MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
La Ruta de Cortés.
A la historia
E
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n 1519, Hernán Cortés llegó a la costa
de lo que actualmente es el estado de Veracruz. Después de instalarse ahí y
fundar lo que llamó la Villa Rica de la Vera Cruz, se marchó junto con sus
hombres en busca de la mítica ciudad de Mexico-Tenochtitlan. Antes
de llegar a esta ciudad, Cortés incursionó en distintos lugares de la antigua
Mesoamérica tales como Tlaxcala, Cholula, Calpan, Amecameca y Chalco. Esta
travesía es hoy en día conocida como "La Ruta de Cortés", la cual fue
estudiada a profundidad por el misteriosamente desaparecido Doctor en Historia
Mauricio E. Díaz, quien la narra detalladamente en su conocido libro "La
Ruta de Cortés: Un Camino Hacia el Pasado".
*
El trabajo de
historiador me había dotado de los datos suficientes para reconstruir a detalle
la legendaria ruta que Cortés siguió en su camino desde Veracruz hacia Mexico-Tenochtitlan,
la mítica ciudad de los lagos, el glorioso ombligo de la luna, el lugar donde
el águila devoró la serpiente. Varias veces había ya recorrido ciertos lugares
que conforman esta ruta, ya sea por mera distracción o debido a las
investigaciones que había llevado a cabo para la elaboración de uno de mis
libros. Sin embargo, desde hacía ya varios años había nacido en mí el deseo de
llevar a cabo todo el recorrido, visitando cada uno de los poblados que Cortés
y sus hombres visitaron. Mas a pesar de mi gran deseo, aún no había podido
llevar a cabo este viaje debido a mis múltiples ocupaciones como docente e
investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Históricas
de la UNAM.
Pero finalmente un
día algo sucedió en mi vida que me hizo decidirme a pedir una licencia y
ausentarme de mis labores académicas para poder realizar esta travesía sin
ningún problema de tiempo. Y estando en esto, me dispuse a platicarlo con el
director del instituto y solicitar la licencia deseada.
-¿Pero acaso no cree usted que emular
el legendario viaje que realizó Cortés es una locura? ¿Qué ganaría con hacer
eso?- preguntó el director del Instituto de Investigaciones Históricas,
haciendo un amplio ademán de incredulidad. Mas tras haber realizado estas
preguntas guardó un silencio largo, tal como si lo dicho anteriormente hubiese
sido una terrible e imperdonable ofensa.
-Mire director, tal vez esta idea puede
parecer descabellada para la mayoría, sin embargo, es un deseo que he guardado
celosamente en mí desde hace mucho tiempo. Para mí siempre ha habido una
especie de misticismo en ese viaje, una especie de magia. Desde joven siempre
deseé haber estado ahí, en el lugar y el momento en que se hizo la historia, y
dado que eso es irrealizable, quisiera al menos poderme crear
una ilusión, un sueño que calme mis ansias de soñador y amante de lo
imposible.-
Un poco confundido,
el director decidió dar por finalizada la discusión al ver que yo me encontraba
obstinado en emprender ese viaje irreal hacia el pasado que habitaba en mi
imaginación.
-Muy bien doctor Díaz, le concederé la
licencia que me pide. Puede usted ausentarse de la universidad los días que
dure su viaje.-
**
Mientras manejaba mi
auto rumbo a casa sobre las ajetreadas calles de la ciudad de México, no pude
evitar que un suspiro se escapara de mi pecho. Habían sido varios años los que
había dedicado al estudio de las crónicas de los conquistadores, las conocía a
la perfección, en su totalidad, letra por letra, dato por dato. Desde joven
siempre quise realizar un viaje hacia el pasado y poder presenciar el momento
de la Conquista de México, sin embargo, muchos han tachado esta idea de ser una
inmensa locura, un sinsentido de una mente obsesionada.
Al llegar a la
esquina que conforma el eje Lázaro Cárdenas y la calle Donceles, decidí buscar
un estacionamiento con la intención de dejar mi auto ahí, caminar un rato por
el Zócalo de la ciudad y hacer una rápida visita al Templo Mayor. Tantas veces
había estado en ese lugar y nunca dejé de sentir un extraño estremecimiento que
se apoderaba de mi cuerpo, tal como si un funesto presagio me avisara que mi
vida concluiría sobre esas piedras, tal como si mi sangre fuera reclamada por
las serpientes emplumadas talladas en piedra que se encuentran frente al basamento
del edificio.
Hacía varias semanas
que el suceso que finalmente dio rienda suelta a la realización de este ansiado
viaje había ocurrido. Una tarde como esta, si no mal recuerdo, mientras yo
caminaba entre la multitud que se había reunido a un costado de la Catedral
para presenciar algunas danzas prehispánicas, pude notar a un anciano que me
observaba insistentemente. Ya desde meses atrás me había percatado de su
existencia y de aquella insistencia en sus ojos. Dado que había despertado una
enorme curiosidad en mí, decidí finalmente acercarme a él y conversar por un
rato. Estando frente a él le saludé con un ademán. Él simplemente se limitó a
devolverme el saludo de la misma manera. Comenzó a hablarme, diciéndome que
tenía algo que podría parecerme de suma importancia e interés. Sin dejarme
siquiera decir una palabra, empezó a relatarme una vieja leyenda en lengua
náhuatl: “Mitoa in oc yohuayan…” (Se dice que cuando aún era de noche,
decían los viejos, contaban los ancianos, que hacía ya tantos años hubo un
hombre que conocía todos los secretos de los antiguos, un hombre que tuvo el
poder de viajar en el tiempo).
Al principio la
historia me pareció un tanto fantasiosa, sin embargo, conforme ese extraño
desconocido seguía hablando, me fui interesando más y más en su plática. Algo
que me sorprendió sobremanera fue el hecho que él pudiera recitar esa historia
haciendo uso del náhuatl clásico, la fascinante, hermosa y melodiosa lengua de
la gente de la antigua Mexico-Tenochtitlan.
-Ese hombre fue uno de los descendientes
de la abandonada Tollan, heredero del conocimiento de los sumos
sacerdotes- continuó diciendo ese extraño hombre. -Y un día él reveló el gran
secreto del tiempo a uno de los míos, uno de esos que eran llamados tlamatinime,
o sabios, debido a su vasto conocimiento. Pero a causa de distintos
acontecimientos, este secreto se perdió y sólo quedó una leyenda que se fue
pasando de generación en generación, y así sucesivamente hasta que esta leyenda
llegó a mí al morir mi padre. Pero mi muerte ya viene, y desafortunadamente, yo
no he tenido descendientes, es por ello que quise contarle esta leyenda. Ya
usted sabrá qué hacer con la información que le daré.
-¿Pero, por qué a mí, a un desconocido,
a alguien que nunca había visto antes en su vida?-
-Se equivoca- vociferó el anciano -yo
lo conozco desde hace mucho tiempo. Usted ha venido a este lugar desde hace ya
varios años, y en su rostro siempre he visto esa nostalgia enorme, ese inmenso
deseo de poder estar ahí, de ser parte de la historia.-
En ese momento miré
los ojos del anciano; los reconocí de alguna parte, me eran tan familiares, tan
hechiceros, tan plagados de misterio. ¿Cómo pudo él haber sabido que yo conocía
y comprendía la antigua lengua mexicana? ¿Cómo logró saber que poder presenciar
la historia, que poder ser parte de ella era uno de mis deseos más anhelados?
-¡Escuche bien!- continuó el viejecillo
-yo le diré cómo puede regresar al día en que todo inició, pero he de
advertirle que el precio que deberá pagar será muy alto.-
-¿Cuál es ese precio?- le pregunté con
una voz cargada de exaltación.
-No le puedo decir, ya usted lo
descubrirá. Baste decir que si usted decide viajar, éste será un viaje sin
retorno.-
-Pero si es sin retorno, ¿cómo pudo
entonces aquel sabio descendiente de los antiguos toltecas contar el secreto a
su antepasado?-
-Mire usted, él se lo dejó dicho a mi
antepasado con sus pinturas, antes de que desapareciera, de hecho, mi
antepasado estuvo presente en el momento en que el sabio tolteca desapareció,
lo vio desvanecerse ante sus ojos dejando el códice y la llave del tiempo, eso
fue precisamente unos cuantos meses antes de la aparición de las casas
flotantes sobre el mar, antes de que Tonatiuh y Malinche llegaran
a nuestras tierras.-
-Oh, habla usted de Pedro de Alvarado y
Hernán Cortés, ¿no es así?-
-Así es. Después, cuando el gran tlatoani
Motecuhzoma II supo de la llegada de los españoles, envió a mi
antepasado y a otros señores a su encuentro. Él fue uno de los emisarios
enviados a Cortés para que le fueran entregados los regalos que enviaba el
gran tlatoani. Mi antepasado se unió al grupo de Cortés con el
objetivo de saber cuáles eran las verdaderas intenciones de éste con respecto a
su visita a la gran Tenochtitlan. Desafortunadamente, mi
antepasado murió en la matanza de Cholula.
-¿Pero entonces qué fue lo que sucedió
con el códice y el secreto del viaje en el tiempo?-
-Mi antepasado dejó el códice oculto en
el amoxcalli o casa de libros de la ciudad de Tenochtitlan.
No sé realmente cómo sucedió, pero otro de mis antepasados, Citlalcohua,
otro tlamatini por cierto, sabedor de la existencia del códice
entregado a mi antepasado, logró rescatarlo de los españoles cuando estos
conquistaron y destruyeron la ciudad. Él resguardó celosamente dicho documento
después de huir de la destruida ciudad de los lagos. Tendría unos 25 años
cuando decidió unirse a los padrecitos y adoptar la nueva religión traída por
ellos, aprendiendo de esta manera los secretos de la nueva fe, la escritura, la
cultura y la historia de occidente.-
-¿Pero qué sucedió con el códice? ¿Qué
fue lo que éste contenía en sus imágenes?-
-Mire, en él se hablaba de un objeto
que permitía viajar en el tiempo y de cómo se usaba para poder hacerlo.
Entonces, Citlalcohua, conocedor de este secreto decidió ir en
busca de dicho objeto enigmático. Para ello tuvo que recorrer la ruta que
Cortés siguió a partir del encuentro que tuvo con los mensajeros de Motecuhzoma,
entre los cuales, como ya le mencioné, estaba mi antepasado. Esto porque él
sabía que mi antepasado llevaba consigo aquel objeto ya que lo había visto en
su poder, así que era muy probable que mi antepasado, antes de morir en la
matanza de Cholula lo hubiese ocultado en alguna parte. Citlalcohua conocía
la forma exacta de la llave del tiempo, así que sabía exactamente lo que
buscaba. Él inició esta búsqueda debido a su inmenso deseo de poder viajar en
el tiempo y así poder prevenir a su gente sobre el peligro que corrían con los
españoles, y de esta manera evitar la destrucción de su ciudad y su cultura.-
-Pero al parecer este hombre jamás
logró su cometido, dado que la historia no se cambió.-
-Se equivoca usted. Sí logró encontrar
el objeto, sin embargo, ya no quiso viajar en el tiempo, ya no quiso cambiar la
historia. Decidió mejor escribirla y ser parte de ella día a día. Fue por ello
que optó por escribir en un manuscrito en lengua náhuatl, usando la letra de
los padrecitos, lo que le acabo de narrar. Sin embargo, en él nunca se menciona
dónde ocultó dicho objeto y el misterioso códice. Sólo nos dejó dicho que para
encontrarlos habrá que seguir la legendaria Ruta de Cortés: esa es la puerta
que conduce al pasado.-
-¿Y dónde está ese manuscrito? ¿Existe
aún?- pregunté con una visible impaciencia revestida de exaltación.
-Desde luego que existe, yo lo tengo en
mi poder. Y he decidido dárselo. Ya usted sabrá qué hacer con él.-
El anciano me hizo un
ademán para que lo siguiera. Yo, con un poco de desconfianza, lo seguí en medio
del barullo de indígenas que danzaban, de turistas que observaban con agrado lo
que sucedía a su derredor, de hombres y mujeres que se hacían una limpia.
Ese día, al llegar a
casa, comencé a estudiar el manuscrito. Pude constatar todo lo que el anciano
me había contado. Ahí estaba la leyenda, palabra por palabra, dato por dato. Si
mis conjeturas no eran erróneas, Citlalcohua escribió el
documento alrededor de 1558. La parte que más me interesaba, la que describía
la manera en que se podía llegar al lugar donde se encontraban ocultos el
códice y la extraña llave del tiempo, era un tanto confusa. Decía Citlalcohua,
usando muy elaboradas y rebuscadas metáforas a manera de flor y canto,
es decir, haciendo uso de la poesía, que dichos objetos se encontraban ocultos
“debajo de la tierra en el caserío”, ahí donde “la piedra color de nube de día
se oscurece al ser tocada por la mano del rostro y el corazón”. Tratar de
descifrar dichas metáforas seria verdaderamente difícil si no seguía la
recomendación final dada por Citlalcohua: “sigue la Ruta de Cortés;
ese es el camino que conduce al pasado.”
-¡Llévese la historia del Templo Mayor!
Joven, la historia del templo mayor.- me dijo un hombre regordete y moreno que
sostenía un buen número de papeles con su mano izquierda, mientras que con la
derecha me señalaba las ruinas del antiguo Huey Teocalli. Esa
voz terminó con mis recuerdos. Miré hacia todas partes; el misterioso anciano
nunca más se dejó ver, desapareció después de haberme entregado el manuscrito.
***
Lo primero que hice
antes de iniciar mi viaje, fue allegarme una copia del mapa formado por Manuel
Orozco y Berra sobre la marcha de los invasores españoles al tiempo de la
conquista de Mexico-Tenochtitlan. En él se mostraba como
inicio de la Ruta de Cortés la Villa Rica de la Vera Cruz, hoy puerto de
Veracruz. Al día siguiente inicié mi viaje hacia el puerto. Manejé desde muy
temprano puesto que quería aprovechar el tiempo. Al llegar ahí me dirigí
inmediatamente hacia el archivo histórico de la ciudad. En él no encontré
ningún dato referente a algún personaje llamado Citlalcohua.
Después de
estar un par de horas en la ciudad decidí partir hacia Zempoala, lugar
mencionado también dentro del mapa de Orozco y Berra. Sin embargo, ahí tampoco
logré encontrar dato alguno que me fuera de ayuda en mi búsqueda. Nada, ni un
nombre, ninguna referencia a lo que se mencionaba en el manuscrito. Decidí
pasar la noche ahí, en ese lugar cuyo nombre en náhuatl (Cempoallan)
significa “lugar de veinte”.
A la mañana siguiente
manejé rumbo a Jalapa. Lo primero que hice al llegar a la ciudad fue investigar
y disipar mis dudas sobre su nombre toponímico. La noche anterior había pensado
que sería una buena idea conocer exactamente el significado en lengua náhuatl
de cada uno de los lugares marcados en el mapa de Orozco y Berra. Tal vez esto
me podría proporcionar algún dato que me ayudara a descifrar las confusas
metáforas escritas por Citlalcohua. Con esta idea en la cabeza
confirmé que el antiguo nombre náhuatl de la ciudad era Xalapan, el cual puede
ser interpretado como “sobre el agua arenosa” o “río arenoso”. Hasta ese
momento, esos datos no me decían nada. No encontré ninguna relación entre ellos
y lo que está en las metáforas del manuscrito elaborado por Citlalcohua.
Decidí seguir hurgando en los antiguos archivos de la ciudad, obteniendo el
mismo resultado que en los anteriores lugares: nada. Ni un dato hacía
referencia a lo que yo buscaba. Un poco desilusionado y cansado decidí pasear
por la ciudad y disfrutar de sus festividades e inmensa cultura.
El siguiente lugar
marcado dentro del mapa de Orozco y Berra es Xicochimalco, palabra
náhuatl que significa “en los escudos de jicotes”. Mas pese a mi exhaustiva
búsqueda el resultado fue el mismo: nada. Igual resultado encontré en “el lugar
de las palmeras” (Ixhuacan), y en otros tantos lugares antes de llegar
a Tlaxcallan, “lugar de las tortillas”. Ahí finalmente pude
encontrar un dato referente a lo que buscaba. Encontré en un antiguo archivo
franciscano que un indígena de nombre Citlalcohua había
escrito un manuscrito en lengua náhuatl referente a los hechos acaecidos en
Cholula entre los años de 1540 y 1555. Este hecho me dio nuevas esperanzas para
continuar con mi investigación. Si en verdad este Citlalcohua y
aquel que yo buscaba fueron la misma persona, entonces, todo parecía indicar
que mi próximo punto de búsqueda debería ser la ciudad de Cholollan, nombre
nahua que significa “lugar de la huida”. Justamente ahora las confusas
metáforas de Citlalcohua parecían empezar a tener sentido. Ya
en el manuscrito había yo leído que “el camino que lleva hacia donde se hace la
historia, empieza en el lugar de la huida”. Con una gran emoción decidí manejar
ese mismo día con rumbo a la ciudad de Cholula. Al llegar ahí me dirigí
inmediatamente al antiguo convento franciscano de San Gabriel. Entre los
archivos de la biblioteca franciscana pude finalmente localizar información más
precisa sobre aquel misterioso personaje que yo buscaba. Citlalcohua se
había convertido a la fe católica alrededor de 1523. Aprendió en poco tiempo
los secretos de la lengua latina y castellana debido a su gran interés y
constante acercamiento a los religiosos franciscanos que se habían establecido
en Cholula. Escribió muchos informes sobre la antigua cultura nahua, así como
sobre su historia y creencias religiosas. Mas para 1555 se marchó hacia Calpan,
donde murió en 1583. Estos fueron todos los datos que mencionaban los cronistas
de la época sobre Citlalcohua. Traté de allegarme algún documento
escrito por él pero lamentablemente no había ninguno: todos habían
desaparecido.
Después de haber
pasado la noche en Cholula, y tras haber manejado por algunos minutos, pude
llegar al poblado de San Andrés Calpan. Al transitar por sus angostas calles
con rumbo al antiguo convento de San Andrés, pude ver cómo el cielo se iba
nublando poco a poco. Había muchas nubes, era verdad, sin embargo, no se
apreciaba amenaza alguna de lluvia. Estando finalmente frente a la entrada
principal del convento no pude evitar sentir una extraña felicidad que se
apoderaba de mi corazón y me cortaba el aliento. Por fin me encontraba mucho
más cerca de ver realizado mi tan ansiado viaje hacia el pasado, por fin podría
cumplir ese sueño que tan celosamente guardé en mí por tantos años. Ahora lo
único que me faltaba era lograr descifrar las metáforas a manera de flor y canto escritas
por Citlalcohua, y de este modo poder llegar al lugar secreto donde
se hallaba la llave y el manuscrito que me permitirían encontrarme con mi
destino.
Indudablemente, fue
Calpan donde Citlalcohua ocultó lo que yo buscaba. Al entrar
al convento pude confirmar el significado de la palabra Calpan. Significa ésta
“en el caserío”. Estos datos me ayudaban finalmente a interpretar otra de las
metáforas escritas por Citlalcohua. No me cabía la menor duda que
lo que yo buscaba se encontraba enterrado en algún lugar desconocido dentro de
esta región. Sin embargo, aún me restaba interpretar otra metáfora: “la piedra
color de nube de día que se oscurece al ser tocada por la mano del rostro y el
corazón”. En el original en náhuatl se encuentran las palabras “mixtetl”,
la cual yo interpreté como piedra color de nube y “in ixtli, in yollotl”,
forma poética náhuatl que designa a la persona. Estos datos me hacían suponer
que debía encontrar algún tipo de piedra de color blanco que al ser tocada por
mí se oscureciera. Esta interpretación no parecía ser del todo descabellada, no
obstante yo nunca había sabido de la existencia de piedra alguna con estas
cualidades.
Decidí observar cada
una de las capillas posas que se encontraban en el antiguo convento; de entre
todas ellas hubo una que llamó más mi atención. Tenía ésta frente a sí una gran
piedra blanca fragmentada en pedazos de distintos tamaños. En ese momento el
sol apareció entre las nubes de ese día tan nublado al mismo tiempo en que yo
trataba de limpiar la superficie de la piedra con la mano, de tal manera que
pudiera leer el nombre de la persona que había sido sepultada en ese lugar, en
caso de ser ésta una lápida que cubriera alguna tumba. Al retirar la basura me
pude percatar que no se trataba de un nombre, sino de una inscripción en latín
la cual decía: “Hic iacent portatores ecclesiam indiarum novam”. Esta
frase parecía ser irrelevante a simple vista, sin embargo, algo que llamó mi
atención fue la manera en que la piedra blanca se oscureció mientras yo la tocaba
para despojarla del polvo y las hojas secas de los arboles circundantes. Volví
a posar mi mano sobre la piedra y me pude percatar de que, en efecto, ésta se
oscurecía cuando yo la tocaba. Tal parecía que sin haberlo deseado, finalmente,
me encontraba ante la interpretación de otra de las metáforas de Citlalcohua.
Por fin había encontrado “la piedra color de nube de día que se oscurece al ser
tocada por la mano del rostro y el corazón”. Las horas restantes de ese día las
dediqué a conseguir los permisos necesarios para poder remover esa piedra e
indagar que había debajo de ella. No hubo gran problema en conseguir los
permisos ni en llegar a saber que se pensaba que esa piedra cubría el
acceso a un antiguo osario hecho por los frailes durante mediados del siglo
XVI.
A la mañana siguiente
ya me encontraba yo dirigiendo la remoción de esa gran piedra llevada a cabo
por algunos habitantes de San Andrés. Fue entonces que tras largos minutos de
arduo trabajo pudimos observar unas escaleras que conducían hacia la parte baja
de la capilla posa, y ahí ante nosotros, nos hallamos con una vieja puerta de
metal que cerraba la entrada a lo que se pensaba era un antiguo osario.
Tras largos minutos que invertimos en tratar de remover los oxidados cerrojos
de la puerta, pudimos entrar al interior de aquel fascinante lugar. El olor era
tan penetrante que no lo soporté más de cinco minutos. Mas tras haber ventilado
el lugar y recuperado el aliento me interné de nuevo en las entrañas de tan
misterioso recinto. Citlalcohua había sido muy cuidadoso al
depositar objetos tan valiosos. Dotamos el lugar con una buena iluminación, y
al analizar más cuidadosamente el interior del recinto nos percatamos que era
éste más bien una especie de cripta antigua donde se solía sepultar a los
religiosos que morían en el convento. Era obvio que la práctica de sepultar los
restos mortales de los religiosos en esta cripta concluyó al morir el último de
los fundadores del gran convento, ya que en los archivos no se hacía ninguna
referencia a dicha cripta ni a la manera en que se acostumbraban hacer las
exequias funerarias. Además de ello, las fechas escritas sobre las lápidas no
sobrepasaban el año de 1576. Sin pérdida de tiempo, empecé a revisar cada una
de las lápidas, tratando de decodificar las antiguas letras que se encontraban
sobre ellas. Había en todas ellas inscripciones en latín, con excepción de una
sola. Era ésta una pequeña lápida que se encontraba tras un enorme bloque de
piedra que removimos para liberar espacio. La inscripción de esta lapida era
una sola palabra en náhuatl escrita mediante grafías latinas. Supe entonces que
finalmente había hallado el lugar elegido por Citlalcohua como
escondite del manuscrito y la llave del tiempo. La palabra escrita sobre la
piedra no daba cabida al error: Chololiztli, palabra nahua que
significa huida. Era ésta la palabra que estaba escrita sobre la piedra. “En la
huida está la llave”, fue lo que Citlalcohua escribió también
en su manuscrito.
Removimos la lápida
con sumo cuidado. Dentro del espacio pude ver una caja de metal. La sacamos, la
colocamos sobre el piso y la abrimos. Dentro estaba el preciado códice y una
especie de cetro con un espejo horadado en la punta. Si no mal recordaba, era
éste un tlachialoni, “un cetro que formaba parte del atavío de
algunos dioses y que les servía para mirar a través de él la tierra y las cosas
humanas”.
Esa misma noche me
dediqué a interpretar los pictogramas que se hallaban en el códice. Tras un
arduo trabajo pude escribir una interpretación, que desde mi punto de vista,
era lo más acertada a lo que buscaba expresar el códice. Narraba el documento
cómo el cetro fue dado por uno de los dioses antiguos al sabio tolteca en
agradecimiento por haberle salvado la vida, un día en que convertido en hombre
se había dejado engañar por el ahuizotl, un ser mitológico que de
acuerdo a la antigua tradición nahua poseía una cola con la forma de mano
humana, la cual usaba para atrapar a aquellos que pensaban que dicha mano
pertenecía a un niño que se ahogaba. Narraba también el códice la manera en que
el cetro debía usarse para encontrar la puerta del tiempo y de cómo éste la
abría.
Todos estos
acontecimientos me tenían sumamente emocionado. Así que determiné ir en busca
de mi destino. Muy temprano por la mañana decidí abandonar Calpan sin dar
notificación de ello a nadie. Llevé conmigo el viejo códice y la extraordinaria
llave del tiempo. En el pueblo de Atzala conseguí un guía que
me llevara a través del Paso de Cortés, ya que en el manuscrito se especificaba
mediante signos de pies, que quien buscara la puerta del tiempo debería llegar
a un lugar situado del otro lado de lo que toponímicamente estaba representado
como una mujer de color blanco que dormía sobre la nieve. Esta representación
no podía más que referirse a la gran montaña Iztaccihuatl, que en
lengua náhuatl significa la mujer blanca. Habiendo cruzado el Paso de Cortés
despedí a mi guía y me dispuse a internarme en las faldas de la inmensa y
misteriosa cumbre volcánica. El códice tenía otra representación curiosa: había
la imagen de un hombre al pie de la montaña que veía a través del orificio del
espejo que tiene el cetro en su punta. Al mirar a través de él se perfilaban
unas huellas de pie que mostraban el otli o camino hacia
una teoozotl “cueva sagrada”. Entonces, estando en la espesura
del bosque, eso fue lo que hice. Miré a través del espejo y se me mostró un
largo camino lleno de flores. Comencé a caminar sobre este xochiotli o
camino florido, siempre procurando ver a través del orificio del espejo del
cetro. Tras caminar un par de horas, llegué frente a una cueva situada en una
de las paredes de roca de la gran montaña. Entré en ella deprisa, casi
corriendo. No había tiempo que perder; pero qué ironía haber dicho esto, yo
quien sujetaba con mi mano el tiempo, la eternidad, el hoy, el ayer, el mañana.
Al llegar al final de la teoozotl pude ver a través del espejo
una amplia grieta oscura. Sin duda debía entrar en ella, así que lo hice sin
titubear. Sentí que el cetro se había hecho de fuego, pues me envolvía la mano
con un calor abrazador. Solté el cetro. Sentí un frío penetrante. La oscuridad
me absorbió por completo. Tras unos segundos de los que no sé cómo narrar lo
que pasó, me encontré de nuevo en la caverna, pero esta vez en lugar de entrar
en la grieta salía de ella. Al palpar mi cuerpo me pude percatar que todas mis
pertenencias habían desaparecido, al igual que el cetro y el códice. Salí de la
cueva deprisa tratando de hallar una explicación a lo que había ocurrido.
Caminé entre los
árboles por algunos minutos mientras la claridad de la luz solar lo iluminaba
todo. Las nubes se habían ya disipado y ahora el cielo se veía claro. Me
dispuse a subir una pequeña colina que se miraba a lo lejos, tal vez desde ahí
podría ver dónde me encontraba. Al llegar a la cima contemplé un espectáculo
sorprendente, increíble. A lo lejos se veía el legendario Valle de México con
sus lagos, con sus cerros, y ahí, como una imagen surgida de un sueño, estaba
la imponente ciudad de Tenochtitlan. Pude ver sus amplios canales,
sus largas avenidas que la comunicaban con la tierra de alrededor, su
vegetación. No comprendía cómo había sucedido esto, pero yo me encontraba
finalmente ahí donde siempre quise estar; me sentía tan parte de la historia,
como si por fin las letras que narraban la grandeza de la ciudad hubieran
cobrado vida y me hubiesen arropado con su fuerza, con su expresividad.
De pronto una voz me sacó de mi
aletargamiento:
-Eah, ¿Quién sois?- me preguntó una voz
con un acento extraño. -¡Deme vuestro nombre o dispararé!-
-Mauricio Díaz- le respondí a un hombre
vestido a la usanza de los soldados españoles del siglo XVI, el cual se
encontraba acompañado por algunos indígenas.
Inmediatamente me
llevaron ante su Capitán, un hombre de tez blanca y profusa barba negra.
-¿Quién sois extraño del bosque?
¿Podéis nos decir qué hacéis aquí?-
-Vine en busca de usted capitán, quiero
unirme a vuestro grupo. Hablo la lengua náhuatl y podría ayudarle a lograr su
objetivo.-
-Bien. Me resulta bastante extraño
encontraros aquí. Pero sois bienvenido. Mas recordad: una traición se paga con
la vida- dijo Cortés con una sonrisa en los labios.
Lo que pasó después
de mi encuentro con el capitán es historia: el encuentro con Motecuhzoma
II, la matanza de indígenas por parte de los españoles durante la fiesta
del Toxcatl, la noche triste, la reorganización de las tropas de
Cortés, el viaje a Tetzcuco, la construcción de los bergantines
para atacar la ciudad desde el agua, la toma de las ciudades alrededor de los
lagos, las repetidas incursiones en la ciudad de Tenochtitlan, la
toma de prisioneros por parte de los nativos y su posterior sacrificio sobre el
magnificente “Huey Teocalli”, la toma de la ciudad, el sometimiento de
la población mexica, la destrucción de un mundo impresionante y su enorme
cultura. Todo esto quedó registrado en las crónicas de los conquistadores,
aquellas que yo había leído tantas veces y que me habían impregnado de una
magia envolvente y enervante.
Epílogo.
Hernán Cortés
incursionó en la ciudad de México-Tenochtitlán en compañía de sus hombres y
aliados indígenas. Tras cruentas batallas que costaron la vida a miles de
personas, logró finalmente la caída de la ciudad el martes 13 de agosto de
1521. Muchos de sus acompañantes españoles fueron muertos durante las batallas
y otros más hechos prisioneros ante la impotente mirada de sus compañeros que
luchaban cada uno arduamente por salvar sus propias vidas. Los prisioneros
fueron llevados al Huey Teocalli y sacrificados sobre la cima
del gran templo. Tan sólo uno de ellos no gritó al momento en que la fría daga
de obsidiana le perforaba el pecho y la mano de un guerrero le arrancaba el
corazón. Aceptó su destino y se resignó a pagar el precio que le exigía la
inmortalidad.
Tercera Carta de Relación de Hernán
Cortés al Emperador Carlos V
15 de mayo de 1522.
“…y en unas torres altas que allí
estaban, desnudos los sacrificaron y abrieron por los pechos, y les sacaron los
corazones para ofrecer a los ídolos… y en los cuerpos desnudos y blancos que
vi[mos] sacrificar conoci[mos] que eran cristianos…”
Yo fui uno de esos
hombres sacrificados, uno de esos hombres que pagaron un precio demasiado alto
por haber querido ser parte de la historia.
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