”,
Hieronymus, núm. 2, 1995.

Illescas, Francisco, “La disputa de Leipzig, momento culminante en el
rompimiento de Martín Lutero con la Iglesia romana (1517-1521)”, En-
claves del pensamiento, año IV, núm, 7, 2010, p. 15.

Lanero, J. J., “Historia de un traductor, prologuista y anotador: Tyndale y los
primeros pasos de la Biblia en inglés”, E.H. Filología, Núm. 29, 2007,
p. 123.

Pérez Martínez, Herón, “Misiva de Martín Lutero sobre el arte de traducir”
Relaciones, Estudios de historia y sociedad, vol. 25, núm. 138, 2014,
p. 158.





[1] Jesús Cantera Ortiz de Urbina, “Antiguas versiones bíblicas y traducción”, Hieronymus, núm. 2, 1995, p. 54.
[2] Idem. p. 54.
[3] Ibid.
[4] Ibid. p. 56.
[5] Ibid. p. 58.
[6] Ibid. p. 59.
[7] Francisco Illescas, “La disputa de Leipzig, momento culminante en el rompimiento de Martín Lutero con la Iglesia romana (1517-1521)”, En-claves del pensamiento, año IV, núm, 7, 2010, p. 15.
[8] Idem. pp. 14, 15. 
[9] Idem. p. 22.
[10] Idem.  p. 30.
[11] J. J. Lanero, “Historia de un traductor, prologuista y anotador: Tyndale y los primeros pasos de la Biblia en inglés”, E.H. Filología, Núm. 29, 2007, p. 123.
[12] Herón Pérez Martínez, “Misiva de Martín Lutero sobre el arte de traducir” Relaciones, Estudios de historia y sociedad, vol. 25, núm. 138, 2014, p. 156.
[13] Idem. p. 158.

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