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Mexistoría es una empresa especializada en la prestación de servicios de consultoría en el área de la antropología social y la historia de México. Nos centramos en la planeación de seminarios, talleres, conferencias, cursos y visitas culturales para el sector público y privado, y que buscan difundir la riqueza cultural que se encuentra en nuestro entorno, y de esta manera crear una conciencia de valoración y respeto por parte del ciudadano y visitante en nuestro país. Tenemos la firme convicción de que el conocimiento de nuestra historia es el eslabón entre la riqueza como individuos y como nación.

miércoles, 3 de octubre de 2012



MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®


La Ruta de Cortés.

A la historia
  
E
n 1519, Hernán Cortés llegó a la costa de lo que actualmente es el estado de Veracruz. Después de instalarse ahí y fundar lo que llamó la Villa Rica de la Vera Cruz, se marchó junto con sus hombres en busca de la mítica ciudad de Mexico-Tenochtitlan. Antes de llegar a esta ciudad, Cortés incursionó en distintos lugares de la antigua Mesoamérica tales como Tlaxcala, Cholula, Calpan, Amecameca y Chalco. Esta travesía es hoy en día conocida como "La Ruta de Cortés", la cual fue estudiada a profundidad por el misteriosamente desaparecido Doctor en Historia Mauricio E. Díaz, quien la narra detalladamente en su conocido libro "La Ruta de Cortés: Un Camino Hacia el Pasado".

*
El trabajo de historiador me había dotado de los datos suficientes para reconstruir a detalle la legendaria ruta que Cortés siguió en su camino desde Veracruz hacia Mexico-Tenochtitlan, la mítica ciudad de los lagos, el glorioso ombligo de la luna, el lugar donde el águila devoró la serpiente. Varias veces había ya recorrido ciertos lugares que conforman esta ruta, ya sea por mera distracción o debido a las investigaciones que había llevado a cabo para la elaboración de uno de mis libros. Sin embargo, desde hacía ya varios años había nacido en mí el deseo de llevar a cabo todo el recorrido, visitando cada uno de los poblados que Cortés y sus hombres visitaron. Mas a pesar de mi gran deseo, aún no había podido llevar a cabo este viaje debido a mis múltiples ocupaciones como docente e investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

Pero finalmente un día algo sucedió en mi vida que me hizo decidirme a pedir una licencia y ausentarme de mis labores académicas para poder realizar esta travesía sin ningún problema de tiempo. Y estando en esto, me dispuse a platicarlo con el director del instituto y solicitar la licencia deseada.

-¿Pero acaso no cree usted que emular el legendario viaje que realizó Cortés es una locura? ¿Qué ganaría con hacer eso?- preguntó el director del Instituto de Investigaciones Históricas, haciendo un amplio ademán de incredulidad. Mas tras haber realizado estas preguntas guardó un silencio largo, tal como si lo dicho anteriormente hubiese sido una terrible e imperdonable ofensa.

-Mire director, tal vez esta idea puede parecer descabellada para la mayoría, sin embargo, es un deseo que he guardado celosamente en mí desde hace mucho tiempo. Para mí siempre ha habido una especie de misticismo en ese viaje, una especie de magia. Desde joven siempre deseé haber estado ahí, en el lugar y el momento en que se hizo la historia, y dado que eso es irrealizable, quisiera al menos poderme crear una ilusión, un sueño que calme mis ansias de soñador y amante de lo imposible.-

Un poco confundido, el director decidió dar por finalizada la discusión al ver que yo me encontraba obstinado en emprender ese viaje irreal hacia el pasado que habitaba en mi imaginación.

-Muy bien doctor Díaz, le concederé la licencia que me pide. Puede usted ausentarse de la universidad los días que dure su viaje.-


**
Mientras manejaba mi auto rumbo a casa sobre las ajetreadas calles de la ciudad de México, no pude evitar que un suspiro se escapara de mi pecho. Habían sido varios años los que había dedicado al estudio de las crónicas de los conquistadores, las conocía a la perfección, en su totalidad, letra por letra, dato por dato. Desde joven siempre quise realizar un viaje hacia el pasado y poder presenciar el momento de la Conquista de México, sin embargo, muchos han tachado esta idea de ser una inmensa locura, un sinsentido de una mente obsesionada.

Al llegar a la esquina que conforma el eje Lázaro Cárdenas y la calle Donceles, decidí buscar un estacionamiento con la intención de dejar mi auto ahí, caminar un rato por el Zócalo de la ciudad y hacer una rápida visita al Templo Mayor. Tantas veces había estado en ese lugar y nunca dejé de sentir un extraño estremecimiento que se apoderaba de mi cuerpo, tal como si un funesto presagio me avisara que mi vida concluiría sobre esas piedras, tal como si mi sangre fuera reclamada por las serpientes emplumadas talladas en piedra que se encuentran frente al basamento del edificio.

Hacía varias semanas que el suceso que finalmente dio rienda suelta a la realización de este ansiado viaje había ocurrido. Una tarde como esta, si no mal recuerdo, mientras yo caminaba entre la multitud que se había reunido a un costado de la Catedral para presenciar algunas danzas prehispánicas, pude notar a un anciano que me observaba insistentemente. Ya desde meses atrás me había percatado de su existencia y de aquella insistencia en sus ojos. Dado que había despertado una enorme curiosidad en mí, decidí finalmente acercarme a él y conversar por un rato. Estando frente a él le saludé con un ademán. Él simplemente se limitó a devolverme el saludo de la misma manera. Comenzó a hablarme, diciéndome que tenía algo que podría parecerme de suma importancia e interés. Sin dejarme siquiera decir una palabra, empezó a relatarme una vieja leyenda en lengua náhuatl: “Mitoa in oc yohuayan…” (Se dice que cuando aún era de noche, decían los viejos, contaban los ancianos, que hacía ya tantos años hubo un hombre que conocía todos los secretos de los antiguos, un hombre que tuvo el poder de viajar en el tiempo).

Al principio la historia me pareció un tanto fantasiosa, sin embargo, conforme ese extraño desconocido seguía hablando, me fui interesando más y más en su plática. Algo que me sorprendió sobremanera fue el hecho que él pudiera recitar esa historia haciendo uso del náhuatl clásico, la fascinante, hermosa y melodiosa lengua de la gente de la antigua Mexico-Tenochtitlan.

-Ese hombre fue uno de los descendientes de la abandonada Tollan, heredero del conocimiento de los sumos sacerdotes- continuó diciendo ese extraño hombre. -Y un día él reveló el gran secreto del tiempo a uno de los míos, uno de esos que eran llamados tlamatinime, o sabios, debido a su vasto conocimiento. Pero a causa de distintos acontecimientos, este secreto se perdió y sólo quedó una leyenda que se fue pasando de generación en generación, y así sucesivamente hasta que esta leyenda llegó a mí al morir mi padre. Pero mi muerte ya viene, y desafortunadamente, yo no he tenido descendientes, es por ello que quise contarle esta leyenda. Ya usted sabrá qué hacer con la información que le daré.

-¿Pero, por qué a mí, a un desconocido, a alguien que nunca había visto antes en su vida?-

-Se equivoca- vociferó el anciano -yo lo conozco desde hace mucho tiempo. Usted ha venido a este lugar desde hace ya varios años, y en su rostro siempre he visto esa nostalgia enorme, ese inmenso deseo de poder estar ahí, de ser parte de la historia.-

En ese momento miré los ojos del anciano; los reconocí de alguna parte, me eran tan familiares, tan hechiceros, tan plagados de misterio. ¿Cómo pudo él haber sabido que yo conocía y comprendía la antigua lengua mexicana? ¿Cómo logró saber que poder presenciar la historia, que poder ser parte de ella era uno de mis deseos más anhelados?

-¡Escuche bien!- continuó el viejecillo -yo le diré cómo puede regresar al día en que todo inició, pero he de advertirle que el precio que deberá pagar será muy alto.-

-¿Cuál es ese precio?- le pregunté con una voz cargada de exaltación.

-No le puedo decir, ya usted lo descubrirá. Baste decir que si usted decide viajar, éste será un viaje sin retorno.-

-Pero si es sin retorno, ¿cómo pudo entonces aquel sabio descendiente de los antiguos toltecas contar el secreto a su antepasado?-

-Mire usted, él se lo dejó dicho a mi antepasado con sus pinturas, antes de que desapareciera, de hecho, mi antepasado estuvo presente en el momento en que el sabio tolteca desapareció, lo vio desvanecerse ante sus ojos dejando el códice y la llave del tiempo, eso fue precisamente unos cuantos meses antes de la aparición de las casas flotantes sobre el mar, antes de que Tonatiuh y Malinche llegaran a nuestras tierras.-

-Oh, habla usted de Pedro de Alvarado y Hernán Cortés, ¿no es así?-  

-Así es. Después, cuando el gran tlatoani Motecuhzoma II supo de la llegada de los españoles, envió a mi antepasado y a otros señores a su encuentro. Él fue uno de los emisarios enviados a Cortés para que le fueran entregados los regalos que enviaba el gran tlatoani. Mi antepasado se unió al grupo de Cortés con el objetivo de saber cuáles eran las verdaderas intenciones de éste con respecto a su visita a la gran Tenochtitlan. Desafortunadamente, mi antepasado murió en la matanza de Cholula.

-¿Pero entonces qué fue lo que sucedió con el códice y el secreto del viaje en el tiempo?-

-Mi antepasado dejó el códice oculto en el amoxcalli o casa de libros de la ciudad de Tenochtitlan. No sé realmente cómo sucedió, pero otro de mis antepasados, Citlalcohua, otro tlamatini por cierto, sabedor de la existencia del códice entregado a mi antepasado, logró rescatarlo de los españoles cuando estos conquistaron y destruyeron la ciudad. Él resguardó celosamente dicho documento después de huir de la destruida ciudad de los lagos. Tendría unos 25 años cuando decidió unirse a los padrecitos y adoptar la nueva religión traída por ellos, aprendiendo de esta manera los secretos de la nueva fe, la escritura, la cultura y la historia de occidente.-

-¿Pero qué sucedió con el códice? ¿Qué fue lo que éste contenía en sus imágenes?-

-Mire, en él se hablaba de un objeto que permitía viajar en el tiempo y de cómo se usaba para poder hacerlo. Entonces, Citlalcohua, conocedor de este secreto decidió ir en busca de dicho objeto enigmático. Para ello tuvo que recorrer la ruta que Cortés siguió a partir del encuentro que tuvo con los mensajeros de Motecuhzoma, entre los cuales, como ya le mencioné, estaba mi antepasado. Esto porque él sabía que mi antepasado llevaba consigo aquel objeto ya que lo había visto en su poder, así que era muy probable que mi antepasado, antes de morir en la matanza de Cholula lo hubiese ocultado en alguna parte. Citlalcohua conocía la forma exacta de la llave del tiempo, así que sabía exactamente lo que buscaba. Él inició esta búsqueda debido a su inmenso deseo de poder viajar en el tiempo y así poder prevenir a su gente sobre el peligro que corrían con los españoles, y de esta manera evitar la destrucción de su ciudad y su cultura.-

-Pero al parecer este hombre jamás logró su cometido, dado que la historia no se cambió.-

-Se equivoca usted. Sí logró encontrar el objeto, sin embargo, ya no quiso viajar en el tiempo, ya no quiso cambiar la historia. Decidió mejor escribirla y ser parte de ella día a día. Fue por ello que optó por escribir en un manuscrito en lengua náhuatl, usando la letra de los padrecitos, lo que le acabo de narrar. Sin embargo, en él nunca se menciona dónde ocultó dicho objeto y el misterioso códice. Sólo nos dejó dicho que para encontrarlos habrá que seguir la legendaria Ruta de Cortés: esa es la puerta que conduce al pasado.-

-¿Y dónde está ese manuscrito? ¿Existe aún?- pregunté con una visible impaciencia revestida de exaltación.

-Desde luego que existe, yo lo tengo en mi poder. Y he decidido dárselo. Ya usted sabrá qué hacer con él.-

El anciano me hizo un ademán para que lo siguiera. Yo, con un poco de desconfianza, lo seguí en medio del barullo de indígenas que danzaban, de turistas que observaban con agrado lo que sucedía a su derredor, de hombres y mujeres que se hacían una limpia.

Ese día, al llegar a casa, comencé a estudiar el manuscrito. Pude constatar todo lo que el anciano me había contado. Ahí estaba la leyenda, palabra por palabra, dato por dato. Si mis conjeturas no eran erróneas, Citlalcohua escribió el documento alrededor de 1558. La parte que más me interesaba, la que describía la manera en que se podía llegar al lugar donde se encontraban ocultos el códice y la extraña llave del tiempo, era un tanto confusa. Decía Citlalcohua, usando muy elaboradas y rebuscadas metáforas a manera de flor y canto, es decir, haciendo uso de la poesía, que dichos objetos se encontraban ocultos “debajo de la tierra en el caserío”, ahí donde “la piedra color de nube de día se oscurece al ser tocada por la mano del rostro y el corazón”. Tratar de descifrar dichas metáforas seria verdaderamente difícil si no seguía la recomendación final dada por Citlalcohua: “sigue la Ruta de Cortés; ese es el camino que conduce al pasado.”

-¡Llévese la historia del Templo Mayor! Joven, la historia del templo mayor.- me dijo un hombre regordete y moreno que sostenía un buen número de papeles con su mano izquierda, mientras que con la derecha me señalaba las ruinas del antiguo Huey Teocalli. Esa voz terminó con mis recuerdos. Miré hacia todas partes; el misterioso anciano nunca más se dejó ver, desapareció después de haberme entregado el manuscrito.

***
Lo primero que hice antes de iniciar mi viaje, fue allegarme una copia del mapa formado por Manuel Orozco y Berra sobre la marcha de los invasores españoles al tiempo de la conquista de Mexico-Tenochtitlan. En él se mostraba como inicio de la Ruta de Cortés la Villa Rica de la Vera Cruz, hoy puerto de Veracruz. Al día siguiente inicié mi viaje hacia el puerto. Manejé desde muy temprano puesto que quería aprovechar el tiempo. Al llegar ahí me dirigí inmediatamente hacia el archivo histórico de la ciudad. En él no encontré ningún dato referente a algún personaje llamado Citlalcohua.

 Después de estar un par de horas en la ciudad decidí partir hacia Zempoala, lugar mencionado también dentro del mapa de Orozco y Berra. Sin embargo, ahí tampoco logré encontrar dato alguno que me fuera de ayuda en mi búsqueda. Nada, ni un nombre, ninguna referencia a lo que se mencionaba en el manuscrito. Decidí pasar la noche ahí, en ese lugar cuyo nombre en náhuatl (Cempoallan) significa “lugar de veinte”.

A la mañana siguiente manejé rumbo a Jalapa. Lo primero que hice al llegar a la ciudad fue investigar y disipar mis dudas sobre su nombre toponímico. La noche anterior había pensado que sería una buena idea conocer exactamente el significado en lengua náhuatl de cada uno de los lugares marcados en el mapa de Orozco y Berra. Tal vez esto me podría proporcionar algún dato que me ayudara a descifrar las confusas metáforas escritas por Citlalcohua. Con esta idea en la cabeza confirmé que el antiguo nombre náhuatl de la ciudad era Xalapan, el cual puede ser interpretado como “sobre el agua arenosa” o “río arenoso”. Hasta ese momento, esos datos no me decían nada. No encontré ninguna relación entre ellos y lo que está en las metáforas del manuscrito elaborado por Citlalcohua. Decidí seguir hurgando en los antiguos archivos de la ciudad, obteniendo el mismo resultado que en los anteriores lugares: nada. Ni un dato hacía referencia a lo que yo buscaba. Un poco desilusionado y cansado decidí pasear por la ciudad y disfrutar de sus festividades e inmensa cultura.

El siguiente lugar marcado dentro del mapa de Orozco y Berra es Xicochimalco, palabra náhuatl que significa “en los escudos de jicotes”. Mas pese a mi exhaustiva búsqueda el resultado fue el mismo: nada. Igual resultado encontré en “el lugar de las palmeras” (Ixhuacan), y en otros tantos lugares antes de llegar a Tlaxcallan, “lugar de las tortillas”. Ahí finalmente pude encontrar un dato referente a lo que buscaba. Encontré en un antiguo archivo franciscano que un indígena de nombre Citlalcohua había escrito un manuscrito en lengua náhuatl referente a los hechos acaecidos en Cholula entre los años de 1540 y 1555. Este hecho me dio nuevas esperanzas para continuar con mi investigación. Si en verdad este Citlalcohua y aquel que yo buscaba fueron la misma persona, entonces, todo parecía indicar que mi próximo punto de búsqueda debería ser la ciudad de Cholollan, nombre nahua que significa “lugar de la huida”. Justamente ahora las confusas metáforas de Citlalcohua parecían empezar a tener sentido. Ya en el manuscrito había yo leído que “el camino que lleva hacia donde se hace la historia, empieza en el lugar de la huida”. Con una gran emoción decidí manejar ese mismo día con rumbo a la ciudad de Cholula. Al llegar ahí me dirigí inmediatamente al antiguo convento franciscano de San Gabriel. Entre los archivos de la biblioteca franciscana pude finalmente localizar información más precisa sobre aquel misterioso personaje que yo buscaba. Citlalcohua se había convertido a la fe católica alrededor de 1523. Aprendió en poco tiempo los secretos de la lengua latina y castellana debido a su gran interés y constante acercamiento a los religiosos franciscanos que se habían establecido en Cholula. Escribió muchos informes sobre la antigua cultura nahua, así como sobre su historia y creencias religiosas. Mas para 1555 se marchó hacia Calpan, donde murió en 1583. Estos fueron todos los datos que mencionaban los cronistas de la época sobre Citlalcohua. Traté de allegarme algún documento escrito por él pero lamentablemente no había ninguno: todos habían desaparecido.

Después de haber pasado la noche en Cholula, y tras haber manejado por algunos minutos, pude llegar al poblado de San Andrés Calpan. Al transitar por sus angostas calles con rumbo al antiguo convento de San Andrés, pude ver cómo el cielo se iba nublando poco a poco. Había muchas nubes, era verdad, sin embargo, no se apreciaba amenaza alguna de lluvia. Estando finalmente frente a la entrada principal del convento no pude evitar sentir una extraña felicidad que se apoderaba de mi corazón y me cortaba el aliento. Por fin me encontraba mucho más cerca de ver realizado mi tan ansiado viaje hacia el pasado, por fin podría cumplir ese sueño que tan celosamente guardé en mí por tantos años. Ahora lo único que me faltaba era lograr descifrar las metáforas a manera de flor y canto escritas por Citlalcohua, y de este modo poder llegar al lugar secreto donde se hallaba la llave y el manuscrito que me permitirían encontrarme con mi destino.

Indudablemente, fue Calpan donde Citlalcohua ocultó lo que yo buscaba. Al entrar al convento pude confirmar el significado de la palabra Calpan. Significa ésta “en el caserío”. Estos datos me ayudaban finalmente a interpretar otra de las metáforas escritas por Citlalcohua. No me cabía la menor duda que lo que yo buscaba se encontraba enterrado en algún lugar desconocido dentro de esta región. Sin embargo, aún me restaba interpretar otra metáfora: “la piedra color de nube de día que se oscurece al ser tocada por la mano del rostro y el corazón”. En el original en náhuatl se encuentran las palabras “mixtetl”, la cual yo interpreté como piedra color de nube y “in ixtli, in yollotl”, forma poética náhuatl que designa a la persona. Estos datos me hacían suponer que debía encontrar algún tipo de piedra de color blanco que al ser tocada por mí se oscureciera. Esta interpretación no parecía ser del todo descabellada, no obstante yo nunca había sabido de la existencia de piedra alguna con estas cualidades.

Decidí observar cada una de las capillas posas que se encontraban en el antiguo convento; de entre todas ellas hubo una que llamó más mi atención. Tenía ésta frente a sí una gran piedra blanca fragmentada en pedazos de distintos tamaños. En ese momento el sol apareció entre las nubes de ese día tan nublado al mismo tiempo en que yo trataba de limpiar la superficie de la piedra con la mano, de tal manera que pudiera leer el nombre de la persona que había sido sepultada en ese lugar, en caso de ser ésta una lápida que cubriera alguna tumba. Al retirar la basura me pude percatar que no se trataba de un nombre, sino de una inscripción en latín la cual decía: “Hic iacent portatores ecclesiam indiarum novam”. Esta frase parecía ser irrelevante a simple vista, sin embargo, algo que llamó mi atención fue la manera en que la piedra blanca se oscureció mientras yo la tocaba para despojarla del polvo y las hojas secas de los arboles circundantes. Volví a posar mi mano sobre la piedra y me pude percatar de que, en efecto, ésta se oscurecía cuando yo la tocaba. Tal parecía que sin haberlo deseado, finalmente, me encontraba ante la interpretación de otra de las metáforas de Citlalcohua. Por fin había encontrado “la piedra color de nube de día que se oscurece al ser tocada por la mano del rostro y el corazón”. Las horas restantes de ese día las dediqué a conseguir los permisos necesarios para poder remover esa piedra e indagar que había debajo de ella. No hubo gran problema en conseguir los permisos ni en  llegar a saber que se pensaba que esa piedra cubría el acceso a un antiguo osario hecho por los frailes durante mediados del siglo XVI.

A la mañana siguiente ya me encontraba yo dirigiendo la remoción de esa gran piedra llevada a cabo por algunos habitantes de San Andrés. Fue entonces que tras largos minutos de arduo trabajo pudimos observar unas escaleras que conducían hacia la parte baja de la capilla posa, y ahí ante nosotros, nos hallamos con una vieja puerta de metal que cerraba la entrada a  lo que se pensaba era un antiguo osario. Tras largos minutos que invertimos en tratar de remover los oxidados cerrojos de la puerta, pudimos entrar al interior de aquel fascinante lugar. El olor era tan penetrante que no lo soporté más de cinco minutos. Mas tras haber ventilado el lugar y recuperado el aliento me interné de nuevo en las entrañas de tan misterioso recinto. Citlalcohua había sido muy cuidadoso al depositar objetos tan valiosos. Dotamos el lugar con una buena iluminación, y al analizar más cuidadosamente el interior del recinto nos percatamos que era éste más bien una especie de cripta antigua donde se solía sepultar a los religiosos que morían en el convento. Era obvio que la práctica de sepultar los restos mortales de los religiosos en esta cripta concluyó al morir el último de los fundadores del gran convento, ya que en los archivos no se hacía ninguna referencia a dicha cripta ni a la manera en que se acostumbraban hacer las exequias funerarias. Además de ello, las fechas escritas sobre las lápidas no sobrepasaban el año de 1576. Sin pérdida de tiempo, empecé a revisar cada una de las lápidas, tratando de decodificar las antiguas letras que se encontraban sobre ellas. Había en todas ellas inscripciones en latín, con excepción de una sola. Era ésta una pequeña lápida que se encontraba tras un enorme bloque de piedra que removimos para liberar espacio. La inscripción de esta lapida era una sola palabra en náhuatl escrita mediante grafías latinas. Supe entonces que finalmente había hallado el lugar elegido por Citlalcohua como escondite del manuscrito y la llave del tiempo. La palabra escrita sobre la piedra no daba cabida al error: Chololiztli, palabra nahua que significa huida. Era ésta la palabra que estaba escrita sobre la piedra. “En la huida está la llave”, fue lo que Citlalcohua escribió también en su manuscrito.

Removimos la lápida con sumo cuidado. Dentro del espacio pude ver una caja de metal. La sacamos, la colocamos sobre el piso y la abrimos. Dentro estaba el preciado códice y una especie de cetro con un espejo horadado en la punta. Si no mal recordaba, era éste un tlachialoni, “un cetro que formaba parte del atavío de algunos dioses y que les servía para mirar a través de él la tierra y las cosas humanas”.

Esa misma noche me dediqué a interpretar los pictogramas que se hallaban en el códice. Tras un arduo trabajo pude escribir una interpretación, que desde mi punto de vista, era lo más acertada a lo que buscaba expresar el códice. Narraba el documento cómo el cetro fue dado por uno de los dioses antiguos al sabio tolteca en agradecimiento por haberle salvado la vida, un día en que convertido en hombre se había dejado engañar por el ahuizotl, un ser mitológico que de acuerdo a la antigua tradición nahua poseía una cola con la forma de mano humana, la cual usaba para atrapar a aquellos que pensaban que dicha mano pertenecía a un niño que se ahogaba. Narraba también el códice la manera en que el cetro debía usarse para encontrar la puerta del tiempo y de cómo éste la abría.

Todos estos acontecimientos me tenían sumamente emocionado. Así que determiné ir en busca de mi destino. Muy temprano por la mañana decidí abandonar Calpan sin dar notificación de ello a nadie. Llevé conmigo el viejo códice y la extraordinaria llave del tiempo. En el pueblo de Atzala conseguí un guía que me llevara a través del Paso de Cortés, ya que en el manuscrito se especificaba mediante signos de pies, que quien buscara la puerta del tiempo debería llegar a un lugar situado del otro lado de lo que toponímicamente estaba representado como una mujer de color blanco que dormía sobre la nieve. Esta representación no podía más que referirse a la gran montaña Iztaccihuatl, que en lengua náhuatl significa la mujer blanca. Habiendo cruzado el Paso de Cortés despedí a mi guía y me dispuse a internarme en las faldas de la inmensa y misteriosa cumbre volcánica. El códice tenía otra representación curiosa: había la imagen de un hombre al pie de la montaña que veía a través del orificio del espejo que tiene el cetro en su punta. Al mirar a través de él se perfilaban unas huellas de pie que mostraban el otli o camino hacia una teoozotl “cueva sagrada”. Entonces, estando en la espesura del bosque, eso fue lo que hice. Miré a través del espejo y se me mostró un largo camino lleno de flores. Comencé a caminar sobre este xochiotli o camino florido, siempre procurando ver a través del orificio del espejo del cetro. Tras caminar un par de horas, llegué frente a una cueva situada en una de las paredes de roca de la gran montaña. Entré en ella deprisa, casi corriendo. No había tiempo que perder; pero qué ironía haber dicho esto, yo quien sujetaba con mi mano el tiempo, la eternidad, el hoy, el ayer, el mañana. Al llegar al final de la teoozotl pude ver a través del espejo una amplia grieta oscura. Sin duda debía entrar en ella, así que lo hice sin titubear. Sentí que el cetro se había hecho de fuego, pues me envolvía la mano con un calor abrazador. Solté el cetro. Sentí un frío penetrante. La oscuridad me absorbió por completo. Tras unos segundos de los que no sé cómo narrar lo que pasó, me encontré de nuevo en la caverna, pero esta vez en lugar de entrar en la grieta salía de ella. Al palpar mi cuerpo me pude percatar que todas mis pertenencias habían desaparecido, al igual que el cetro y el códice. Salí de la cueva deprisa tratando de hallar una explicación a lo que había ocurrido.

Caminé entre los árboles por algunos minutos mientras la claridad de la luz solar lo iluminaba todo. Las nubes se habían ya disipado y ahora el cielo se veía claro. Me dispuse a subir una pequeña colina que se miraba a lo lejos, tal vez desde ahí podría ver dónde me encontraba. Al llegar a la cima contemplé un espectáculo sorprendente, increíble. A lo lejos se veía el legendario Valle de México con sus lagos, con sus cerros, y ahí, como una imagen surgida de un sueño, estaba la imponente ciudad de Tenochtitlan. Pude ver sus amplios canales, sus largas avenidas que la comunicaban con la tierra de alrededor, su vegetación. No comprendía cómo había sucedido esto, pero yo me encontraba finalmente ahí donde siempre quise estar; me sentía tan parte de la historia, como si por fin las letras que narraban la grandeza de la ciudad hubieran cobrado vida y me hubiesen arropado con su fuerza, con su expresividad.

De pronto una voz me sacó de mi aletargamiento:

-Eah, ¿Quién sois?- me preguntó una voz con un acento extraño. -¡Deme vuestro nombre o dispararé!-

-Mauricio Díaz- le respondí a un hombre vestido a la usanza de los soldados españoles del siglo XVI, el cual se encontraba acompañado por algunos indígenas.

Inmediatamente me llevaron ante su Capitán, un hombre de tez blanca y profusa barba negra.

-¿Quién sois extraño del bosque? ¿Podéis nos decir qué hacéis aquí?-

-Vine en busca de usted capitán, quiero unirme a vuestro grupo. Hablo la lengua náhuatl y podría ayudarle a lograr su objetivo.-

-Bien. Me resulta bastante extraño encontraros aquí. Pero sois bienvenido. Mas recordad: una traición se paga con la vida- dijo Cortés con una sonrisa en los labios.

Lo que pasó después de mi encuentro con el capitán es historia: el encuentro con Motecuhzoma II, la matanza de indígenas por parte de los españoles durante la fiesta del Toxcatl, la noche triste, la reorganización de las tropas de Cortés, el viaje a Tetzcuco, la construcción de los bergantines para atacar la ciudad desde el agua, la toma de las ciudades alrededor de los lagos, las repetidas incursiones en la ciudad de Tenochtitlan, la toma de prisioneros por parte de los nativos y su posterior sacrificio sobre el magnificente “Huey Teocalli”, la toma de la ciudad, el sometimiento de la población mexica, la destrucción de un mundo impresionante y su enorme cultura. Todo esto quedó registrado en las crónicas de los conquistadores, aquellas que yo había leído tantas veces y que me habían impregnado de una magia envolvente y enervante.


Epílogo.

Hernán Cortés incursionó en la ciudad de México-Tenochtitlán en compañía de sus hombres y aliados indígenas. Tras cruentas batallas que costaron la vida a miles de personas, logró finalmente la caída de la ciudad el martes 13 de agosto de 1521. Muchos de sus acompañantes españoles fueron muertos durante las batallas y otros más hechos prisioneros ante la impotente mirada de sus compañeros que luchaban cada uno arduamente por salvar sus propias vidas. Los prisioneros fueron llevados al Huey Teocalli y sacrificados sobre la cima del gran templo. Tan sólo uno de ellos no gritó al momento en que la fría daga de obsidiana le perforaba el pecho y la mano de un guerrero le arrancaba el corazón. Aceptó su destino y se resignó a pagar el precio que le exigía la inmortalidad.


Tercera Carta de Relación de Hernán Cortés al Emperador Carlos V
15 de mayo de 1522.

“…y en unas torres altas que allí estaban, desnudos los sacrificaron y abrieron por los pechos, y les sacaron los corazones para ofrecer a los ídolos… y en los cuerpos desnudos y blancos que vi[mos] sacrificar conoci[mos] que eran cristianos…”


Yo fui uno de esos hombres sacrificados, uno de esos hombres que pagaron un precio demasiado alto por haber querido ser parte de la historia.

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