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sábado, 16 de julio de 2016

              
 Aportaciones del Monacato
y las Órdenes Mendicantes al Desarrollo
de la Iglesia Medieval y su Influencia en la Evangelización de México durante el Siglo XVI.

            El desarrollo de la Iglesia como institución política durante la Edad Media es, a nuestro parecer, uno de los temas más fascinantes para todo aquel que se adentra en el estudio de la historia medieval. Dicha apreciación no tiene nada de superflua, pues la Iglesia, al erigirse como la institución dominante del feudalismo, se convierte en el eje sobre el cual gira la vida de la sociedad. No es para menos mencionar que su influencia se deja sentir no sólo en las esferas del poder político, económico y administrativo, sino en el ámbito psicológico, social y espiritual del hombre y la mujer medieval.
            Sin embargo, la Iglesia no logra instituirse como el dirigente central de la sociedad feudal en un corto periodo de tiempo. Si analizamos con calma y paciencia su devenir histórico, nos podremos percatar de los grandes cambios, adaptaciones y reajustes que tuvo que experimentar a lo largo de los siglos. Primeramente, cabe mencionar que en sus orígenes el cristianismo, doctrina religiosa que vertebra la máquina dogmática de la iglesia católica, tuvo que sufrir la persecución y el rechazo en gran parte del entonces imponente Imperio Romano. Es hasta el mandato del Emperador Constantino (circa 272-337 dC.) cuando la religión cristiana deja de ser perseguida dentro del imperio, ya que el hecho de que el propio emperador se haya convertido al cristianismo hace que éste se expanda y goce de una notable libertad de culto. Pero no es sino hasta el año de 392 cuando el emperador Teodosio hace del cristianismo la religión oficial del imperio.
            Con todo, acontecimientos como la conversión del emperador Constantino y la instauración de la fe cristiana como la única religión lícita del imperio por Teodosio, sólo vienen a ser el inicio de una lenta adopción y difusión del cristianismo a lo largo del territorio que ahora conforma el continente Europeo. No debemos olvidar que los hechos antes referidos se llevan a cabo durante el último periodo de vida del Imperio Romano, pues es a lo largo del polifacético siglo IV cuando se da la comúnmente llamada “invasión de los pueblos bárbaros”, la que, a su vez, dio pie a la caída y resquebrajamiento de la ya para entonces débil cohesión imperial entre oriente y occidente.
            El surgimiento de los reinos germánicos a lo largo de los siglos V y VI, y su posterior adopción del cristianismo y la ortodoxia católica vienen a confirmar y extender el poder de la Iglesia. Estos sucesos vienen a marcar la separación, históricamente hablando, entre el mundo antiguo y el mundo medieval. Pero es menester insistir en el hecho de que el cristianismo tuvo una lenta asimilación en los nuevos reinos, pues cabe recordar que todavía hubo que esperar hasta finales del siglo VI para que el la cristianización empezada por San Patricio en Irlanda dé sus primeros frutos en la aristocracia de los clanes de la isla. Además, hay que recordar la lucha que tuvo que librar el catolicismo en contra de la doctrina arriana, dogma que no carecía de un buen número de simpatizantes. A este respecto, conviene no olvidar la lucha tanto teológica como militar que llevó a cabo la iglesia en contra de proposiciones heréticas como el arrianismo y movimientos populares como el de los valdenses y los cátaros. Así, durante la Baja Edad Media, la iglesia no vaciló en implementar un nuevo aparato de persecución y represión como lo fue la primitiva Inquisición.
            No obstante, sería exagerado, y hasta equivocado pensar que la Iglesia sólo hizo uso de medios represivos para afirmar su poder y la supremacía de la ortodoxia católica, pues son las órdenes mendicantes el más claro ejemplo de la manera en que métodos no violentos como la predicación pueden tener resultados más efectivos y duraderos que la simple implementación de castigos. Son, por lo tanto, las órdenes mendicantes del bajo medievo un instrumento efectivo para la difusión del cristianismo católico y la consolidación de la Iglesia. Mas no es ésta la primera vez en la historia del cristianismo en que grupos ajenos al clero secular jugaron un papel determinante en la construcción de la Iglesia como la institución hegemónica de la Edad Media, pues es el monacato otra forma de práctica religiosa que ayudó en mucho a la iglesia católica a ganar su poderío.  
Partiendo de este punto al que hemos llegado, sería útil tratar de respondernos algunas preguntas. ¿Qué son el monacato y las órdenes mendicantes? ¿Qué papel jugaron, cuáles fueron sus métodos y cómo lograron influir en el desarrollo de la iglesia medieval? ¿Cuáles fueron sus aportaciones para la difusión del cristianismo en Europa y América?
            Para contestar las preguntas anteriores pretendemos llevar a cabo una discusión general de lo que es el monacato y lo que es una orden mendicante, pues consideramos fundamental hacer una distinción entre ambas instituciones para entender mejor los intereses que las motivaron, así como las contribuciones que cada una dio al desarrollo de la iglesia católica medieval.
            Antes que nada, creemos de gran importancia aclarar varios términos que el lector deberá tomar en cuenta para una mejor comprensión de nuestra exposición. Empezaremos por discutir el término Iglesia. Este vocablo tiene su origen en la palabra griega ἐκκλησία (ekklēsía), la cual significa asamblea. De acuerdo con Jérôme Baschet, “este término […] designa primero a la comunidad de los creyentes; […] posteriormente el vocablo iglesia designa también el edificio donde se reúnen los fieles y donde se desenvuelve el culto. […] En el siglo XII, los dos sentidos de la palabra se fueron independizando. […] Paralelamente, el término iglesia asume una nueva significación que designa la parte institucional de la comunidad, es decir, el clero. […] A partir de los siglos XI y XIII, el término iglesia se identifica cada vez más con sus miembros eclesiásticos, mientras que para designar al conjunto de los fieles se recurre [al término] cristiandad (christianitas, o bien, populus christianus).”[1]
            Como se puede notar en el párrafo anterior, el concepto de iglesia fue presa fácil de los embates del tiempo y los cambios dentro de la comunidad cristiana, puesto que de ser un término que en sus orígenes se adaptó al culto del cristianismo primitivo para designar a un grupo de personas con fines en común, pasó a nombrar el inmueble donde se llevaba a cabo el culto, para finalmente denominar a los dirigentes de la comunidad católica. De acuerdo con los fines de este ensayo, la acepción de la palabra iglesia que nos conviene utilizar es ésta última, ya que es ella la que define a la Iglesia como la institución religiosa conformada por un grupo clerical que la ordena y dirige.
            Otro concepto que nos conviene aclarar es el de clero. De esta palabra tenemos que su origen se remonta al griego bizantino κλῆρος (klêros) y por la cual debe entenderse el conjunto de hombres que han recibido las órdenes sagradas. Aquí cabe ahondar más en este punto, pues el mismo término de clérigo acarrea una ambigüedad que vale la pena aclarar. Primeramente, hay que mencionar que el clero puede dividirse de manera jerárquica. De esta manera tenemos que el clero se compone por el llamado alto clero y bajo clero. El primero está constituido por los grandes dignatarios de la Iglesia entre los que encontramos a los abades, obispos, arzobispos, cardenales y papas. Por otra parte, el bajo clero está formado por los monjes y sacerdotes. Sin embargo, hay otro tipo de clérigos que merecen nuestra atención. Son éstos aquellos laicos que no reciben más que las órdenes menores y la tonsura, con lo cual estos individuos obtienen el estatuto de clérigos. Para éstos últimos el celibato no es una obligación como para aquellos que reciben las órdenes sagradas. Esta aclaración nos parece fundamental, puesto que nos ayudará a entender el papel que estos clérigos laicos jugaron en la conformación de distintos grupos religiosos y su influencia en la conformación de la institución eclesiástica católica.
Hemos mencionado en repetidas ocasiones la palabra laico, por lo que creemos pertinente definir este término de tal manera que el lector comprenda cabalmente muchos de los conceptos que se presentan en este escrito. Así, tenemos que la palabra laico proviene del griego λαϊκός (laïkós), la que designa a todo aquél perteneciente al ‘pueblo’. Por lo tanto, para el uso eclesiástico, el laico viene a ser todo aquél que no tiene órdenes clericales, en clara oposición al religioso que sí las posee.
Por último, queremos mostrar la diferencia entre el clero regular y el clero secular. Conviene citar lo que el historiador Jérôme Baschet nos dice al respecto. Para él, “la diferencia entre clérigos regulares y clérigos seculares es importante. Al entrar en una orden monástica cuya Regla aceptan, los primeros eligen la huida del mundo y el aislamiento penitencial, rindiéndose al servicio de Dios mediante la plegaria, el estudio y, a veces, la actividad manual. En cuanto a los segundos, que permanecen en el siglo, en medio del mundo y en contacto con los laicos, éstos tienen como misión el cuidado de las almas […] a través de la administración de los sacramentos y la enseñanza de la palabra divina.”[2]
Después de haber aclarado algunos conceptos importantes para nuestro estudio, es menester llevar a cabo un breve recorrido por el desarrollo del monacato y las órdenes mendicantes, de tal manera que podamos establecer cómo ayudaron al desarrollo de la Iglesia durante la Edad Media.
En primer lugar concentraremos nuestra atención en el monacato. De acuerdo con autores como Ramón Teja, el monacato (también conocido como monaquismo) sienta sus bases en los siglos IV y V. Este autor es tajante cuando afirma que “el Monacato no nace con el Cristianismo. Es un producto tardío de éste que tiene sus primeros balbuceos en el s. III y alcanza un enorme desarrollo en el s. IV. Así pues el cristianismo de los primeros siglos fue un cristianismo sin monjes y sin anacoretas, que fueron la expresión primera del Monacato.”[3] Como podemos ver, para Teja los orígenes del monacato se pueden fijar en el siglo tercero dC. Con ello este investigador rebate todas aquellas posiciones que han querido ver el origen del monacato durante los primeros años del cristianismo, o inclusive antes. Asimismo, Teja nos presenta tres personajes como los pilares del monaquismo primitivo: San Antonio, San Pacomio y San Basilio. Según este autor, cada uno de ellos ejemplifica un momento distinto en la evolución del fenómeno monacal, ya que San Antonio fue el fundador del anacoretismo, San Pacomio del cenobitismo y San Basilio quien “habría regularizado y hecho compatibles estos fenómenos con la iglesia oficial y, por lo tanto, el punto de partida del Monacato posterior.”[4]
            Por anacoreta (del griego ἀναχωρητής anachōrētḗs) deberá entenderse “persona que vive en lugar solitario, entregada enteramente a la contemplación y a la penitencia.”[5] Cómo lo mencionamos arriba, el instaurador del anacoretismo fue San Antonio. Nace éste en el año 251 en la aldea de Queman al sur de Menfis, Egipto. Su vida se ve rodeada de milagros y se caracteriza por un rechazo hacia las cosas mundanas. Por este motivo pronto se granjea la admiración y el respeto de los hombres y mujeres de su tiempo, lo cual no tardó mucho en motivar que muchos quisieran seguir su ejemplo de vida. San Atanasio hace de él una biografía, la cual alcanza un gran éxito y difusión, con lo que quedan fijadas las características del anacoreta y anacoretismo. Podemos resumir estas características como sigue: huida del mundo, vida llena de mortificaciones físicas, abstencionismo sexual, lucha constante contra las tentaciones del cuerpo y las recurrentes invitaciones del Diablo a pecar.
            Posteriormente, se desarrolla en Siria un tipo de ascetismo extremo que idea las maneras más extravagantes de hacer penitencia. Entre estos nuevos anacoretas tenemos a los dendritai, quienes viven en las copas de los árboles, a los boskoi, que viven desnudos en los bosques, a los giróvagos o vagabundos y a los estilitas. De éstos últimos los personajes más importantes fueron San Simeón y San Daniel, el primero por su disposición a atormentarse y por haberse decidido a subir a lo alto de una columna para librarse de la fastidiosa presencia de los curiosos, permaneciendo ahí por largos años entregado a la oración y penitencia. El segundo se caracterizó por haber llevado el ideal estilita de San Simeón a la ciudad de Constantinopla. Ambos se convirtieron en magnánimos ejemplos del anacoretismo de corte estilita, lo cual originó que un gran número de seguidores imitarán sus pasos.
            El cenobitismo, por otra parte, fue un movimiento que evolucionó del anacoretismo de San Antonio. Éste, como su nombre lo indica, pues proviene del vocablo griego κοινόβιον koinóbion y que significa propiamente 'vida en común', hace referencia al tipo de vida en comunidad de los anacoretas. Las reglas del cenobitismo fueron fijadas por Pacomio, famoso personaje nacido en Egipto a finales del siglo III. Este anacoreta reformador funda su primer cenobio o monasterio en las márgenes del río Nilo, en el cual la vida de la comunidad se va a caracterizar por el trabajo y la práctica de la oración. Ante la fervorosa respuesta y creciente número de sus adeptos, Pacomio se vio obligado a fundar nuevos cenobios en la región. Aunque no podemos decir que el monacato haya surgido exclusivamente del anacoretismo y cenobitismo, bien vale hacer mención que fue el cenobitismo uno de los movimientos que más aportaron al desarrollo del monaquismo posterior gracias a las reglas que San Pacomio creó para ordenar la vida común de los anacoretas.
            Otro personaje que no podemos dejar fuera de esta discusión es San Basilio. Hemos ya mencionado que su importancia radica en el hecho de que es él quien hermanó los movimientos cenobíticos con la iglesia católica oficial. Para mediados del siglo IV, Basilio se decide a recorrer distintas regiones del Asia, entre las que se cuentan las regiones bajo la influencia pacomiana en Egipto. Inspirado por la forma de comunidad cuyas bases sentara San Pacomio, Basilio las reordena y las da a conocer mediante lo que se ha llamado las Reglas de San Basilio. Mediante estas reglas, Basilio logra restringir el individualismo, así como limitar la excesiva libertad de los miembros de los cenobios pacomianos. “A su vez, hizo del trabajo un elemento indispensable para el equilibrio moral y, en especial, para el trabajo intelectual. El Monasterio pasó con Basilio de ser un conglomerado de ascetas a constituir una verdadera comunidad, quedando desde entonces los monjes integrados en la vida y la actividad de la Iglesia.”[6]
            No podemos dar por acabado este pasaje sobre los orígenes del monacato sin mencionar la influencia que tuvo la obra de San Basilio en el desarrollo del monacato oriental y occidental. Por una parte, su regla terminó por hacerse común a lo largo de los cenobios del imperio Romano de Oriente. Pero no sólo se difundió en esa región, pues gracias a las diversas traducciones que se hicieron de su regla, ésta fue ampliamente difundida a lo largo de occidente, sentando las bases del posterior desarrollo del monacato medieval. En este sentido, cabe resaltar la importancia que tuvo San Benito de Nursia al elaborar su regla monacal, ya que fue él quien, según palabras de Ramón Teja, “representó en Occidente un papel similar al de S. Basilio en la otra mitad del Imperio. Su Regla, que se inspira en gran medida en la del obispo capadocio, refleja los mismos valores: sentido común, equilibrio y mesura, a lo que se añade la tradición jurídica romana. En realidad S. Basilio y S. Benito son dos de las personas que mejor representan a la antigüedad tardía y su obra es una de los herencias de la Antigüedad que ha llegado más vivas hasta nuestro tiempo.”[7]
Se sabe que el monaquismo desarrollado en oriente se establece en Europa gracias a Juan Casiano. Llegado a Marsella a principios del siglo V, será él primeramente quien busque adaptar la experiencia de los eremitas egipcios en Occidente. Pero no será sino hasta el siglo VI que el número de fundaciones monásticas vendrá en aumento. Como resultado de tan inusitado interés por la vida monástica, se escriben distintas obras que buscan regular la convivencia y conducta de los monjes. Sin duda alguna, la Regla de San Benito viene a ser el mejor ejemplo de este esfuerzo regulador. Sin embargo, cabe aclarar que el personaje que eleva la figura de San Benito a niveles insospechados y que hace de su regla el elemento más destacado del clero regular es Gregorio el Grande. Al escribir sobre la vida de Benito en el libro segundo de sus Diálogos, Gregorio no hace más que sentar las bases de un tipo de monaquismo que posteriormente adoptará el nombre de benedictino. De acuerdo con Jérome Baschet, para el año 600 existen en el territorio Galo alrededor de 200 monasterios, los cuales alcanzarán un número mayor (320) un siglo después. Este aumento y auge paulatinos nos muestran claramente la popularidad y aceptación que inicialmente tuvo la vida monástica en el territorio galo, popularidad y aceptación que se extenderían a lo largo de toda la Europa medieval. Una de las características de este periodo de auge monacal será la presencia de numerosos monasterios en vastas extensiones de terreno rural. Con esto, el cristianismo se asienta en los campos europeos expandiendo su influencia fuera de las ciudades, lo que ayudó significativamente a la evangelización de los campesinos y los bárbaros. 
Para el siglo X y principios del XI, el monacato se desarrolla considerablemente, siendo el monasterio de Cluny el mejor ejemplo de este renovado auge monacal. Fundado en el año de 910, este monasterio adopta la regla de san Benito como orden de vida y conducta de los monjes. Con el tiempo, y debido a factores de importancia que determinarán el poder que alcanzará Cluny, este monasterio se convierte en una vasta red de establecimientos diseminados a lo largo del territorio europeo, los cuales se encontraban sujetos a la autoridad del abad de Cluny. Además, las frecuentes donaciones de señoríos y enormes extensiones de tierra hacen de este monasterio uno de los más ricos e influyentes de la Alta Edad Media. El poder de Cluny se hace visible al construirse la iglesia abacial llamada Cluny III. Consagrada en el año de 1130, esta construcción se convierte en la iglesia más grande de Occidente. Por lo anterior, Jérome Baschet no vacila en afirmar que "en el siglo XI, el corazón palpitante de la cristiandad es más monástico que secular".(Baschet, p.198). 
No obstante, Cluny se desapega en extremo de la regla eremítica al participar arduamente en los problemas de su tiempo. Un ejemplo de ello puede verse en la intensa persecución de herejes, judíos y musulmanes que llevaron a cabo los abades cluniacences. Como respuesta a esta participación de Cluny en los problemas del siglo, surgen nuevos centros monacales que se van a interesar por el regreso a la vida contemplativa y desapegada del siglo de la que Cluny se había alejado. Así, el surgimiento de órdenes monásticas como la de los cartujos en el año de 1084, y la de los cistercenses en 1098, va a contradecir fuertemente el monaquismo cluniacense. Lo anterior nos muestra con toda claridad las oscilaciones constantes que el monacato tuvo al debatirse entre una vida alejada del mundo común y un gran interés por la riqueza, el poder y los problemas de su tiempo. Sin embargo, apartándonos de la exposición de casos en que grupos monásticos se alejaron drásticamente del ideal ascético (como fue el caso de Cluny), queremos dirigir nuestra atención a la exposición de las aportaciones con que las instituciones monásticas ayudaron al desarrollo de la iglesia y la sociedad medieval. 
En primer lugar, queremos hacer notorio el hecho de que fueron los monjes quienes ayudaron a la conservación de la cultura clásica. Son ellos, pues, los que se dedican a copiar las obras de los escritores latinos de la antigüedad. Al hacer esto, su intención no es otra que aprender y conservar las reglas del buen latín, así como preservar obras que hacen referencia al pasado pagano de Roma y otros pueblos que estuvieron en contacto con los romanos. Pero los monjes medievales no sólo se dedicaron a copiar textos del pasado, sino que también se encargaron de reproducir obras fundamentales para el dogma cristiano. Es durante el periodo carolingio cuando los escriptoria (talleres donde los monjes copian libros) van a ser organizados de tal manera que se mejorará la producción de libros. Por lo tanto, los monjes no tardaron mucho en desarrollar un tipo de caligrafía llamada "miniatura carolina", así como la separación de las palabras y las oraciones mediante espacios y signos de puntuación, lo cual facilitó en mucho la lectura de los textos contenidos en los libros, los que, a su vez, ganaron manejabilidad y legibilidad.
De igual manera, los monjes jugaron un papel importante en la difusión del latín y sus reglas mediante la enseñanza de la gramática y la retórica. Con la Admonitio Generalis del año 789, Carlo Magno impone la obligación a todo monasterio de tener un centro de estudios. De este modo, al restaurarse la lengua latina como herramienta para la interpretación de los textos bíblicos y la comprensión del pensamiento cristiano, las escuelas monacales juegan un papel decisivo en la conservación y difusión del latín y de los textos escritos por los grandes pensadores cristianos de la antigüedad. Pero no sólo con su trabajo como copistas y docentes ayudaron al robustecimiento del cristianismo, ya que el papel que jugaron como traductores de sermones a lenguas vulgares fue crucial, logrando de esta manera acercar el dogma católico a un gran número de fieles que no comprendían el latín.
Como hemos visto, el monacato cristiano pasó por distintas etapas que lo llevaron a erigirse en una institución de gran importancia e influencia en la vida religiosa, cultural y social durante la edad Media. Con los años dejó de ser un simple conjunto de laicos que perseguían una vida ascética en franca comunión con Dios para convertirse en una institución educadora y de difusión del cristianismo mediante el estudio, reproducción y traducción de textos religiosos de distinta índole. Empero, aún y con todo el mérito que pudieran tener como los grandes difusores del latín y la cultura clásica, no fueron los monjes precisamente religiosos encargados de predicar la fe a las grandes masas iletradas del medioevo. En este sentido, cabe ahora acercarnos al análisis de los grandes predicadores de la iglesia católica medieval, pues sin temor a equivocarnos podemos decir que son las órdenes mendicantes de la Baja Edad media quienes sin exageraciones pueden ostentar este título. 
Sin dudad alguna, una de las órdenes mendicantes que puede ser considerada como un verdadero ejército al servicio de Dios es la orden de los frailes franciscanos. Fundada por el italiano Francisco de Asís, fue en sus orígenes una comunidad de laicos dedicados a la obra misionera y a la predicación del evangelio en distintas partes de Italia, y más tarde de Europa y África. Pero antes de continuar con nuestra exposición, creemos necesario aclarar al lector las palabras monje y fraile, dando pauta con ello al establecimiento de las diferencias fundamentales entre el monacato y las órdenes mendicantes. Primeramente, para el medievalista español José Ángel García de Cortázar, “el monje es la persona que se retira del mundo para avanzar en soledad en la vida espiritual.”[8] Así mismo, este autor nos dice que el vocablo monje proviene de la palabra griega monos, la cual significa solo. Por otra parte, la palabra fraile marca la clara oposición que Francisco de Asís buscaba mostrar con respecto a los monjes, pues él, según palabras de Jaques Le Goff, “no quería ser un monje, ya que estaba en medio de los hombres”.[9] De igual manera, Le Goff nos informa que “su ideal de uniformidad e igualdad, por una parte, y de amor por otra, le llevó a la adopción del término hermano para designarse a sí mismo y a sus compañeros. Lo que después sería su orden, fue concebida como una fraternitas.”[10] Cabe aclarar que el término que usó Francisco fue el vocablo italiano fratello (hermano), el cual a su vez deriva del latín frater. Tenemos entonces que la palabra fraile deriva a su vez de estos vocablos. Con lo anterior hemos buscado mostrar al lector la clara oposición que van a conllevar los términos monje y fraile, ya que mientras el primero nos remite a la idea de un religioso que, en el mejor de los casos, lleva una vida aislada de oración y trabajo, el segundo alude a un religioso que convive con los hombres de su tiempo. Esto es fundamental, puesto que no sólo va a determinar que consideremos al monje y al fraile como dos tipos de religiosos que difieren entre sí, sino que también nos va a ayudar a establecer las diferencias contextuales entre un monasterio y un convento. Así, el monasterio, como ya lo hemos mencionado con anterioridad, va a ubicarse en lugares desolados y apartados. Por el contrario, el convento va a estar situado dentro de las cada vez más numerosas y bulliciosas ciudades medievales.
Para Jéromê Baschet, la creación de las órdenes mendicantes viene a significar uno de los acontecimientos eclesiásticos más notables ocurridos entre los siglos XI y XIII. Tomemos como base la orden de los franciscanos para discernir el alcance e influencia que tuvieron estos frailes en el desarrollo de la iglesia, la cultura y la sociedad feudales. Nacido en 1181 o 1182, Francisco pertenece a una familia de mercaderes acomodados. Al crecer, abraza el deseo de convertirse en caballero y dedicarse a la carrera de las armas. Sin embargo, luego de un par de intentos fallidos para lograr sus aspiraciones, el joven Francisco decide renunciar a la fama y la gloria que la milicia pudiera otorgarle, y dedicarse a una vida basada en la humildad y la predicación del evangelio. No pasará mucho tiempo para que Francisco se convierta en una figura de gran importancia, pues no serán pocos aquellos que decidan seguir la misma vida de pobreza y penitencia de aquel hombre en pocos años después será convertido en santo. Poco más tarde, el número de discípulos es tal que la congregación de hermanos franciscanos tendrá que constituirse en una orden religiosa de laicos.
Otra orden de gran importancia y cuya fecha de aprobación no dista demasiado de aquella de los franciscanos (1223) fue la de los dominicos. Fundada por Domingo de Guzmán y aprobada en 1217, esta orden se caracterizó por considerar el estudio, la penitencia y la predicación como herramientas fundamentales para la lucha contra los herejes. A pesar de la cercanía temporal de la creación de ambas órdenes, encontramos que sus fines divergen drásticamente desde un principio. Por un lado, los franciscanos estaban fuertemente interesados por la predicación del evangelio mediante la palabra y el ejemplo. Por otra parte, los dominicos se enfocaban en la lucha contra la herejía y la persecución de los enemigos de la Iglesia. Ambas órdenes tuvieron un éxito inmediato, lo cual aumentó extraordinariamente su aceptación y número de seguidores. Otras órdenes también surgen en los años siguientes. Así tenemos que la orden de los carmelitas fue aprobada en 1226, mientras que la de los ermitaños de San Agustín fue creada treinta años después.
Estas órdenes, que originalmente reciben el apelativo de mendicantes por su desapego de los bienes materiales y su disposición a vivir de las limosnas, tuvieron una enorme influencia en el desarrollo de la iglesia medieval. Pero no sólo podemos hablar de su influencia, sino que al tratar de estas órdenes mendicantes no podemos dejar de lado las aportaciones que hicieron al mundo de la Edad Media. Entre estas contribuciones encontramos la que tal vez sea la más importante y la que mejor caracterizó a estos grupos religiosos: la predicación. Es importante recordar que aun cuando los frailes siguen las reglas ascéticas heredadas del monacato, éstos se distinguen de los monjes por el hecho de vivir en medio de los fieles. Su lógica de acción va a centrarse en los medios urbanos, hecho que los va a situar en constante relación con los hombres y mujeres de su tiempo al igual que con todos los problemas físicos, morales y espirituales que puedan tener.
Los frailes mendicantes también van a ejercer una fuerte influencia en la educación de la época. Hacia 1230 existe una gran cantidad de frailes mendicantes en las universidades recién creadas, llegando a monopolizar las cátedras de teología más importantes. Pero en donde los frailes van a destacar de manera absoluta será en la predicación a los fieles. Éstos hacen de la predicación una verdadera profesión, pues acercan las enseñanzas del evangelio a todos los habitantes de una población. Es por ello que uno de sus instrumentos predilectos para la predicación será la plaza pública, lugar en donde se llevaban a cabo sermones que eran verdaderas obras de arte de la palabra hablada. El uso de los exempla (pequeñas historias con alguna enseñanza moral) se vuelve fundamental para hacer de la predicación evangélica un medio entretenido y eficaz para acercar la religión a los fieles y a los herejes sin la utilización de la fuerza y la violencia.              
   En el terreno lingüístico, los frailes franciscanos “representaron un progreso hacia el habla vulgar”.[11] Como es de pensarse, el latín era para ese entonces una lengua culta. Por lo tanto, si los frailes querían hacer llegar las enseñanzas de Cristo al pueblo, que en su mayoría era inculto y no sabía ni leer ni escribir, se tenía que hablar a los fieles en su lengua materna.
Todo el aprendizaje logrado durante la obra misional va a ser de gran ayuda a las órdenes mendicantes a la hora de ensanchar su campo de acción. Por ello, no debe extrañarnos que los primeros en llegar a la Nueva España hayan sido los frailes de las órdenes de San Francisco y Santo Domingo. No han sido pocos los autores que nos han hablado de una herencia medieval en México al hacer referencia a las instituciones políticas, religiosas y artísticas traídas a México por los españoles en los albores del siglo XVI. Uno de los primeros autores mexicanos en llamar la atención sobre este hecho fue el historiador de arte Manuel Toussaint. En su libro, Arte Colonial en México, este autor nos dice que “la gran arquitectura conventual de mediados del siglo [XVI], quizás debiera clasificarse como una supervivencia medieval; puede decirse que estos grandes templos y conventos fortificados vienen a ser como la última expresión de la Edad Media en el mundo.”[12]
El historiador Luis Weckmann concibió un estudio que tituló La herencia medieval de México. En este libro, Weckmann busca “mostrar la importancia de esa herencia que se manifestó en las concepciones geográficas, las ideas sobre los seres extraordinarios, la mentalidad caballeresca y señorial de los primeros conquistadores, los referentes históricos y mentales a los que acudían los europeos para explicarse la realidad americana, las experiencias místicas, los aspectos económicos [y] la organización de las primeras huestes conquistadoras.”[13] Pero en dónde creemos que mejor se puede ver la influencia (para no hablar de herencia) de las instituciones medievales como el monacato y las órdenes mendicantes, es en los métodos de evangelización. Entre éstos, la predicación en la lengua de los neo conversos va a jugar un papel crucial. Así, es de notar que la obra misionera de los frailes mendicantes de la baja Edad Media europea va a encontrar cabida años después en un contexto enteramente distinto al que enfrentaron los primeros frailes mendicantes. Sin embargo, no debemos olvidar que el monacato también ejerció cierta influencia a través de los frailes, pues son éstos últimos los que continuarán la tradición de traducir sermones y obras religiosas de distinto tipo a las lenguas indígenas de los nuevos fieles.
Al haber expuesto esta última cuestión sobre la evangelización de México no buscamos entrar en una discusión larga y problemática que dilataría considerablemente la extensión de este escrito, ya que nuestra intención sólo fue hacer notar la importancia que tuvieron el monacato y las órdenes mendicantes como una continuación ininterrumpida de características que fueron surgiendo, cambiando y ajustándose a nuevos contextos y momentos históricos. Por tal motivo, creemos que para concluir con este pequeño estudio sería conveniente exponer ciertas conclusiones con respecto al tema que nos ha llevado a su creación.
En primer lugar, quisiéramos destacar la importancia que tuvo el monacato en la conservación de la lengua y la cultura clásicas, puesto que sin su labor muchas de las obras que dieron pie al posterior surgimiento del Renacimiento no hubieran existido. Además, cabe mencionar que aunque el monacato tuvo como misión exclusiva la de proveer a los hombres de un lugar para el aislamiento y la penitencia, tuvo también la función de acercar el cristianismo a las zonas rurales en donde, en muchos casos, había fuerte presencia de prácticas paganas. Así mismo, fue el monacato la fuente donde abrevaron posteriormente las órdenes mendicantes para una mejor organización política de los religiosos, así como ciertos métodos de evangelización como la traducción de textos a las lenguas vernáculas de los fieles.
En segundo lugar, queremos mencionar que las órdenes mendicantes fortalecieron la difusión del catolicismo en un momento en que la iglesia y el monacato se habían debilitado considerablemente. Y es de resaltar cómo estos religiosos supieron entender los problemas de su tiempo, al igual que los cambios que se venían dando en la sociedad feudal de esa época, pues no fue casualidad que hayan elegido la ciudad como su campo de acción en un momento en que la urbanización alcanzaba un desarrollo notable.
Por último, queremos hacer notar como ambas instituciones contribuyeron grandemente al fortalecimiento de la iglesia como institución dominante de la Edad Media. Mas no sólo en el aspecto religioso de dejó ver su influencia, ya que la vida social y cultural también se vio afectada de distintas maneras por la presencia tan imponente que tuvieron. En este recuento de aportaciones, no sale sobrando agregar que la presencia de esas instituciones se dejó sentir con fuerza en el devenir de la historia de nuestro país. Y aunque autores como Baschet nos inviten a ser cautos con el concepto de herencia medieval de México, creemos que en muchos aspectos nuestro país recibió el legado de uno de los momentos más interesantes, pero también peor entendidos, de la historia de la humanidad.

Referencias.

Baschet, J. (2009). La civilización feudal, Europa del año mil a la colonización de América. México: Fondo de Cultura Económica.

García de Cortázar, J.A. (2012). Historia religiosa del occidente medieval (años 313 - 1464). Madrid: Akal.

Le Goff, J. (2003). San Francisco de Asís. Madrid: Akal.

Ríos Saloma, M., F. Los estudios medievales en México: balance y perspectivas, consultado en http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/boletin/pdf/bol84/bol8401.pdf el 10 de julio de 2016.  

Toussaint, M. (1974). Arte colonial en México. México: Porrúa.

Teja, R. Los orígenes del monacato (siglos IV-V), consultado en http://www.romanicodigital.com/documentos_web/documentos/C1_RamTeja.pdf el 8 de junio de 2016.




[1] Jérôme Baschet, la civilización feudal, Europa del año mil a la colonización de América, Fondo de Cultura Económica, México, 2009, pp. 176, 177.
[2] Idem. p. 179.
[3] Ramón Teja, los orígenes del monacato (siglos IV-V), p.16, consultado en http://www.romanicodigital.com/documentos_web/documentos/C1_RamTeja.pdf el 8 de junio de 2016.
[4] Idem. p. 19.
[5] Diccionario de la Real Academia Española, versión en internet, consultado en http://dle.rae.es/?id=2UGyYON el 8 de junio de 2016.
[6] Idem. p. 29.
[7] Idem. p. 30.
[8] José Ángel García de Cortázar, Historia religiosa del occidente medieval (años 313 - 1464), Madrid, Editorial Akal,
[9] Jacques Le Goff, San Francisco de Asís, Madrid, Editorial Akal, 2003, p. 126.
[10] Idem. pp. 126, 127.
[11] Le Goff, p. 75.
[12] Manuel Toussaint, Arte colonial en México, México, Editorial Porrúa. 1974, p. 39.
[13] Martín F. Ríos Saloma, Los estudios medievales en México: balance y perspectivas, consultado en http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/boletin/pdf/bol84/bol8401.pdf el 10 de julio de 2016.