MARTÍN CARRILLO
IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA
CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
Sobre tres Términos Comunes
en los Estudios de
Cultura Náhuatl.
N
|
o es raro
escuchar, según mi parecer, que tres términos comunes en los estudios de cultura
náhuatl siguen siendo empleados indistintamente por el público no especializado.
Esto puede deberse al desconocimiento de su significado exacto y al uso erróneo
que en muchas ocasiones han difundido otros hablantes o los medios de
comunicación. Antes de desarrollar la parte medular de este escrito, creo conveniente
citar un ejemplo que ayudará al lector a estar a tono con el tema que buscamos
discutir.
Existe en México un monolito prehispánico que goza de gran fama dentro
y fuera de nuestro país, y al que comúnmente se le da el nombre de Calendario
Azteca. Desde fechas tan tempranas como 1790, año en que este impresionante
monolito fue descubierto, un buen número de personas ha mantenido la idea
errónea de que esta pieza pétrea es un calendario. Recordemos lo que el soldado
José Gómez, llegado a la Nueva España en 1755, anotó en su diario personal, y
lo cual constituye una de las primeras noticias que poseemos sobre el
descubrimiento y posterior traslado de esta pieza a la catedral de México: “El día
2 de julio de 1791 en México, llevaron la piedra que estaba en la plaza grande
(que era el almanaque de los indios gentiles) a el cimenterio de la catedral
[…].”[1]
El término almanaque[2]
nos muestra que desde su descubrimiento este monolito fue considerado un
calendario. Esto probablemente se debió al hecho de que el sabio mexicano
Antonio de León y Gama, quien lleva a cabo el primer intento de interpretación
de la piedra, nos dice que ésta servía “[…] para el uso de la astronología, de
la cronología y gnomónica, prescindiendo de los demás usos que de ella hacían
los sacerdotes gentiles para su astrología judiciaria.”[3]
Esta interpretación de León y Gama bien pudo deberse a la presencia de los glifos
calendáricos que se encuentran tallados alrededor de los temas centrales de esta
pieza de arte.
Empero, cabe aclarar que el nombre apropiado y generalmente aceptado
en la actualidad para este monolito es el de Piedra del Sol. Ya desde el siglo
XVI queda registrado este nombre en la Historia de las Indias de la Nueva
España e Islas de la Tierra de Fray Diego Durán. En su relación, este
fraile nos informa que fue el gobernante Axayacatl quien mandó a labrar una
piedra con “las figuras de los meses y años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa
de ver, la cual piedra muchos vi[eron] y alcanza[ron] en la plaza grande, junto
a la acequia, la cual mandó enterrar el Ilmo. y Rmo. señor don fray Alonso de
Montufar, dignísimo arzobispo de México de felice memoria.”[4]
El mismo Durán nos relata lo que Tlacaelel, famoso consejero de varios tlatoanis
mexicas, dijo a Axayacatl con respecto a la celebración del fin de los trabajos
que dieron forma a la piedra que nos concierne: “[…] ya sabes que la Piedra del
Sol está acabada y que es necesario que se ponga en alto y que se le haga […]
solenidad […], para lo cual envía tus mensajeros a Tezcoco y a Tacuba, a los
reyes y a los demás señores de las provincias, para que vengan a edificar el
lugar donde se asiente, el cual a de ser de veinte brazas en redondo donde esté
en medio esta insigne piedra.”[5]
Llama de inmediato la atención el hecho de que Durán pone en palabras
de Tlacaelel el nombre de Piedra del Sol para el famoso monolito del que
estamos hablando. De ello deducimos que bien seguro es que desde la
prehispanidad esta piedra haya sido conocida con el nombre de Piedra del Sol y
no con el de Calendario Azteca, puesto que ahora sabemos que las imágenes
contenidas en la superficie de esta piedra hacen referencia a la cosmovisión
que los mexicas tenían con respecto a la creación del quinto sol en Teotihuacan,
así como de los soles que le antecedieron.
Habiendo aclarado cuál es el nombre adecuado para el mal llamado
Calendario Azteca, nos parece conveniente enfatizar que este majestuoso
monumento no es un calendario en sí, pues recordemos que un calendario es un “sistema
de representación del paso de los días, agrupados en unidades superiores, como
semanas, meses, años, etc.”[6]
y que es usado para medir el paso del tiempo, cosa que no sucede con la
mencionada Piedra del Sol. Hagamos notar, además, que los antiguos mexicanos
(habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlan) poseían dos sistemas de
medición del tiempo que sí merecen el nombre de calendarios.
Uno fue el calendario ritual llamado tonalpohualli, el cual, a
decir de Alfonso Caso, “consiste en la unión de una serie de veinte signos, con
una serie de números, de 1 a 13, combinándose los signos y los números de tal
manera, que siguen ambas series un orden invariable y que no se repite la misma
combinación de signo y número, hasta que han transcurrido 13 X 20, o sean 260
días.”[7]
El otro sistema que utilizaron los antiguos mexicanos para la realización de la
mayoría de sus fiestas y ceremonias religiosas fue el calendario de carácter
agrícola. Es éste un “calendario anual que estaba dividido en dieciocho meses
de veinte días, más cinco días que llamaban nemontemi y que, por
considerarse aciagos, no se celebraba en ellos ninguna fiesta.”[8]
Ahora bien, no está por demás decir que si el término ‘calendario’ es
inapropiado para nombrar este monolito, así también lo es el apelativo ‘Azteca’,
como veremos a continuación. Durante muchos años, el vocablo ‘Azteca’ se ha
usado para denominar al pueblo
que se asentó en un islote situado dentro del antiguo lago de Texcoco, y que
con el tiempo creó y dio fama a la inmortal ciudad de México-Tenochtitlán. Es
por ello que no es difícil encontrar la palabra azteca en diversos estudios
clásicos sobre el también llamado Pueblo del Sol, o, para ser más precisos, el
pueblo de los mexicas. Un ejemplo de lo que comentamos es el texto clásico del
etnólogo francés Jacques Soustelle, La vida cotidiana de los Aztecas en
vísperas de la conquista, publicado por primera vez en 1956. Otro ejemplo
es el famoso libro de Velasco Piña Tlacaelel: Azteca entre los Aztecas, publicado
en el año de 1979. Y así podríamos enlistar un extenso número de ejemplares que
hacen uso de la palabra azteca para referirse a los habitantes de la ciudad de
México-Tenochtitlán.
Nos parece pertinente mencionar ahora
otros dos términos que completarán la tríada que dará vida a este breve ensayo.
Los vocablos a los que nos referimos son nahua y mexica. Es
válido mencionar estas palabras puesto que los términos azteca, mexica y nahua se
han usado indistintamente muchas veces, lo que ha causado que muchos los crean sinónimos.
Lo anterior se ha prestado a confusión en no pocas ocasiones, pues erróneamente
se puede llegar a creer que los términos mexica, azteca y nahua definen a un
mismo grupo cultural.
Ya el célebre filólogo mexicano,
José G. Moreno de Alba, nos da un claro ejemplo de la confusión que se puede
dar al hacer un mal uso de los términos azteca y mexicano para nombrar la
lengua de los antiguos pueblos del Valle de México. Este autor nos lo refiere
de la siguiente manera: “para la Academia [de la Lengua Española] vienen a ser
sinónimos los vocablos mexicano, nahua, (o náhoa, náhuatl
y náhuatle) y azteca para designar la lengua de los antiguos
mexicanos. Así queda consignado en las respectivas entradas del diccionario. En
la quinta acepción de mejicano puede leerse: “idioma náhuatle o azteca”;
en la tercera de náhuatl se anota: “aplícase a la lengua principalmente
hablada por los indios mejicanos”. Más sorprendente es la tercera acepción de
la entrada azteca en que textualmente se señala: “idioma azteca”, sin
mayores referencias.”[9]
Moreno de Alba nos comenta que aun
cuando en el habla cotidiana los términos antes expuestos puedan ser tomados
como sinónimos, bien valdría la pena que la Real Academia haga uso de la
palabra náhuatl para referirse a la lengua que hablaron los antiguos
mexicanos. Por consiguiente, descarta el uso del vocablo azteca por
considerarlo inapropiado en esta situación, “pues azteca más que a la
lengua se aplica al pueblo (y al individuo) que ejercía dominio en el Valle de México
cuando empezó la conquista española. Mexicano […], por su parte,
significa ante todo, en el español contemporáneo, “natural de México” o
“perteneciente o relativo a esta república de América”.”[10]
Cabe señalar que en la versión en internet del diccionario de la Real
Academia se han hecho ya, aunque parcialmente, algunas de las correcciones
pertinentes para las entradas en cuestión, encontrando que para náhuatl tenemos
la definición siguiente: “lengua hablada por los pueblos nahuas,
impropiamente llamada también azteca o mexicana.”[11] También
encontramos que para la entrada nahua el diccionario contempla
las definiciones siguientes: “1. Se dice del individuo
de un antiguo pueblo indio que habitó la altiplanicie mexicana y la parte de
América Central antes de la conquista de estos países por los españoles, y
alcanzó un alto grado de civilización. 2. Perteneciente o relativo a este
pueblo. 3. Se dice de la lengua principalmente hablada por los indios mexicanos.”[12]
Sin embargo, la
lengua náhuatl no fue sólo hablada en los “antiguos pueblos indios” de la
altiplanicie mexicana, sino que sigue siendo hablada actualmente en nuestro
país y en algunas regiones de Centro América; pero no por todos “los indios
mexicanos”, puesto que existen otras muchas lenguas que son habladas por otros
muchos grupos indígenas de México. Es por ello que la Academia decidió enmendar
esta entrada en su 23.ª edición del año 2O14, agregando que el vocablo náhuatl
se utiliza también para denominar a cualquier hablante de la lengua
náhuatl “y [que] habita en diversas zonas de México. Asimismo, comprende lo
“perteneciente o relativo a los nahuas”[13] y
su lengua. Una última entrada nos refiere que el náhuatl es una “lengua
de la familia yutoazteca que se habla en diversas zonas de México, con muchas
variantes dialectales.” [14]
Por otra parte,
el vocablo azteca comprende tres acepciones que bien vale la pena
mencionar. En la primera acepción se consigna que azteca es el “individuo
de un antiguo pueblo invasor y dominador del territorio conocido después con el
nombre de México.”[15]
En la segunda acepción se lee lo siguiente: “Perteneciente o relativo a este
pueblo.”[16]
Más aún, en la tercera acepción se anota que azteca es el “idioma
nahua”. A este respecto, es fácil notar las inconsistencias que sigue
presentando la Real Academia al definir las palabras que venimos discutiendo,
puesto que en la entrada para náhuatl encontramos que esta palabra define a la “lengua hablada por los pueblos nahuas,
impropiamente llamada también azteca o mexicana.” Pero si en el mismo
diccionario se menciona que los términos azteca y mexicana son impropios para
denominar la lengua, entonces ¿por qué la misma Academia sigue admitiendo la
palabra azteca para definir el idioma náhuatl?
No cabe duda que
la Academia aún se encuentra rezagada en cuanto a estos términos, puesto que si
acudimos a la entrada para mexicano descubriremos con sorpresa que en su
tercera acepción se sigue mencionando que mexicano es el idioma nahua, mientras
que en sus acepciones primera y segunda
se nos menciona que mexicano es el “natural de México”, así como todo lo
“perteneciente o relativo a este país de América.” Vale la pena hacer notar que
el término mexicano es usado en ciertos sectores para hacer referencia a una
variedad dialectal moderna de la lengua náhuatl, y que es hablada en ciertas
regiones del estado de Puebla, Veracruz y Guerrero, por mencionar sólo algunos
lugares. Lo anterior nos demuestra que el
vocablo mexicano puede causar confusión o malos entendidos, puesto que
puede interpretarse de distintas maneras dependiendo el contexto y referente
que se tome al hacer uso de él.
Vale la pena
aclarar a este respecto que el término mexicano y el nombre de nuestro país lo
heredamos de los mexicas, grupo que hablaba la antigua lengua náhuatl y que
ejerció su hegemonía política y militar a lo largo de una gran parte del
territorio que ocupa actualmente nuestro país. No debemos olvidar lo que el
reconocido historiador mexicano, Federico Navarrete Linares, nos menciona sobre
el tema que tratamos: “Nuestro país se llama México en honor de los mexicas
porque los mexicanos modernos nos identificamos con ellos y los consideramos
nuestros antepasados. Sin embargo, no hay que olvidar que los mexicas eran sólo
uno de los muchos pueblos indígenas que vivían en el territorio de lo que luego
sería nuestro país. Su cultura, su lengua y su forma de ser, de hecho, no eran
inventos suyos, pues habían sido creadas por pueblos mucho más antiguos que
ellos.”[17]
Después de haber
adentrado al lector en el tema que buscamos exponer, es menester continuar con
el desarrollo de este escrito. Como hemos visto, las palabras azteca, náhuatl y
mexicano han sido causantes de no pocas controversias y malos entendidos. ¿Pero
cuál es el significado adecuado para cada una de estas palabras? Para contestar
esta pregunta, a continuación realizamos un análisis de las palabras que
conforman la parte medular de este estudio.
Según lo que
sabemos, es el Padre Ángel María Garibay Kintana, gran estudioso de la lengua
náhuatl y su literatura, quien establece, en un principio, una clara
diferenciación entre los términos náhuatl y azteca. En su prólogo a la magna
obra de Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, publicada por
primera vez en el año de 1956, nos dice lo siguiente: “El autor recoge sus
datos de documentos que dieron los que hablaban náhuatl. Su filosofía es
náhuatl. Y, ¿por qué no azteca? Los apresurados, aunque haga ya decenios,
confunden lo azteca con lo náhuatl. No es lo mismo. Los aztecas son los
fundadores de Tenochtitlan, diremos con simpleza, para no hacer más confusas
las cosas. Y hay muchos que nada tuvieron que ver, ni en la fundación, ni en el
auge de este señorío central, al cual honraron con el epíteto de Imperio otros
apresurados, y esos extraños también pensaron y se expresaron en lengua
náhuatl. Tlaxcala, Chalco, Acolhuacan no son aztecas. Y de estas regiones
tenemos documentos que nos dan el hilo para entrar al recinto mental de
aquellos pueblos. La palabra “náhuatl” es más amplia y genérica y con ella señalamos
lo que nos llegó en la lengua de Tenochtitlan, aun cuando no fuera de origen
tenochca.”[18]
Entiéndase
entonces que la palabra náhuatl denomina a la lengua que hablaron y siguen
hablando diversos pueblos de la antigüedad y del presente. Por ende, refiriéndonos
a los antiguos pueblos del centro de México, es claro que la cultura náhuatl la
compartieron distintos grupos humanos que hicieron uso de la lengua náhuatl
para comunicarse y forjar su literatura, sin importar si estos se hacían llamar
tlaxcaltecas, huejotzingas, cholultecas o mexicas. Esto viene a ser, por
ejemplo, como el apelativo hispano, el cual usamos en la actualidad para
denominar a todos aquellos hablantes del español que comparten rasgos
culturales afines, sin importar si son españoles, mexicanos, peruanos,
argentinos o uruguayos.
Etimológicamente
la palabra náhuatl viene a significar “que suena bien, que tiene buen sonido”.[19] Poco
sabemos sobre cómo se le dio este nombre a la lengua que hablaron los antiguos
pueblos del Valle de México, al igual que desconocemos quién empieza a usar
esta palabra para denominar la cultura que compartieron estos grupos humanos. Pero
cabe recordar que a mediados del siglo pasado ya el padre Garibay nos decía que
“la palabra “náhuatl” es más amplia y genérica y con ella señalamos lo que nos
llegó en la lengua de Tenochtitlan, aun cuando no fuera de origen tenochca.”
Esto nos lo viene a reafirmar el doctor Miguel León-Portilla al mencionar que
“en no pocos casos, percibiendo la semejanza que existe entre muchas de las
creaciones de los mexicas y de otros pueblos de habla náhuatl, se introdujo al
hacer referencia a todos ellos otro gentilicio de connotación más amplia, los
nahuas.”[20]
No obstante, es
claro que desde la época precortesiana la palabra náhuatl era ya usada como un apelativo
para la lengua. En el célebre diccionario de Fray Alonso de Molina, publicado
por primera vez en 1555, corroboramos la presencia de distintos vocablos que
hacen referencia a asuntos vinculados con la lengua. De esta manera tenemos que
la palabra nahuati.ni viene a significar “hablar alto, o tener buen
sonido la campana…”. Así mismo, la palabra nahuatia.ni, nos dice Molina,
es “callar o hablar muy baxo…”. Por otra parte, la palabra nahuatianite significa “mandar algo a
otros, o pedir licencia o darla para hazer algo…”.
Otras palabras
que consideramos importantes y dignas de mencionarse son nahuatlato y nahuatlatoa.
La primera es definida por Molina como intérprete, mientras la segunda es tener
el oficio de intérprete. De esta manera, observamos que la raíz de la palabra
náhuatl se encuentra en todas las palabras que hemos presentado. No es difícil
imaginar, entonces, el motivo por el cual se hizo uso de la palabra que denota
lo “que suena bien, lo que tiene buen sonido” para denominar a la lengua de los
antiguos pueblos nahuas que ejercieron el control del valle de México si
tomamos en cuenta que son los mismos mexicas quienes usan palabras del náhuatl
para denominar a otros grupos y sus lenguas, y a los cuales consideraban
salvajes o rudimentarios. Ejemplo de ello es la palabra otomitl, la que,
según Wigberto Jiménez Moreno, significa flechador de pájaros.
No es casualidad
que en el Diccionario de la Lengua Náhuatl o Mexicana del francés Rémi Siméon
la palabra otomitl sea usada para denominar a un pueblo que, según
palabras del autor, está compuesto de “tribus salvajes que habitaban en
cavernas y vivían del producto de la caza”. De igual manera, Simeón menciona
que a partir del siglo XV [los otomíes] reconocieron la autoridad de los
príncipes chichimecas de Acolhuacan, sin perder completamente su primitivismo.
Los otomíes ocuparon varias localidades importantes tales como Tullan, Xilotepec,
pero conservaron su idioma, notable por su rudeza [...] a pesar de ser
abundante y expresivo. No conocieron más que algunas industrias muy ordinarias
y bajas. Todavía hoy en día [el diccionario de Siméon fue publicado por primera
vez en 1885] los carboneros de México son otomíes.”[21]
No consideramos
que el lector encontrará dificultad alguna en notar la excesiva discriminación
con la que Simeón adorna sus palabras. Sin embargo, creemos que él no hace más
que seguir al pie de la letra las descripciones que los mexicas nos legaron
sobre este pueblo y que aún sobreviven en distintos libros de corte histórico.
Baste lo que citamos a continuación para ilustrar lo que comentamos, pues, como
verá el lector, este fragmento describe a la perfección la forma en que los
antiguos mexicanos veían a los otomíes.
No son
gente que se educa, no se elevan, por lo cual al que se corrige de no tener
educación, al que es duro de mente se le dice: Tú eres otomite, tú eres un
otomitazo. Otomite, como no entiendes. ¿Eres otomite? ¿De veras eres otomite?
No sólo te pones como otomite, sino que eres otomite, con toda seguridad eres
otomite. Otomitazo, cabeza inmadura, cabeza de pedernal, cogote de hiel. Con
todo esto es baldonado el rudo de comprensión. Se toman y sacan estos dicterios
de la falta de buena crianza de los otomíes.[22]
Bien claro se
muestra en el párrafo anterior la manera en que para los mexicas la palabra otomitl
vino a ser sinónimo de ignorante y primitivo, por no mencionar otras
palabras que consideramos ofensivas y que no viene al caso escribir aquí. Por
lo tanto, es notorio que para los mexicas su posición privilegiada como regentes
de gran parte de Mesoamérica les dio la autoridad para decir, según “su justa
razón”, que su lengua era la de buen sonido, la que sonaba bien
con respecto, en este caso, a una lengua de “rudeza notable” como la de los
otomíes. Lo anterior nos hace recordar el uso que los griegos dieron a la
palabra bárbaro (βάρβαρος, extranjero) para denominar a todos aquellos pueblos rudimentarios que no hablaban
griego. Con el tiempo, esta palabra llegó a ser sinónimo de rudo, inculto,
grosero, tosco, significados que son los más ampliamente usados en la
actualidad.
Ahora es
menester ahondar en el análisis del término azteca. Históricamente, esta
palabra viene a designar a un antiguo pueblo que fundó una gran ciudad a la que
se llamó de dos maneras distintas. El nombre más comúnmente usado fue Aztlan,
el cual es una forma acortada de Aztatlan y que quiere decir “lugar de garzas”.
El otro nombre usado fue Chicomóztoc que significa “el lugar de las siete
cuevas”. En varias fuentes se nos menciona que en Aztlan no sólo habitaron los
aztecas sino que también fue el hogar de otros muchos pueblos nahuas que eran
tributarios de los aztecas, a quienes se les imponían pesados tributos e
injustos maltratos. Esto nos lo confirma el cronista indígena Cristóbal del
Castillo, quien nos informa que “los que gobiernan en Aztlan Chicomóztoc son
los aztecas chicomoztocas. Y sus macehuales eran los mexitin, los ribereños,
los pescadores de los gobernantes aztecas; ciertamente eran ellos sus
macehuales, sus pescadores. Y sus gobernantes los maltrataban mucho, mucho los
hacían tributar.”[23]
Debido a tan
pesadas cargas tributarias y maltratos excesivos, no pasó mucho tiempo para que
de entre los mexitin surgiera un personaje de gran importancia que los guiara
hacia la libertad. Fue éste un sacerdote de nombre Huitzil, “el cual suplicaba
a Tetzauhteótl, su dios protector, […] que liberara a su pueblo. El dios
portentoso oyó su petición y ordenó a su pueblo que saliera de ese lugar y
abandonara para siempre a sus antiguos dominadores los aztecas chicomoztocas.”[24]
Junto con el pueblo de Huitzil se marcharon otras tantas tribus; mas no
tardaría el dios en expresar su voluntad con respecto al destino de los
seguidores del sacerdote Huitzil, pues les ordenó que se apartaran de las otras
tribus y siguieran solos su camino. Es en el momento en que las tribus se han
separado cuando el dios ordena que dejen de llamarse aztecas y adopten el
nombre de mexicas. El célebre cronista franciscano fray Juan de Torquemada nos
refiere este pasaje de la siguiente manera, poniendo en boca del dios estas
primeras palabras: “Ya estáis apartados y segregados de los demás y así quiero
que, como escogidos míos, ya no os llaméis aztecas sino mexicas”; y agrega “que
aquí fue donde primeramente tomaron el nombre de mexicanos y juntamente con
trocarles el nombre les puso señal en los rostros y en las orejas un emplasto
de trementina cubierto de plumas, tapándoselas con él, y dioles juntamente un
arco y unas flechas y un chicatli, que es una red donde se echan tecomates y
jícaras, diciéndoles que aquello era lo que había de prevalecer en ellos.”[25]
De esta manera el
pueblo de Huítzil deja de llamarse azteca y se denomina mexica. Este nombre se
mantuvo en los textos en lengua náhuatl que dan cuenta de la historia y cultura
de los mexicas. Es con la llegada de los españoles cuando en las relaciones de
los conquistadores y frailes misioneros se empieza a usar el término mexicano
para denominar a los habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlan y
diferenciarlos de otros pueblos nahuas como los huejotzingas, los tlaxcaltecas
o los cholultecas. De acuerdo con Miguel León-Portilla, “no es sino hasta 181O
cuando el empleo de la palabra ‘mexicano’ empieza a ceder su lugar al de
‘aztecas’”[26]
pues nos menciona que es en ese mismo año cuando aparece la obra de Alejandro
de Humbolt, Vistas de las Coordilleras y Monumentos de los Pueblos Indígenas
de América en la que el término “azteca” es de uso común. Además, el mismo
León-Portilla nos menciona varios trabajos de amplia difusión que usaron la
palabra azteca para referirse al pueblo de los mexicas.
A decir del
doctor León-Portilla, “una posible explicación de por qué la palabra azteca se
impuso a la de mexica o mexicano se halla quizás en el hecho de que, aún poco
antes de consumarse la independencia de México, se quiso distinguir entre el
nombre de los habitantes de todo el país, conocidos ya como mexicanos y el del
antiguo pueblo que había fundado la ciudad de México, proveniente de Aztlan, al
que se le atribuyó el gentilicio de aztecas.”[27]
No obstante, el mismo doctor León-Portilla agrega que varios historiadores
mexicanos de gran talla se abstuvieron de usar la palabra azteca aun cuando su
uso se había ya generalizado en diversas partes del mundo. Sin embargo, a pesar
de que estos historiadores se abstuvieron de usar esta palabra, “fue sobre todo
a lo largo del siglo XX cuando el empleo del gentilicio “aztecas” se fue
haciendo cada vez más frecuente.”[28]
Tuvieron que pasar varias décadas para que el uso de la palabra “mexica” se
volviera a utilizar ampliamente en los estudios históricos de nuestro país, aunque,
a decir verdad, la palabra azteca sigue siendo usada por algunos investigadores
y escritores de novelas históricas de corte indigenista.
Como hemos visto
a lo largo de esta exposición, interpretaciones erróneas han dado origen a
creencias equivocadas con respecto a ciertos aspectos de nuestra historia. El
ejemplo más claro de esto es el nombre de Calendario Azteca para la Piedra del
Sol, así como el uso de la palabra azteca para denominar lo mexica. Diversas
han sido las causas para el cambio del significado e interpretación de nombres
y palabras, no obstante, al hurgar en los recónditos rincones de nuestra
historia podremos resolver distintas incógnitas, así como liberarnos del error
y los prejuicios. Ésta es, creemos, una de las finalidades del estudio de la
historia.
Ahora bien, con
este texto no pretendemos arrojar nuevos datos sobre la discusión que concierne
a las palabras que hemos expuesto a lo largo de este escrito, sino que buscamos
tan sólo seguir insistiendo en la importancia de conocer bien nuestras palabras
y nuestra historia para no seguir incurriendo en errores arcaicos que se siguen
repitiendo sin cesar. Es claro que para cambiar nuestra actitud en el presente,
debemos entender nuestro pasado y emplear de manera adecuada las palabras que
conforman nuestra lengua, pues son ellas las que ayudan a la mente a dar al
individuo una versión final de su realidad, de su origen e identidad. Así
sucedió con los mexicas, al cambiar su nombre cambiaron su realidad, pues se
crearon un origen, una identidad, un destino. Es por ello que creemos
conveniente citar, a manera de conclusión, un fragmento del libro La
Migración de los Mexicas de Federico Navarrete Linares, y el cual dice lo
siguiente:
Los
habitantes de Aztlan se llamaban a sí mismos “aztecas”, que significa
simplemente “gente de Aztlan”. Según nos cuentan las fuentes, los aztecas eran
muchos pueblos diferentes que vivían en ese lugar, entre los cuales estaban los
mexicas, pero también los chalcas, los huastecos y otros.
Sin
embargo, cuando partieron de Aztlan, los emigrantes cambiaron de nombre, pues
su antiguo gentilicio había perdido su validez. El primer nombre que se dieron
durante su viaje fue “mexitin”, pero después lo cambiaron definitivamente por
el de “mexicas”.
¿Qué
quieren decir estos nombres? Ambos tienen la misma raíz, pero hay diversas
interpretaciones de su significado. Algunos estudiosos dicen que derivan de
“metl”, maguey, y que significa “los del maguey”. Otros afirman que proceden de
“metztli”, luna, por lo que significa “gente de la Luna” o “gente del ombligo
de la Luna”. Otros más, en cambio, sostienen que provienen de Mexi, el nombre
de un dios protector de los mexicas.
Para los
mexicas, cambiar de nombre al salir de Aztlan fue una manera de cambiar su
identidad: mostraban así que ya no eran los mismos que vivían en esa ciudad.
Por ello, es incorrecto, e incluso injusto, llamarlos aztecas, usando el nombre
que ellos mismos desecharon.[29]
¿Qué significa,
entonces, ser mexicano? No significa ser exclusivamente descendiente de los
mexicas, sino por el contrario, significa ser descendiente también de otras culturas
que florecieron y se desarrollaron a lo largo de lo que ahora es México. Por lo
tanto, nuestra mexicanidad viene a ser, según mi parecer, una herencia del
tiempo y de la historia, ya que ha sido el devenir de nuestra historia lo que
ha forjado nuestra identidad. Es necesario, pues, que conozcamos y entendamos
nuestro polifacético origen, ya que sólo de esta manera seremos capaces de
entender nuestra realidad y de crear un rumbo definido para nosotros y nuestros
hijos.
Bibliografía.
Caso, Alfonso.
2004. El Pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica, México.
Garibay K., Ángel
María. 2000. Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México.
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Miguel. 2001. La filosofía náhuatl,
Universidad Nacional Autónoma de México, México.
León-Portilla, Miguel.
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sobre un gentilicio, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México.
Moreno de Alba,
José G. Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 7ª
Reimpresión, 2O12.
Matos Moctezuma,
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Navarrete
Linares, Federico. 1998. La migración de los mexicas, CONACULTA, México.
Siméon, Rémi.
2006. Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, Siglo XXI, México.
[1] Eduardo Matos Moctezuma, La piedra del sol, Fondo de Cultura
Económica, México, p. 12.
[2] De acuerdo a la versión en internet del diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española, la palabra almanaque proviene del árabe
hispanizado almanáh, el cual significa calendario.
[3] Matos Moctezuma, op. cit. p. 24. Cabe aclarar al lector los
términos contenidos en esta cita. De acuerdo a la Real Academia de la Lengua
Española la cronología es la ciencia que tiene por objeto determinar el orden y fechas de los sucesos
históricos. De igual manera, la gnomónica se refiere a la ciencia que enseña el
modo de hacer los relojes solares. Por otra parte, la astrología judiciaria es
aquella aplicada a los
pronósticos.
[4] Matos Moctezuma. op. cit. p. 43.
[5] Ibid. p. 44.
[7] Alfonso Caso, El pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica,
México, p. 86.
[8] Ibid. p. 90
[9] José G. Moreno de Alba, Minucias del lenguaje,
Fondo de Cultura Económica, México, 7ª Reimpresión, p. 41.
[15] Ibid.
[18] Ángel María Garibay
Kintana, Prólogo, en Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, Universidad
Nacional Autónoma de México, México, 2001, pp. viii, ix.
[20] Miguel León-Portilla,
Los aztecas disquisiciones sobre un gentilicio, Instituto de Investigaciones
Históricas, UNAM, p. 311.
[28] Ibidem.
[29] Federico Navarrete Linares, op.
cit. p. 8.



