MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
Repercusiones de una Conquista Sicológica en México.
Primera Parte.
E
|
n cierta
ocasión tuve la fortuna de coincidir en tiempo y lugar con un reducido grupo de
estudiantes universitarios que gustaban hablar de historia. Nuestro lugar de
encuentro fue, precisamente, un curso extemporáneo sobre historia de México y
el cual debía cubrir con toda premura los pasajes “más importantes” de nuestra
insigne historia patria. Ahora bien, si ya de por sí encontrar alumnos que se
interesen en el estudio y análisis de la historia es bastante difícil en la
actualidad, también lo es el poder cubrir un programa educativo en estos
ámbitos en quince sesiones de dos horas cada una.
No obstante, cinco semanas fueron suficientes para llevar a cabo
controversiales charlas y el intercambio de interesantes puntos de vista.
Precisamente, en uno de nuestros intercambios intelectuales salió a colación un
congreso al que todos ellos se vieron obligados a asistir y al que yo jamás fui
invitado. Pero gracias a sus informes me di cuenta que lejos de sentirme
excluido debía sentirme afortunado por el rechazo de sus organizadores, puesto
que de haber asistido me hubiera desconsolado sobremanera ver que viejas
creencias ignorantes siguen tan en boga en la práctica educativa de ciertos
individuos que se hacen llamar docentes.
No es para menos que después de nuestra charla haya decidido dedicar mis
palabras y mi tiempo a reflexionar sobre varios temas en este breve escrito,
los cuales a simple vista pueden parecer de lo más común y repetitivo en la
conversación de aquellos que aún se interesan por discutir temas vinculados con
la historia y la cultura de nuestro país. Varios han sido ya los autores que
han tocado las fibras sensibles de nuestra mexicanidad al exponer sus ideas y
parecer con respecto a la idiosincrasia del mexicano en los distintos momentos
de su historia. Sin embargo, como bien sabemos, las ideas y las mentalidades
son, por decirlo de algún modo, entes volátiles que se encuentran siempre
sujetos y circunscritos al tiempo y a la muy particular imagen que tiene un
pueblo sobre su cultura e identidad, es decir, sobre sí mismo.
Entonces, con este breve pero significativo ensayo busco permear a
través de las palabras esa muy endeble barrera que separa la especulación de lo
concreto y lo real de lo imaginario en el momento histórico que nos ha tocado
vivir. Esto debido a que creo que en muchos casos nuestros muy peculiares
aspectos culturales han sido matizados por la suposición y la imaginación más
que por la comprobación y el análisis de lo que se presenta ante nuestros ojos.
No es aventurado decir que con frecuencia el desinterés y la pereza han sido
los más inflamables combustibles que han alimentado el fuego de las hogueras
que devoran el hábito de la lectura, el estudio y la producción de nuevo
conocimiento. Así, este texto está inspirado en la desaprobación que siento por
la pereza intelectual y por los falsos docentes y las mentiras que siguen
intentando enseñar en sus viejos y derruidos “castillos del saber”.
Afortunadamente, aún hay alumnos que no creen y rechazan todo lo que sus mayores
les dicen y muestran como la única verdad. A ellos dedico este escrito.
Pero, ¿cuál fue el tema de aquel congreso que despertó nuestra
aversión? De acuerdo a lo dicho por mis alumnos, este encuentro tuvo como eje
central la siguiente premisa: “exponer el hecho de que hay extranjeros que son
capaces de triunfar en nuestro país al crear negocios redituables, así como
exhibir la idea de que hay mexicanos que logran crecer profesionalmente sólo al
estar fuera de México.” Entonces, el mensaje de este evento pseudo académico
fue el siguiente: Sé extranjero, ven a México y triunfa. Sé mexicano, quédate
en México y fracasa.
Desde luego que esa afirmación carece de todo fundamento y que a
simple vista lo único que denota es una versión parcial y malinchista de la
realidad laboral en nuestro país. Cuántas veces no habremos ya escuchado ese
viejo discurso a lo largo de nuestra vida que de tanto que nos lo han repetido
hayamos terminado por tomarlo como una verdad irrefutable. ¿Pero cómo explicar
entonces el gran número de mexicanos que se han quedado en nuestro país y han
sido exitosos en su vida profesional? Muestra de ello son nuestros escritores,
académicos, intelectuales y empresarios, por mencionar solo algunos ejemplos,
los cuales han puesto en alto el nombre de nuestro país frente a todo el mundo.
No es para menos mencionar que poseemos grandes instituciones educativas que
producen conocimiento y muchos más libros al año de lo que muchos mexicanos han
podido y querido leer a lo largo de toda su vida.
¿Será acaso que huir de México es una solución viable para poder
triunfar? ¿Qué nos asegura que seremos capaces de tener éxito en otro país
cuando no lo pudimos hacer en el nuestro; en otro país donde la lengua,
cultura, e idiosincrasia son distintas a la nuestra? Eso nos exige, por una
parte, una preparación cultural bastante amplia para poder hacer frente a
situaciones diversas en donde el conocimiento de la lengua sólo viene a
representar uno de los primeros obstáculos, si no el más fundamental y difícil
de franquear. Además, para poder competir en otro país deberemos estar bien
preparados para poder desempeñar nuestra labor de manera eficaz y aspirar a
trabajos bien remunerados que nos permitan darnos una vida al nivel del país
donde pretendemos radicar. Por otra parte, podría pensarse que huir de nuestro
país viene a significar que deberemos admitir que no fuimos capaces de vencer
los obstáculos propios de nuestro contexto. En una situación como la anterior
no debo olvidarme de mencionar el papel que juegan nuestros emigrantes ilegales
que se han ido al vecino país del norte en busca de mejores oportunidades que
en muchos casos no encontraron jamás.
Con respecto a lo anterior no puedo evitar recordar una célebre frase
de extendido uso en México: “Cada quien habla de cómo le va en la feria”.
Habrá, por lo tanto, quienes crean irrefutablemente que la única manera en que
podrán salir adelante será dejando nuestro país y dirigirse a otro lugar donde
las oportunidades sean mayores y en dónde el mismo paisano no sea el primero en
ponerle el pie o atacarlo por la espalda. Muchos, para justificar esta idea,
acudirán al viejo y conocido cuento de los cangrejos mexicanos. No serán pocos
tampoco aquellos que nos hablen de los grandes atributos del mexicano: es
flojo, es corrupto, es envidioso, es fiestero, borracho, mujeriego y
convenenciero. Es capaz de plagiar el trabajo de los demás, de ganar elogios
con el esfuerzo de otro, tiene un gusto excesivo por la discriminación, una
tendencia al rechazo de lo propio y la idolatría de lo ajeno, odia al que tiene
mayores capacidades que él y busca engañar o, como decimos en México, transar
al que obtiene beneficios mediante el trabajo honesto; acude al compadrazgo o
al apadrinamiento para ejercer un trabajo para el que no está calificado, es el
que llama indio o naco a otro mexicano, el que se mete en la vida de los demás
y no se ocupa de la propia...
Y así podríamos seguir aumentando la lista de estas cualidades
negativas del mexicano olvidándonos de mencionar las cosas buenas que podemos
encontrar en él. Esta actitud no debiera sorprendernos, puesto que para muchos
de nosotros no resultará extraña la proposición de que en México hay una
tendencia a resaltar sólo los peores atributos que podemos tener como sociedad.
Yo me pregunto por qué en muchos casos los medios de información nacional nos
embotan los sentidos con noticias que sólo hacen referencia a lo malo que pasa
en nuestro país, tratando de hacernos pensar que nada bueno puede suceder.
¿Será entonces cierto que en México no pasa nada bueno?
Creo que los que pudieran contestar la pregunta anterior con una
afirmación se olvidan de que en nuestro país se lleva a cabo investigación en
muchos ámbitos, que México tiene, como ya lo mencionamos, importantes
instituciones educativas que se alejan en mucho de los objetivos de aquellas
personas que sólo ven en la educación un negocio redituable al crear escuelas
que no enseñan o que enseñan mal o a medias, en donde pseudo maestros al
servicio del dinero no creen que “un alumno como tú o como yo” haya sido capaz
de escribir o hacer algo que en verdad valga la pena; claro, porque para muchos
la excelencia es imposible en el alumno cuando el docente nunca estimuló la
creatividad o fomentó el deseo de producir trabajos de calidad. Hay cosas
buenas en México y que valen mucho la pena, sólo que muchas veces esa tendencia
negativa del mexicano para su cultura y su entorno no le permite ver la luz en
medio de sus propias tinieblas.
Muchos otros, sin embargo, nos dirán que nuestra lengua representa
nuestra realidad, y entonces, palabras como transar, chingar y apadrinar no
hacen más que representar una realidad latente y cruda que exhibe las prácticas
que se llevan a cabo en nuestro país. Claro que estas palabras existen y lo que
definen existe también, mas no debemos incurrir en el error de generalizar y
pensar que todos los mexicanos transamos, chingamos o apadrinamos,
aunque no sea poco común enterarnos de casos en que alguno de nuestros
conocidos (si no alguno de nosotros) se ha visto envuelto, afectado o
beneficiado por alguna transa, chinga o apadrinamiento.
Existe, también, una célebre frase de extendido uso en nuestro país: “el que no
transa, no avanza”. Y entonces pensamos que esta manera de actuar es propia del
mexicano, olvidándonos por completo que la historia nos da una infinidad de
ejemplos en donde más de una vez el mismo mexicano ha sido transado por
el extranjero. Venga a mención el ya por muchos olvidado y superado episodio de
la invasión estadounidense de 1847, la cual terminó con una transa-action de
compra-venta entre México y los Estados Unidos, la que derivó en la pérdida
irrecuperable de una gran parte del territorio mexicano.
Ahora bien, no olvidemos que muchas de las “cualidades” del mexicano
que enlistamos con anterioridad no son propias de un grupo humano en
específico. Por lo tanto, no debemos aceptar como cierto que la envidia, el
engaño, el rencor, la discriminación y otras atribuciones de este tipo, así
como la propensión al vicio han sido siempre exclusivas del mexicano. De esta
manera, podemos hablar de que estos rasgos de personalidad son universales e
inherentes a muchos seres humanos y han existido a lo largo de su historia y en
cualquier lugar donde ha habido presencia humana. No obstante, es notorio que
en México pareciera que estos atributos universales de la humanidad vienen a
ser características culturales propias del mexicano.
Pero para poder continuar con el desarrollo de este escrito es
menester aclarar ciertos puntos de los que hemos expuesto hasta ahora. Creo
conveniente empezar discutiendo la idea que ya se mencionó con respecto a que
el extranjero es capaz de triunfar en nuestro país. A este respecto cabe
aclarar que ésta no es una fórmula general que sea exclusiva de México. La
migración ha existido desde que la humanidad adoptó la locomoción bípeda, lo
cual le permitió recorrer grandes distancias de una manera más rápida. Es el homo
erectus del que se nos dice fue el primer antropoide en aventurarse fuera
de África. Esto se debió en gran medida a que los cambios climáticos le
orillaron a buscar nuevos territorios más propicios para su desarrollo y
sobrevivencia. Entonces, no tiene nada de raro o extraordinario que el ser
humano siga buscando mejores oportunidades en nuevos entornos o contextos que
le sean más favorables. A este respecto, Samuel Ramos nos dice que el ser
humano “puede mudar de sitio hasta encontrar el más adecuado a sus fines, o bien
puede cambiar de ocupación para ejercitar la más concordante con su vocación o
aptitud.”[1]
El ser humano puede, entonces, disponer de su voluntad para decidir
dónde o con qué medios puede lograr obtener sus fines o bienestar. Esta idea
nos muestra que la migración es un componente inherente al ser humano que le
permite experimentar diversas estrategias en contextos ajenos al suyo, ya que
el conocimiento de contextos diversos le puede dotar de ideas que no pudo haber
tenido o desarrollado en su propio contexto. Esto explica por qué muchos
extranjeros ven oportunidades que las personas oriundas de un lugar en muchos
casos son incapaces de ver. Mas este descubrimiento de oportunidades no surge
de la nada, sino que en muchos casos son el resultado del conocimiento que el
individuo pueda tener de su propia cultura y de la cultura que lo acoge.
Uno de los primeros acercamientos que el individuo puede tener con la
cultura desde una edad temprana es, sin duda, el lenguaje. Mediante el lenguaje
un niño va ingresando poco a poco al mundo cultural de su entorno. De igual
manera, este infante hará uso de su idioma para ir comprendiendo poco a poco
aquello que no conoce o entiende por completo. Lamentablemente, el niño va
creciendo y pierde esa curiosidad innata que le hace querer descubrirlo todo.
Es entonces que su entorno se vuelve cotidiano, irrelevante, y pierde muchos de
sus secretos.
En una situación tal, es fácil que el individuo sea incapaz de ver
oportunidades de crecimiento dentro de su cotidianidad a menos que logre
desprenderse de ese síndrome de lo cotidiano que le ata y le mantiene absorto,
según su propia visión, en un mundo empobrecido y lleno de limitantes. ¿Pero
cómo logra un individuo sobreponerse a su propia cotidianidad? Creo que un
medio eficaz puede ser el estudio y análisis de su propio entorno y su propia
cultura, lo cual le provocará un alienismo tal que le permita ver su contexto
con ojos de extranjero, descubriendo aquello de lo que antes no se había
percatado. Otro método bien puede ser el conocimiento de otra cultura, de otra
forma de vida. De esta manera el individuo será capaz de comparar ambas
culturas y ver la propia con una mirada renovada. Sin embargo, no es imperante
que aquel que esto hace requiera de salir de su propio país para exponerse a
manifestaciones culturales distintas, ya que una misma nación puede guardar una
gran variabilidad cultural si comparamos una región con otra.
Lo anterior explica el porqué el extranjero logra en muchas ocasiones
vislumbrar oportunidades que tal vez en su país no pudo haber visto. Entonces
al usar el término extranjero nos referimos a migrantes de diversas
nacionalidades que radican en México, así como a mexicanos que viven en
distintos países y han logrado ser exitosos en diversos ámbitos. Por lo tanto,
creemos que el migrar de un lugar a otro no implica que el individuo deba
aceptar que ha fracasado en su propio contexto puesto que el mismo rechazo al
fracaso es lo que lo ha empujado a buscar nuevas oportunidades en contextos
diversos. Peor sería, sin embargo, que el individuo se resigne a no crecer, a
no buscar nuevas oportunidades de bienestar y que se contente en manifestar
reiteradamente que su medio es el que le hace fracasar por carecer de
oportunidades y por rodearlo un grupo de personas que le impiden ser mejor. Esa
actitud, por otra parte, sólo fomentaría la frustración, el conformismo y la
idea de que en México, en este caso en particular, los mexicanos no pueden
progresar.
Baste como ejemplo de lo anterior la no poco recurrente situación en
que alguna persona adulta le dice a otra joven que si él tuviera su juventud,
sus conocimientos o aptitudes lograría triunfar sin problema alguno. Qué bella
manera de justificar el fracaso personal y de crearse una excusa para la
ignorancia y la pobreza. “Si yo hubiera ido a la escuela… Si yo hubiera tenido
el apoyo de alguien… Si yo hubiera… si yo hubiera…” Nunca es tarde para
educarse, nunca es tarde para volver a empezar, pero si la pereza y el
conformismo es mayor a la voluntad del individuo el fracaso es el resultado
inmediato de sus inacciones. Si un sujeto quiere triunfar deberá buscar el
éxito y estar dispuesto a experimentar el fracaso, además que deberá estar
consciente que no puede pasarse la vida entera culpando al mundo y a la humanidad
entera por su rotunda derrota. El fracaso es sólo un estado mental: aceptar el
fracaso es motivarlo, alimentarlo, hacerlo crecer.
Habiendo expuesto nuestras opiniones sobre la premisa principal del
congreso al que hicimos alusión al inicio de este escrito, es menester
establecer ciertas conclusiones al respecto. En primer lugar, hemos comentado
que la migración es una actividad inherente al ser humano y que ésta se
fundamenta en el anhelo de superación que tienen ciertos individuos al buscar
mejores oportunidades de vida en lugares distintos al de su nacimiento. Esta
migración se puede llevar a cabo entre distintos países o dentro de un mismo
país. Existe, además, un cierto pesimismo en muchos individuos con respecto a
su entorno o su cultura, pesimismo que en muchos casos busca justificar la
pereza o desinterés por forjarse mejores situaciones de vida. Por lo tanto, la
percepción de que el extranjero será siempre capaz de lograr el éxito en
nuestro país bien puede ser una falacia no carente de cierta relatividad, ya
que así como el extranjero bien puede lograr el éxito, también el mexicano lo
podrá hacer siempre y cuando busque y descubra oportunidades de crecimiento en
el exterior o dentro de su propio país.
A estas alturas de nuestro escrito, bien cabe el preguntarnos cómo es
el mexicano según el parecer de intelectuales y escritores que han dedicado sus
palabras a este respecto. Creemos que indudablemente todo aquel que quiera
emitir un juicio sobre este tema deberá haber leído al menos los textos más
representativos que se han escrito hasta el momento al respecto (cosa que no
debieron haber hecho aquellos ponentes del congreso que dio origen a este
escrito). Es por ello que para poder continuar con el desarrollo de este ensayo
precisamos desentrañar la personalidad del mexicano en general, porque bien
sabemos que cada cabeza es un mundo y cada quien tendrá su propia manera de
pensar y actuar dentro de su particularidad. Por ello cabe hacer un análisis de
varios autores que hasta la fecha han escrito sobre la forma de ser y actuar
del mexicano, así como de eso que llamamos “nuestra cultura”. Debido a que la
finalidad de los ensayos que presentamos al lector en esta breve antología es
mostrar aspectos varios de la historia y la cultura de nuestro país a través de
sus palabras, consideramos pertinente presentar un breve esbozo de las obras de
varios intelectuales mexicanos que han hecho uso de nuestra lengua española
para desnudar nuestra personalidad e idiosincrasia.
Pero antes de iniciar la labor antes expuesta, creemos menester
mencionar que desde antaño la visión que muchos extranjeros tuvieron sobre
México y los antiguos habitantes del territorio que ahora ocupa nuestro país ha
sido ambigua. Por un lado se habló de los nativos de Mesoamérica como seres
salvajes, primitivos e idólatras carentes de alma a los que el diablo había
engañado para apartarlos de la recta fe. Por otra parte, otros tantos europeos
alabaron la belleza de las ciudades mesoamericanas, así como el orden y
jurisprudencia de que hacían uso en aquel tiempo. Un claro ejemplo de esta
bivalencia en torno al indígena mesoamericano por parte del europeo nos la
provee el historiador Antonio Rubial García cuando nos menciona que “el
indígena de la crónica se movía de acuerdo a las necesidades retóricas de la
narración; cuando se trataba de exaltar a los frailes como destructores de la
idolatría se usaba el vituperio contra los vicios indígenas, cuando se
intentaba amplificar los logros de los evangelizadores se exaltaban las
virtudes del indio cristiano.”[2]
Lo anterior nos muestra claramente cómo la manera en que se vio al habitante
mesoamericano muchas veces estuvo determinada por interpretaciones personales
no exentas de cierta manipulación y conveniencia.
Otro ejemplo bien puede ser la opinión negativa de “críticos como el
naturalista francés Buffon, o su secuaz más radical, el enciclopedista de
origen holandés, el abad Cornelio de Pauw, quienes habían divulgado la visión
de América como un continente inmaduro e inferior, con habitantes salvajes y
degenerados.”[3]
Esta manera de representar no solo a Mesoamérica, sino a todo el continente,
tuvo las repercusiones que fácilmente se pueden imaginar. Durante el siglo
XVIII (época en que surgen tan nefastos comentarios en torno a América) muy
pocos fueron los europeos que dieron cuenta de lo que realmente acontecía en el
Nuevo Mundo. Uno de ellos fue el intrépido Gemelli Careri, quien en su libro
Giro del Mondo, dedica no pocas páginas a hablar sobre la gente, vida y cultura
en la Nueva España.
Pero es en el mismo siglo XVIII cuando una voz de origen mexicano se
alza por encima de los nada halagadores comentarios de Buffon y de Pauw para
dar a conocer el pasado de México a Europa. Con su libro Historia Antigua de
México, el jesuita Francisco Javier Clavijero defendió nuestro país de ataques
etnocentristas e ignorantes que buscaban mostrar a México como una tierra
pagada de salvajes y primitivos. Es de lamentarse, en verdad, que obras de esta
talla hayan sido olvidadas por el mexicano actual, puesto que además de ser una
fuente de conocimiento de nuestra historia patria, representa uno de los más
logrados ejemplos de lo que un mexicano puede hacer por defender su tierra y
cultura. Bien nos vendría como mexicanos recibir este tipo de instrucción en
nuestras cada vez más escasas e insípidas clases de historia, pues nos daría
las armas precisas para callar y desmentir comentarios estúpidos e ignorantes
de los modernos Buffones y Pawnes que se empeñan en seguir menoscabando nuestra
mexicanidad.
Con los párrafos anteriores damos pauta a la discusión de un tema de
honda raigambre en los círculos filosóficos mexicanos que han mostrado interés
en el análisis del devenir ideológico y cultural del pueblo de México. Es
pertinente aclarar que creemos que sólo mediante un estudio del desarrollo
histórico de la opinión que se ha tenido del mexicano lograremos comprender la
raíz de ideas tan arraigadas que tienden a menoscabar su capacidad, así como
los atributos que le son propios como miembros de una nación que ha resultado
ser de gran importancia y trascendencia en el mundo entero. Además, estamos
conscientes que la única manera en que el mexicano valorará e incrementará el
respeto y amor por su nación será mediante el conocimiento de su gran riqueza étnica y cultural que no en pocas ocasiones ha sido blanco del ataque
de celosos e ignorantes chovinistas, los que, por un lado, han tratado
vehementemente de justificar nuestra supuesta inferioridad y que piensan que no
merecemos lo que la historia nos ha heredado, pero que por otra parte no dejan
de admirarnos y sentirse seducidos por nuestra gente y nuestra infinita
riqueza.
Una situación que ilustrará lo antes mencionado es la sucedida en el siglo XIX y que tuvo como actor principal al sexagenario pintor francés Henri Théophile Pingret. Llegado a México en el año de 1850, Pingret pronto se vio cautivado por las antigüedades prehispánicas de nuestro país, a tal grado que en poco tiempo logró formar una colección notable con diversos objetos arqueológicos, de los cuales varios resultaron ser burdas falsificaciones. No obstante, lo que nos interesa resaltar aquí es un comentario que este pintor realiza con respecto a los mexicanos. En una carta enviada a las autoridades de los Musées nationaux de France comenta lo siguiente con respecto a la manera en que conseguía las piezas arqueológicas: “el profundo desinterés de los mexicanos por las antigüedades de su país alienta la esperanza de procurarse de ellas a bajo precio”[4]. Pero si estas palabras son reveladoras con respecto al modo de pensar de Pingret con respecto a los mexicanos, en otra misiva con fecha de 1863 escribe que “hoy que las armas francesas han conquistado México, el Museo Mexicano, abandonado en el polvo de los siglos, debe pertenecer a Francia; si no lo quieren dar a Francia, la administración de Beaux-Arts es suficientemente rica para adquirirlo. Si no quieren venderlo ni darlo a Francia, ella deberá tomarlo”.
Una situación que ilustrará lo antes mencionado es la sucedida en el siglo XIX y que tuvo como actor principal al sexagenario pintor francés Henri Théophile Pingret. Llegado a México en el año de 1850, Pingret pronto se vio cautivado por las antigüedades prehispánicas de nuestro país, a tal grado que en poco tiempo logró formar una colección notable con diversos objetos arqueológicos, de los cuales varios resultaron ser burdas falsificaciones. No obstante, lo que nos interesa resaltar aquí es un comentario que este pintor realiza con respecto a los mexicanos. En una carta enviada a las autoridades de los Musées nationaux de France comenta lo siguiente con respecto a la manera en que conseguía las piezas arqueológicas: “el profundo desinterés de los mexicanos por las antigüedades de su país alienta la esperanza de procurarse de ellas a bajo precio”[4]. Pero si estas palabras son reveladoras con respecto al modo de pensar de Pingret con respecto a los mexicanos, en otra misiva con fecha de 1863 escribe que “hoy que las armas francesas han conquistado México, el Museo Mexicano, abandonado en el polvo de los siglos, debe pertenecer a Francia; si no lo quieren dar a Francia, la administración de Beaux-Arts es suficientemente rica para adquirirlo. Si no quieren venderlo ni darlo a Francia, ella deberá tomarlo”.
Como puede verse en el párrafo anterior, Pingret no sólo hace patente
“el profundo desinterés de los mexicanos por las antigüedades de su país”, sino
que también nos hace ver que el conocido refrán “a río revuelto, ganancia de
pescadores” se ajusta perfectamente a la realidad histórica de México. Por lo
tanto, de acuerdo a Pingret, el desinterés del mexicano hacia sus cosas y sus
continuos problemas políticos, económicos y sociales justifica que sus tesoros
le sean arrebatados por la fuerza o por medio de alguna mediocre compensación
económica, tal como nos ha sucedido ya en más de una ocasión.
¿Pero será cierto que el mexicano adolece de un profundo desinterés
hacia sus antigüedades y hacia otras muchas cosas concernientes a su cultura e
historia? Pringret escribió en el ya distante siglo XIX, entonces, en nuestro
siglo XXI, bien pudiera ser que los mexicanos hayan cambiado radicalmente su
actitud hacia su pasado y su cultura. Con esto entiéndase que ese desinterés
pudo haberse transformado en un profundo amor hacia nuestras antigüedades y
nuestra historia. Sin embargo, si se hubiera dado tan radical cambio, no
existiría razón alguna para que periódicos de nuestro país publiquen que
alumnos de diversos niveles educativos reprueban más la materia de historia que
la de matemáticas, así como que México, en general, está reprobado en historia
nacional. Si esto es verdad y los resultados que arrojan encuestas que toman en
cuenta a un reducido número de habitantes como base para un dictamen general
representaran la realidad de nuestro país, entonces tendríamos que aceptar que
Pingret supo bien mirar el verdadero espíritu del mexicano, es decir, que supo
ver que un indolente desinterés es el que gobierna nuestra alma mexicana.
[3] Ferdinand Anders,
Maarten Jansen y Luis Reyes García, Los templos del cielo y de la oscuridad,
Fondo de Cultura Económica, pp. 12, 13.