Datos personales

Mi foto
Mexistoría es una empresa especializada en la prestación de servicios de consultoría en el área de la antropología social y la historia de México. Nos centramos en la planeación de seminarios, talleres, conferencias, cursos y visitas culturales para el sector público y privado, y que buscan difundir la riqueza cultural que se encuentra en nuestro entorno, y de esta manera crear una conciencia de valoración y respeto por parte del ciudadano y visitante en nuestro país. Tenemos la firme convicción de que el conocimiento de nuestra historia es el eslabón entre la riqueza como individuos y como nación.

sábado, 24 de junio de 2017

MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



 Evolución del espacio ritual en los albores de la evangelización de la Nueva España

El convento novohispano, como un espacio ritual del dogma católico, se ha visto sujeto a diversos cambios a través del tiempo. Estas mutaciones dependieron en todo momento de las necesidades de la evangelización, de los contextos geográficos, de los materiales, de los conocimientos sobre arquitectura de los primeros constructores y de la mano de obra disponible. Pero hubo también otros factores que determinaron la estructura de estos inmuebles. Así, la construcción de elementos arquitectónicos como el atrio conventual y la capilla abierta responde a una necesidad y función específica dentro del proceso de evangelización de los naturales de la Nueva España.
             Otro factor que determinó la creación de un modelo arquitectónico común para la construcción de conventos durante el siglo XVI fue, sin duda, la competencia que se dio entre las diversas órdenes de frailes por lograr edificaciones cada vez más suntuosas e imponentes. Ante esta situación, el virrey Antonio de Mendoza promulga ciertas disposiciones encaminadas a poner coto a las rivalidades que se dieron entre los distintos grupos religiosos. Sin embargo, para poder entender el proceso a través del cual se llegó a la edificación de los conjuntos conventuales que permanecen hasta nuestros días, es menester hacer una revisión del espacio ritual como sede de la evangelización desde los primeros momentos en que la fe cristiana pisa el suelo de lo que posteriormente sería la Nueva España.
            Con tal de lograr dicho objetivo, este estudio pretende hacer una revisión de varios textos que se ocupan del tema de la evangelización, así como estudios especializados en historia del arte que se enfocan en el análisis de distintos aspectos concernientes a los conventos del siglo XVI. Cabe mencionar que este escrito hará énfasis en la recopilación de datos sobre el papel que jugaron los franciscanos al respecto, puesto que son éstos los primeros en llegar a la Nueva España y quienes empiezan la llamada evangelización sujeta a método. Aunado a ello, el presente trabajo aborda sólo la región central de la Provincia del Santo Evangelio, esto es, los actuales estados de Puebla, Tlaxcala y las ciudades de México y Texcoco.

EL ESPACIO RITUAL DURANTE LA EXPEDICIÓN DE HERNÁN CORTÉS

Desde su llegada a las costas del actual estado de Veracruz, la expedición del Capitán Hernán Cortés da muestra de su honda tradición cristiana al llevar a cabo una misa solemne el Domingo de Pascua de 1522, en donde, según palabras de Robert Ricard, “los españoles rezaron arrodillados su rosario frente a una cruz erigida en la arena.”[1] Continúa Ricard:

Día a día, al toque de la campana, rezaban el ángelus ante la misma cruz. Con admiración les contemplaban los indígenas: algunos de ellos preguntaron por qué los españoles se humillaban ante aquellos dos trozos de madera. Fue entonces cuando invitado por Cortés, el padre Olmedo les expuso la doctrina cristiana…[2]

            Como podemos ver, la única muestra visible que delimitaba el espacio ritual en aquellos días era la cruz. A partir de ella se circunscribía el área específica para llevar a cabo el culto. Y no sólo eso, sino que en esta ocasión que nos narra Ricard, el espacio sirvió también para que el padre Olmedo expusiera la doctrina cristiana a los naturales, ayudado, desde luego, por los interpretes Jerónimo de Aguilar y Doña Marina.
            Estando en Cempoala, y después de haber derrocado las imágenes de los dioses de los totonacas, se improvisó un altar, se dijo misa y se predicó a los indígenas. En esta ocasión el eje fundamental del espacio ritual fue el improvisado altar que se levantó como elemento simbólico de la presencia de la nueva fe. Así, cruz y altar marcaron el centro del espacio en el que se desarrollaron las actividades religiosas de los españoles en estos primeros momentos de su incursión en el territorio.
No obstante, el espacio ritual fue haciéndose más complejo en la medida en que Cortés y sus soldados fueron adentrándose en el territorio del centro de México. Esto es notorio cuando al llegar a Tlaxcala solicitan a los señores indígenas un templo con la intención de adecuarlo para que en él se pudiera colocar una cruz y la imagen de la virgen María. Con todo listo y dispuesto, se dijo misa y se bautizó a las mujeres tlaxcaltecas que fueron dadas a Cortés y sus capitanes.[3]      
            Situaciones como las anteriores nos dan una idea de la importancia que para los españoles tuvo el disponer de un espacio ritual adecuado para el desarrollo de la liturgia. Además, al conseguir una edificación para colocar la imagen de la Virgen María, el culto se complementó con otro elemento de gran devoción. De esta manera, templo, altar, cruz y virgen vienen a ser parte importante de la conformación de áreas espaciales específicas y adecuadas para el desarrollo de las incipientes actividades de evangelización llevadas a cabo por el fraile Bartolomé de Olmedo y el sacerdote secular Juan Díaz. Dichas actividades consistieron, hasta ese momento, en esporádicos bautismos de mujeres, exposiciones de la doctrina cristiana, misas y oraciones. Mucho de lo anterior se llevó a cabo con la intención de mostrar al indígena ciertos aspectos de la religión.   
            En la ciudad de México-Tenochtitlán los españoles pretenden llevar a cabo una acción semejante. Empero, Moctezuma no accede a las peticiones de Cortés de poner una cruz y levantar un altar en el adoratorio del dios Huitzilopochtli. Ante la negativa, Cortés se contenta con solicitarle licencia para construir una pequeña iglesia dentro de los aposentos que el gran tlatoani les había otorgado dentro del palacio de su padre Axayacatl. Moctezuma accedió a la petición y los españoles construyeron su iglesia. Hubo misa diariamente hasta que faltó el vino. Aun así, siguieron los españoles rezando hincados en su templo “delante del altar e imágenes; lo uno [nos dice Bernal Díaz del Castillo], por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otro, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ello, y porque viesen el adorar y vernos de rodillas delante de la cruz, especial cuando tañíamos el Ave María.”[4]

EL ESPACIO RITUAL CON LA LLEGADA DE LOS SEGUNDOS FRAILES FRANCISCANOS[5]

El 13 de agosto de 1523, después de consumada la conquista de la ciudad de México-Tenochtitlán y antes de la llegada de los célebres 12 franciscanos, arriba a la Nueva España el memorado Pedro de Gante acompañado de los frailes franciscanos Juan de Tecto y Juan de Ayora. Por indicaciones de Hernán Cortés, fueron llevados a Texcoco y aposentados en los palacios del dirigente texcocano Ixtlixochitl. Al enfrentarse a la tarea evangelizadora, se dan cuenta que un medio eficaz para emprender ésta sería mediante el aprendizaje de la lengua náhuatl y el conocimiento de la cultura y religión de los nativos. De este modo, Gante, Tecto y Ayora se dedican a esta tarea. Uno de los resultados inmediatos de su apostolado fue la creación, por parte de Pedro de Gante, de la que es considerada como la primera escuela para indígenas del Nuevo Mundo.[6]
               En el Colegio de Texcoco, fundado en el mismo año de 1523, los religiosos se dedicaron a dar incipientes lecciones a los niños indígenas en las que se les enseñaba oraciones básicas como el Padre Nuestro y el Ave María. También se les instruyó en diversas artes y oficios, principalmente la carpintería. Más tarde, el adoctrinamiento religioso incluyó “los sacramentos, los mandamientos, la señal de la cruz y el conocimiento del pecado. La educación cristiana culminaba simbólicamente con el bautismo, celebrándose en 1524 los primeros sacramentados de este tipo en la Nueva España por fray Martín de Valencia, entre ellos el rey de Texcoco Ixtlixóchitl, gracias a que Gante y sus compañeros los adoctrinaron antes.”[7]
            No encontramos en los textos consultados ninguna referencia sobre dónde se oficiaban las misas en Texcoco, sin embargo, sabemos que la ahora conocida como Capilla de la Enseñanza fue edificada en 1523. Fue éste el recinto donde Fray Pedro de Gante funda el Colegio de Texcoco al que hicimos alusión líneas arriba. Por lo tanto, deducimos que en esta capilla y en su patio se llevaron a cabo tanto la instrucción religiosa de los niños indígenas como su capacitación en artes y oficios. De igual manera, es probable que en el terreno de lo que ahora es el atrio del antiguo convento del siglo XVI se oficiaran las primeras misas tanto para españoles como para los indígenas interesados en asistir al culto. No contamos con datos para afirmar lo anterior, por lo cual consideramos que aún tenemos muchas lagunas con respecto al desarrollo de la evangelización durante el primer año de presencia franciscana en Texcoco.
            No obstante, la noticia de que en un año tan temprano como 1523 se edifica la primera capilla franciscana de la Nueva España nos hace pensar en el vuelco que da la significación del espacio ritual en los incipientes años de la evangelización en México. Con lo anterior queremos hacer notar que, si bien en los primeros años de la incursión española en tierra de Mesoamérica lo espacios rituales fueron delimitados por cruces, altares o los muros de adoratorios prehispánicos, un par de años después de la caída del último bastión mexica el espacio ritual es reelaborado al construirse templos de neto carácter católico edificados para satisfacer las necesidades de la evangelización y el culto.[8]
            Tal y como podemos ver, esta reelaboración del espacio ritual va a la par con las situaciones a las que se enfrentan los religiosos, así como con los lugares, materiales y mano de obra disponibles. No es erróneo pensar que conforme avanza el proceso de evangelización, las características, condiciones y funciones de los recitos religiosos irán cambiando, además de que el espacio ritual se irá tornando cada vez más complejo en su elaboración y significación simbólica.

EL ESPACIO RITUAL CON LA LLEGADA DE LOS DOCE FRAILES FRANCISCANOS
  
Sólo con la llegada de los doce apóstoles franciscanos inicia la evangelización sujeta a orden y método.[9] Inmediatamente se dan a la tarea de organizar el territorio y establecer sus primeras fundaciones conventuales. Los datos que poseemos al respecto, según Ricard, adolecen de ser imprecisos, confusos y precarios. Nos dice este autor que:

            Es sumamente difícil fijar la cronología de la diáspora apostólica y las fundaciones monásticas en la Nueva España. Los textos se hallan ayunos en indicaciones precisas, ya sea que se trate de correspondencias, de memorias, de crónicas semioficiales o de documentos administrativos. Algunas veces hacen punto omiso de la cronología, a veces se contentan con dar cifras redondas, apenas aproximadas. […] Aumenta a menudo la confusión, pues no podemos determinar a qué hecho se refiere precisamente la fecha que se nos presenta. No se precisa casi nunca si se habla de la primera instalación de los misioneros en determinado sitio, o del principio de la construcción de la casa –la cual puede ser, además, un suntuoso monasterio o una humilde residencia-. O, finalmente, de la erección canónica del convento.[10]  
    
            A pesar de la dificultad para precisar geográfica y temporalmente muchas de las primeras fundaciones franciscanas, contamos con datos suficientes para saber cómo fue el desarrollo de las más significativas para este estudio. Al respecto, y para aclarar la divergencia y distinción entre los términos fundar y edificar, es menester mencionar lo que el historiador de arte colonial, Francisco de la Maza, nos dice al respecto, ya que para él “una cosa es fundar un convento y otra es edificarlo. Se construía un albergue provisional, de adobes y ramas, hasta que, con los años, se elevaba el verdadero convento.[11] Por consiguiente, no debemos olvidar el hecho de que los grandes conventos que podemos apreciar hoy en día no corresponden en muchos casos a aquellos que se fundaron y edificaron en épocas tan tempranas como los años que van de 1524 a 1531.
            Sabemos por las fuentes documentales que a partir de 1524 los franciscanos se dedican a fundar conventos en dos lugares estratégicos para su apostolado: el valle de México y la región de Puebla-Tlaxcala. Se escogen los poblados de Tlaxcala, Huejotzingo, Texcoco y Churubusco, centros indígenas de gran importancia, tanto política como religiosa.
            Es Huejotzingo la fundación conventual de la que poseemos más amplios datos y detalles. Ya para 1529, los documentos mencionan la existencia de un convento, al que varios investigadores ubicaron en la zona que ocupó el antiguo asentamiento prehispánico, esto es, en las faldas del volcán Iztaccihuatl.[12] Marcela Salas Cuesta llama a ésta la primera etapa constructiva del convento de Huejotzingo. Empero, pese a los esfuerzos de diversos investigadores por conocer las condiciones estructurales de este primer edificio y su ubicación exacta, poco avance se había logrado al respecto.
Pero gracias a las interesantísimas exploraciones arqueológicas de Mario Córdova Tello, ahora sabemos dónde se ubicó el primitivo y enigmático convento de Huejotzingo durante su primera etapa de edificación, así como las características estructurales que poseía. En primer lugar, Córdova Tello nos informa que:

…algunos investigadores como Rafael García Granados y Luis Mac Gregor, Peter Schmidt, John McAndrew, Marcela Salas y Francisco Morales propusieron acertadamente una primera etapa constructiva anterior al año de 1529. Asimismo, postularon que dicha construcción posiblemente fue levantada en alguna de las principales cabeceras del antiguo señorío de Huejotzingo. Francisco Morales es el único historiador que no menciona la posible existencia de un convento en alguna de las cabeceras, pero sí postula que para el año de 1526 ya existían los conventos franciscanos de México, Texcoco, Huejotzingo, Tlaxcala y Cuernavaca.
Gracias a las evidencias arqueológicas y a los documentos citados se corroboró la existencia de un periodo inicial de evangelización en el actual Huejotzingo durante el espacio que comprende los años de 1524 a 1529, el cual estaba destinado a cubrir las necesidades inmediatas de la evangelización. Con ello se descarta la posible existencia de algún templo o convento con las mismas características en alguno de los asentamientos prehispánicos, como Tecpan Huexotzinco, Almoyahuacan o Tianguizolco.[13]
           
            Los informes de Córdova Tello son reveladores y resuelven el debate que por tantos años había atrapado la atención de los historiadores. El convento primitivo de Huejotzingo nunca se edificó en el asentamiento prehispánico, por lo tanto, tesis que proponían que este supuesto convento había sido desmantelado y reconstruido en el área del actual poblado como consecuencia de la reubicación de la población indígena (1529) son incorrectas.
            Hemos tomado como ejemplo este debate para discutir dos cosas: por un lado queremos hacer énfasis en el hecho de que muchos poblados indígenas fueron reubicados en lugares más adecuados para el control de la población y el desarrollo de la evangelización y administración política. Por consiguiente, la idea no poco difundida y muchas veces aceptada que se refiere a que sobre cada templo prehispánico se levantó un templo católico no fue una regla general durante el siglo XVI. Otra prueba de ello son los casos de Tepeaca y Tecamachalco, en el actual estado de Puebla, así como el convento de la ciudad de Tlaxcala, lugares éstos en donde la política de la congregación y reubicación de la población indígena también se llevó a cabo.
Por otra parte, queremos hacer hincapié en el hecho de que a raíz de esta nueva fase en la historia de la evangelización en México, se edificaron distintos inmuebles que buscaron satisfacer las necesidades de los primeros religiosos de aquellos años. De esta manera, encontramos que las primeras construcciones en realizarse constaron, tal y como lo dejó escrito fray Francisco de Burgoa para el área de Oaxaca, de “una choza pajiza por templo, y una imagen de Nuestra Señora, ante quien decir misa, y llegada, la sacristía en proporción para que sirviese de dormitorio, celdas, oficinas y conventualidad.”[14]
Esto también aplica para la región que nos concierne, puesto que los primeros edificios franciscanos dedicados a la obra de evangelización eran construcciones provisionales, carentes de una estructura compleja, poseedores de una pequeña iglesia y dependencias contiguas, construidos mayormente con los recursos y mano de obra disponibles en la región. Córdoba Tello supone que los distintos conventos que se edificaron en esa época “quizá compartieron las características arquitectónicas de la primera etapa constructiva de Huejotzingo.”[15] Figura 1.

Figura 1. Reconstrucción hipotética de la primera fase constructiva del convento de Huejotzingo.

            Durante las exploraciones arqueológicas llevadas a cabo por Córdoba Tello en el terreno ubicado al norte del templo del convento de San Miguel, se pudieron ubicar los restos de lo que fue la segunda etapa constructiva del convento primitivo de Huejotzingo. Ésta constó de una iglesia, escuela, convento, atrio, sistemas hidráulicos, hospital y capilla abierta.[16] De los anteriores elementos, vale la pena resaltar el atrio y la capilla abierta, elementos que jugarán un papel fundamental en la evangelización de la población indígena durante la primera mitad del siglo XVI, ya que, como nos lo hacen saber distintas fuentes, éstos permitían que la misa y predicación se pudiera llevar a cabo ante grupos grandes de personas, sin tener la necesidad de entrar en el reducido templo y respetando, a la vez, la tradición religiosa indígena de desarrollar el culto al aire libre. Figura 2.

Figura 2. Segunda fase del convento de Huejotzingo.

            Para esta época, la conformación del espacio ritual ha sufrido un nuevo cambio. Es significativo que en este periodo los conjuntos conventuales adquieran elementos clave para poder llevar a cabo el proceso de evangelización. Desde entonces, estos centros no sólo fungían como templos dónde oficiar el rito o escuelas para instruir a la juventud indígena, sino que también podían acoger a los enfermos y dar cabida a un número mayor de neoconversos para hacerlos participes de las celebraciones y conmemoraciones del dogma cristiano. No obstante estos cambios y adiciones, se sabe que la cruz siguió siendo el eje principal sobre el que giró la disposición física del espacio ritual, pero ahora se ve fortalecida por la presencia de gruesos muros y dependencias arquitectónicas que le ayudaron a delimitar los confines del espacio sagrado. Lo anterior no parece ser exagerado, pues la cruz tuvo una gran importancia durante las fundaciones de ciudades. Así aconteció en Acámbaro (1526), en el actual estado de Guanajuato, donde, según lo que nos dice Ricard, “se hizo, en primer lugar, la erección de una gran cruz de madera; en seguida, se trazaron las calles, y junto a la cruz se levantó una capilla con su pórtico de madera, de donde se colgaron dos campanas…”[17]

EL ESPACIO RITUAL DESPUÉS DE 1531

En su obra, Historia de los indios de la Nueva España, fray Toribio de Benavente expresa que “las iglesias atavían muy bien, y cada día se van más esmerando, y los templos que primero hicieron pequeños y no bien hechos, se van enmendando y haciendo grandes.”[18] Y así fue, en efecto. Como vimos, es Huejotzingo el más claro ejemplo de la manera en que el convento anterior fue sustituido por uno nuevo que lo superaba en tamaño y elementos arquitectónicos. De igual manera sucedió en Tlaxcala. El primer templo del que tenemos noticia fue quizá construido entre los años de 1526 y 1530. Este convento llevó por nombre el de San Francisco Cuitlixco y estaba situado en una de las colinas que circundaban la ciudad.[19]
Con la congregación y reubicación de la población indígena al sur del río Zahuapan (1530), se inicia la edificación de un nuevo convento que superaba con creces en tamaño y complejidad al ya mencionado de Cuitlixco. De acuerdo con Cecilia Gutiérrez Arriola, “la construcción del nuevo convento debió ocurrir entre 1530 y 1536, ya que alrededor de este último año los frailes menores dejaron definitivamente el establecimiento de Cuitlixco para instalarse en la incipiente construcción.”[20] Nos dice también esta autora que no cabe duda que para el año de 1540 este recinto se encontraba ya definido en sus principales elementos arquitectónicos, mientras que para 1553 el convento ya se encontraba terminado en su claustro alto. [21]
En este convento de Tlaxcala vamos a encontrar una conformación arquitectónica singular, ya que este inmueble no presenta el patrón de tipo fortaleza de los templos conventuales edificados durante la segunda mitad del siglo XVI, lo que nos da prueba de su antigüedad. Vale también la pena mencionar que para 1539 la capilla abierta llamada Belén se encuentra ya terminada y que hacia 1540 “la iglesia es grande y buena”.[22]
En la Descripción de la ciudad y la provincia de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo, se encuentra un dibujo hecho entre los años 1581-1584 que corresponde al convento en cuestión. En éste se puede ver el conjunto arquitectónico ya terminado. Gracias a este dibujo sabemos que hacia fines del siglo XVI el convento contaba con “una rampa norte, atrio, torre, capilla abierta, dos capillas posas, entradas sur y poniente, iglesia, claustro y huerta.”[23] Así mismo, el dibujo de Muñoz Camargo nos muestra que en el convento de Tlaxcala existieron dos capillas abiertas con sus respectivos atrios, al igual que se observan almenas en los muros, así como los accesos norte, sur y poniente.[24] Figura 3.

Figura 3. Convento de Nuestra de Señora de la Asunción según un dibujo de Diego Muñoz Camargo.

Si comparamos este dibujo de Muñoz Camargo del convento de Tlaxcala con la reconstrucción realizada por Córdoba Tello de las dos primeras etapas del convento de Huejotizingo, podremos notar la diferencia abismal entre una edificación y la otra. Por una parte, el convento de Tlaxcala cuenta con nuevos elementos como la torre, las capillas posas y las almenas, así como con un enorme huerto. Además, las proporciones de la construcción son impresionantes. Por otro lado, es palpable que en Tlaxcala se da el más notorio cambio de las dimensiones del área ritual, puesto que en comparación con Huejotzingo, que es una edificación austera y extremadamente sobria, Tlaxcala viene a ser un imponente y notable conjunto conventual. No es para menos que durante el año de 1539 el atrio del convento de Tlaxcala haya sido el escenario para la obra de teatro catequizador Adán y Eva.[25]
Lo arriba expuesto viene a confirmar que conforme la evangelización del territorio se fue consolidando, se pudieron empezar a edificar suntuosas moles conventuales para la evangelización y la realización del rito católico. Esto nos demuestra que al tener un mayor control sobre los indígenas, los frailes fueron capaces de controlar los recursos y mano de obra para poder llevar a cabo tales empresas constructivas. Empero, este incipiente afán de construcción monumental no fue privativo de los franciscanos, ya que los también los dominicos (llegados a la Nueva España en 1526) y los agustinos (llegados en 1533) se dejaron seducir por el deseo de construir conventos cada vez más grandes y suntuosos. 

EL ESPACIO RITUAL COMO SEDE DEL CULTO OSTENTOSO Y LA ARQUITECTURA SUNTUOSA
  
Elisa Vargas Lugo, en su impresionante obra Las portadas religiosas de México, plantea que hay:

Un aspecto de la actitud religiosa de los frailes que aún no ha sido estudiado suficientemente por nadie y a la cual concedemos mucha importancia, como uno de los factores principales que determinaron la arquitectura monumental del siglo XVI, a saber: la preocupación de los frailes por un culto ostentoso, cosas que los llevó también a producir una arquitectura suntuosa.[26]

Cabe hacer notar que la primera edición de este estudio es de 1969, por lo tanto, muchas de sus consideraciones fundamentales bien pudieran haber sido ya superadas. No obstante, queremos hacer mención de las ideas más representativas de Vargas Lugo entorno a este tema. Por principio, es importante mencionar que esta historiadora del arte menciona que uno de los autores que pone la cuestión sobre la palestra es Robert Ricard, al preguntarse si la suntuosidad de los conventos mexicanos se debe a la preocupación que los frailes tuvieron por el apostolado litúrgico.[27]
Vargas Lugo considera que la respuesta que da Ricard a esta pregunta es simplista, ya que si bien los frailes idearon hacer del culto y la arquitectura religiosa algo digno de admirarse, así también buscaron, a través de la ostentación, manifestar el sentido providencialista de su misión evangelizadora en América. Quisieron demostrar a través de sus templos, de sus portadas, de los ornatos de sus capillas, de la magnificencia de su culto, que la evangelización formaba parte de un plan divino, en donde ellos eran la pieza clave para su realización; “por lo tanto el poder de construir numerosos y monumentales conventos, sería la señal física patente, clara, de ese privilegio divino, pues implicaba y demostraba el buen resultado de la labor evangelizadora y del triunfo de la implantación de la fe.”[28] Aunado a ello, señala Vargas Lugo, los frailes buscaron recrear la arquitectura monumental de España dentro de un modelo que ella llama “sentimiento religioso-nacionalista”.
Entonces, este sentimiento religioso-nacionalista expuesto por la autora es el causante, inclusive más que cualquier deseo mezquino de riqueza y poder, de la fiebre constructora de conventos suntuosos e imponentes. Vargas Lugo menciona también que el poder político que adquirieron los frailes fue un factor determinante para la construcción de grandes obras conventuales, pues tuvieron a su disposición los recursos y mano de obra para lograr sus propósitos. Por no convenir a nuestro estudio, no entraremos aquí en la discusión nada carente de importancia sobre el papel del indígena en la construcción de los conventos. Sabemos, sin embargo, que el abuso desmedido de la mano de obra indígena causó grandes disgustos entre la población nativa, pues el verse obligados a trabajar sin recibir ninguna remuneración pronto colmó su paciencia y mermó sus fuerzas.

EL ESPACIO RITUAL Y SU RELACIÓN CON LA TRAZA MODERADA Y LOS TEMPLOS TIPO FORTALEZA

              La “fiebre por construir”, como Amanda Martínez R. llama al deseo de los frailes por edificar conventos cada vez más suntuosos, derivó, como era de esperarse, en una serie de situaciones que alimentaron un espíritu de competencia entre las ordenes mendicantes. Por tal motivo, el virrey Antonio de Mendoza decide implementar, a mediados del siglo XVI, “una serie de reglas o instrucciones conocidas como la “traza moderada” para poner así control y orden.”[29] Esta medida estipulaba de manera clara los elementos en común que debían tener los conventos de las tres órdenes religiosas.
            En pocas palabras, la “traza moderada” determina que todos los conventos  debían contar con tres partes fundamentales: el atrio, el templo y el monasterio.[30] El atrio, por su parte, deberá ser una gran explanada con una cruz de piedra colocada al centro, cuatro capillas posas situadas en cada una de las esquinas, tres accesos, uno principal al poniente, otro al sur y otro al norte; deberá estar enmarcado por un gran muro con almenas y tendrá una capilla abierta donde oficiar las misas al aire libre.
El templo deberá ser de una sola nave (aunque los hay de planta basilical como en el caso de Tecalli, Quecholac y Zacatlán en Puebla), con su portada orientada al poniente y su ábside al oriente, con un coro alto al pie del templo y un techo de bóveda. A un lado del templo deberá edificarse el convento, regularmente al sur de la iglesia. Tendrá éste un claustro alto y uno bajo, celdas, biblioteca, sala de produndis, refectorio, sacristía, cocina, bodegas, caballerizas y el huerto.[31] En resumen, son éstas las dependencias que por lo general se encuentran en un convento novohispano de mediados del siglo XVI. Sin embargo, como debiera esperarse, muchos poseen variaciones a esta regla, pero en general constan de los tres elementos básicos a los que hicimos alusión.
La última cuestión que nos queda por abordar en este breve estudio es aquella que tiene que ver con la forma arquitectónica de los templos de los conjuntos conventuales edificados en la segunda mitad del siglo XVI. Es Robert Ricard uno de los que contribuyen a divulgar la idea de que los conventos construidos a partir de mediados del siglo sirvieron como fortalezas en caso de rebeliones indígenas. Así nos lo dice este memorado historiador: “…sabido es que el convento del siglo XVI, aparte de su fin primario, tenía otros dos propósitos: servir de fortaleza en caso dado, y de refugio para los españoles, en el no remoto caso de un levantamiento de los indios.”[32]
En su interesante artículo, Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos mitos sobre la evangelización de Mesoamérica, Antonio Rubial García discute esta cuestión y nos dice que la obra de Ricard da pie a la difusión de ciertos mitos con respecto a la construcción de los conventos. Uno es el que tiene que ver con la idea ya abordada de que los conventos fueron construidos sobre templos prehispánicos. Dice este autor:

La fundación de los pueblos sobre los antiguos asentamientos prehispánicos fue más una excepción que una regla; la mayoría de los centros ceremoniales se encontraban en las laderas de los cerros, lugares apropiados para la defensa pero no para las necesidades de la evangelización. Para hacer más fácil y efectiva la catequización sistemática y el control, se optó por congregar a los indígenas en grandes poblados, utilizando para ello las antiguas cabeceras políticas del Imperio mexica o de los señoríos autónomos (los altépetl), pero trasladándolas desde los cerros hacia nuevos centros construidos en los valles.[33] 

Otro mito es el que tiene que ver con la función de fortaleza de los conventos. Aquí, Rubial García comulga con lo propuesto por Elena I. E. de Gerlero, quien en el artículo titulado Sentido político, social y religioso en la arquitectura conventual novohispana, menciona que aun cuando los conventos tipo fortaleza pudieran parecer resistentes al ataque, son en verdad edificaciones con un alto grado de vulnerabilidad. Explica Estrada de Gerlero:

Si bien es cierto que en algunas crónicas religiosas se menciona que estos conventos sirvieron de refugio a las comunidades de indios en caso de agresión de grupos aún no catequizados –lo que realmente sucedía en las regiones limítrofes con huastecas y chichimecas-, ha de tenerse en cuenta que una considerable mayoría de estos edificios fortificados se localiza en lugares de la Nueva España que ya habían sido pacificados y evangelizados para el periodo en que fueron construidos. Por lo tanto, la explicación del empleo de soluciones arquitectónicas de tipo defensivo debe buscarse más allá de la posible necesidad de resguardo físico.[34]     

 Estrada de Gerlero propone que la estructura tipo fortaleza obedece más bien a una necesidad de los frailes por manifestar un ideal simbólico-litúrgico, en donde la iglesia viene a ser la “fortaleza espiritual de la iglesia militante” y la “prefigura tradicional de la Jerusalén celeste”[35] Así, estos conjuntos conventuales representan, más que otra cosa, “una ciudad simbólica amurallada que se defiende contra las fuerzas del mal.”[36] Sin embargo, con respecto a este punto, cabe hacer mención que hay ciertos templos que no siguen este patrón de tipo fortaleza. Basta con ver las iglesias de los conventos poblanos de Tecalli, Quecholac y Zacatlán para corroborar lo que aquí decimos.

CONSIDERACIONES FINALES

A lo largo de este estudio hemos recorrido varios momentos en el desarrollo del espacio ritual en la Nueva España. Vimos cómo la cruz fue el eje alrededor del cual se estableció un espacio que comprende la influencia divina y en donde se debían llevar a cabo las actividades encaminadas a la evangelización y a la realización del culto. Asimismo, pudimos observar las distintas fases por las que atravesaron las edificaciones levantadas dentro del espacio ritual que venimos analizando. Es notorio que a lo largo de este devenir, las manifestaciones físicas de la fe, i. e., el conjunto conventual, atravesó por toda una serie de modificaciones que le dotaron de nuevas funciones e interpretaciones simbólicas. No basta, pues, con simplemente levantar un templo y una casa como morada de los frailes. Debía lograrse que el espacio ritual contuviera dentro de su zona de influencia inmediata todo un grupo de elementos arquitectónicos funcionales que fueran más allá del simple hecho de agradar y sorprender a la vista. Había que impresionar el alma de los neófitos, había que despertar en ellos el gusto por el culto cristiano.
No sabemos a ciencia cierta si esta meta se logró, ya que nuestro estudio adolece de ciertas limitantes al respecto. Faltaría hacer un análisis cuidadoso de fuentes indígenas para rastrear cuál fue la percepción del evangelizado y su postura hacia los conventos y sus templos, ya que este estudio se fundamenta en los datos que nos proporcionan las crónicas escritas por los religiosos. Por lo tanto, mucho de lo que aquí se dice no deja de estar determinado por la visión de aquellos que planearon la edificación y ornamentación de los conventos. Sabemos, por otra parte, que aunque este estudio no tocó el tema de la pintura y la escultura conventual, hay múltiples muestras de la influencia indígena en el arte conventual del siglo XVI. Así, el espacio ritual católico adquiere ciertos matices de la religión y la cultura prehispánicas.
Pese a lo anterior, el objetivo central de este estudio se basa en el desarrollo del espacio ritual a través de los años, desarrollo que determinó en cierta medida la fisonomía y estructura de los conventos del siglo XVI que sobreviven hasta nuestros días. Además, pudimos constatar el hecho innegable de que estos espacios religiosos se fueron complejizando notablemente, tanto en estructura, función y simbología, pues terminaron siendo la muestra visible y palpable de la iglesia militante, y de la influencia que tuvo el clero regular en el curso de la historia de México, durante el primer siglo de dominación española. Quedan aún muchos temas por tocar, pues el estudio de la evangelización es una veta inagotable.


BIBLIOGRAFÍA.

Córdova Tello, Mario, El convento de San Miguel de Huejotzingo Puebla, México,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1992.

De la Maza, Francisco, La ciudad de Cholula y sus iglesias, México, Universidad
Nacional Autónoma de México, 1959.

Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España,
México, Editorial Porrúa, 2005.

Gutiérrez Arriola, Cecilia, “El convento de Nuestra Señora de la Asunción de
Tlaxcala en el siglo XVI. Notas sobre un dibujo de Diego Muñoz Camargo”,
Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas,  Vol. 19, núm. 71, año 1997.

López de la Torre, Carlos Fernando, “El trabajo misional de fray Pedro de Gante
en los inicios de la Nueva España, Fronteras de la Historia, vol. 21, núm. 1.

Manrique, Jorge Alberto, Historia del arte mexicano, México, SEP Salvat, 1982.

Ricard, Robert, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y
los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España
de 1523-1524 a 1572, México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

Rubial García, Antonio, “Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos mitos sobre la
evangelización de Mesoamérica”, Signos Históricos, vol. 4, núm. 7.

Salas Cuesta, Marcela, La iglesia y el convento de Huejotzingo, México,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1982.

Toussaint, Manuel, Arte colonial en México, México, Universidad Nacional
Autónoma de México, 1974
  



[1] Robert Ricard, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572, México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p.78 
[2] Ibid.
[3] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 2005, p. 133.
[4] Bernal Díaz del Castillo, op. cit. p. 177. 
[5] Cabe aclarar que los primeros frailes franciscanos en pisar tierras mesoamericanas fueron Fray Pedro Melgarejo y Fray Diego de Altamirano, quienes llegaron antes de consumada la conquista de México-Tenochtitlán. Sin embargo, su participación en la evangelización no fue notoria. Vid. Robert Ricard, op. cit. p. 82.  
[6] Carlos Fernando López de la Torre, “El trabajo misional de fray Pedro de Gante en los inicios de la Nueva España”, Fronteras de la Historia, vol. 21, núm. 1, pp. 94-96.
[7] Ídem, p. 96.
[8] Por no convenir a la extensión y objetivos originales de este estudio, dejamos de lado la discusión de si el fraile Bartolomé de Olmedo y el cura secular Juan Díaz levantaron algún templo para realizar labores de evangelización tras la consumación de la conquista de México-Tenochtitlán.
[9] Robert Ricard, op. cit. p. 83.
[10] Idem. pp. 138, 139.
[11] Francisco de la Maza, La ciudad de Cholula y sus iglesias, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1959, p. 62.
[12] Marcela Salas Cuesta, La iglesia y el convento de Huejotzingo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1982, p. 53.
[13] Mario Córdova Tello, El convento de San Miguel de Huejotzingo Puebla, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1992, p. 61.
[14] Francisco de Burgoa, Palestra historial, México, Editorial Porrúa, 1989, p. 36, citado en Córdova Tello, op. cit. p. 62.
[15] Córdova Tello, op. cit. p. 62.
[16] Ibid.
[17] Robert Ricard, op. cit. p. 237.
[18] Toribio de Benavente Motolinia, Historia de los indios de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 1979, p. 53. citado en Córdova Tello, op. cit. p. 7.
[19] Cecilia Gutiérrez Arriola, “El convento de Nuestra Señora de la Asunción de Tlaxcala en el siglo XVI. Notas sobre un dibujo de Diego Muñoz Camargo”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas,  Vol. 19, núm. 71, año 1997. pp. 8, 9.
[20] Idem. p. 12.
[21] Idem. pp. 12, 13.
[22] Idem. p. 12.
[23] Idem. p. 14.
[24] Idem. p. 7.
[25] Idem. p. 16.
[26] Elisa Vargas Lugo, Las portadas religiosas de México, México, Universidad Autónoma de México, 1986, pp. 17, 18.
[27] Idem. pp. 18. 19.
[28] Idem. p. 20.
[29] Amanda Martínez R., “Arquitectura monástica franciscana del siglo XVI”, en Historia del arte mexicano, SEP Salvat, 1982, p.646.
[30] Manuel Toussaint, Arte colonial en México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1974, p. 40. Vale la pena aclarar que, aunque muchas fuentes y estudios usan la palabra monasterio para referirse a estas edificaciones novohispanas, nosotros preferimos usar en nuestro estudio el término convento, por considerarlo más adecuado a su función. Recuérdese que el monasterio era habitado por monjes, quienes vivían muchas veces en la clausura. Por el contrario, los conventos fueron habitados por frailes, cuya misión central fue evangelizar, por lo tanto la clausura no fue algo inherente a ellos debido a la naturaleza de su labor apostólica.
[31] Manuel Toussaint, op. cit. p. 40.
[32] Robert Ricard, op. cit. p. 265.
[33] Antonio Rubial García, “Ángeles en carne mortal. Viejos y nuevos mitos sobre la evangelización de Mesoamérica, Signos Históricos, vol. 4, núm. 7, p. 41.
[34] Elena I. E. de Gerlero, Sentido político, social y religioso en la arquitectura conventual novohispana”, en Historia del arte mexicano, México, SEP Salvat, p. 625.
[35] Idem. p. 637.
[36] Antonio Rubial García, op. cit. p. 42.