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Mexistoría es una empresa especializada en la prestación de servicios de consultoría en el área de la antropología social y la historia de México. Nos centramos en la planeación de seminarios, talleres, conferencias, cursos y visitas culturales para el sector público y privado, y que buscan difundir la riqueza cultural que se encuentra en nuestro entorno, y de esta manera crear una conciencia de valoración y respeto por parte del ciudadano y visitante en nuestro país. Tenemos la firme convicción de que el conocimiento de nuestra historia es el eslabón entre la riqueza como individuos y como nación.

viernes, 15 de abril de 2016



MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA  CONSULTORÍA  ANTROPOLÓGICA ®



Repercusiones de una Conquista Sicológica en México.

Primera Parte.


E
n cierta ocasión tuve la fortuna de coincidir en tiempo y lugar con un reducido grupo de estudiantes universitarios que gustaban hablar de historia. Nuestro lugar de encuentro fue, precisamente, un curso extemporáneo sobre historia de México y el cual debía cubrir con toda premura los pasajes “más importantes” de nuestra insigne historia patria. Ahora bien, si ya de por sí encontrar alumnos que se interesen en el estudio y análisis de la historia es bastante difícil en la actualidad, también lo es el poder cubrir un programa educativo en estos ámbitos en quince sesiones de dos horas cada una.
           
No obstante, cinco semanas fueron suficientes para llevar a cabo controversiales charlas y el intercambio de interesantes puntos de vista. Precisamente, en uno de nuestros intercambios intelectuales salió a colación un congreso al que todos ellos se vieron obligados a asistir y al que yo jamás fui invitado. Pero gracias a sus informes me di cuenta que lejos de sentirme excluido debía sentirme afortunado por el rechazo de sus organizadores, puesto que de haber asistido me hubiera desconsolado sobremanera ver que viejas creencias ignorantes siguen tan en boga en la práctica educativa de ciertos individuos que se hacen llamar docentes.

No es para menos que después de nuestra charla haya decidido dedicar mis palabras y mi tiempo a reflexionar sobre varios temas en este breve escrito, los cuales a simple vista pueden parecer de lo más común y repetitivo en la conversación de aquellos que aún se interesan por discutir temas vinculados con la historia y la cultura de nuestro país. Varios han sido ya los autores que han tocado las fibras sensibles de nuestra mexicanidad al exponer sus ideas y parecer con respecto a la idiosincrasia del mexicano en los distintos momentos de su historia. Sin embargo, como bien sabemos, las ideas y las mentalidades son, por decirlo de algún modo, entes volátiles que se encuentran siempre sujetos y circunscritos al tiempo y a la muy particular imagen que tiene un pueblo sobre su cultura e identidad, es decir, sobre sí mismo.

Entonces, con este breve pero significativo ensayo busco permear a través de las palabras esa muy endeble barrera que separa la especulación de lo concreto y lo real de lo imaginario en el momento histórico que nos ha tocado vivir. Esto debido a que creo que en muchos casos nuestros muy peculiares aspectos culturales han sido matizados por la suposición y la imaginación más que por la comprobación y el análisis de lo que se presenta ante nuestros ojos. No es aventurado decir que con frecuencia el desinterés y la pereza han sido los más inflamables combustibles que han alimentado el fuego de las hogueras que devoran el hábito de la lectura, el estudio y la producción de nuevo conocimiento. Así, este texto está inspirado en la desaprobación que siento por la pereza intelectual y por los falsos docentes y las mentiras que siguen intentando enseñar en sus viejos y derruidos “castillos del saber”. Afortunadamente, aún hay alumnos que no creen y rechazan todo lo que sus mayores les dicen y muestran como la única verdad. A ellos dedico este escrito.

Pero, ¿cuál fue el tema de aquel congreso que despertó nuestra aversión? De acuerdo a lo dicho por mis alumnos, este encuentro tuvo como eje central la siguiente premisa: “exponer el hecho de que hay extranjeros que son capaces de triunfar en nuestro país al crear negocios redituables, así como exhibir la idea de que hay mexicanos que logran crecer profesionalmente sólo al estar fuera de México.” Entonces, el mensaje de este evento pseudo académico fue el siguiente: Sé extranjero, ven a México y triunfa. Sé mexicano, quédate en México y fracasa.

Desde luego que esa afirmación carece de todo fundamento y que a simple vista lo único que denota es una versión parcial y malinchista de la realidad laboral en nuestro país. Cuántas veces no habremos ya escuchado ese viejo discurso a lo largo de nuestra vida que de tanto que nos lo han repetido hayamos terminado por tomarlo como una verdad irrefutable. ¿Pero cómo explicar entonces el gran número de mexicanos que se han quedado en nuestro país y han sido exitosos en su vida profesional? Muestra de ello son nuestros escritores, académicos, intelectuales y empresarios, por mencionar solo algunos ejemplos, los cuales han puesto en alto el nombre de nuestro país frente a todo el mundo. No es para menos mencionar que poseemos grandes instituciones educativas que producen conocimiento y muchos más libros al año de lo que muchos mexicanos han podido y querido leer a lo largo de toda su vida.

¿Será acaso que huir de México es una solución viable para poder triunfar? ¿Qué nos asegura que seremos capaces de tener éxito en otro país cuando no lo pudimos hacer en el nuestro; en otro país donde la lengua, cultura, e idiosincrasia son distintas a la nuestra? Eso nos exige, por una parte, una preparación cultural bastante amplia para poder hacer frente a situaciones diversas en donde el conocimiento de la lengua sólo viene a representar uno de los primeros obstáculos, si no el más fundamental y difícil de franquear. Además, para poder competir en otro país deberemos estar bien preparados para poder desempeñar nuestra labor de manera eficaz y aspirar a trabajos bien remunerados que nos permitan darnos una vida al nivel del país donde pretendemos radicar. Por otra parte, podría pensarse que huir de nuestro país viene a significar que deberemos admitir que no fuimos capaces de vencer los obstáculos propios de nuestro contexto. En una situación como la anterior no debo olvidarme de mencionar el papel que juegan nuestros emigrantes ilegales que se han ido al vecino país del norte en busca de mejores oportunidades que en muchos casos no encontraron jamás.

Con respecto a lo anterior no puedo evitar recordar una célebre frase de extendido uso en México: “Cada quien habla de cómo le va en la feria”. Habrá, por lo tanto, quienes crean irrefutablemente que la única manera en que podrán salir adelante será dejando nuestro país y dirigirse a otro lugar donde las oportunidades sean mayores y en dónde el mismo paisano no sea el primero en ponerle el pie o atacarlo por la espalda. Muchos, para justificar esta idea, acudirán al viejo y conocido cuento de los cangrejos mexicanos. No serán pocos tampoco aquellos que nos hablen de los grandes atributos del mexicano: es flojo, es corrupto, es envidioso, es fiestero, borracho, mujeriego y convenenciero. Es capaz de plagiar el trabajo de los demás, de ganar elogios con el esfuerzo de otro, tiene un gusto excesivo por la discriminación, una tendencia al rechazo de lo propio y la idolatría de lo ajeno, odia al que tiene mayores capacidades que él y busca engañar o, como decimos en México, transar al que obtiene beneficios mediante el trabajo honesto; acude al compadrazgo o al apadrinamiento para ejercer un trabajo para el que no está calificado, es el que llama indio o naco a otro mexicano, el que se mete en la vida de los demás y no se ocupa de la propia...

Y así podríamos seguir aumentando la lista de estas cualidades negativas del mexicano olvidándonos de mencionar las cosas buenas que podemos encontrar en él. Esta actitud no debiera sorprendernos, puesto que para muchos de nosotros no resultará extraña la proposición de que en México hay una tendencia a resaltar sólo los peores atributos que podemos tener como sociedad. Yo me pregunto por qué en muchos casos los medios de información nacional nos embotan los sentidos con noticias que sólo hacen referencia a lo malo que pasa en nuestro país, tratando de hacernos pensar que nada bueno puede suceder. ¿Será entonces cierto que en México no pasa nada bueno?

Creo que los que pudieran contestar la pregunta anterior con una afirmación se olvidan de que en nuestro país se lleva a cabo investigación en muchos ámbitos, que México tiene, como ya lo mencionamos, importantes instituciones educativas que se alejan en mucho de los objetivos de aquellas personas que sólo ven en la educación un negocio redituable al crear escuelas que no enseñan o que enseñan mal o a medias, en donde pseudo maestros al servicio del dinero no creen que “un alumno como tú o como yo” haya sido capaz de escribir o hacer algo que en verdad valga la pena; claro, porque para muchos la excelencia es imposible en el alumno cuando el docente nunca estimuló la creatividad o fomentó el deseo de producir trabajos de calidad. Hay cosas buenas en México y que valen mucho la pena, sólo que muchas veces esa tendencia negativa del mexicano para su cultura y su entorno no le permite ver la luz en medio de sus propias tinieblas.

Muchos otros, sin embargo, nos dirán que nuestra lengua representa nuestra realidad, y entonces, palabras como transarchingar y apadrinar no hacen más que representar una realidad latente y cruda que exhibe las prácticas que se llevan a cabo en nuestro país. Claro que estas palabras existen y lo que definen existe también, mas no debemos incurrir en el error de generalizar y pensar que todos los mexicanos transamoschingamos o apadrinamos, aunque no sea poco común enterarnos de casos en que alguno de nuestros conocidos (si no alguno de nosotros) se ha visto envuelto, afectado o beneficiado por alguna transachinga apadrinamiento. Existe, también, una célebre frase de extendido uso en nuestro país: “el que no transa, no avanza”. Y entonces pensamos que esta manera de actuar es propia del mexicano, olvidándonos por completo que la historia nos da una infinidad de ejemplos en donde más de una vez el mismo mexicano ha sido transado por el extranjero. Venga a mención el ya por muchos olvidado y superado episodio de la invasión estadounidense de 1847, la cual terminó con una transa-action de compra-venta entre México y los Estados Unidos, la que derivó en la pérdida irrecuperable de una gran parte del territorio mexicano.

Ahora bien, no olvidemos que muchas de las “cualidades” del mexicano que enlistamos con anterioridad no son propias de un grupo humano en específico. Por lo tanto, no debemos aceptar como cierto que la envidia, el engaño, el rencor, la discriminación y otras atribuciones de este tipo, así como la propensión al vicio han sido siempre exclusivas del mexicano. De esta manera, podemos hablar de que estos rasgos de personalidad son universales e inherentes a muchos seres humanos y han existido a lo largo de su historia y en cualquier lugar donde ha habido presencia humana. No obstante, es notorio que en México pareciera que estos atributos universales de la humanidad vienen a ser características culturales propias del mexicano.

Pero para poder continuar con el desarrollo de este escrito es menester aclarar ciertos puntos de los que hemos expuesto hasta ahora. Creo conveniente empezar discutiendo la idea que ya se mencionó con respecto a que el extranjero es capaz de triunfar en nuestro país. A este respecto cabe aclarar que ésta no es una fórmula general que sea exclusiva de México. La migración ha existido desde que la humanidad adoptó la locomoción bípeda, lo cual le permitió recorrer grandes distancias de una manera más rápida. Es el homo erectus del que se nos dice fue el primer antropoide en aventurarse fuera de África. Esto se debió en gran medida a que los cambios climáticos le orillaron a buscar nuevos territorios más propicios para su desarrollo y sobrevivencia. Entonces, no tiene nada de raro o extraordinario que el ser humano siga buscando mejores oportunidades en nuevos entornos o contextos que le sean más favorables. A este respecto, Samuel Ramos nos dice que el ser humano “puede mudar de sitio hasta encontrar el más adecuado a sus fines, o bien puede cambiar de ocupación para ejercitar la más concordante con su vocación o aptitud.”[1]

El ser humano puede, entonces, disponer de su voluntad para decidir dónde o con qué medios puede lograr obtener sus fines o bienestar. Esta idea nos muestra que la migración es un componente inherente al ser humano que le permite experimentar diversas estrategias en contextos ajenos al suyo, ya que el conocimiento de contextos diversos le puede dotar de ideas que no pudo haber tenido o desarrollado en su propio contexto. Esto explica por qué muchos extranjeros ven oportunidades que las personas oriundas de un lugar en muchos casos son incapaces de ver. Mas este descubrimiento de oportunidades no surge de la nada, sino que en muchos casos son el resultado del conocimiento que el individuo pueda tener de su propia cultura y de la cultura que lo acoge.

Uno de los primeros acercamientos que el individuo puede tener con la cultura desde una edad temprana es, sin duda, el lenguaje. Mediante el lenguaje un niño va ingresando poco a poco al mundo cultural de su entorno. De igual manera, este infante hará uso de su idioma para ir comprendiendo poco a poco aquello que no conoce o entiende por completo. Lamentablemente, el niño va creciendo y pierde esa curiosidad innata que le hace querer descubrirlo todo. Es entonces que su entorno se vuelve cotidiano, irrelevante, y pierde muchos de sus secretos.

En una situación tal, es fácil que el individuo sea incapaz de ver oportunidades de crecimiento dentro de su cotidianidad a menos que logre desprenderse de ese síndrome de lo cotidiano que le ata y le mantiene absorto, según su propia visión, en un mundo empobrecido y lleno de limitantes. ¿Pero cómo logra un individuo sobreponerse a su propia cotidianidad? Creo que un medio eficaz puede ser el estudio y análisis de su propio entorno y su propia cultura, lo cual le provocará un alienismo tal que le permita ver su contexto con ojos de extranjero, descubriendo aquello de lo que antes no se había percatado. Otro método bien puede ser el conocimiento de otra cultura, de otra forma de vida. De esta manera el individuo será capaz de comparar ambas culturas y ver la propia con una mirada renovada. Sin embargo, no es imperante que aquel que esto hace requiera de salir de su propio país para exponerse a manifestaciones culturales distintas, ya que una misma nación puede guardar una gran variabilidad cultural si comparamos una región con otra.

Lo anterior explica el porqué el extranjero logra en muchas ocasiones vislumbrar oportunidades que tal vez en su país no pudo haber visto. Entonces al usar el término extranjero nos referimos a migrantes de diversas nacionalidades que radican en México, así como a mexicanos que viven en distintos países y han logrado ser exitosos en diversos ámbitos. Por lo tanto, creemos que el migrar de un lugar a otro no implica que el individuo deba aceptar que ha fracasado en su propio contexto puesto que el mismo rechazo al fracaso es lo que lo ha empujado a buscar nuevas oportunidades en contextos diversos. Peor sería, sin embargo, que el individuo se resigne a no crecer, a no buscar nuevas oportunidades de bienestar y que se contente en manifestar reiteradamente que su medio es el que le hace fracasar por carecer de oportunidades y por rodearlo un grupo de personas que le impiden ser mejor. Esa actitud, por otra parte, sólo fomentaría la frustración, el conformismo y la idea de que en México, en este caso en particular, los mexicanos no pueden progresar.

Baste como ejemplo de lo anterior la no poco recurrente situación en que alguna persona adulta le dice a otra joven que si él tuviera su juventud, sus conocimientos o aptitudes lograría triunfar sin problema alguno. Qué bella manera de justificar el fracaso personal y de crearse una excusa para la ignorancia y la pobreza. “Si yo hubiera ido a la escuela… Si yo hubiera tenido el apoyo de alguien… Si yo hubiera… si yo hubiera…” Nunca es tarde para educarse, nunca es tarde para volver a empezar, pero si la pereza y el conformismo es mayor a la voluntad del individuo el fracaso es el resultado inmediato de sus inacciones. Si un sujeto quiere triunfar deberá buscar el éxito y estar dispuesto a experimentar el fracaso, además que deberá estar consciente que no puede pasarse la vida entera culpando al mundo y a la humanidad entera por su rotunda derrota. El fracaso es sólo un estado mental: aceptar el fracaso es motivarlo, alimentarlo, hacerlo crecer.

Habiendo expuesto nuestras opiniones sobre la premisa principal del congreso al que hicimos alusión al inicio de este escrito, es menester establecer ciertas conclusiones al respecto. En primer lugar, hemos comentado que la migración es una actividad inherente al ser humano y que ésta se fundamenta en el anhelo de superación que tienen ciertos individuos al buscar mejores oportunidades de vida en lugares distintos al de su nacimiento. Esta migración se puede llevar a cabo entre distintos países o dentro de un mismo país. Existe, además, un cierto pesimismo en muchos individuos con respecto a su entorno o su cultura, pesimismo que en muchos casos busca justificar la pereza o desinterés por forjarse mejores situaciones de vida. Por lo tanto, la percepción de que el extranjero será siempre capaz de lograr el éxito en nuestro país bien puede ser una falacia no carente de cierta relatividad, ya que así como el extranjero bien puede lograr el éxito, también el mexicano lo podrá hacer siempre y cuando busque y descubra oportunidades de crecimiento en el exterior o dentro de su propio país.

A estas alturas de nuestro escrito, bien cabe el preguntarnos cómo es el mexicano según el parecer de intelectuales y escritores que han dedicado sus palabras a este respecto. Creemos que indudablemente todo aquel que quiera emitir un juicio sobre este tema deberá haber leído al menos los textos más representativos que se han escrito hasta el momento al respecto (cosa que no debieron haber hecho aquellos ponentes del congreso que dio origen a este escrito). Es por ello que para poder continuar con el desarrollo de este ensayo precisamos desentrañar la personalidad del mexicano en general, porque bien sabemos que cada cabeza es un mundo y cada quien tendrá su propia manera de pensar y actuar dentro de su particularidad. Por ello cabe hacer un análisis de varios autores que hasta la fecha han escrito sobre la forma de ser y actuar del mexicano, así como de eso que llamamos “nuestra cultura”. Debido a que la finalidad de los ensayos que presentamos al lector en esta breve antología es mostrar aspectos varios de la historia y la cultura de nuestro país a través de sus palabras, consideramos pertinente presentar un breve esbozo de las obras de varios intelectuales mexicanos que han hecho uso de nuestra lengua española para desnudar nuestra personalidad e idiosincrasia.

Pero antes de iniciar la labor antes expuesta, creemos menester mencionar que desde antaño la visión que muchos extranjeros tuvieron sobre México y los antiguos habitantes del territorio que ahora ocupa nuestro país ha sido ambigua. Por un lado se habló de los nativos de Mesoamérica como seres salvajes, primitivos e idólatras carentes de alma a los que el diablo había engañado para apartarlos de la recta fe. Por otra parte, otros tantos europeos alabaron la belleza de las ciudades mesoamericanas, así como el orden y jurisprudencia de que hacían uso en aquel tiempo. Un claro ejemplo de esta bivalencia en torno al indígena mesoamericano por parte del europeo nos la provee el historiador Antonio Rubial García cuando nos menciona que “el indígena de la crónica se movía de acuerdo a las necesidades retóricas de la narración; cuando se trataba de exaltar a los frailes como destructores de la idolatría se usaba el vituperio contra los vicios indígenas, cuando se intentaba amplificar los logros de los evangelizadores se exaltaban las virtudes del indio cristiano.”[2] Lo anterior nos muestra claramente cómo la manera en que se vio al habitante mesoamericano muchas veces estuvo determinada por interpretaciones personales no exentas de cierta manipulación y conveniencia.

Otro ejemplo bien puede ser la opinión negativa de “críticos como el naturalista francés Buffon, o su secuaz más radical, el enciclopedista de origen holandés, el abad Cornelio de Pauw, quienes habían divulgado la visión de América como un continente inmaduro e inferior, con habitantes salvajes y degenerados.”[3] Esta manera de representar no solo a Mesoamérica, sino a todo el continente, tuvo las repercusiones que fácilmente se pueden imaginar. Durante el siglo XVIII (época en que surgen tan nefastos comentarios en torno a América) muy pocos fueron los europeos que dieron cuenta de lo que realmente acontecía en el Nuevo Mundo. Uno de ellos fue el intrépido Gemelli Careri, quien en su libro Giro del Mondo, dedica no pocas páginas a hablar sobre la gente, vida y cultura en la Nueva España.

Pero es en el mismo siglo XVIII cuando una voz de origen mexicano se alza por encima de los nada halagadores comentarios de Buffon y de Pauw para dar a conocer el pasado de México a Europa. Con su libro Historia Antigua de México, el jesuita Francisco Javier Clavijero defendió nuestro país de ataques etnocentristas e ignorantes que buscaban mostrar a México como una tierra pagada de salvajes y primitivos. Es de lamentarse, en verdad, que obras de esta talla hayan sido olvidadas por el mexicano actual, puesto que además de ser una fuente de conocimiento de nuestra historia patria, representa uno de los más logrados ejemplos de lo que un mexicano puede hacer por defender su tierra y cultura. Bien nos vendría como mexicanos recibir este tipo de instrucción en nuestras cada vez más escasas e insípidas clases de historia, pues nos daría las armas precisas para callar y desmentir comentarios estúpidos e ignorantes de los modernos Buffones y Pawnes que se empeñan en seguir menoscabando nuestra mexicanidad.

Con los párrafos anteriores damos pauta a la discusión de un tema de honda raigambre en los círculos filosóficos mexicanos que han mostrado interés en el análisis del devenir ideológico y cultural del pueblo de México. Es pertinente aclarar que creemos que sólo mediante un estudio del desarrollo histórico de la opinión que se ha tenido del mexicano lograremos comprender la raíz de ideas tan arraigadas que tienden a menoscabar su capacidad, así como los atributos que le son propios como miembros de una nación que ha resultado ser de gran importancia y trascendencia en el mundo entero. Además, estamos conscientes que la única manera en que el mexicano valorará e incrementará el respeto y amor por su nación será mediante el conocimiento de su gran riqueza étnica y cultural que no en pocas ocasiones ha sido blanco del ataque de celosos e ignorantes chovinistas, los que, por un lado, han tratado vehementemente de justificar nuestra supuesta inferioridad y que piensan que no merecemos lo que la historia nos ha heredado, pero que por otra parte no dejan de admirarnos y sentirse seducidos por nuestra gente y nuestra infinita riqueza.

         Una situación que ilustrará lo antes mencionado es la sucedida en el siglo XIX y que tuvo como actor principal al sexagenario pintor francés Henri Théophile Pingret. Llegado a México en el año de 1850, Pingret pronto se vio cautivado por las antigüedades prehispánicas de nuestro país, a tal grado que en poco tiempo logró formar una colección notable con diversos objetos arqueológicos, de los cuales varios resultaron ser burdas falsificaciones. No obstante, lo que nos interesa resaltar aquí es un comentario que este pintor realiza con respecto a los mexicanos. En una carta enviada a las autoridades de los Musées nationaux de France comenta lo siguiente con respecto a la manera en que conseguía las piezas arqueológicas: “el profundo desinterés de los mexicanos por las antigüedades de su país alienta la esperanza de procurarse de ellas a bajo precio”[4]. Pero si estas palabras son reveladoras con respecto al modo de pensar de Pingret con respecto a los mexicanos, en otra misiva con fecha de 1863 escribe que “hoy que las armas francesas han conquistado México, el Museo Mexicano, abandonado en el polvo de los siglos, debe pertenecer a Francia; si no lo quieren dar a Francia, la administración de Beaux-Arts es suficientemente rica para adquirirlo. Si no quieren venderlo ni darlo a Francia, ella deberá tomarlo”.

Como puede verse en el párrafo anterior, Pingret no sólo hace patente “el profundo desinterés de los mexicanos por las antigüedades de su país”, sino que también nos hace ver que el conocido refrán “a río revuelto, ganancia de pescadores” se ajusta perfectamente a la realidad histórica de México. Por lo tanto, de acuerdo a Pingret, el desinterés del mexicano hacia sus cosas y sus continuos problemas políticos, económicos y sociales justifica que sus tesoros le sean arrebatados por la fuerza o por medio de alguna mediocre compensación económica, tal como nos ha sucedido ya en  más de una ocasión.

¿Pero será cierto que el mexicano adolece de un profundo desinterés hacia sus antigüedades y hacia otras muchas cosas concernientes a su cultura e historia? Pringret escribió en el ya distante siglo XIX, entonces, en nuestro siglo XXI, bien pudiera ser que los mexicanos hayan cambiado radicalmente su actitud hacia su pasado y su cultura. Con esto entiéndase que ese desinterés pudo haberse transformado en un profundo amor hacia nuestras antigüedades y nuestra historia. Sin embargo, si se hubiera dado tan radical cambio, no existiría razón alguna para que periódicos de nuestro país publiquen que alumnos de diversos niveles educativos reprueban más la materia de historia que la de matemáticas, así como que México, en general, está reprobado en historia nacional. Si esto es verdad y los resultados que arrojan encuestas que toman en cuenta a un reducido número de habitantes como base para un dictamen general representaran la realidad de nuestro país, entonces tendríamos que aceptar que Pingret supo bien mirar el verdadero espíritu del mexicano, es decir, que supo ver que un indolente desinterés es el que gobierna nuestra alma mexicana.    






[1] Samuel Ramos, el perfil del hombre y la cultura en México, Colección Austral, México, p. 11.
[2] Antonio Rubial García. Viejos y nuevos mitos sobre la evangelización de Mesoamérica. p. 21.
[3] Ferdinand Anders, Maarten Jansen y Luis Reyes García, Los templos del cielo y de la oscuridad, Fondo de Cultura Económica, pp. 12, 13.
[4] Arqueologia mexicana p. 16.