MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
La Influencia Tolteca
en Chichén Itzá
Ensayo sobre una controversia
en los estudios de
cultura maya
H
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ay controversias inútiles que no tienden más que al conflicto y a la
destrucción. Hay otras, por el contrario, que conducen hacia la resolución de
un problema y que enriquecen el conocimiento que se tiene sobre un tema. Este
último caso es el de aquellas controversias que se han suscitado dentro de las
disciplinas antropológicas. Un ejemplo de lo anterior es el interesante debate
que ha tenido lugar en los círculos arqueológicos mesoamericanos con respecto a
las semejanzas de ciertos motivos arquitectónicos y artísticos presentes en las
edificaciones de dos grandes ciudades del México precolombino: Tula y Chichén
Itzá.
Por una parte, no fue poca la aceptación que numerosos arqueólogos dieron a la propuesta de que la antigua Tula había influido a la ya célebre ciudad de Chichén Itzá. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con esta propuesta que a simple vista revelaba la elaboración de una explicación simplista. Para poder afirmar que en verdad Tula había influido a la gran Chichén Itzá debían esgrimirse diversos argumentos, tanto históricos como arqueológicos, que dieran sustentabilidad a tan afamada teoría. Dichos argumentos eran débiles, y en muchos de los casos carecían de datos fiables sobre los cuales apoyarse. Un ejemplo de lo anterior es la no poco difundida propuesta de que las influencias toltecas de Chichén se debieron a una invasión por parte del pueblo tolteca en la zona maya de Chichén. Por muchos años ésta fue una de las interpretaciones que mejor justificó las similitudes arquitectónicas entre las dos ciudades.
Por una parte, no fue poca la aceptación que numerosos arqueólogos dieron a la propuesta de que la antigua Tula había influido a la ya célebre ciudad de Chichén Itzá. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con esta propuesta que a simple vista revelaba la elaboración de una explicación simplista. Para poder afirmar que en verdad Tula había influido a la gran Chichén Itzá debían esgrimirse diversos argumentos, tanto históricos como arqueológicos, que dieran sustentabilidad a tan afamada teoría. Dichos argumentos eran débiles, y en muchos de los casos carecían de datos fiables sobre los cuales apoyarse. Un ejemplo de lo anterior es la no poco difundida propuesta de que las influencias toltecas de Chichén se debieron a una invasión por parte del pueblo tolteca en la zona maya de Chichén. Por muchos años ésta fue una de las interpretaciones que mejor justificó las similitudes arquitectónicas entre las dos ciudades.
Un modelo explicativo como el anterior nos revela, no obstante, el
anhelo de ciertos arqueólogos de la primera mitad del siglo xx por hacer que
las culturas del centro de México fueran tenidas como las grandes civilizadoras
del resto de Mesoamérica. Un ejemplo de ello sería la propuesta, ya superada,
de que la cultura Olmeca fue la cultura madre de Mesoamérica, y que, por lo
tanto, el desarrollo cultural de los demás pueblos mesoamericanos se logró
gracias a los adelantos y logros culturales de los olmecas.
Con el tiempo muchas viejas teorías han ido cayendo en el abismo del
olvido por no haberse podido sostener como ciertas. Esto debido a que nuevas
investigaciones y nuevos hallazgos nos han dado la pauta para nuevas
interpretaciones más apegadas a la realidad histórica de los pueblos. En este
sentido, la controversia Tula-Chichén Itzá no viene a ser una excepción, puesto
que nuevas interpretaciones sobre el tema han venido a derribar viejas
creencias al respecto. Es por ello que en este ensayo buscamos dar al lector un
panorama general sobre el desarrollo de este conflicto, así como proporcionarle
datos y fuentes de consulta para que siga de cerca el camino que tomó uno de
los más controversiales enigmas en los estudios mesoamericanos.
***
Hemos hablado ya de que entre Tula y Chichén Itzá existen diversas
similitudes. Son éstas básicamente semejanzas presentes en el arte y la
arquitectura. Tenemos, por un lado, la existencia en ambos sitios de frisos de
guerreros, chac mooles, procesiones de jaguares, atlantes para sostener los
techos y pectorales en forma de mariposa. Por otra parte, desde el punto de
vista arquitectónico, es innegable la presencia de “balaustres de serpientes
esculpidas, columnas formadas por cuerpos de serpientes cuyas cabezas están al
nivel del suelo, altar de cráneos y vestíbulos llenos de columnas.”[1]
Aunado a las semejanzas entre los elementos previamente mencionados, nos
encontramos con que los juegos de pelota localizados en ambos sitios comparten
similitudes desconcertantes.
Tal situación llevó a los especialistas a considerar Tula y Chichén
Itzá como dos ciudades hermanas. Empero, cabe señalar que en Tula muchos de los
elementos comunes con Chichén Itzá son más burdos. Con todo, esto no fue
impedimento para asegurar que Chichén Itzá era digna heredera del arte y
cultura de Tula. Además, para dar bases sólidas a esta proposición, diversos
investigadores se dieron a la ardua tarea de consultar antiguos mitos mayas que
felizmente habían sido recogidos y puestos en papel mediante el uso del
alfabeto latino. Textos como el Chilam Balam y el Popol Vuh vinieron a ser
piedras angulares en la demostración de que, efectivamente, los toltecas habían
llegado a tierras yucatecas durante el apogeo de la ciudad de Chichén Itzá y
que, por consiguiente, fueron estos los que influyeron en el desarrollo de un
estilo que vendría a ser llamado Maya-Tolteca por los especialistas.
En estas fuentes se da a entender, o así lo interpretaron los
estudiosos, que el sacerdote Quetzalcoátl fue a morar a tierras mayas, llevando
consigo gente de filiación tolteca. Esto explica fácilmente el porqué de la
presencia tolteca en la zona de la península de Yucatán que nos concierne,
además de que evidentemente sustenta la aparición de los rasgos culturales y
arquitectónicos ya mencionados. Aunado a ello, estos textos nos ayudan a
comprender la traslación del nombre nahua Quetzalcoatl
a sus equivalentes maya y quiché (Kukulkán y Gugumatz). Así, fueron los
toltecas los que llegaron a Chichén Itzá e influyeron en el desarrollo de esta
ciudad, creándose por consiguiente un arte maya con rasgos toltecas.
Las características de irrefutable influencia maya halladas en
Xochicalco y Cacaxtla vinieron a legitimar los contactos que se dieron entre
los pueblos mayas y aquellos del centro de México en épocas posteriores a la
que nos concierne. Sin embargo, nadie afirmó en estos casos que gobernantes
mayas hubieran venido a señorear estas ciudades, sino que las características
mayas fueron debidas a la presencia de artistas itinerantes en la región. Fue ésta
una actitud típica de varios estudiosos que se negaban a aceptar que regentes mayas
hubieran gobernado territorios del centro de Mesoamérica. Por el contario, les
resultó mucho más fácil de asimilar y proponer como única explicación posible
que fueron los toltecas quienes invadieron y conquistaron Chichén Itzá. Tal vez
esta manera de pensar se debió en gran medida a la visión imperante en aquel
tiempo de que los antiguos pueblos mayas del clásico fueron sociedades
pacíficas dedicadas a la contemplación, el arte y la astronomía. Entonces, para
ellos fue más acertado extender esta creencia a los pueblos de la península de
Yucatán y proponer que el pueblo guerrero de Tula tuvo la fuerza y
determinación suficiente para llevar a cabo la conquista de Chichén Itzá.
Con lo anterior no buscamos dar una nueva interpretación del origen de
la posición de muchos investigadores con respecto a nuestro asunto, sino que
sólo lo mencionamos como una idea que nos surgió al meditar el tema que venimos
tratando. Aceptamos los límites que nuestro escaso conocimiento sobre los mayas
nos impone al respecto.
Mas no tardaron algunas voces disidentes en dejar escuchar su posición
en torno al tema. Uno de los primeros estudiosos que debatió abiertamente la
idea de que Tula hubiese influenciado Chichén Itzá fue George Kubler. En su
publicación, Chichén-Itzá y Tula, Kubler nos menciona desde un principio que el
primero en notar la gran semejanza entre Chichén Itzá y Tula fue D. Charnay, en
el ya distante año de 1880, después de haber visitado ambos sitios. Asimismo,
el autor nos menciona que “las observaciones de Charnay se confirmaron en 1940
cuando el gobierno mexicano inició excavaciones en Tula.”[2]
Kubler nos confiesa que en su tiempo todos los investigadores
aceptaban que los toltecas habían dominado Chichén Itzá. Sin embargo, hace
notoria su incredulidad con respecto a la afirmación tan tajante a la que
habían llegado los investigadores de su tiempo, pues él pone sobre la mesa del
debate la dirección contraria que pudo haber tomado la influencia. Así, Kubler
sienta las bases para una nueva interpretación totalmente contraria a la que
todos aceptaban y creían como la única verdad. Cabe citar al respecto lo
expresado por el mismo Kubler al inicio de su interesante artículo: “Las
excavaciones en Tula revelaron solamente las formas que caracterizan a la
segunda y tercera fase de la influencia tolteca de Chichén-Itzá: la Pirámide
Norte y la Columnata de Tula […] se parecen al Templo de los Guerreros [...];
otro edificio contiene un patio con columnas como El Mercado; figuras de
Chacmool y de serpiente, y columnas tipo atlante también se han encontrado.
Pero no hay nada en Tula que corresponda a los primeros periodos del arte
tolteca en Chichén-Itzá. Esto sugiere que Tula fué más bien una avanzada
colonial de Chichén-Itzá en vez de lo contrario. La opinión generalizada de hoy
día sigue siendo la de que un arte ajeno se impuso a los artesanos mayas de
Chichén-Itzá. Sin embargo las etapas formativas de este arte no existen en Tula
sino sólo en Chichén-Itzá. A Chichén-Itzá los jefes extranjeros llevaron ideas
más bien que objetos y artesanos, y eventualmente adquirieron un arte de sus
súbditos mayas. Estas ideas mexicanas, vestidas con formas mayas, se
implantaron más tarde en Tula”[3]
De lo anterior se entiende claramente que para Kubler la influencia
tolteca, si es que existió tal, fue meramente ideológica. Por el contrario, es
notorio que para este autor fueron los mayas de Chichén Itzá quienes influyeron
artística y arquitectónicamente a los toltecas. Kubler se apoya en un análisis
exhaustivo de la evidencia arqueológica hallada tras las excavaciones en Tula. Asimismo,
Kubler considera que Chichén Itzá fue fundada mucho antes que Tula, hecho que
evidencia que Chichén Itzá fue el punto de origen de un estilo nuevo y original
que terminó por el influenciar el desarrollo del arte tolteca, el cual vino a
ser sólo una réplica burda del original. Para Kubler lo único que puede
adjudicarse a Tula como creador es el culto profesado a Quetzalcóatl el cual,
efectivamente, es notorio en la zona maya yucateca.
No obstante, cabe mencionar que como respuesta a este sugerente
artículo escrito por George Kubler, el arqueólogo mayista Alberto Ruz Lhuillier
publicó un interesante artículo en el segundo volumen de la revista de Estudios
de Cultura Maya de 1962. En este texto, Ruz Lhuillier expone uno a uno los
puntos establecidos por Kubler y que hemos mencionado en líneas anteriores. Ruz
comienza por mencionar en su artículo que Kubler “no ofrece ninguna respuesta a
la interrogante sobre el origen del chacmool y solo apunta su mayor frecuencia
en Chichén que en Tula.”[4] A lo largo de la primera parte de su ensayo, Ruz
busca dar bases sólidas que justifiquen las ideas de Kubler, pues también
menciona cómo las columnas tipo atlante tienen antecedentes mayas, así como las
representaciones de Quetzalcoátl-Kukulkán. No obstante, al terminar de exponer
estos datos, Ruz presenta una serie de objeciones al trabajo de Kubler,
aceptando “la presencia en Chichén de ciertos elementos no toltecas, pero
sostiene que las principales innovaciones en este centro no son mayas. Para
citar un ejemplo, Ruz insiste en que las columnas de serpientes
características, con cabezas a ras de suelo, no son una herencia del estilo
maya puuc, del que no tienen antecedentes; considera al dominante culto a la
Serpiente Emplumada y sus formas de arte como una exportación tolteca, ajena a
los mayas clásicos.”[5]
Como puede observarse, Ruz viene a ser el primer investigador en
contestar al debate iniciado por Kubler sobre la cuestión que nos ocupa en este
ensayo. Consideramos innecesario comentar la respuesta que George Kubler da a
Ruz en un artículo publicado en el mismo número en que se encuentra el ensayo
de Ruz. Remitimos al lector a consultar este escrito, el cual lleva por nombre Replica del Doctor Kubler al trabajo de Alberto
Ruz que antecede. Creemos que con la simple mención de este trabajo hemos
cumplido con la misión de mostrar al lector la manera tan acalorada con que el
tema fue abordado por dos de los más insignes y respetables estudiosos del
pasado indígena de México.
Ahora bien, creemos menester el continuar con la discusión del tema
que nos atañe al abordar nuevos enfoques que se dieron con respecto al debate
iniciado por Kubler y Ruz. Al respecto, consideramos de suma importancia
mencionar que otro gran investigador que retoma tan polémico tema es el
arqueólogo mexicano Román Piña Chan. Este investigador lleva a cabo un
exhaustivo estudio en donde combina datos históricos con datos arqueológicos
para intentar darnos un panorama más vasto sobre la historia y desarrollo de la
enigmática ciudad de Chichén Itzá. Por ende, al llevar a cabo la creación de su
obra, Piña Chan consideró, con justa razón, que el debate sobre las influencias
toltecas en dicha ciudad merecía un estudio detenido.
El libro al que hacemos referencia es el ya célebre estudio denominado
Chichén Itzá, La ciudad de los brujos del
agua, publicado por primera vez en el año de 1980 por la editorial del
Fondo de Cultura Económica. En este libro el autor desarrolla tres premisas
básicas, las cuales, según Erick Velásquez García, son las siguientes: a) La
cronología propuesta en 1948 por Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón para
la Crónica Matichu es correcta. b) La historia de Chichén Itzá puede dividirse
en dos grandes periodos, uno previo al año 928 y de carácter teocrático y otro
al que el autor llama “segundo periodo de la ciudad militarista” (985-1350). c)
El llamado estilo “maya yucateco” (928-1350) fue llevado de Chichén Itzá a Tula
por medio de un grupo de migrantes conocidos como nonoualcas, que Piña Chan
identifica con los itzaes. A partir de que el estilo “maya yucateco” llegó al
Altiplano Central puede ser llamado “tolteca”.
Para
efectos de nuestro ensayo, la premisa que nos interesa es ésta última. En ella
es claramente visible la influencia de las ideas de Kubler, quien, como ya
vimos, defendió la idea de que Tula fue deudora artística y arquitectónicamente
de Chichén. Para apoyar esta tesis, Piña Chan se enfoca arduamente al análisis
de diversas fuentes escritas durante la época colonial. Así, en la introducción
de su libro, Piña Chan menciona que “no fueron los toltecas de Tula los que
transmitieron los elementos arquitectónicos y escultóricos de su único edificio
a los de Chichén Itzá, sino éstos quienes, con su estilo altamente desarrollado
y más antiguo, influyeron sobre Tula; planteándose aquí la transmisión de esos
elementos por gentes itzáes que vendrían al Altiplano Central de México hacia
los años 1100-1150 de la era cristiana.”[6]
Con esta cita creemos evocar la intención central del autor, así como
dejamos ver al lector cuál era en sí la hipótesis central propuesta por Piña
Chan. Es gracias a él que los itzáes salen a la palestra del debate, pues es
Piña Chan quien los dota de un papel fundamental no sólo para el auge de la
ciudad de Chichén, sino como emisarios y embajadores del arte maya yucateco en
Tula. En esto Piña Chan es radical, pues deja de usar el tan referido término
de arte maya-tolteca para establecer el término de maya yucateco, el cual,
según el autor, viene a definir de manera precisa la idea de Chichén Itzá como
poseedora de un arte propiamente maya.
Pero Piña Chan no para ahí, ya que basado en un texto de Landa nos
habla sobre la existencia de “un caudillo-gobernante llamado Kukulkán o
Quetzalcoátl que abandona Yucatán y llega a Tula, introduciendo nuevos
elementos culturales como la metalurgia, escultura, arquitectura, etc., en que
los itzaes de Chichén eran consumados artistas; y ello concuerda también con la
llegada de los nonoalcas chichimecas y toltecas chichimecas a Tula […]”.[7] De
esta manera, Piña Chan no sólo justifica la presencia de los rasgos maya
yucatecos en Tula, sino que también encuentra una explicación certera para el
culto de la serpiente emplumada en Tula. A este respecto, bien cabe hacer
mención del gran debate en torno a este tema, pues, como se verá a continuación,
habrá estudiosos que defenderán la postura de que la serpiente emplumada o
quetzalcoátl tuvo su origen en Teotihuacán y es esta ciudad la que disemina el
culto a Quetzalcóatl por Mesoamérica.
A este respecto, vale la pena mencionar el estudio llevado a cabo por
Enrique Florescano. En su obra, Quetzalcóatl
y los mitos fundadores de Mesoamérica, este autor nos proporciona una
visión nueva y revisada con respecto al papel que jugó la serpiente emplumada
en la visión del mundo mesoamericano. Así, según este autor, la ciudad
primigenia que recibe el nombre de Tollan fue la gran Teotihuacán. Con esto
Florescano contradice la antigua visión de muchos especialistas que
consideraban a la Tula de Hidalgo como el lugar de origen del culto a
Quetzalcóatl. Además, Florescano sostiene que fue esta Tollan-Teotihuacan la
que irradió una vasta influencia hacia la meseta central del Golfo de México,
así como hacia la zona maya. Florescano niega rotundamente la existencia de una
diáspora tolteca durante el siglo XII hacia la zona maya y afirma que la figura
del caudillo Quetzalcóatl fue originaria de Teotihuacán y que desde ahí su
presencia se prolongó en ciudades como Tula (Hidalgo) y Chichén Itzá.
Lo anterior viene a ser otro ejemplo de cómo el debate sigue en pie,
manifestándose en diversos enfoques y puntos de vista con respecto al tema que
nos ocupa. Por lo tanto, consideramos vital para el desarrollo de este escrito
el presentar algunas nociones finales antes de darnos a la tarea de presentar
nuestras conclusiones. Para ello nos apoyaremos en el prefacio escrito por
Erick Velásquez García al ya mencionado libro de Piña Chan. Primeramente, vale
la pena destacar que de acuerdo con nuevos fechamientos por radiocarbono para
Tula y Chichén se ha llegado a la conclusión que la época de máximo esplendor
de Chichén Itzá se llevó a cabo entre los años 800 y 1050. Por otra parte, los
datos obtenidos para Tula arrojaron que el apogeo de esta ciudad va de 950 a
1100 o 1200. Esto nos confirma que, efectivamente, Tula es un poco posterior a
Chichén Itzá. Estos datos apoyan con gran peso la tesis propuesta por Kubler y
Piña Chan de que Chichén Itzá influyó a Tula. Sin embargo, una hipótesis que
refuta la conclusión anterior es la propuesta por el epigrafista Erik Boot. En
el año de 2005, este estudioso de la iconografía maya propuso que “el estilo
arquitectónico e iconográfico de ambas ciudades se inspiró en elementos que ya
estaban presentes con anterioridad en asentamientos del Bajio, norte de
Mesoamérica y Oaxaca, los cuales, a su vez, recuperaron temas bélicos y
sacrificiales del arte tardío de Teotihuacan.”[8]
Tenemos entonces que para Boot la explicación más plausible para
desentrañar el misterio y acabar con el debate de la influencia tolteca en
Chichén Itzá viene a ser la afirmación de que ambas ciudades “compartieron
modelos previos comunes”. En la propuesta de este investigador es innegable la
afinidad de pensamiento con Enrique Florescano, pues, como ya lo hemos
mencionado, es él uno de los investigadores que recientemente han propuesto que
Teotihuacan fue la Tollan primigenia y que fue ésta la que influenció el
posterior desarrollo político, ideológico, arquitectónico, iconográfico y
estilístico de las principales metrópolis mesoamericanas, en especial Tula y
Chichén Itzá.
Otro dato vino a tornar este debate todavía un poco más complicado. En
el año de 1982, el investigador Augusto Molina Montes descubrió que “las
restauraciones realizadas en la década de 1940 por el arqueólogo Jorge R.
Acosta al Templo de Tlahuizcalpantecuhtli (o Templo B), las columnatas que
tiene enfrente y el Palacio Quemado de Tula adolecen de mucho datos locales y
fueron copiadas en buena medida de los templos de los Guerreros y de las Mil
Columnas de Chichén Itzá.”[9] Lo
anterior viene a contrastar drásticamente con el hecho mencionado previamente
de que la primera persona en notar las semejanzas entre Tula y Chichén Itzá fue
Desiré Charnay en el ya distante siglo XIX. Entonces, cabe preguntarse cuáles
fueron esas diferencias que Charnay notó y cuáles producto de la restauración
de Acosta. Obviamente que ciertas similitudes existían, puesto que creemos que
fue ésta la razón por la cual Acosta siguió como modelo los edificios mayas
para la reconstrucción de las edificaciones toltecas.
***
A lo largo de este escrito se ha venido desarrollando una breve
discusión sobre el desarrollo del debate Tula-Chichén Itzá. Como se ha visto,
este tema es uno de los más enigmáticos y polémicos dentro de los estudios
mesoamericanos. La defensa de una u otra postura no ha sido fácil, pues cuando
un investigador ha avanzado en la fundamentación de sus argumentos con respecto
a su visión del conflicto, viene otro investigador que presenta nuevas
interpretaciones y evidencias que sustentan su punto de vista.
Ante un desarrollo tal, no es fácil lograr vislumbrar la verdad con
respecto al tema que nos atañe. Es notable que cada uno de ellos presenta
puntos de vista que en primera instancia pudieran señalar el camino correcto a
seguir, sin embargo, no pasa mucho tiempo para que nuevas investigaciones
vengan a enriquecer y complejizar la discusión del tema.
Por nuestra parte, creemos que un conflicto como el que
hemos discutido en estas líneas enriquece los estudios mayas de manera
significativa. Y aun cuando no se haya llegado a una resolución y veredicto
convincentes, nos percatamos que las distintas interpretaciones han venido a
descubrir y mostrar datos aislados que hasta hace algunos años no habían sido
tomados en cuenta. Con todo, no dudamos que en años venideros nuevos
descubrimientos arqueológicos vengan a sentar las bases para una interpretación
más exacta y sostenible.
Por el momento nos abstenemos de expresar una postura definida en
torno a este debate, puesto que los datos discutidos hasta el momento no nos
permiten emitir un juicio imparcial y adoptar una única explicación como la
correcta. Sin embargo, aceptamos que la realización de este estudio nos ha
provisto de conocimiento significativo sobre un aspecto específico de los
estudios mayas. En esto nos regocijamos, puesto que nuestra curiosidad por el
estudio de estos temas se ve incrementada, invitándonos con ello a realizar
nuevas pesquisas sobre una de las controversias más apasionantes de los
estudios mesoamericanos.
Por último, queremos expresar nuestro agradecimiento al profesor Ernesto
Vargas Pacheco por haber compartido sus conocimientos y pasión por estos temas,
además de habernos solicitado la elaboración de esta tarea para la acreditación
de la clase de arqueología de la zona maya en la Escuela Nacional de Antropología
e Historia. Estamos eternamente en deuda con él pues logró su objetivo: sembrar
el gusto por el área maya y despertarnos dudas que hasta hace unos pocos meses
no habíamos tenido la oportunidad de meditar.
Bibliografía.
Davies,
Nigel, Los antiguos reinos de México,
Fondo de Cultura Económica, México, 2004.
Kubler,
George, “Chichén Itzá y Tula”, Estudios
de Cultura Maya, Vol. I, UNAM, México, 1962.
Piña
Chan, Román, Chichén Itzá La ciudad de
los brujos del agua, Fondo de Cultura Económica, México,
1980.
Rosati,
Hugo, Reseña de “Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica” de Enrique Florescano,
Historia I, Vol. I, num. 38, enero-junio, Pontificia Universidad Católica de
Chile, Chile,
2005.
Ruz
Lhuillier, Alberto, “Chichén Itzá y Tula: Comentarios a un ensayo”, Estudios de Cultura Maya, Vol. II,
UNAM, México, 1962.
Velásquez
García, Erick, “Prefacio” en Román Piña Chan, Chichén Itzá La ciudad de los brujos del agua, Fondo
de Cultura Económica, México, 1980.
[1] Nigel Davies, Los antiguos reinos de México, Fondo de Cultura
Económica, México, 2004, pp. 138, 139.
[2] George Kubler, “Chichén Itzá y Tula”, Estudios de Cultura Maya, Vol. I, México, UNAM, 1962, p. 48.
[3] Ibid. p. 49.
[4] Alberto Ruz Lhuillier, “Chichén Itzá y Tula: Comentarios a un
ensayo”, Estudios de Cultura Maya, Vol.
II, México, UNAM, 1962, p. 209.
[5] Nigel Davies, op. Cit. P.
142.
[6] Román Piña Chan, Chichén Itzá La ciudad de los brujos del agua,
Fondo de Cultura Económica, México, 1980, p. 25.
[7] Ibid. p. 25.
[8] Erick Velásquez García, “Prefacio” en Román Piña Chan,
Chichén Itzá La ciudad de los brujos del
agua, Fondo de Cultura Económica, México, 1980, p. 8.
[9] Ibid. pp. 8, 9.