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martes, 12 de mayo de 2015



MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



Sobre tres Términos Comunes
en los Estudios de Cultura Náhuatl. 


N
o es raro escuchar, según mi parecer, que tres términos comunes en los estudios de cultura náhuatl siguen siendo empleados indistintamente por el público no especializado. Esto puede deberse al desconocimiento de su significado exacto y al uso erróneo que en muchas ocasiones han difundido otros hablantes o los medios de comunicación. Antes de desarrollar la parte medular de este escrito, creo conveniente citar un ejemplo que ayudará al lector a estar a tono con el tema que buscamos discutir.

Existe en México un monolito prehispánico que goza de gran fama dentro y fuera de nuestro país, y al que comúnmente se le da el nombre de Calendario Azteca. Desde fechas tan tempranas como 1790, año en que este impresionante monolito fue descubierto, un buen número de personas ha mantenido la idea errónea de que esta pieza pétrea es un calendario. Recordemos lo que el soldado José Gómez, llegado a la Nueva España en 1755, anotó en su diario personal, y lo cual constituye una de las primeras noticias que poseemos sobre el descubrimiento y posterior traslado de esta pieza a la catedral de México: “El día 2 de julio de 1791 en México, llevaron la piedra que estaba en la plaza grande (que era el almanaque de los indios gentiles) a el cimenterio de la catedral […].”[1]

El término almanaque[2] nos muestra que desde su descubrimiento este monolito fue considerado un calendario. Esto probablemente se debió al hecho de que el sabio mexicano Antonio de León y Gama, quien lleva a cabo el primer intento de interpretación de la piedra, nos dice que ésta servía “[…] para el uso de la astronología, de la cronología y gnomónica, prescindiendo de los demás usos que de ella hacían los sacerdotes gentiles para su astrología judiciaria.”[3] Esta interpretación de León y Gama bien pudo deberse a la presencia de los glifos calendáricos que se encuentran tallados alrededor de los temas centrales de esta pieza de arte.

Empero, cabe aclarar que el nombre apropiado y generalmente aceptado en la actualidad para este monolito es el de Piedra del Sol. Ya desde el siglo XVI queda registrado este nombre en la Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de la Tierra de Fray Diego Durán. En su relación, este fraile nos informa que fue el gobernante Axayacatl quien mandó a labrar una piedra con “las figuras de los meses y años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver, la cual piedra muchos vi[eron] y alcanza[ron] en la plaza grande, junto a la acequia, la cual mandó enterrar el Ilmo. y Rmo. señor don fray Alonso de Montufar, dignísimo arzobispo de México de felice memoria.”[4] El mismo Durán nos relata lo que Tlacaelel, famoso consejero de varios tlatoanis mexicas, dijo a Axayacatl con respecto a la celebración del fin de los trabajos que dieron forma a la piedra que nos concierne: “[…] ya sabes que la Piedra del Sol está acabada y que es necesario que se ponga en alto y que se le haga […] solenidad […], para lo cual envía tus mensajeros a Tezcoco y a Tacuba, a los reyes y a los demás señores de las provincias, para que vengan a edificar el lugar donde se asiente, el cual a de ser de veinte brazas en redondo donde esté en medio esta insigne piedra.”[5]    

Llama de inmediato la atención el hecho de que Durán pone en palabras de Tlacaelel el nombre de Piedra del Sol para el famoso monolito del que estamos hablando. De ello deducimos que bien seguro es que desde la prehispanidad esta piedra haya sido conocida con el nombre de Piedra del Sol y no con el de Calendario Azteca, puesto que ahora sabemos que las imágenes contenidas en la superficie de esta piedra hacen referencia a la cosmovisión que los mexicas tenían con respecto a la creación del quinto sol en Teotihuacan, así como de los soles que le antecedieron.

Habiendo aclarado cuál es el nombre adecuado para el mal llamado Calendario Azteca, nos parece conveniente enfatizar que este majestuoso monumento no es un calendario en sí, pues recordemos que un calendario es un “sistema de representación del paso de los días, agrupados en unidades superiores, como semanas, meses, años, etc.”[6] y que es usado para medir el paso del tiempo, cosa que no sucede con la mencionada Piedra del Sol. Hagamos notar, además, que los antiguos mexicanos (habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlan) poseían dos sistemas de medición del tiempo que sí merecen el nombre de calendarios.

Uno fue el calendario ritual llamado tonalpohualli, el cual, a decir de Alfonso Caso, “consiste en la unión de una serie de veinte signos, con una serie de números, de 1 a 13, combinándose los signos y los números de tal manera, que siguen ambas series un orden invariable y que no se repite la misma combinación de signo y número, hasta que han transcurrido 13 X 20, o sean 260 días.”[7] El otro sistema que utilizaron los antiguos mexicanos para la realización de la mayoría de sus fiestas y ceremonias religiosas fue el calendario de carácter agrícola. Es éste un “calendario anual que estaba dividido en dieciocho meses de veinte días, más cinco días que llamaban nemontemi y que, por considerarse aciagos, no se celebraba en ellos ninguna fiesta.”[8]

Ahora bien, no está por demás decir que si el término ‘calendario’ es inapropiado para nombrar este monolito, así también lo es el apelativo ‘Azteca’, como veremos a continuación. Durante muchos años, el vocablo ‘Azteca’ se ha usado para denominar al pueblo que se asentó en un islote situado dentro del antiguo lago de Texcoco, y que con el tiempo creó y dio fama a la inmortal ciudad de México-Tenochtitlán. Es por ello que no es difícil encontrar la palabra azteca en diversos estudios clásicos sobre el también llamado Pueblo del Sol, o, para ser más precisos, el pueblo de los mexicas. Un ejemplo de lo que comentamos es el texto clásico del etnólogo francés Jacques Soustelle, La vida cotidiana de los Aztecas en vísperas de la conquista, publicado por primera vez en 1956. Otro ejemplo es el famoso libro de Velasco Piña Tlacaelel: Azteca entre los Aztecas, publicado en el año de 1979. Y así podríamos enlistar un extenso número de ejemplares que hacen uso de la palabra azteca para referirse a los habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlán.  
           
            Nos parece pertinente mencionar ahora otros dos términos que completarán la tríada que dará vida a este breve ensayo. Los vocablos a los que nos referimos son nahua y mexica. Es válido mencionar estas palabras puesto que los términos azteca, mexica y nahua se han usado indistintamente muchas veces, lo que ha causado que muchos los crean sinónimos. Lo anterior se ha prestado a confusión en no pocas ocasiones, pues erróneamente se puede llegar a creer que los términos mexica, azteca y nahua definen a un mismo grupo cultural.

            Ya el célebre filólogo mexicano, José G. Moreno de Alba, nos da un claro ejemplo de la confusión que se puede dar al hacer un mal uso de los términos azteca y mexicano para nombrar la lengua de los antiguos pueblos del Valle de México. Este autor nos lo refiere de la siguiente manera: “para la Academia [de la Lengua Española] vienen a ser sinónimos los vocablos mexicano, nahua, (o náhoa, náhuatl y náhuatle) y azteca para designar la lengua de los antiguos mexicanos. Así queda consignado en las respectivas entradas del diccionario. En la quinta acepción de mejicano puede leerse: “idioma náhuatle o azteca”; en la tercera de náhuatl se anota: “aplícase a la lengua principalmente hablada por los indios mejicanos”. Más sorprendente es la tercera acepción de la entrada azteca en que textualmente se señala: “idioma azteca”, sin mayores referencias.”[9]

            Moreno de Alba nos comenta que aun cuando en el habla cotidiana los términos antes expuestos puedan ser tomados como sinónimos, bien valdría la pena que la Real Academia haga uso de la palabra náhuatl para referirse a la lengua que hablaron los antiguos mexicanos. Por consiguiente, descarta el uso del vocablo azteca por considerarlo inapropiado en esta situación, “pues azteca más que a la lengua se aplica al pueblo (y al individuo) que ejercía dominio en el Valle de México cuando empezó la conquista española. Mexicano […], por su parte, significa ante todo, en el español contemporáneo, “natural de México” o “perteneciente o relativo a esta república de América”.”[10] 

Cabe señalar que en la versión en internet del diccionario de la Real Academia se han hecho ya, aunque parcialmente, algunas de las correcciones pertinentes para las entradas en cuestión, encontrando que para náhuatl tenemos la definición siguiente: “lengua hablada por los pueblos nahuas, impropiamente llamada también azteca o mexicana.”[11] También encontramos que para la entrada nahua el diccionario contempla las definiciones siguientes: “1. Se dice del individuo de un antiguo pueblo indio que habitó la altiplanicie mexicana y la parte de América Central antes de la conquista de estos países por los españoles, y alcanzó un alto grado de civilización. 2. Perteneciente o relativo a este pueblo. 3. Se dice de la lengua principalmente hablada por los indios mexicanos.”[12]

Sin embargo, la lengua náhuatl no fue sólo hablada en los “antiguos pueblos indios” de la altiplanicie mexicana, sino que sigue siendo hablada actualmente en nuestro país y en algunas regiones de Centro América; pero no por todos “los indios mexicanos”, puesto que existen otras muchas lenguas que son habladas por otros muchos grupos indígenas de México. Es por ello que la Academia decidió enmendar esta entrada en su 23.ª edición del año 2O14, agregando que el vocablo náhuatl se utiliza también para denominar a cualquier hablante de la lengua náhuatl “y [que] habita en diversas zonas de México. Asimismo, comprende lo “perteneciente o relativo a los nahuas”[13] y su lengua. Una última entrada nos refiere que el náhuatl es una “lengua de la familia yutoazteca que se habla en diversas zonas de México, con muchas variantes dialectales.” [14]

Por otra parte, el vocablo azteca comprende tres acepciones que bien vale la pena mencionar. En la primera acepción se consigna que azteca es el “individuo de un antiguo pueblo invasor y dominador del territorio conocido después con el nombre de México.”[15] En la segunda acepción se lee lo siguiente: “Perteneciente o relativo a este pueblo.”[16] Más aún, en la tercera acepción se anota que azteca es el “idioma nahua”. A este respecto, es fácil notar las inconsistencias que sigue presentando la Real Academia al definir las palabras que venimos discutiendo, puesto que en la entrada para náhuatl encontramos que esta palabra define a la “lengua hablada por los pueblos nahuas, impropiamente llamada también azteca o mexicana.” Pero si en el mismo diccionario se menciona que los términos azteca y mexicana son impropios para denominar la lengua, entonces ¿por qué la misma Academia sigue admitiendo la palabra azteca para definir el idioma náhuatl?

No cabe duda que la Academia aún se encuentra rezagada en cuanto a estos términos, puesto que si acudimos a la entrada para mexicano descubriremos con sorpresa que en su tercera acepción se sigue mencionando que mexicano es el idioma nahua, mientras que en sus  acepciones primera y segunda se nos menciona que mexicano es el “natural de México”, así como todo lo “perteneciente o relativo a este país de América.” Vale la pena hacer notar que el término mexicano es usado en ciertos sectores para hacer referencia a una variedad dialectal moderna de la lengua náhuatl, y que es hablada en ciertas regiones del estado de Puebla, Veracruz y Guerrero, por mencionar sólo algunos lugares. Lo anterior nos demuestra que el vocablo mexicano puede causar confusión o malos entendidos, puesto que puede interpretarse de distintas maneras dependiendo el contexto y referente que se tome al hacer uso de él.

Vale la pena aclarar a este respecto que el término mexicano y el nombre de nuestro país lo heredamos de los mexicas, grupo que hablaba la antigua lengua náhuatl y que ejerció su hegemonía política y militar a lo largo de una gran parte del territorio que ocupa actualmente nuestro país. No debemos olvidar lo que el reconocido historiador mexicano, Federico Navarrete Linares, nos menciona sobre el tema que tratamos: “Nuestro país se llama México en honor de los mexicas porque los mexicanos modernos nos identificamos con ellos y los consideramos nuestros antepasados. Sin embargo, no hay que olvidar que los mexicas eran sólo uno de los muchos pueblos indígenas que vivían en el territorio de lo que luego sería nuestro país. Su cultura, su lengua y su forma de ser, de hecho, no eran inventos suyos, pues habían sido creadas por pueblos mucho más antiguos que ellos.”[17]

Después de haber adentrado al lector en el tema que buscamos exponer, es menester continuar con el desarrollo de este escrito. Como hemos visto, las palabras azteca, náhuatl y mexicano han sido causantes de no pocas controversias y malos entendidos. ¿Pero cuál es el significado adecuado para cada una de estas palabras? Para contestar esta pregunta, a continuación realizamos un análisis de las palabras que conforman la parte medular de este estudio.  

Según lo que sabemos, es el Padre Ángel María Garibay Kintana, gran estudioso de la lengua náhuatl y su literatura, quien establece, en un principio, una clara diferenciación entre los términos náhuatl y azteca. En su prólogo a la magna obra de Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, publicada por primera vez en el año de 1956, nos dice lo siguiente: “El autor recoge sus datos de documentos que dieron los que hablaban náhuatl. Su filosofía es náhuatl. Y, ¿por qué no azteca? Los apresurados, aunque haga ya decenios, confunden lo azteca con lo náhuatl. No es lo mismo. Los aztecas son los fundadores de Tenochtitlan, diremos con simpleza, para no hacer más confusas las cosas. Y hay muchos que nada tuvieron que ver, ni en la fundación, ni en el auge de este señorío central, al cual honraron con el epíteto de Imperio otros apresurados, y esos extraños también pensaron y se expresaron en lengua náhuatl. Tlaxcala, Chalco, Acolhuacan no son aztecas. Y de estas regiones tenemos documentos que nos dan el hilo para entrar al recinto mental de aquellos pueblos. La palabra “náhuatl” es más amplia y genérica y con ella señalamos lo que nos llegó en la lengua de Tenochtitlan, aun cuando no fuera de origen tenochca.”[18]

Entiéndase entonces que la palabra náhuatl denomina a la lengua que hablaron y siguen hablando diversos pueblos de la antigüedad y del presente. Por ende, refiriéndonos a los antiguos pueblos del centro de México, es claro que la cultura náhuatl la compartieron distintos grupos humanos que hicieron uso de la lengua náhuatl para comunicarse y forjar su literatura, sin importar si estos se hacían llamar tlaxcaltecas, huejotzingas, cholultecas o mexicas. Esto viene a ser, por ejemplo, como el apelativo hispano, el cual usamos en la actualidad para denominar a todos aquellos hablantes del español que comparten rasgos culturales afines, sin importar si son españoles, mexicanos, peruanos, argentinos o uruguayos.

Etimológicamente la palabra náhuatl viene a significar “que suena bien, que tiene buen sonido”.[19] Poco sabemos sobre cómo se le dio este nombre a la lengua que hablaron los antiguos pueblos del Valle de México, al igual que desconocemos quién empieza a usar esta palabra para denominar la cultura que compartieron estos grupos humanos. Pero cabe recordar que a mediados del siglo pasado ya el padre Garibay nos decía que “la palabra “náhuatl” es más amplia y genérica y con ella señalamos lo que nos llegó en la lengua de Tenochtitlan, aun cuando no fuera de origen tenochca.” Esto nos lo viene a reafirmar el doctor Miguel León-Portilla al mencionar que “en no pocos casos, percibiendo la semejanza que existe entre muchas de las creaciones de los mexicas y de otros pueblos de habla náhuatl, se introdujo al hacer referencia a todos ellos otro gentilicio de connotación más amplia, los nahuas.”[20]

No obstante, es claro que desde la época precortesiana la palabra náhuatl era ya usada como un apelativo para la lengua. En el célebre diccionario de Fray Alonso de Molina, publicado por primera vez en 1555, corroboramos la presencia de distintos vocablos que hacen referencia a asuntos vinculados con la lengua. De esta manera tenemos que la palabra nahuati.ni viene a significar “hablar alto, o tener buen sonido la campana…”. Así mismo, la palabra nahuatia.ni, nos dice Molina, es “callar o hablar muy baxo…”. Por otra parte, la palabra  nahuatianite significa “mandar algo a otros, o pedir licencia o darla para hazer algo…”.

Otras palabras que consideramos importantes y dignas de mencionarse son nahuatlato y nahuatlatoa. La primera es definida por Molina como intérprete, mientras la segunda es tener el oficio de intérprete. De esta manera, observamos que la raíz de la palabra náhuatl se encuentra en todas las palabras que hemos presentado. No es difícil imaginar, entonces, el motivo por el cual se hizo uso de la palabra que denota lo “que suena bien, lo que tiene buen sonido” para denominar a la lengua de los antiguos pueblos nahuas que ejercieron el control del valle de México si tomamos en cuenta que son los mismos mexicas quienes usan palabras del náhuatl para denominar a otros grupos y sus lenguas, y a los cuales consideraban salvajes o rudimentarios. Ejemplo de ello es la palabra otomitl, la que, según Wigberto Jiménez Moreno, significa flechador de pájaros.  

No es casualidad que en el Diccionario de la Lengua Náhuatl o Mexicana del francés Rémi Siméon la palabra otomitl sea usada para denominar a un pueblo que, según palabras del autor, está compuesto de “tribus salvajes que habitaban en cavernas y vivían del producto de la caza”. De igual manera, Simeón menciona que a partir del siglo XV [los otomíes] reconocieron la autoridad de los príncipes chichimecas de Acolhuacan, sin perder completamente su primitivismo. Los otomíes ocuparon varias localidades importantes tales como Tullan, Xilotepec, pero conservaron su idioma, notable por su rudeza [...] a pesar de ser abundante y expresivo. No conocieron más que algunas industrias muy ordinarias y bajas. Todavía hoy en día [el diccionario de Siméon fue publicado por primera vez en 1885] los carboneros de México son otomíes.”[21]

No consideramos que el lector encontrará dificultad alguna en notar la excesiva discriminación con la que Simeón adorna sus palabras. Sin embargo, creemos que él no hace más que seguir al pie de la letra las descripciones que los mexicas nos legaron sobre este pueblo y que aún sobreviven en distintos libros de corte histórico. Baste lo que citamos a continuación para ilustrar lo que comentamos, pues, como verá el lector, este fragmento describe a la perfección la forma en que los antiguos mexicanos veían a los otomíes.

     No son gente que se educa, no se elevan, por lo cual al que se corrige de no tener educación, al que es duro de mente se le dice: Tú eres otomite, tú eres un otomitazo. Otomite, como no entiendes. ¿Eres otomite? ¿De veras eres otomite? No sólo te pones como otomite, sino que eres otomite, con toda seguridad eres otomite. Otomitazo, cabeza inmadura, cabeza de pedernal, cogote de hiel. Con todo esto es baldonado el rudo de comprensión. Se toman y sacan estos dicterios de la falta de buena crianza de los otomíes.[22]
 
Bien claro se muestra en el párrafo anterior la manera en que para los mexicas la palabra otomitl vino a ser sinónimo de ignorante y primitivo, por no mencionar otras palabras que consideramos ofensivas y que no viene al caso escribir aquí. Por lo tanto, es notorio que para los mexicas su posición privilegiada como regentes de gran parte de Mesoamérica les dio la autoridad para decir, según “su justa razón”, que su lengua era la de buen sonido, la que sonaba bien con respecto, en este caso, a una lengua de “rudeza notable” como la de los otomíes. Lo anterior nos hace recordar el uso que los griegos dieron a la palabra bárbaro (βάρβαρος, extranjero) para denominar a todos aquellos pueblos rudimentarios que no hablaban griego. Con el tiempo, esta palabra llegó a ser sinónimo de rudo, inculto, grosero, tosco, significados que son los más ampliamente usados en la actualidad.    

Ahora es menester ahondar en el análisis del término azteca. Históricamente, esta palabra viene a designar a un antiguo pueblo que fundó una gran ciudad a la que se llamó de dos maneras distintas. El nombre más comúnmente usado fue Aztlan, el cual es una forma acortada de Aztatlan y que quiere decir “lugar de garzas”. El otro nombre usado fue Chicomóztoc que significa “el lugar de las siete cuevas”. En varias fuentes se nos menciona que en Aztlan no sólo habitaron los aztecas sino que también fue el hogar de otros muchos pueblos nahuas que eran tributarios de los aztecas, a quienes se les imponían pesados tributos e injustos maltratos. Esto nos lo confirma el cronista indígena Cristóbal del Castillo, quien nos informa que “los que gobiernan en Aztlan Chicomóztoc son los aztecas chicomoztocas. Y sus macehuales eran los mexitin, los ribereños, los pescadores de los gobernantes aztecas; ciertamente eran ellos sus macehuales, sus pescadores. Y sus gobernantes los maltrataban mucho, mucho los hacían tributar.”[23]

Debido a tan pesadas cargas tributarias y maltratos excesivos, no pasó mucho tiempo para que de entre los mexitin surgiera un personaje de gran importancia que los guiara hacia la libertad. Fue éste un sacerdote de nombre Huitzil, “el cual suplicaba a Tetzauhteótl, su dios protector, […] que liberara a su pueblo. El dios portentoso oyó su petición y ordenó a su pueblo que saliera de ese lugar y abandonara para siempre a sus antiguos dominadores los aztecas chicomoztocas.”[24] Junto con el pueblo de Huitzil se marcharon otras tantas tribus; mas no tardaría el dios en expresar su voluntad con respecto al destino de los seguidores del sacerdote Huitzil, pues les ordenó que se apartaran de las otras tribus y siguieran solos su camino. Es en el momento en que las tribus se han separado cuando el dios ordena que dejen de llamarse aztecas y adopten el nombre de mexicas. El célebre cronista franciscano fray Juan de Torquemada nos refiere este pasaje de la siguiente manera, poniendo en boca del dios estas primeras palabras: “Ya estáis apartados y segregados de los demás y así quiero que, como escogidos míos, ya no os llaméis aztecas sino mexicas”; y agrega “que aquí fue donde primeramente tomaron el nombre de mexicanos y juntamente con trocarles el nombre les puso señal en los rostros y en las orejas un emplasto de trementina cubierto de plumas, tapándoselas con él, y dioles juntamente un arco y unas flechas y un chicatli, que es una red donde se echan tecomates y jícaras, diciéndoles que aquello era lo que había de prevalecer en ellos.”[25]

De esta manera el pueblo de Huítzil deja de llamarse azteca y se denomina mexica. Este nombre se mantuvo en los textos en lengua náhuatl que dan cuenta de la historia y cultura de los mexicas. Es con la llegada de los españoles cuando en las relaciones de los conquistadores y frailes misioneros se empieza a usar el término mexicano para denominar a los habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlan y diferenciarlos de otros pueblos nahuas como los huejotzingas, los tlaxcaltecas o los cholultecas. De acuerdo con Miguel León-Portilla, “no es sino hasta 181O cuando el empleo de la palabra ‘mexicano’ empieza a ceder su lugar al de ‘aztecas’”[26] pues nos menciona que es en ese mismo año cuando aparece la obra de Alejandro de Humbolt, Vistas de las Coordilleras y Monumentos de los Pueblos Indígenas de América en la que el término “azteca” es de uso común. Además, el mismo León-Portilla nos menciona varios trabajos de amplia difusión que usaron la palabra azteca para referirse al pueblo de los mexicas.

A decir del doctor León-Portilla, “una posible explicación de por qué la palabra azteca se impuso a la de mexica o mexicano se halla quizás en el hecho de que, aún poco antes de consumarse la independencia de México, se quiso distinguir entre el nombre de los habitantes de todo el país, conocidos ya como mexicanos y el del antiguo pueblo que había fundado la ciudad de México, proveniente de Aztlan, al que se le atribuyó el gentilicio de aztecas.”[27] No obstante, el mismo doctor León-Portilla agrega que varios historiadores mexicanos de gran talla se abstuvieron de usar la palabra azteca aun cuando su uso se había ya generalizado en diversas partes del mundo. Sin embargo, a pesar de que estos historiadores se abstuvieron de usar esta palabra, “fue sobre todo a lo largo del siglo XX cuando el empleo del gentilicio “aztecas” se fue haciendo cada vez más frecuente.”[28] Tuvieron que pasar varias décadas para que el uso de la palabra “mexica” se volviera a utilizar ampliamente en los estudios históricos de nuestro país, aunque, a decir verdad, la palabra azteca sigue siendo usada por algunos investigadores y escritores de novelas históricas de corte indigenista.        

Como hemos visto a lo largo de esta exposición, interpretaciones erróneas han dado origen a creencias equivocadas con respecto a ciertos aspectos de nuestra historia. El ejemplo más claro de esto es el nombre de Calendario Azteca para la Piedra del Sol, así como el uso de la palabra azteca para denominar lo mexica. Diversas han sido las causas para el cambio del significado e interpretación de nombres y palabras, no obstante, al hurgar en los recónditos rincones de nuestra historia podremos resolver distintas incógnitas, así como liberarnos del error y los prejuicios. Ésta es, creemos, una de las finalidades del estudio de la historia.

Ahora bien, con este texto no pretendemos arrojar nuevos datos sobre la discusión que concierne a las palabras que hemos expuesto a lo largo de este escrito, sino que buscamos tan sólo seguir insistiendo en la importancia de conocer bien nuestras palabras y nuestra historia para no seguir incurriendo en errores arcaicos que se siguen repitiendo sin cesar. Es claro que para cambiar nuestra actitud en el presente, debemos entender nuestro pasado y emplear de manera adecuada las palabras que conforman nuestra lengua, pues son ellas las que ayudan a la mente a dar al individuo una versión final de su realidad, de su origen e identidad. Así sucedió con los mexicas, al cambiar su nombre cambiaron su realidad, pues se crearon un origen, una identidad, un destino. Es por ello que creemos conveniente citar, a manera de conclusión, un fragmento del libro La Migración de los Mexicas de Federico Navarrete Linares, y el cual dice lo siguiente: 

     Los habitantes de Aztlan se llamaban a sí mismos “aztecas”, que significa simplemente “gente de Aztlan”. Según nos cuentan las fuentes, los aztecas eran muchos pueblos diferentes que vivían en ese lugar, entre los cuales estaban los mexicas, pero también los chalcas, los huastecos y otros.
     Sin embargo, cuando partieron de Aztlan, los emigrantes cambiaron de nombre, pues su antiguo gentilicio había perdido su validez. El primer nombre que se dieron durante su viaje fue “mexitin”, pero después lo cambiaron definitivamente por el de “mexicas”.
     ¿Qué quieren decir estos nombres? Ambos tienen la misma raíz, pero hay diversas interpretaciones de su significado. Algunos estudiosos dicen que derivan de “metl”, maguey, y que significa “los del maguey”. Otros afirman que proceden de “metztli”, luna, por lo que significa “gente de la Luna” o “gente del ombligo de la Luna”. Otros más, en cambio, sostienen que provienen de Mexi, el nombre de un dios protector de los mexicas.
     Para los mexicas, cambiar de nombre al salir de Aztlan fue una manera de cambiar su identidad: mostraban así que ya no eran los mismos que vivían en esa ciudad. Por ello, es incorrecto, e incluso injusto, llamarlos aztecas, usando el nombre que ellos mismos desecharon.[29]

¿Qué significa, entonces, ser mexicano? No significa ser exclusivamente descendiente de los mexicas, sino por el contrario, significa ser descendiente también de otras culturas que florecieron y se desarrollaron a lo largo de lo que ahora es México. Por lo tanto, nuestra mexicanidad viene a ser, según mi parecer, una herencia del tiempo y de la historia, ya que ha sido el devenir de nuestra historia lo que ha forjado nuestra identidad. Es necesario, pues, que conozcamos y entendamos nuestro polifacético origen, ya que sólo de esta manera seremos capaces de entender nuestra realidad y de crear un rumbo definido para nosotros y nuestros hijos.   

Bibliografía.

Caso, Alfonso. 2004. El Pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica, México.

Garibay K., Ángel María. 2000. Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México.

León-Portilla, Miguel.  2001. La filosofía náhuatl, Universidad Nacional Autónoma de México, México.

León-Portilla, Miguel. 2000. Los aztecas: disquisiciones sobre un gentilicio, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México.

Moreno de Alba, José G. Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 7ª Reimpresión, 2O12.

Matos Moctezuma, Eduardo. 2000. La piedra del sol, Fondo de Cultura Económica, México.   

Navarrete Linares, Federico. 1998. La migración de los mexicas, CONACULTA, México.

Siméon, Rémi. 2006. Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, Siglo XXI, México.





[1] Eduardo Matos Moctezuma, La piedra del sol, Fondo de Cultura Económica, México, p. 12.
[2] De acuerdo a la versión en internet del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra almanaque proviene del árabe hispanizado almanáh, el cual significa calendario.
[3] Matos Moctezuma, op. cit. p. 24. Cabe aclarar al lector los términos contenidos en esta cita. De acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española la cronología es la ciencia que tiene por objeto determinar el orden y fechas de los sucesos históricos. De igual manera, la gnomónica se refiere a la ciencia que enseña el modo de hacer los relojes solares. Por otra parte, la astrología judiciaria es aquella aplicada a los pronósticos.

[4] Matos Moctezuma. op. cit. p. 43.
[5] Ibid. p. 44.
[6] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
[7] Alfonso Caso, El pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica, México, p. 86.
[8] Ibid. p. 90
[9] José G. Moreno de Alba, Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 7ª Reimpresión, p. 41.
[10] Ibid. p. 41.
[11] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
[12] Ibid.
[13] Ibid.
[14] Ibid.
[15] Ibid.
[16] Ibid.
[17] Federico Navarrete Linares, La migración de los mexicas, 1998, CONACULTA, México, p. 9.
[18] Ángel María Garibay Kintana, Prólogo, en Miguel León-Portilla, La filosofía náhuatl, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2001, pp. viii, ix.
[19] Remi Siméon, Diccionario de la lengua náhuatl o mexicana, Siglo XXI, México, p. 365.
[20] Miguel León-Portilla, Los aztecas disquisiciones sobre un gentilicio, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, p. 311.
[21] Siméon. op. cit. p. 365.
[22] Ángel María Garibay K. Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México, p. 234.
[23] Cristóbal del Castillo. Citado en León-Portilla p. 308.
[24] Miguel León-Portilla, op. cit. p. 3O8.
[25] Torquemada, citado en León-Portilla, p. 3O9.
[26] Ibid., p. 31O
[27] Ibid., p. 311.
[28] Ibidem.
[29] Federico Navarrete Linares, op. cit. p. 8. 

domingo, 1 de febrero de 2015

MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®


Historia de una
Letra Griega en México. 


S
on las palabras un vehículo eficaz para que el lector amante de la historia se embarque en largos viajes a través del tiempo. Desde Herodoto hasta nuestros días, el lenguaje escrito ha sido utilizado para consignar, comunicar y preservar hechos y acontecimientos del pasado. Es por ello que la escritura ha jugado un papel de primer orden en el oficio de historiar, ya que “puede[…] conservar su mensaje por un lapso indefinido.”[1] No pasa lo mismo, en cambio, con la tradición oral, puesto que ésta se encuentra siempre sujeta a la memoria y a la existencia de los individuos que la conservan y pasan los datos de su historia de generación en generación.

            Recordemos que para ayudar a la memoria, primeramente, el ser humano se apoyó en imágenes capaces de representar su entorno. De esta manera surgen los pictogramas, dibujos de animales, personas o cosas, los cuales denotan una situación o acción determinada. Posteriormente, el surgimiento de los ideogramas sentó las bases del desarrollo “de todo un sistema independiente en el mundo.”[2] En su libro Historia del Alfabeto, A. C. Moorhouse nos dice que los ideogramas “son signos que representan ideas, cualidades, acciones y algunas veces objetos, ninguno de los cuales puede representarse directamente por medio de un pictograma […]. En tanto que los pictogramas son sólo copias de la naturaleza, los ideogramas son creaciones nuevas que estimulan las facultades inventivas de los autores.”[3]

Al mencionar escuetamente los sistemas pictográfico e ideográfico no hacemos más que referirnos a los albores de un proceso cultural complejo. No debemos olvidar, por lo tanto, que la escritura pasó por distintas etapas a lo largo de su desarrollo y que muchos sistemas de escritura no lograron madurar o perdurar en su uso e inteligibilidad debido a circunstancias diversas. Por tal motivo, muchos de estos sistemas cayeron en desuso y se convirtieron en un cúmulo de secretos que ya nadie podía descifrar. Ejemplos de lo anterior son las escrituras egipcia y maya, las cuales aguardaron en silencio hasta que un Champollion[4] o un Knórosov[5] nos develaran sus misterios.
           
No obstante, cabe hacer hincapié en el hecho innegable de que aun cuando un sistema escrito puede sufrir pocos cambios cuando ya se ha consolidado, no pasa lo mismo con la forma en que se pronuncia. Citemos a manera de ejemplo el caso del Tetragrámaton hebreo (יהוה) que representa el nombre de Dios. Esta palabra ha despertado gran polémica a través de los años, puesto que a ciencia cierta nadie, según lo que conocemos, sabe cómo debe pronunciarse. Esto debido a que las letras que se emplean en el nombre son sólo consonantes (YHWH). Algunos estudiosos como el Dr. M. Reisel concuerdan con que “originalmente la lectura del Tetragrámaton con sus vocales debe haber sido Y ͤ HūàH o YaHūàH”.[6] Por otra parte, “el canónigo D. D. Williams, de Cambridge, sostuvo que la ‘evidencia indica, o mejor, casi prueba, que la pronunciación verdadera del Tetragrámaton no era Jāhwéh […] El Nombre mismo probablemente era JĀHȎH’.”[7]  

Lo único cierto en este debate es que la pronunciación original del Tetragrámaton se perdió debido a la prohibición que imperó en el judaísmo con respecto a la mención del nombre de Dios al realizar las lecturas de las sagradas escrituras. La palabraיהוה  se conservó en los textos pero al tener que leerse se sustituyó por otros nombres como el de Hashem (השם), Adonai (אדני) o Elohim (אלהים). En un texto de educación bíblica de 1984 se nos menciona lo siguiente con respecto al tema que nos atañe: “Mientras el hebreo antiguo fue un idioma de uso cotidiano [la pronunciación del Tetragrámaton] no presentó problema alguno. Los israelitas estaban familiarizados con la pronunciación del Nombre [de Dios], y cuando lo veían escrito [pronunciaban] las vocales sin pensarlo. […] Esta situación cambió debido a dos sucesos. Primero, entre los judíos surgió la idea supersticiosa de que era malo pronunciar el nombre divino en voz alta; por eso, cuando llegaban a él en su lectura de la Biblia pronunciaban la palabra hebrea ‘Adhonaí (Señor Soberano). Además, con el transcurso del tiempo el mismísimo idioma hebreo antiguo cesó de usarse en la conversación diaria, y así llegó el tiempo en que la pronunciación original hebrea del nombre de Dios pasó al olvido.”[8] 

Cabe aclarar que la escritura del hebreo deriva del alfabeto semita, el cual constaba de veintidós letras consonánticas. Una de las características de este alfabeto fue la orientación de su escritura, la cual “seguía la dirección de derecha a izquierda. No había vocales […] Por lo tanto, era necesario, al leer la escritura, suplir mentalmente las vocales necesarias. Para este propósito cuatro letras que representaban sonidos de vocales débiles (ʼāleph y , yōd y wau) llegaron finalmente a utilizarse para denotar las vocales largas ā, ῑ, ū, respectivamente […]; se desarrolló un esquema aún más completo de notación vocálica en siriaco, árabe y hebreo, mediante el uso de “puntos” vocálicos o signos diacríticos. […] Pero ningún sistema llegó a ser de uso general. Es posible que ni siquiera estos pasos se habrían dado de no haber sido necesario, para fines religiosos, conocer la pronunciación exacta de las antiguas escrituras. […] En el uso corriente no se pensó que fuera hasta tal punto esencial contar con una exactitud tan precisa, y las diversas notaciones vocálicas casi no se emplearon más que para escribir textos religiosos […].”[9]    

Pero si observamos esta ausencia de vocales escritas en una lengua perteneciente a la familia de las lenguas semíticas, es menester que hagamos notar el caso opuesto en lenguas romances como el francés o germanas como el inglés, cuyo sistema de escritura, a diferencia del hebreo, sí representa las vocales. No obstante, pese a que las lenguas citadas anteriormente hacen uso de un alfabeto derivado del griego, en donde, salvo algunas excepciones, había una correspondencia de letra y sonido, no es raro encontrarnos con palabras como boulevard /bulvaʀ/ del francés y beautiful /ˈbjuːtɪfl/ del inglés[10]. Los dos vocablos anteriores ejemplifican a la perfección el problema que buscamos plantear, puesto que, como puede observarse, en ambas palabras aparecen secuencias de dos o más vocales escritas que poco se relacionan con la manera en que un hablante nativo de dichas lenguas pronunciaría estas palabras. Por otra parte, mucho diferiría la pronunciación de dichos vocablos si hacemos uso del criterio de correspondencia letra-sonido heredada de los griegos y que aplicaría un hablante nativo de español que nada supiera de la pronunciación del francés o inglés.          

            Para aclarar el punto anterior con respecto a la correspondencia letra-sonido, cabe citar lo que Ferdinand de Saussure, célebre lingüista francés de finales del siglo XIX,  mencionaba al respecto: “El alfabeto griego primitivo merece nuestra admiración. Cada sonido simple está representado en él por un solo signo gráfico, y, a la recíproca, cada signo corresponde a un sonido simple, siempre el mismo. Es un descubrimiento genial, que los latinos heredaron. En la escritura de la palabra bárbaros, , ΒΑΡΒΑΡΟΣ, cada letra corresponde a un tiempo homogéneo […].”[11] Sin embargo, contrario a lo que podría pensarse, es en el mismo griego donde surgen letras para representar dos sonidos que se pronuncian conjuntamente. Las letras Χ, Θ, Φ se usaron para representar las combinaciones “kh, th, ph; ΦΕΡΩ representa phérō; pero ésta es una innovación posterior, las inscripciones arcaicas escriben ΚΗΑΡΙΣ y no ΧΑΡΙΣ.”[12] 

            Aunado a lo expuesto anteriormente, no debemos olvidar que en su uso para escribir distintas lenguas, no sólo europeas sino de distintas partes del mundo, las letras tuvieron que ajustarse o cambiar su valor fonético para representar los sonidos de las distintas lenguas a las que se adaptó. Además, es preciso recordar que si una lengua tiende a cambiar en su forma escrita, con más razón lo hará en su forma hablada. Nos dice Saussure que la función primaria de la escritura es representar la lengua, sin embargo, “la lengua evoluciona sin cesar mientras que la escritura tiende a permanecer inmóvil. De ello se deduce que la grafía termina por no corresponder ya a aquello que debe representar”[13] Esto puede explicar, aunque parcialmente, el porqué muchas lenguas difieren en la pronunciación de las palabras con respecto a su ortografía. Es por ello que para poder representar adecuadamente la pronunciación de las lenguas se recurrió a la creación de un alfabeto fonético internacional, el cual ayudó en mucho a que mediante la utilización de símbolos fonéticos (símbolos que representan sonidos no letras) se pudiera representar la pronunciación estandarizada de una palabra aislada.

Podría pensarse que en el español no encontraremos estas situaciones ya que se piensa, en muchos casos erróneamente, que en nuestra lengua sí existe una correspondencia directa entre las letras y el sonido que éstas representan. Y decimos erróneamente porque entonces ¿qué pasa con letras como la H, la cual no representa ningún sonido en español, o la combinación de la C y la H para representar un sonido que nada tiene que ver con la C o con la asonante H? Otro ejemplo podría ser el caso de la doble ele (ll) cuya función no es alargar el sonido de esta consonante como en el latín o el italiano, sino que denota un sonido totalmente distinto al de /l/. Ahora bien, si con estas letras observamos estas cuestiones, hay otra letra más que presenta un problema a la hora de pronunciarla en palabras provenientes del náhuatl tales como mixiote, Xochimilco, Xonaca y México, por dar sólo algunos ejemplos.

El problema al que nos referimos radica en la polivalencia fonética de la letra x en palabras como las citadas en el párrafo anterior, puesto que en nuestro país la letra x puede representar distintos sonidos como /ks/, /h/, /ʃ/[14] e inclusive /s/. ¿Pero de dónde surge esta polivalencia de la letra x en México que sigue causando problemas a quien no está habituado a las palabras nahuas que la usan? Es indiscutible que en muchos casos, como hablantes del español de México, nos dejamos guiar por la pronunciación que comúnmente escuchamos de los otros. No obstante, cabe hacernos la pregunta: ¿cuál es, entonces, la pronunciación “correcta” para las palabras en cuestión? Con la intención de responder a ésta y otras preguntas hemos desarrollado este breve ensayo, cuyo tema medular es presentar al lector una breve reseña histórica de cómo la letra x llegó a ser usada en palabras del náhuatl y por qué.

Empecemos por hablar un poco del griego, cuyo alfabeto fue la pauta para el desarrollo del alfabeto que usamos actualmente. El alfabeto griego desciende del alfabeto fenicio, el cual, a su vez, es un derivado del antiguo alfabeto semita. En sus inicios, la dirección de la escritura en griego era de derecha a izquierda. Posteriormente se usó la escritura bustrofedon, que consistía en escribir una línea de derecha a izquierda y la siguiente de izquierda a derecha, y así sucesivamente. Por último, se optó por que la escritura arrancase en el lado izquierdo y terminara en el derecho. Un gran avance en la escritura que se logró con los griegos fue la creación de letras para representar las vocales, lo cual “resultó de importancia vital para convertir el alfabeto en un adecuado medio de expresión fonético.”[15]


El alfabeto griego arcaico contó con veintitrés letras, de las cuales sólo una ( Y úpsilon) no figuraba en el alfabeto fenicio. Luego, debido a la desunión que imperaba en los pueblos griegos de aquel tiempo, el alfabeto sufrió varios cambios debidos a las necesidades locales de los usuarios, lo que originó el desarrollo de distintas variaciones. Las más representativas fueron las que conformaron el alfabeto oriental y el alfabeto occidental. El alfabeto oriental fue ampliamente usado en Atenas, Corinto, Argos, y las islas egeas. Por otra parte, el alfabeto occidental fue utilizado en los territorios de Euboea, Beocia y parte del Peloponeso, con sus colonias en Italia y Sicilia. Asimismo, se lleva a cabo la inclusión de tres letras nuevas en el alfabeto. Tales letras fueron  , ,. La diferencia entre un alfabeto y el otro radicaba “en el  uso que hicieron de dos de las tres letras nuevas añadidas después de la vocal u (ypsilon). La primera de las letras nuevas fue phi, y tenía el valor de ph en ambos tipos. La segunda fue : el valor occidental fue ks (x), con el nombre xi, pero el valor oriental era kh […], con el nombre de khi. La tercera letra fue : tenía el valor occidental kh, nombre khi, pero en oriental tenía el valor ps, y el nombre psi.”[16] Cabe comentar que en el griego arcaico se usó el signo  para representar la combinación de sonidos ks. Su nombre era xei (ksei). Esta letra se mantuvo, aunque modificada (Ξ), en el alfabeto oriental. Por el contrario, el alfabeto occidental prescindió de ella. No obstante, el alfabeto occidental tuvo, como se mencionó líneas arriba, la letra para representar la combinación de sonidos ks.
   
Son los etruscos quienes hacen un extenso uso del alfabeto griego occidental, el cual, se cree, tomaron de una de las colonias griegas establecidas al sur de Italia. De ellos lo aprendieron los romanos, pueblo que se encargaría de propagar su propia versión del alfabeto a lo largo del vasto imperio que crearon. Según M. C. Moorehouse, “Quintiliano, que escribió a mediados del siglo I d. c., dice que la X era la última letra del alfabeto latino.”[17] Lo anterior nos indica que para esas fechas la letra x ya se encuentra en el alfabeto latino y ha obtenido su posición definitiva. En latín la x tiene el valor de ks, de lo que concluimos que el latín hizo uso de la letra x con el valor fonético del alfabeto occidental. En la lengua de Roma no existía el sonido que denotaba la x en el alfabeto oriental, “pero en tiempo de Cicerón la moda griega hizo que algunos aspiraran la c […]  en palabras que venían del griego o del etrusco, o en otras como ‘Pulcher’”.[18] De esto se entiende que para representar la aspiración de la letra xi del griego oriental, los latinos utilizaron la combinación de la letra C con la letra H (eta), que en el alfabeto occidental representaba el sonido aspirado /h/. Por otra parte, el mismo A. C. Moorehouse agrega que “el nombre ix, que se dio a la X, es lo contrario del griego xi, lo cual obedece quizá al hecho de que ninguna palabra latina comenzaba con x.”[19]

Después de haber esclarecido el valor fonético de la letra x en los alfabetos oriental y occidental, y de conocer su valor en el latín clásico, es necesario establecer el valor de esta letra en el habla hispana del siglo XVI, pues no debemos pasar por alto el hecho de que el territorio de la antigua Hispania fue una provincia romana en la cual surge el antecedente de la lengua que hablamos actualmente. Diversos autores han ya discutido el tema del valor que la letra x tuvo en el español del siglo XVI, sin embargo, merece nuestra atención lo mencionado por dos autores mexicanos con respecto al asunto que nos concierne.

En su breve pero interesante artículo, Sobre la  “X” de México, José G. Moreno de Alba nos refiere que el tema sobre cómo escribir la palabra México ha despertado acaloradas discusiones. Nos menciona que algunos intelectuales y escritores estaban a favor del uso de la letra J en dicha palabra (Méjico) mientras que otros defendían el uso de la x. Pero para entender este acalorado debate, es necesario saber un poco sobre “las modificaciones fonológicas del español del siglo XVI, entre ellas el cambio de sh (escrita x) a j, que afectó no sólo a las voces españolas (dixo = dijo) sino también a la mayoría de indigenismos que tenían el fonema sh (exotl ejote, wexolotl guajolote, etc).”[20] Así lo constata Alfonso Reyes, cuando nos dice que “en el siglo de la conquista la x española tenía todavía el sonido de sh, aunque por bivalencia fonética tenía ya también el de j.”[21] Este mismo autor agrega que “el sonido sh aparecía en la palabra indígena que los españoles quisieron imitar con su grafía. Y la voz México, montada en la corriente de la x, fue arrastrada en la evolución de este fonema. Así vino, con el tiempo, a decirse ‘Méjico’.”[22]

Así las cosas, no debemos sorprendernos que en la versión facsimilar del vocabulario en lengua castellana y mexicana de Fray Alonso de Molina, publicado en el ya distante año de 1571, nos encontremos con palabras como Lexos (lejos), Exercito (ejército), Paxaro (pájaro) y Caxa (caja), por mencionar sólo algunos ejemplos. Entendamos, pues, que durante el siglo XVI, en las palabras mencionadas anteriormente, la x podía ser pronunciada como un sonido /sh/ o un sonido /h/. No obstante, debemos hacer notar que al adoptarse como general la pronunciación /h/ para la letra x, ésta terminó siendo sustituida por la letra j.[23]

En el mismo siglo XVI se da la conquista del llamado Imperio Mexica a manos del legendario Hernán Cortés. Tras la caída de la ciudad de México-Tenochtitlán llegan religiosos para llevar a cabo la evangelización de la población nativa. Es entonces cuando surge el interés por estudiar y aprender la lengua náhuatl debido a su carácter de lengua franca a lo largo del imperio mexica, lo cual facilitaría en mucho la misión evangelizadora. Es por ello que los frailes se dan a la ardua tarea de escribir la lengua náhuatl haciendo uso de las letras del alfabeto latino, ya que el sistema de escritura de los antiguos nahuas era de tipo ideográfico y logosilábico. Por otra parte, cabe recordar que la lengua náhuatl pertenece a la familia yutoazteca, lo que la hace distinta en estructura y forma con respecto a las lenguas de Europa. El náhuatl llamado clásico (náhuatl del siglo XVI) contaba con menos sonidos con respecto al español. Esto facilitó en mucho la adaptación de la lengua a las grafías latinas, empero, se presentaron distintos problemas al tratar de representar sonidos que no existían en español o al decidir qué letras se deberían usar para un solo sonido, puesto que, como veremos a continuación, el español hace uso de distintas letras para representar un mismo sonido.

En su libro Llave del Náhuatl, el padre Ángel María Garibay Kintana menciona que “uno de los empeños primarios de los Misioneros cristianos fue reducir la lengua náhuatl al alfabeto castellano de la época. Esta adaptación reprodujo todas las ventajas y los defectos del alfabeto en uso. Si es verdad que cada signo representa un sonido, también lo es que a un solo sonido corresponden a veces dos signos. Vgr. el sonido K=C, QU […].”[24] De igual manera, el padre Garibay comenta que “en las vocales el sistema de representación es uniforme en los Mss. Sólo por lo que toca a la O-U hay variedad, pero esto no depende de que se siga diverso sistema, sino de su carácter intermedio[25]. Es la razón de que se halle en el mismo autor, Sahagún, por ej.: uncan, oncan, umpa, ompa.”[26]

Fray Jerónimo de Mendieta nos ha legado uno de los pasajes más ilustrativos sobre la manera en que los misioneros franciscanos llevaron a cabo el proceso de escritura de la lengua náhuatl y la creación de sus vocabularios. En su célebre libro Historia Eclesiástica Indiana podemos leer el siguiente pasaje: “Dejando a ratos (los frailes) la gravedad de sus personas, se ponían a jugar con los niños…, y tenían siempre papel y tinta en las manos, y en oyendo el vocablo al indio, escribíanlo y al propósito que lo dijo. Y en la tarde juntábanse los religiosos y comunicaban los unos a los otros sus escriptos, y lo mejor que podían conformaban aquellos vocablos al romance que les parecía más convenir.”[27] Otra manera en que los frailes se apoyaron para el estudio y conocimiento de la lengua náhuatl fue mediante el uso de intérpretes. Cabe destacar el papel que jugó Alonso de Molina en el estudio, enseñanza, e interpretación de esta lengua.

Nace Fray Alonso de Molina en la región española de Extremadura, hacia el año 1513. Siendo aún niño pasa a la Nueva España en compañía de sus padres. Allí entra en contacto con niños de su misma edad, de los cuales aprenderá la lengua náhuatl, logrando así poseer un conocimiento profundo de sus vocablos, frases, usos y estructura. Desde temprana edad entra al servicio de los frailes franciscanos como intérprete y maestro de la lengua. El mismo Fray Jerónimo de Mendieta incluye un pasaje sobre la vida de Molina en su Historia Eclesiástica Indiana, el cual dice lo siguiente: “Fray Alonso de Molina vino con sus padres, niño, a estas partes de la Nueva España, luego como se conquistó. Y como era de poca edad, deprendió con facilidad la lengua de los indios mexicanos. Y cuando comenzaron los primeros doce padres a cultivar esta viña del Señor, éste niño les sirvió de interprete y enseñó a algunos de ellos la lengua mexicana…”[28]        

Molina llegó a ser un profuso escritor en lengua náhuatl. Escribió ordenanzas, doctrinas y vocabularios, entre otras obras. Toca a Molina el mérito de ser el primer escritor nahuatlato en ver impresa y publicada una de sus obras (1546). Uno de sus trabajos más sobresalientes es su vocabulario en lengua castellana y mexicana, el cual fue publicado por primera vez el año de 1555. La existencia de su vocabulario sentó las bases para una escritura estandarizada del náhuatl en aquellos tiempos. Sabemos, por otra parte, que los primeros alfabetizadores del náhuatl fueron Fray Andrés de Olmos y Fray Toribio de Benavente Motolinía. No obstante, el padre Garibay nos menciona que “la justicia exige […]  que demos la gloria de ser el primer alfabetizador del náhuatl a Fray Pedro de Gante. Fue en el tiempo quien, con sus dos colegas [Olmos y Motolinía[, comenzó el estudio de la lengua, y la vida entera se le fué después en ‘enseñar a leer, escribir y cantar’ como él decía.”[29]   

El poner la lengua náhuatl por escrito derivó en la recuperación y conservación de la antigua literatura y la tradición histórica y cultural de los nahuas. Un ejemplo de ello es, sin duda, el impresionante libro de Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las Cosas de Nueva España, verdadera fuente de conocimiento de un mundo que se negaba a perecer. A través de las letras ese mundo ha llegado a nosotros, y a través de las letras seguirá viviendo. Ha sido nuestra tarea hacer una revisión general del proceso que siguió el alfabeto para llegar a México tomando como referente el desarrollo de la letra x. Es notorio, desde luego, que la x es sólo una letra de las tantas que conforman el alfabeto que heredamos de otros pueblos del pasado, pero el hecho de tener un vehículo de transmisión de fácil comprensión para los pueblos que hacen uso del mismo alfabeto que nosotros, contribuyó en mucho a la inserción de la lengua náhuatl en la cultura universal.

¿Pero cuál es, entonces, la pronunciación correcta para las palabras de origen náhuatl que usan la x? Aún después de todo lo expuesto anteriormente encontramos difícil el dar una respuesta concreta a esta pregunta. Recordemos, antes que nada, que desde tiempos tan tempranos como 152O ya muchas palabras de origen náhuatl habían sido escritas haciendo uso de grafías latinas en las relaciones de los conquistadores y colonizadores de México. A este respecto, el filólogo mexicano Juan M. Lope Blanch menciona que “mucho se ha dicho y comentado sobre la dificultad que tenían los conquistadores y primeros colonizadores españoles del Nuevo Mundo para pronunciar las palabras de origen amerindio. […] el ejemplo más evidente de tamaña torpeza es el del topónimo nahua Cuauhnáuac, convertido, a causa del duro oído de los españoles, en Cuernavaca.”[30] Como puede verse, la corrupción de las palabras indígenas en boca de los conquistadores fue algo común. Sin embargo, como acertadamente nos lo hace ver el mismo Lope Blanch, varios errores, como el citado anteriormente, se debieron en muchos casos a errores de lectura que cometieron los amanuenses españoles al copiar los textos manuscritos de los conquistadores, quienes, “sin duda, desconocían totalmente la lengua de los aztecas.”[31]

Ahora bien, si en el momento mismo del primer contacto entre europeos y hablantes nativos del náhuatl se dieron estas corrupciones en la pronunciación de los vocablos, con más razón se fueron dando a lo largo del tiempo. Por lo tanto, aludiendo a la cuestión de cuál sería la pronunciación correcta de las palabras que nos conciernen, creemos conveniente comentar que en palabras donde podamos optar por una pronunciación como la usada en el náhuatl clásico deberíamos hacerlo. De ser así, no erraríamos en pronunciar mishiote para mixiote, shonaca para Xonaca, y de esta manera evitar pronunciaciones como mijiote o Jonaca, formas que, creemos, nadie aceptaría[32]. Lo mismo sucedería con simplificaciones tan en boga actualmente, en donde el uso del fonema /s/ se ha vuelto una constante para la pronunciación de la x en palabras nahuas de uso corriente en el español. De tal manera no es difícil escuchar misiote, pero no así Sonaca. Sin embargo, es necesario mencionar que en muchos casos el uso nos obliga a seguir ciertas pronunciaciones que se alejan del referente clásico. Es impensable el empezar a decir Shochimilco cuando todos pronuncian Sochimilco, o Méshico cuando todos pronuncian Méjico. Más raro sería aún proponer que palabras como jacal o Jalisco regresen a sus formas y pronunciaciones primitivas, e.g., Xahcalli por jacal o Xalixco por Jalisco.[33]

Por obvias razones, nadie se atrevería a legislar con respecto a cómo deberían pronunciarse las palabras que estamos tratando. No obstante, suena oportuno presentar al lector el episodio que consigna el ya memorado Alfonso Reyes en su artículo La Interrogación Nacional, en el cual, con ese toque que le caracteriza, nos pone al tanto del ya mencionado conflicto de si la palabra México debía escribirse con j o con x:

“El comité Directivo de la Campaña Nacionalista -institución de carácter exclusivamente económico- recibe una descabellada iniciativa para no cursar en el correo las piezas postales en que la palabra México se escriba con j, y esto por razón de nacionalismo. Bajan a la palestra los filólogos y los aventureros de la filología, y se esgrimen toda clase de razones y sinrazones. […] Y por una confusión de ideas de que ofrece mil ejemplos la historia, hay ahora una especie de superstición que quiere que el escribir “México” corresponda a la tradición liberal, y el escribir “Méjico”, a la conservadora. Tal creencia carece de fundamento: pronto se demuestra que, indistintamente, liberales y conservadores han bailado al son de la jota o se han santiguado con la cruz de la equis. Si han de acatar la autoridad de su pontífice máximo, el sabio Lucas Alamán, los conservadores tendrán entonces que escribir “Mégico” –que así lo escribía Alamán, o así lo dejaba imprimir en sus libros, allá por mitad del siglo XIX-. La discusión no es nueva: ya en 1899 dio motivo, según Luis González Obregón, a que un humorista inventara un quimérico decreto que mandaba escribir México con x, cargándolo a la conciencia del Congreso Mexicano de 1823. Y, cuando se demostrara que existió este u otro decreto, ¿qué valor científico tendría? ¿Quién es el valiente que legisla sobre la composición del aire que respiramos? La medida no pasaría de ser una regla administrativa para uniformar documentos públicos. (Marcelo corregía a Tiberio cierto error gramatical. Capito, adulador, observó que el error del emperador pronto sería ley. Marcelo, más gramático que cortesano, exclamó: “Capito es un embustero; porque tú, César, puedes dar la ciudadanía a los hombres, pero no a las palabras.” Y, sin embargo, nos aseguran que a Luis XIV es imputable, personalmente, la elisión de la e en el je que viene después del verbo, en las formas interrogativas: suis-je? verrai-je?)”[34] 

Por otra parte, Lope Blanch nos informa que en años recientes movimientos indigenistas han propugnado por la restitución de la antigua grafía x y su valor fonético sh en palabras provenientes del náhuatl que los hablantes pronuncian comúnmente con s, e.g., Xochimilco. No obstante, para disgusto de los que apoyan este movimiento cultural, sólo se ha logrado restituir y conservar el uso de la grafía x pero no el sonido sh.[35] Por lo tanto, no creemos factible el pensar en la promulgación y aprobación de una norma culta que pronuncie con sh todas la palabras derivadas del náhuatl que usan la x, en detrimento de una pronunciación popular sujeta más al uso que a cualquier norma establecida por filólogos o promotores del indigenismo mexicano. Esto debido a que, como ya lo hemos mencionado anteriormente, “la lengua evoluciona sin cesar” y son los hablantes los causantes de los cambios que experimenta la lengua. Entonces, si tomamos el uso de los hablantes como referente, podemos decir que varias de las formas expuestas anteriormente son incorrectas etimológicamente hablando, pero aceptables si tomamos el uso como fundamento.

Creemos, sin embargo, que en un debate como el que origina el uso de la x en México, el conocimiento del porqué de las cosas es un muy útil argumento a la hora de decidirnos a pronunciar de una u otra manera, aunque, a decir verdad, cuestiones como éstas sean muchas veces sólo de la incumbencia de lingüistas y filólogos. Pero sin haber intentado crear este texto para los especialistas, deseamos que el lector interesado en el tema deje vagar su vista por estas palabras y se deleite con su lectura. Por lo tanto, queremos terminar este escrito haciendo notar el innegable hecho de que nuestro país es tan rico e infinito en su historia y cultura que siempre habrá razones para seguir escribiendo acerca de él, por lo que México es y seguirá siendo un referente obligado para todos aquellos amantes de la historia y la cultura que se embarquen en largos viajes a través del tiempo, en largos viajes a través de la historia.


Bibliografía.

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De Saussure, Ferdinand, Curso de lingüística general, Editorial Losada, Argentina, 1945.

Garibay K., Ángel María, Historia de la literatura Náhuatl, Editorial Porrúa, México, 2ª Edición, 2OOO.

Garibay K., Ángel María, Llave del náhuatl, Editorial Porrúa, México, 9ª Edición, 2OO7.

Gómez Robledo, Xavier, Cómo se pronunciaba el latín en los siglos clásicos, Ábside, México, 19

Lope Blanch, Juan M., La toponimia amerindia en el habla de Hernán Cortés.


Montemayor, Carlos, Diccionario del náhuatl en el español de México, UNAM, México, 2OO7.

Moorhouse, M. C., Historia del Alfabeto, Fondo de Cultura Económica, México, 1961.

Moreno de Alba, José G., Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 7ª Reimpresión. 2O12.

Reyes, Alfonso, La interrogación nacional, Obras completas VIII, Fondo de Cultura Económica, México, 1958.




[1] A. C. Moorhouse, Historia del alfabeto, Fondo de Cultura Económica, México, 1961. p. 15.
[2] Ibidem, p. 25.
[3] Ibidem, p. 28.
[4] Jean-François Champollion (179O-1832). Importante lingüista francés a quien se atribuye el desciframiento de la escritura egipcia gracias a sus investigaciones sobre las inscripciones de la Piedra de Rosetta.
[5] Yuri Valentinovich Knórosov (1922-1999). Notable filólogo ruso a quien se atribuye el desciframiento de la escritura maya.
[6] El nombre divino que durará para siempre, La Torre del Vigía, A.R., México, 1984 pp. 7,8.
[7] Ibidem, p. 7
[8] Idem.                                                                                                                           
[9] A. C. Moorehouse, op. cit., pp. 135, 136.
[10] Es preciso aclarar al lector que el vocablo inglés beautiful proviene a su vez de la palabra francesa beauté. Un ejemplo netamente inglés de esta no correspondencia que buscamos presentar serían las palabras look y night
[11] Ferdinand de Saussure, Curso de Lingüística General, Editorial Losada, Argentina, 1945,  pp. 65, 66.
[12] Ibidem, p. 66.
[13] Ibidem, p. 54.
[14] El símbolo /h/ representa el sonido que daríamos a una j en México. Por otra parte, el símbolo /ʃ/ representa el sonido presente en palabras del inglés tales como show, shark, shadow, etc. 
[15] A. C. Moorehouse, op. cit., p. 177.
[16] A. C. Moorehouse, op. cit., pp. 180, 181.
[17] Ibidem, p. 191.
[18] Xavier Gómez Robledo, Cómo se pronunciaba el latín en los siglos clásicos, p. 85.
[19] A. C. Moorehouse, op. cit., p. 191.
[20] José G. Moreno de Alba, Minucias del lenguaje, Fondo de Cultura Económica, México, 2O12,  p. 433.
[21] Alfonso Reyes, La interrogación nacional, Obras Completas, Tomo VIII, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, p. 264.
[22] Ibidem, p. 264.
[23] En este punto cabe aclarar al lector que el proceso por el cual la x adquirió el valor de sh en el español del siglo XVI nos parece un tema digno de investigarse. De igual manera creemos necesario hacer otra investigación sobre la transición de la letra iota del griego ( ι ) a la letra jota ( j ) del español, ya que el cambio se da no sólo en su forma escrita sino en su valor fonético. Así mismo, otra duda que queda por resolver es el valor fonético de la letra ( j ) en el español del siglo XVI, ya que no debemos olvidar la diferencia de pronunciación que actualmente existe entre la j de México y la j de España.
[24] Ángel María Garibay Kintana, Llave del náhuatl, Editorial Porrúa, México, 2OO7, p. 25.
[25] La frase “carácter intermedio” se refiere a que la vocal usada en el náhuatl clásico era un sonido intermedio entre la o y la u, lo cual originó que los misioneros usaran ya sea una letra o ya sea la otra, puesto que en el español no existe un sonido semejante.
[26] Ángel María Garibay Kintana, op. cit., pp. 25, 26. 
[27] Fray Jerónimo de Mendieta, “Historia Eclesiástica Indiana, en Ángel María Garibay Kintana, Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México, 2OOO, p. 15.
[28] Fray Jerónimo de Mendieta, op. cit., en Miguel León portilla, Estudio preliminar al vocabulario de Fray Alonso de Molina, Editorial Porrúa, México, 5ª Edición, 2OO4, p. XXI.
[29] Ángel María Garibay Kintana, Historia de la literatura náhuatl, op. cit., p. 16.
[30] Juan M. Lope Blanch, La toponimia amerindia en el habla de Hernán Cortés, Homenaje a Rodolfo Oroz, pp. 232, 233
[31] Ibidem, p. 233.
[32] Cabe aclarar al lector que Xonaca es una colonia de la ciudad de Puebla. Ahí, la pronunciación es con el sonido sh. No pasa lo mismo, por el contrario, con el vocablo Jonacatepec, localidad del estado de Morelos y famosa por su festival cultural de la cebolla. Este caso ejemplifica a la perfección el problema que venimos discutiendo, ya que, como puede verse, lo que para ciertos hablantes es aceptable para otros no lo es.
[33] Las formas xahcalli y Xalixco fueron tomadas del diccionario del náhuatl en el español de México coordinado por Carlos Montemayor.
[34] Alfonso Reyes, op. cit., pp. 261, 262.
[35] Juan M. Lope Blanch, op. cit., p. 241. “La solución secular /s/ ha recibido durante los últimos lustros el acoso del indigenismo cultural, que pugna por reponer la prepalatal /š/ antigua, cosa que ha conseguido en la escritura, pero no en la pronunciación de los hablantes mexicanos.”