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martes, 12 de mayo de 2015



MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



Sobre tres Términos Comunes
en los Estudios de Cultura Náhuatl. 


N
o es raro escuchar, según mi parecer, que tres términos comunes en los estudios de cultura náhuatl siguen siendo empleados indistintamente por el público no especializado. Esto puede deberse al desconocimiento de su significado exacto y al uso erróneo que en muchas ocasiones han difundido otros hablantes o los medios de comunicación. Antes de desarrollar la parte medular de este escrito, creo conveniente citar un ejemplo que ayudará al lector a estar a tono con el tema que buscamos discutir.

Existe en México un monolito prehispánico que goza de gran fama dentro y fuera de nuestro país, y al que comúnmente se le da el nombre de Calendario Azteca. Desde fechas tan tempranas como 1790, año en que este impresionante monolito fue descubierto, un buen número de personas ha mantenido la idea errónea de que esta pieza pétrea es un calendario. Recordemos lo que el soldado José Gómez, llegado a la Nueva España en 1755, anotó en su diario personal, y lo cual constituye una de las primeras noticias que poseemos sobre el descubrimiento y posterior traslado de esta pieza a la catedral de México: “El día 2 de julio de 1791 en México, llevaron la piedra que estaba en la plaza grande (que era el almanaque de los indios gentiles) a el cimenterio de la catedral […].”[1]

El término almanaque[2] nos muestra que desde su descubrimiento este monolito fue considerado un calendario. Esto probablemente se debió al hecho de que el sabio mexicano Antonio de León y Gama, quien lleva a cabo el primer intento de interpretación de la piedra, nos dice que ésta servía “[…] para el uso de la astronología, de la cronología y gnomónica, prescindiendo de los demás usos que de ella hacían los sacerdotes gentiles para su astrología judiciaria.”[3] Esta interpretación de León y Gama bien pudo deberse a la presencia de los glifos calendáricos que se encuentran tallados alrededor de los temas centrales de esta pieza de arte.

Empero, cabe aclarar que el nombre apropiado y generalmente aceptado en la actualidad para este monolito es el de Piedra del Sol. Ya desde el siglo XVI queda registrado este nombre en la Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de la Tierra de Fray Diego Durán. En su relación, este fraile nos informa que fue el gobernante Axayacatl quien mandó a labrar una piedra con “las figuras de los meses y años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver, la cual piedra muchos vi[eron] y alcanza[ron] en la plaza grande, junto a la acequia, la cual mandó enterrar el Ilmo. y Rmo. señor don fray Alonso de Montufar, dignísimo arzobispo de México de felice memoria.”[4] El mismo Durán nos relata lo que Tlacaelel, famoso consejero de varios tlatoanis mexicas, dijo a Axayacatl con respecto a la celebración del fin de los trabajos que dieron forma a la piedra que nos concierne: “[…] ya sabes que la Piedra del Sol está acabada y que es necesario que se ponga en alto y que se le haga […] solenidad […], para lo cual envía tus mensajeros a Tezcoco y a Tacuba, a los reyes y a los demás señores de las provincias, para que vengan a edificar el lugar donde se asiente, el cual a de ser de veinte brazas en redondo donde esté en medio esta insigne piedra.”[5]    

Llama de inmediato la atención el hecho de que Durán pone en palabras de Tlacaelel el nombre de Piedra del Sol para el famoso monolito del que estamos hablando. De ello deducimos que bien seguro es que desde la prehispanidad esta piedra haya sido conocida con el nombre de Piedra del Sol y no con el de Calendario Azteca, puesto que ahora sabemos que las imágenes contenidas en la superficie de esta piedra hacen referencia a la cosmovisión que los mexicas tenían con respecto a la creación del quinto sol en Teotihuacan, así como de los soles que le antecedieron.

Habiendo aclarado cuál es el nombre adecuado para el mal llamado Calendario Azteca, nos parece conveniente enfatizar que este majestuoso monumento no es un calendario en sí, pues recordemos que un calendario es un “sistema de representación del paso de los días, agrupados en unidades superiores, como semanas, meses, años, etc.”[6] y que es usado para medir el paso del tiempo, cosa que no sucede con la mencionada Piedra del Sol. Hagamos notar, además, que los antiguos mexicanos (habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlan) poseían dos sistemas de medición del tiempo que sí merecen el nombre de calendarios.

Uno fue el calendario ritual llamado tonalpohualli, el cual, a decir de Alfonso Caso, “consiste en la unión de una serie de veinte signos, con una serie de números, de 1 a 13, combinándose los signos y los números de tal manera, que siguen ambas series un orden invariable y que no se repite la misma combinación de signo y número, hasta que han transcurrido 13 X 20, o sean 260 días.”[7] El otro sistema que utilizaron los antiguos mexicanos para la realización de la mayoría de sus fiestas y ceremonias religiosas fue el calendario de carácter agrícola. Es éste un “calendario anual que estaba dividido en dieciocho meses de veinte días, más cinco días que llamaban nemontemi y que, por considerarse aciagos, no se celebraba en ellos ninguna fiesta.”[8]

Ahora bien, no está por demás decir que si el término ‘calendario’ es inapropiado para nombrar este monolito, así también lo es el apelativo ‘Azteca’, como veremos a continuación. Durante muchos años, el vocablo ‘Azteca’ se ha usado para denominar al pueblo que se asentó en un islote situado dentro del antiguo lago de Texcoco, y que con el tiempo creó y dio fama a la inmortal ciudad de México-Tenochtitlán. Es por ello que no es difícil encontrar la palabra azteca en diversos estudios clásicos sobre el también llamado Pueblo del Sol, o, para ser más precisos, el pueblo de los mexicas. Un ejemplo de lo que comentamos es el texto clásico del etnólogo francés Jacques Soustelle, La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas de la conquista, publicado por primera vez en 1956. Otro ejemplo es el famoso libro de Velasco Piña Tlacaelel: Azteca entre los Aztecas, publicado en el año de 1979. Y así podríamos enlistar un extenso número de ejemplares que hacen uso de la palabra azteca para referirse a los habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlán.  
           
            Nos parece pertinente mencionar ahora otros dos términos que completarán la tríada que dará vida a este breve ensayo. Los vocablos a los que nos referimos son nahua y mexica. Es válido mencionar estas palabras puesto que los términos azteca, mexica y nahua se han usado indistintamente muchas veces, lo que ha causado que muchos los crean sinónimos. Lo anterior se ha prestado a confusión en no pocas ocasiones, pues erróneamente se puede llegar a creer que los términos mexica, azteca y nahua definen a un mismo grupo cultural.

            Ya el célebre filólogo mexicano, José G. Moreno de Alba, nos da un claro ejemplo de la confusión que se puede dar al hacer un mal uso de los términos azteca y mexicano para nombrar la lengua de los antiguos pueblos del Valle de México. Este autor nos lo refiere de la siguiente manera: “para la Academia [de la Lengua Española] vienen a ser sinónimos los vocablos mexicano, nahua, (o náhoa, náhuatl y náhuatle) y azteca para designar la lengua de los antiguos mexicanos. Así queda consignado en las respectivas entradas del diccionario. En la quinta acepción de mejicano puede leerse: “idioma náhuatle o azteca”; en la tercera de náhuatl se anota: “aplícase a la lengua principalmente hablada por los indios mejicanos”. Más sorprendente es la tercera acepción de la entrada azteca en que textualmente se señala: “idioma azteca”, sin mayores referencias.”[9]

            Moreno de Alba nos comenta que aun cuando en el habla cotidiana los términos antes expuestos puedan ser tomados como sinónimos, bien valdría la pena que la Real Academia haga uso de la palabra náhuatl para referirse a la lengua que hablaron los antiguos mexicanos. Por consiguiente, descarta el uso del vocablo azteca por considerarlo inapropiado en esta situación, “pues azteca más que a la lengua se aplica al pueblo (y al individuo) que ejercía dominio en el Valle de México cuando empezó la conquista española. Mexicano […], por su parte, significa ante todo, en el español contemporáneo, “natural de México” o “perteneciente o relativo a esta república de América”.”[10] 

Cabe señalar que en la versión en internet del diccionario de la Real Academia se han hecho ya, aunque parcialmente, algunas de las correcciones pertinentes para las entradas en cuestión, encontrando que para náhuatl tenemos la definición siguiente: “lengua hablada por los pueblos nahuas, impropiamente llamada también azteca o mexicana.”[11] También encontramos que para la entrada nahua el diccionario contempla las definiciones siguientes: “1. Se dice del individuo de un antiguo pueblo indio que habitó la altiplanicie mexicana y la parte de América Central antes de la conquista de estos países por los españoles, y alcanzó un alto grado de civilización. 2. Perteneciente o relativo a este pueblo. 3. Se dice de la lengua principalmente hablada por los indios mexicanos.”[12]

Sin embargo, la lengua náhuatl no fue sólo hablada en los “antiguos pueblos indios” de la altiplanicie mexicana, sino que sigue siendo hablada actualmente en nuestro país y en algunas regiones de Centro América; pero no por todos “los indios mexicanos”, puesto que existen otras muchas lenguas que son habladas por otros muchos grupos indígenas de México. Es por ello que la Academia decidió enmendar esta entrada en su 23.ª edición del año 2O14, agregando que el vocablo náhuatl se utiliza también para denominar a cualquier hablante de la lengua náhuatl “y [que] habita en diversas zonas de México. Asimismo, comprende lo “perteneciente o relativo a los nahuas”[13] y su lengua. Una última entrada nos refiere que el náhuatl es una “lengua de la familia yutoazteca que se habla en diversas zonas de México, con muchas variantes dialectales.” [14]

Por otra parte, el vocablo azteca comprende tres acepciones que bien vale la pena mencionar. En la primera acepción se consigna que azteca es el “individuo de un antiguo pueblo invasor y dominador del territorio conocido después con el nombre de México.”[15] En la segunda acepción se lee lo siguiente: “Perteneciente o relativo a este pueblo.”[16] Más aún, en la tercera acepción se anota que azteca es el “idioma nahua”. A este respecto, es fácil notar las inconsistencias que sigue presentando la Real Academia al definir las palabras que venimos discutiendo, puesto que en la entrada para náhuatl encontramos que esta palabra define a la “lengua hablada por los pueblos nahuas, impropiamente llamada también azteca o mexicana.” Pero si en el mismo diccionario se menciona que los términos azteca y mexicana son impropios para denominar la lengua, entonces ¿por qué la misma Academia sigue admitiendo la palabra azteca para definir el idioma náhuatl?

No cabe duda que la Academia aún se encuentra rezagada en cuanto a estos términos, puesto que si acudimos a la entrada para mexicano descubriremos con sorpresa que en su tercera acepción se sigue mencionando que mexicano es el idioma nahua, mientras que en sus  acepciones primera y segunda se nos menciona que mexicano es el “natural de México”, así como todo lo “perteneciente o relativo a este país de América.” Vale la pena hacer notar que el término mexicano es usado en ciertos sectores para hacer referencia a una variedad dialectal moderna de la lengua náhuatl, y que es hablada en ciertas regiones del estado de Puebla, Veracruz y Guerrero, por mencionar sólo algunos lugares. Lo anterior nos demuestra que el vocablo mexicano puede causar confusión o malos entendidos, puesto que puede interpretarse de distintas maneras dependiendo el contexto y referente que se tome al hacer uso de él.

Vale la pena aclarar a este respecto que el término mexicano y el nombre de nuestro país lo heredamos de los mexicas, grupo que hablaba la antigua lengua náhuatl y que ejerció su hegemonía política y militar a lo largo de una gran parte del territorio que ocupa actualmente nuestro país. No debemos olvidar lo que el reconocido historiador mexicano, Federico Navarrete Linares, nos menciona sobre el tema que tratamos: “Nuestro país se llama México en honor de los mexicas porque los mexicanos modernos nos identificamos con ellos y los consideramos nuestros antepasados. Sin embargo, no hay que olvidar que los mexicas eran sólo uno de los muchos pueblos indígenas que vivían en el territorio de lo que luego sería nuestro país. Su cultura, su lengua y su forma de ser, de hecho, no eran inventos suyos, pues habían sido creadas por pueblos mucho más antiguos que ellos.”[17]

Después de haber adentrado al lector en el tema que buscamos exponer, es menester continuar con el desarrollo de este escrito. Como hemos visto, las palabras azteca, náhuatl y mexicano han sido causantes de no pocas controversias y malos entendidos. ¿Pero cuál es el significado adecuado para cada una de estas palabras? Para contestar esta pregunta, a continuación realizamos un análisis de las palabras que conforman la parte medular de este estudio.  

Según lo que sabemos, es el Padre Ángel María Garibay Kintana, gran estudioso de la lengua náhuatl y su literatura, quien establece, en un principio, una clara diferenciación entre los términos náhuatl y azteca. En su prólogo a la magna obra de Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, publicada por primera vez en el año de 1956, nos dice lo siguiente: “El autor recoge sus datos de documentos que dieron los que hablaban náhuatl. Su filosofía es náhuatl. Y, ¿por qué no azteca? Los apresurados, aunque haga ya decenios, confunden lo azteca con lo náhuatl. No es lo mismo. Los aztecas son los fundadores de Tenochtitlan, diremos con simpleza, para no hacer más confusas las cosas. Y hay muchos que nada tuvieron que ver, ni en la fundación, ni en el auge de este señorío central, al cual honraron con el epíteto de Imperio otros apresurados, y esos extraños también pensaron y se expresaron en lengua náhuatl. Tlaxcala, Chalco, Acolhuacan no son aztecas. Y de estas regiones tenemos documentos que nos dan el hilo para entrar al recinto mental de aquellos pueblos. La palabra “náhuatl” es más amplia y genérica y con ella señalamos lo que nos llegó en la lengua de Tenochtitlan, aun cuando no fuera de origen tenochca.”[18]

Entiéndase entonces que la palabra náhuatl denomina a la lengua que hablaron y siguen hablando diversos pueblos de la antigüedad y del presente. Por ende, refiriéndonos a los antiguos pueblos del centro de México, es claro que la cultura náhuatl la compartieron distintos grupos humanos que hicieron uso de la lengua náhuatl para comunicarse y forjar su literatura, sin importar si estos se hacían llamar tlaxcaltecas, huejotzingas, cholultecas o mexicas. Esto viene a ser, por ejemplo, como el apelativo hispano, el cual usamos en la actualidad para denominar a todos aquellos hablantes del español que comparten rasgos culturales afines, sin importar si son españoles, mexicanos, peruanos, argentinos o uruguayos.

Etimológicamente la palabra náhuatl viene a significar “que suena bien, que tiene buen sonido”.[19] Poco sabemos sobre cómo se le dio este nombre a la lengua que hablaron los antiguos pueblos del Valle de México, al igual que desconocemos quién empieza a usar esta palabra para denominar la cultura que compartieron estos grupos humanos. Pero cabe recordar que a mediados del siglo pasado ya el padre Garibay nos decía que “la palabra “náhuatl” es más amplia y genérica y con ella señalamos lo que nos llegó en la lengua de Tenochtitlan, aun cuando no fuera de origen tenochca.” Esto nos lo viene a reafirmar el doctor Miguel León-Portilla al mencionar que “en no pocos casos, percibiendo la semejanza que existe entre muchas de las creaciones de los mexicas y de otros pueblos de habla náhuatl, se introdujo al hacer referencia a todos ellos otro gentilicio de connotación más amplia, los nahuas.”[20]

No obstante, es claro que desde la época precortesiana la palabra náhuatl era ya usada como un apelativo para la lengua. En el célebre diccionario de Fray Alonso de Molina, publicado por primera vez en 1555, corroboramos la presencia de distintos vocablos que hacen referencia a asuntos vinculados con la lengua. De esta manera tenemos que la palabra nahuati.ni viene a significar “hablar alto, o tener buen sonido la campana…”. Así mismo, la palabra nahuatia.ni, nos dice Molina, es “callar o hablar muy baxo…”. Por otra parte, la palabra  nahuatianite significa “mandar algo a otros, o pedir licencia o darla para hazer algo…”.

Otras palabras que consideramos importantes y dignas de mencionarse son nahuatlato y nahuatlatoa. La primera es definida por Molina como intérprete, mientras la segunda es tener el oficio de intérprete. De esta manera, observamos que la raíz de la palabra náhuatl se encuentra en todas las palabras que hemos presentado. No es difícil imaginar, entonces, el motivo por el cual se hizo uso de la palabra que denota lo “que suena bien, lo que tiene buen sonido” para denominar a la lengua de los antiguos pueblos nahuas que ejercieron el control del valle de México si tomamos en cuenta que son los mismos mexicas quienes usan palabras del náhuatl para denominar a otros grupos y sus lenguas, y a los cuales consideraban salvajes o rudimentarios. Ejemplo de ello es la palabra otomitl, la que, según Wigberto Jiménez Moreno, significa flechador de pájaros.  

No es casualidad que en el Diccionario de la Lengua Náhuatl o Mexicana del francés Rémi Siméon la palabra otomitl sea usada para denominar a un pueblo que, según palabras del autor, está compuesto de “tribus salvajes que habitaban en cavernas y vivían del producto de la caza”. De igual manera, Simeón menciona que a partir del siglo XV [los otomíes] reconocieron la autoridad de los príncipes chichimecas de Acolhuacan, sin perder completamente su primitivismo. Los otomíes ocuparon varias localidades importantes tales como Tullan, Xilotepec, pero conservaron su idioma, notable por su rudeza [...] a pesar de ser abundante y expresivo. No conocieron más que algunas industrias muy ordinarias y bajas. Todavía hoy en día [el diccionario de Siméon fue publicado por primera vez en 1885] los carboneros de México son otomíes.”[21]

No consideramos que el lector encontrará dificultad alguna en notar la excesiva discriminación con la que Simeón adorna sus palabras. Sin embargo, creemos que él no hace más que seguir al pie de la letra las descripciones que los mexicas nos legaron sobre este pueblo y que aún sobreviven en distintos libros de corte histórico. Baste lo que citamos a continuación para ilustrar lo que comentamos, pues, como verá el lector, este fragmento describe a la perfección la forma en que los antiguos mexicanos veían a los otomíes.

     No son gente que se educa, no se elevan, por lo cual al que se corrige de no tener educación, al que es duro de mente se le dice: Tú eres otomite, tú eres un otomitazo. Otomite, como no entiendes. ¿Eres otomite? ¿De veras eres otomite? No sólo te pones como otomite, sino que eres otomite, con toda seguridad eres otomite. Otomitazo, cabeza inmadura, cabeza de pedernal, cogote de hiel. Con todo esto es baldonado el rudo de comprensión. Se toman y sacan estos dicterios de la falta de buena crianza de los otomíes.[22]
 
Bien claro se muestra en el párrafo anterior la manera en que para los mexicas la palabra otomitl vino a ser sinónimo de ignorante y primitivo, por no mencionar otras palabras que consideramos ofensivas y que no viene al caso escribir aquí. Por lo tanto, es notorio que para los mexicas su posición privilegiada como regentes de gran parte de Mesoamérica les dio la autoridad para decir, según “su justa razón”, que su lengua era la de buen sonido, la que sonaba bien con respecto, en este caso, a una lengua de “rudeza notable” como la de los otomíes. Lo anterior nos hace recordar el uso que los griegos dieron a la palabra bárbaro (βάρβαρος, extranjero) para denominar a todos aquellos pueblos rudimentarios que no hablaban griego. Con el tiempo, esta palabra llegó a ser sinónimo de rudo, inculto, grosero, tosco, significados que son los más ampliamente usados en la actualidad.    

Ahora es menester ahondar en el análisis del término azteca. Históricamente, esta palabra viene a designar a un antiguo pueblo que fundó una gran ciudad a la que se llamó de dos maneras distintas. El nombre más comúnmente usado fue Aztlan, el cual es una forma acortada de Aztatlan y que quiere decir “lugar de garzas”. El otro nombre usado fue Chicomóztoc que significa “el lugar de las siete cuevas”. En varias fuentes se nos menciona que en Aztlan no sólo habitaron los aztecas sino que también fue el hogar de otros muchos pueblos nahuas que eran tributarios de los aztecas, a quienes se les imponían pesados tributos e injustos maltratos. Esto nos lo confirma el cronista indígena Cristóbal del Castillo, quien nos informa que “los que gobiernan en Aztlan Chicomóztoc son los aztecas chicomoztocas. Y sus macehuales eran los mexitin, los ribereños, los pescadores de los gobernantes aztecas; ciertamente eran ellos sus macehuales, sus pescadores. Y sus gobernantes los maltrataban mucho, mucho los hacían tributar.”[23]

Debido a tan pesadas cargas tributarias y maltratos excesivos, no pasó mucho tiempo para que de entre los mexitin surgiera un personaje de gran importancia que los guiara hacia la libertad. Fue éste un sacerdote de nombre Huitzil, “el cual suplicaba a Tetzauhteótl, su dios protector, […] que liberara a su pueblo. El dios portentoso oyó su petición y ordenó a su pueblo que saliera de ese lugar y abandonara para siempre a sus antiguos dominadores los aztecas chicomoztocas.”[24] Junto con el pueblo de Huitzil se marcharon otras tantas tribus; mas no tardaría el dios en expresar su voluntad con respecto al destino de los seguidores del sacerdote Huitzil, pues les ordenó que se apartaran de las otras tribus y siguieran solos su camino. Es en el momento en que las tribus se han separado cuando el dios ordena que dejen de llamarse aztecas y adopten el nombre de mexicas. El célebre cronista franciscano fray Juan de Torquemada nos refiere este pasaje de la siguiente manera, poniendo en boca del dios estas primeras palabras: “Ya estáis apartados y segregados de los demás y así quiero que, como escogidos míos, ya no os llaméis aztecas sino mexicas”; y agrega “que aquí fue donde primeramente tomaron el nombre de mexicanos y juntamente con trocarles el nombre les puso señal en los rostros y en las orejas un emplasto de trementina cubierto de plumas, tapándoselas con él, y dioles juntamente un arco y unas flechas y un chicatli, que es una red donde se echan tecomates y jícaras, diciéndoles que aquello era lo que había de prevalecer en ellos.”[25]

De esta manera el pueblo de Huítzil deja de llamarse azteca y se denomina mexica. Este nombre se mantuvo en los textos en lengua náhuatl que dan cuenta de la historia y cultura de los mexicas. Es con la llegada de los españoles cuando en las relaciones de los conquistadores y frailes misioneros se empieza a usar el término mexicano para denominar a los habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlan y diferenciarlos de otros pueblos nahuas como los huejotzingas, los tlaxcaltecas o los cholultecas. De acuerdo con Miguel León-Portilla, “no es sino hasta 181O cuando el empleo de la palabra ‘mexicano’ empieza a ceder su lugar al de ‘aztecas’”[26] pues nos menciona que es en ese mismo año cuando aparece la obra de Alejandro de Humbolt, Vistas de las Coordilleras y Monumentos de los Pueblos Indígenas de América en la que el término “azteca” es de uso común. Además, el mismo León-Portilla nos menciona varios trabajos de amplia difusión que usaron la palabra azteca para referirse al pueblo de los mexicas.

A decir del doctor León-Portilla, “una posible explicación de por qué la palabra azteca se impuso a la de mexica o mexicano se halla quizás en el hecho de que, aún poco antes de consumarse la independencia de México, se quiso distinguir entre el nombre de los habitantes de todo el país, conocidos ya como mexicanos y el del antiguo pueblo que había fundado la ciudad de México, proveniente de Aztlan, al que se le atribuyó el gentilicio de aztecas.”[27] No obstante, el mismo doctor León-Portilla agrega que varios historiadores mexicanos de gran talla se abstuvieron de usar la palabra azteca aun cuando su uso se había ya generalizado en diversas partes del mundo. Sin embargo, a pesar de que estos historiadores se abstuvieron de usar esta palabra, “fue sobre todo a lo largo del siglo XX cuando el empleo del gentilicio “aztecas” se fue haciendo cada vez más frecuente.”[28] Tuvieron que pasar varias décadas para que el uso de la palabra “mexica” se volviera a utilizar ampliamente en los estudios históricos de nuestro país, aunque, a decir verdad, la palabra azteca sigue siendo usada por algunos investigadores y escritores de novelas históricas de corte indigenista.        

Como hemos visto a lo largo de esta exposición, interpretaciones erróneas han dado origen a creencias equivocadas con respecto a ciertos aspectos de nuestra historia. El ejemplo más claro de esto es el nombre de Calendario Azteca para la Piedra del Sol, así como el uso de la palabra azteca para denominar lo mexica. Diversas han sido las causas para el cambio del significado e interpretación de nombres y palabras, no obstante, al hurgar en los recónditos rincones de nuestra historia podremos resolver distintas incógnitas, así como liberarnos del error y los prejuicios. Ésta es, creemos, una de las finalidades del estudio de la historia.

Ahora bien, con este texto no pretendemos arrojar nuevos datos sobre la discusión que concierne a las palabras que hemos expuesto a lo largo de este escrito, sino que buscamos tan sólo seguir insistiendo en la importancia de conocer bien nuestras palabras y nuestra historia para no seguir incurriendo en errores arcaicos que se siguen repitiendo sin cesar. Es claro que para cambiar nuestra actitud en el presente, debemos entender nuestro pasado y emplear de manera adecuada las palabras que conforman nuestra lengua, pues son ellas las que ayudan a la mente a dar al individuo una versión final de su realidad, de su origen e identidad. Así sucedió con los mexicas, al cambiar su nombre cambiaron su realidad, pues se crearon un origen, una identidad, un destino. Es por ello que creemos conveniente citar, a manera de conclusión, un fragmento del libro La Migración de los Mexicas de Federico Navarrete Linares, y el cual dice lo siguiente: 

     Los habitantes de Aztlan se llamaban a sí mismos “aztecas”, que significa simplemente “gente de Aztlan”. Según nos cuentan las fuentes, los aztecas eran muchos pueblos diferentes que vivían en ese lugar, entre los cuales estaban los mexicas, pero también los chalcas, los huastecos y otros.
     Sin embargo, cuando partieron de Aztlan, los emigrantes cambiaron de nombre, pues su antiguo gentilicio había perdido su validez. El primer nombre que se dieron durante su viaje fue “mexitin”, pero después lo cambiaron definitivamente por el de “mexicas”.
     ¿Qué quieren decir estos nombres? Ambos tienen la misma raíz, pero hay diversas interpretaciones de su significado. Algunos estudiosos dicen que derivan de “metl”, maguey, y que significa “los del maguey”. Otros afirman que proceden de “metztli”, luna, por lo que significa “gente de la Luna” o “gente del ombligo de la Luna”. Otros más, en cambio, sostienen que provienen de Mexi, el nombre de un dios protector de los mexicas.
     Para los mexicas, cambiar de nombre al salir de Aztlan fue una manera de cambiar su identidad: mostraban así que ya no eran los mismos que vivían en esa ciudad. Por ello, es incorrecto, e incluso injusto, llamarlos aztecas, usando el nombre que ellos mismos desecharon.[29]

¿Qué significa, entonces, ser mexicano? No significa ser exclusivamente descendiente de los mexicas, sino por el contrario, significa ser descendiente también de otras culturas que florecieron y se desarrollaron a lo largo de lo que ahora es México. Por lo tanto, nuestra mexicanidad viene a ser, según mi parecer, una herencia del tiempo y de la historia, ya que ha sido el devenir de nuestra historia lo que ha forjado nuestra identidad. Es necesario, pues, que conozcamos y entendamos nuestro polifacético origen, ya que sólo de esta manera seremos capaces de entender nuestra realidad y de crear un rumbo definido para nosotros y nuestros hijos.   

Bibliografía.

Caso, Alfonso. 2004. El Pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica, México.

Garibay K., Ángel María. 2000. Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México.

León-Portilla, Miguel.  2001. La filosofía náhuatl, Universidad Nacional Autónoma de México, México.

León-Portilla, Miguel. 2000. Los aztecas: disquisiciones sobre un gentilicio, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México.

Moreno de Alba, José G. Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 7ª Reimpresión, 2O12.

Matos Moctezuma, Eduardo. 2000. La piedra del sol, Fondo de Cultura Económica, México.   

Navarrete Linares, Federico. 1998. La migración de los mexicas, CONACULTA, México.

Siméon, Rémi. 2006. Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, Siglo XXI, México.





[1] Eduardo Matos Moctezuma, La piedra del sol, Fondo de Cultura Económica, México, p. 12.
[2] De acuerdo a la versión en internet del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra almanaque proviene del árabe hispanizado almanáh, el cual significa calendario.
[3] Matos Moctezuma, op. cit. p. 24. Cabe aclarar al lector los términos contenidos en esta cita. De acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española la cronología es la ciencia que tiene por objeto determinar el orden y fechas de los sucesos históricos. De igual manera, la gnomónica se refiere a la ciencia que enseña el modo de hacer los relojes solares. Por otra parte, la astrología judiciaria es aquella aplicada a los pronósticos.

[4] Matos Moctezuma. op. cit. p. 43.
[5] Ibid. p. 44.
[6] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
[7] Alfonso Caso, El pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica, México, p. 86.
[8] Ibid. p. 90
[9] José G. Moreno de Alba, Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 7ª Reimpresión, p. 41.
[10] Ibid. p. 41.
[11] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
[12] Ibid.
[13] Ibid.
[14] Ibid.
[15] Ibid.
[16] Ibid.
[17] Federico Navarrete Linares, La migración de los mexicas, 1998, CONACULTA, México, p. 9.
[18] Ángel María Garibay Kintana, Prólogo, en Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2001, pp. viii, ix.
[19] Remi Siméon, Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, Siglo XXI, México, p. 365.
[20] Miguel León-Portilla, Los aztecas disquisiciones sobre un gentilicio, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, p. 311.
[21] Siméon. op. cit. p. 365.
[22] Ángel María Garibay K. Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México, p. 234.
[23] Cristóbal del Castillo. Citado en León-Portilla p. 308.
[24] Miguel León-Portilla, op. cit. p. 3O8.
[25] Torquemada, citado en León-Portilla, p. 3O9.
[26] Ibid., p. 31O
[27] Ibid., p. 311.
[28] Ibidem.
[29] Federico Navarrete Linares, op. cit. p. 8. 

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