Aportaciones
del Monacato
y las Órdenes Mendicantes al Desarrollo
de la Iglesia Medieval y su Influencia en la
Evangelización de México durante el Siglo XVI.
El desarrollo de la Iglesia como
institución política durante la Edad Media es, a nuestro parecer, uno de los
temas más fascinantes para todo aquel que se adentra en el estudio de la
historia medieval. Dicha apreciación no tiene nada de superflua, pues la Iglesia,
al erigirse como la institución dominante del feudalismo, se convierte en el
eje sobre el cual gira la vida de la sociedad. No es para menos mencionar que
su influencia se deja sentir no sólo en las esferas del poder político,
económico y administrativo, sino en el ámbito psicológico, social y espiritual
del hombre y la mujer medieval.
Sin embargo, la Iglesia no logra
instituirse como el dirigente central de la sociedad feudal en un corto periodo
de tiempo. Si analizamos con calma y paciencia su devenir histórico, nos
podremos percatar de los grandes cambios, adaptaciones y reajustes que tuvo que
experimentar a lo largo de los siglos. Primeramente, cabe mencionar que en sus
orígenes el cristianismo, doctrina religiosa que vertebra la máquina dogmática
de la iglesia católica, tuvo que sufrir la persecución y el rechazo en gran
parte del entonces imponente Imperio Romano. Es hasta el mandato del Emperador
Constantino (circa 272-337 dC.) cuando la religión cristiana deja de ser
perseguida dentro del imperio, ya que el hecho de que el propio emperador se
haya convertido al cristianismo hace que éste se expanda y goce de una notable
libertad de culto. Pero no es sino hasta el año de 392 cuando el emperador
Teodosio hace del cristianismo la religión oficial del imperio.
Con todo, acontecimientos como la
conversión del emperador Constantino y la instauración de la fe cristiana como
la única religión lícita del imperio por Teodosio, sólo vienen a ser el inicio
de una lenta adopción y difusión del cristianismo a lo largo del territorio que
ahora conforma el continente Europeo. No debemos olvidar que los hechos antes
referidos se llevan a cabo durante el último periodo de vida del Imperio
Romano, pues es a lo largo del polifacético siglo IV cuando se da la comúnmente
llamada “invasión de los pueblos bárbaros”, la que, a su vez, dio pie a la
caída y resquebrajamiento de la ya para entonces débil cohesión imperial entre
oriente y occidente.
El surgimiento de los reinos
germánicos a lo largo de los siglos V y VI, y su posterior adopción del
cristianismo y la ortodoxia católica vienen a confirmar y extender el poder de
la Iglesia. Estos sucesos vienen a marcar la separación, históricamente
hablando, entre el mundo antiguo y el mundo medieval. Pero es menester insistir
en el hecho de que el cristianismo tuvo una lenta asimilación en los nuevos
reinos, pues cabe recordar que todavía hubo que esperar hasta finales del siglo
VI para que el la cristianización empezada por San Patricio en Irlanda dé sus
primeros frutos en la aristocracia de los clanes de la isla. Además, hay que
recordar la lucha que tuvo que librar el catolicismo en contra de la doctrina
arriana, dogma que no carecía de un buen número de simpatizantes. A este
respecto, conviene no olvidar la lucha tanto teológica como militar que llevó a
cabo la iglesia en contra de proposiciones heréticas como el arrianismo y movimientos
populares como el de los valdenses y los cátaros. Así, durante la Baja Edad
Media, la iglesia no vaciló en implementar un nuevo aparato de persecución y
represión como lo fue la primitiva Inquisición.
No obstante, sería exagerado, y
hasta equivocado pensar que la Iglesia sólo hizo uso de medios represivos para
afirmar su poder y la supremacía de la ortodoxia católica, pues son las órdenes
mendicantes el más claro ejemplo de la manera en que métodos no violentos como
la predicación pueden tener resultados más efectivos y duraderos que la simple
implementación de castigos. Son, por lo tanto, las órdenes mendicantes del bajo
medievo un instrumento efectivo para la difusión del cristianismo católico y la
consolidación de la Iglesia. Mas no es ésta la primera vez en la historia del
cristianismo en que grupos ajenos al clero secular jugaron un papel
determinante en la construcción de la Iglesia como la institución hegemónica de
la Edad Media, pues es el monacato otra forma de práctica religiosa que ayudó
en mucho a la iglesia católica a ganar su poderío.
Partiendo de este punto al que hemos
llegado, sería útil tratar de respondernos algunas preguntas. ¿Qué son el
monacato y las órdenes mendicantes? ¿Qué papel jugaron, cuáles fueron sus métodos
y cómo lograron influir en el desarrollo de la iglesia medieval? ¿Cuáles fueron
sus aportaciones para la difusión del cristianismo en Europa y América?
Para contestar las preguntas
anteriores pretendemos llevar a cabo una discusión general de lo que es el
monacato y lo que es una orden mendicante, pues consideramos fundamental hacer
una distinción entre ambas instituciones para entender mejor los intereses que
las motivaron, así como las contribuciones que cada una dio al desarrollo de la
iglesia católica medieval.
Antes que nada, creemos de gran
importancia aclarar varios términos que el lector deberá tomar en cuenta para
una mejor comprensión de nuestra exposición. Empezaremos por discutir el
término Iglesia. Este vocablo tiene su origen en la palabra griega ἐκκλησία (ekklēsía), la cual significa asamblea.
De acuerdo con Jérôme Baschet, “este término […] designa primero a la comunidad
de los creyentes; […] posteriormente el vocablo iglesia designa también el edificio donde se reúnen los fieles y
donde se desenvuelve el culto. […] En el siglo XII, los dos sentidos de la
palabra se fueron independizando. […] Paralelamente, el término iglesia asume una nueva significación
que designa la parte institucional de la comunidad, es decir, el clero. […] A
partir de los siglos XI y XIII, el término iglesia
se identifica cada vez más con sus miembros eclesiásticos, mientras que para
designar al conjunto de los fieles se recurre [al término] cristiandad (christianitas, o bien, populus christianus).”[1]
Como se puede notar en el párrafo
anterior, el concepto de iglesia fue
presa fácil de los embates del tiempo y los cambios dentro de la comunidad
cristiana, puesto que de ser un término que en sus orígenes se adaptó al culto
del cristianismo primitivo para designar a un grupo de personas con fines en
común, pasó a nombrar el inmueble donde se llevaba a cabo el culto, para
finalmente denominar a los dirigentes de la comunidad católica. De acuerdo con
los fines de este ensayo, la acepción de la palabra iglesia que nos conviene
utilizar es ésta última, ya que es ella la que define a la Iglesia como la
institución religiosa conformada por un grupo clerical que la ordena y dirige.
Otro concepto que nos conviene
aclarar es el de clero. De esta palabra tenemos que su origen se remonta al
griego bizantino κλῆρος (klêros) y por la cual debe entenderse
el conjunto de hombres que han recibido las órdenes sagradas. Aquí cabe ahondar
más en este punto, pues el mismo término de clérigo acarrea una ambigüedad que
vale la pena aclarar. Primeramente, hay que mencionar que el clero puede
dividirse de manera jerárquica. De esta manera tenemos que el clero se compone
por el llamado alto clero y bajo clero. El primero está constituido por los
grandes dignatarios de la Iglesia entre los que encontramos a los abades,
obispos, arzobispos, cardenales y papas. Por otra parte, el bajo clero está
formado por los monjes y sacerdotes. Sin embargo, hay otro tipo de clérigos que
merecen nuestra atención. Son éstos aquellos laicos que no reciben más que las
órdenes menores y la tonsura, con lo cual estos individuos obtienen el estatuto
de clérigos. Para éstos últimos el celibato no es una obligación como para
aquellos que reciben las órdenes sagradas. Esta aclaración nos parece
fundamental, puesto que nos ayudará a entender el papel que estos clérigos
laicos jugaron en la conformación de distintos grupos religiosos y su
influencia en la conformación de la institución eclesiástica católica.
Hemos mencionado en repetidas ocasiones
la palabra laico, por lo que creemos pertinente definir este término de tal
manera que el lector comprenda cabalmente muchos de los conceptos que se
presentan en este escrito. Así, tenemos que la palabra laico proviene del
griego λαϊκός (laïkós), la que designa a todo aquél
perteneciente al ‘pueblo’. Por lo tanto, para el uso eclesiástico, el laico
viene a ser todo aquél que no tiene órdenes clericales, en clara oposición al
religioso que sí las posee.
Por último,
queremos mostrar la diferencia entre el clero regular y el clero secular.
Conviene citar lo que el historiador Jérôme Baschet nos dice al respecto. Para
él, “la diferencia entre clérigos regulares y clérigos seculares es importante.
Al entrar en una orden monástica cuya Regla aceptan, los primeros eligen
la huida del mundo y el aislamiento penitencial, rindiéndose al servicio de
Dios mediante la plegaria, el estudio y, a veces, la actividad manual. En
cuanto a los segundos, que permanecen en el siglo, en medio del mundo y en
contacto con los laicos, éstos tienen como misión el cuidado de las almas […] a
través de la administración de los sacramentos y la enseñanza de la palabra
divina.”[2]
Después de
haber aclarado algunos conceptos importantes para nuestro estudio, es menester
llevar a cabo un breve recorrido por el desarrollo del monacato y las órdenes
mendicantes, de tal manera que podamos establecer cómo ayudaron al desarrollo
de la Iglesia durante la Edad Media.
En
primer lugar concentraremos nuestra atención en el monacato. De acuerdo con
autores como Ramón Teja, el monacato (también conocido como monaquismo) sienta
sus bases en los siglos IV y V. Este autor es tajante cuando afirma que “el
Monacato no nace con el Cristianismo. Es un producto tardío de éste que tiene
sus primeros balbuceos en el s. III y alcanza
un enorme desarrollo en el s. IV. Así pues el cristianismo de los primeros siglos fue un cristianismo sin
monjes y sin anacoretas, que
fueron la expresión primera del Monacato.”[3] Como
podemos ver, para Teja los orígenes del monacato se pueden fijar en el siglo
tercero dC. Con ello este investigador rebate todas aquellas posiciones que han
querido ver el origen del monacato durante los primeros años del cristianismo,
o inclusive antes. Asimismo, Teja nos presenta tres personajes como los pilares
del monaquismo primitivo: San Antonio, San Pacomio y San Basilio. Según este
autor, cada uno de ellos ejemplifica un momento distinto en la evolución del
fenómeno monacal, ya que San Antonio fue el fundador del anacoretismo, San
Pacomio del cenobitismo y San Basilio quien “habría regularizado y hecho compatibles estos fenómenos con la iglesia oficial y, por lo
tanto, el punto de partida del Monacato posterior.”[4]
Por anacoreta (del griego ἀναχωρητής anachōrētḗs) deberá entenderse “persona que
vive en lugar solitario, entregada enteramente a la
contemplación y a la penitencia.”[5] Cómo
lo mencionamos arriba, el instaurador del anacoretismo fue San Antonio. Nace
éste en el año 251 en la aldea de Queman al sur de Menfis, Egipto. Su vida se
ve rodeada de milagros y se caracteriza por un rechazo hacia las cosas
mundanas. Por este motivo pronto se granjea la admiración y el respeto de los
hombres y mujeres de su tiempo, lo cual no tardó mucho en motivar que muchos
quisieran seguir su ejemplo de vida. San Atanasio hace de él una biografía, la
cual alcanza un gran éxito y difusión, con lo que quedan fijadas las
características del anacoreta y anacoretismo. Podemos resumir estas
características como sigue: huida del mundo, vida llena de mortificaciones
físicas, abstencionismo sexual, lucha constante contra las tentaciones del
cuerpo y las recurrentes invitaciones del Diablo a pecar.
Posteriormente, se desarrolla en
Siria un tipo de ascetismo extremo que idea las maneras más extravagantes de
hacer penitencia. Entre estos nuevos anacoretas tenemos a los dendritai, quienes viven en las copas de
los árboles, a los boskoi, que viven
desnudos en los bosques, a los giróvagos
o vagabundos y a los estilitas. De
éstos últimos los personajes más importantes fueron San Simeón y San Daniel, el
primero por su disposición a atormentarse y por haberse decidido a subir a lo
alto de una columna para librarse de la fastidiosa presencia de los curiosos,
permaneciendo ahí por largos años entregado a la oración y penitencia. El
segundo se caracterizó por haber llevado el ideal estilita de San Simeón a la
ciudad de Constantinopla. Ambos se convirtieron en magnánimos ejemplos del
anacoretismo de corte estilita, lo cual originó que un gran número de
seguidores imitarán sus pasos.
El cenobitismo, por otra parte, fue
un movimiento que evolucionó del anacoretismo de San Antonio. Éste, como su
nombre lo indica, pues proviene del vocablo griego κοινόβιον koinóbion y que significa propiamente 'vida en común', hace referencia
al tipo de vida en comunidad de los anacoretas. Las reglas del cenobitismo fueron
fijadas por Pacomio, famoso personaje nacido en Egipto a finales del siglo III.
Este anacoreta reformador funda su primer cenobio o monasterio en las márgenes
del río Nilo, en el cual la vida de la comunidad se va a caracterizar por el
trabajo y la práctica de la oración. Ante la fervorosa respuesta y creciente
número de sus adeptos, Pacomio se vio obligado a fundar nuevos cenobios en la
región. Aunque no podemos decir que el monacato haya surgido exclusivamente del
anacoretismo y cenobitismo, bien vale hacer mención que fue el cenobitismo uno
de los movimientos que más aportaron al desarrollo del monaquismo posterior
gracias a las reglas que San Pacomio creó para ordenar la vida común de los
anacoretas.
Otro personaje que no podemos dejar
fuera de esta discusión es San Basilio. Hemos ya mencionado que su importancia
radica en el hecho de que es él quien hermanó los movimientos cenobíticos con
la iglesia católica oficial. Para mediados del siglo IV, Basilio se decide a
recorrer distintas regiones del Asia, entre las que se cuentan las regiones
bajo la influencia pacomiana en Egipto. Inspirado por la forma de comunidad
cuyas bases sentara San Pacomio, Basilio las reordena y las da a conocer
mediante lo que se ha llamado las Reglas de
San Basilio. Mediante estas reglas, Basilio logra restringir el individualismo,
así como limitar la excesiva libertad de los miembros de los cenobios
pacomianos. “A su vez, hizo del trabajo un elemento indispensable para el
equilibrio moral y, en especial, para el trabajo intelectual. El Monasterio
pasó con Basilio de ser un conglomerado de ascetas a constituir una verdadera
comunidad, quedando desde entonces los monjes integrados en la vida y la
actividad de la Iglesia.”[6]
No podemos dar por acabado este
pasaje sobre los orígenes del monacato sin mencionar la influencia que tuvo la
obra de San Basilio en el desarrollo del monacato oriental y occidental. Por
una parte, su regla terminó por hacerse común a lo largo de los cenobios del
imperio Romano de Oriente. Pero no sólo se difundió en esa región, pues gracias
a las diversas traducciones que se hicieron de su regla, ésta fue ampliamente
difundida a lo largo de occidente, sentando las bases del posterior desarrollo
del monacato medieval. En este sentido, cabe resaltar la importancia que tuvo
San Benito de Nursia al elaborar su regla monacal, ya que fue él quien, según
palabras de Ramón Teja, “representó en Occidente un papel similar al de S.
Basilio en la otra mitad del Imperio. Su Regla, que se inspira en gran medida
en la del obispo capadocio, refleja los mismos valores: sentido común,
equilibrio y mesura, a lo que se añade la tradición jurídica romana. En
realidad S. Basilio y S. Benito son dos de las personas que mejor representan a
la antigüedad tardía y su obra es una de los herencias de la Antigüedad que ha
llegado más vivas hasta nuestro tiempo.”[7]
Se sabe que el monaquismo desarrollado
en oriente se establece en Europa gracias a Juan Casiano. Llegado a Marsella a
principios del siglo V, será él primeramente quien busque adaptar la
experiencia de los eremitas egipcios en Occidente. Pero no será sino hasta el
siglo VI que el número de fundaciones monásticas vendrá en aumento. Como
resultado de tan inusitado interés por la vida monástica, se escriben distintas
obras que buscan regular la convivencia y conducta de los monjes. Sin duda
alguna, la Regla de San Benito viene a ser el mejor ejemplo de este esfuerzo
regulador. Sin embargo, cabe aclarar que el personaje que eleva la figura
de San Benito a niveles insospechados y que hace de su regla el elemento
más destacado del clero regular es Gregorio el Grande. Al escribir sobre la
vida de Benito en el libro segundo de sus Diálogos, Gregorio no
hace más que sentar las bases de un tipo de monaquismo que posteriormente
adoptará el nombre de benedictino. De acuerdo con Jérome Baschet, para el año
600 existen en el territorio Galo alrededor de 200 monasterios, los cuales
alcanzarán un número mayor (320) un siglo después. Este aumento y auge
paulatinos nos muestran claramente la popularidad y aceptación que inicialmente
tuvo la vida monástica en el territorio galo, popularidad y aceptación que se
extenderían a lo largo de toda la Europa medieval. Una de las
características de este periodo de auge monacal será la presencia de numerosos
monasterios en vastas extensiones de terreno rural. Con esto, el cristianismo
se asienta en los campos europeos expandiendo su influencia fuera de las
ciudades, lo que ayudó significativamente a la evangelización de los campesinos
y los bárbaros.
Para el siglo X y principios del XI, el
monacato se desarrolla considerablemente, siendo el monasterio de Cluny el
mejor ejemplo de este renovado auge monacal. Fundado en el año de 910, este monasterio
adopta la regla de san Benito como orden de vida y conducta de los monjes. Con
el tiempo, y debido a factores de importancia que determinarán el poder que
alcanzará Cluny, este monasterio se convierte en una vasta red de
establecimientos diseminados a lo largo del territorio europeo, los cuales se
encontraban sujetos a la autoridad del abad de Cluny. Además, las frecuentes
donaciones de señoríos y enormes extensiones de tierra hacen de este monasterio
uno de los más ricos e influyentes de la Alta Edad Media. El poder de Cluny se
hace visible al construirse la iglesia abacial llamada Cluny III. Consagrada en
el año de 1130, esta construcción se convierte en la iglesia más grande de
Occidente. Por lo anterior, Jérome Baschet no vacila en afirmar que "en el
siglo XI, el corazón palpitante de la cristiandad es más monástico que
secular".(Baschet, p.198).
No obstante, Cluny se desapega en
extremo de la regla eremítica al participar arduamente en los problemas de su
tiempo. Un ejemplo de ello puede verse en la intensa persecución de herejes,
judíos y musulmanes que llevaron a cabo los abades cluniacences. Como respuesta
a esta participación de Cluny en los problemas del siglo, surgen nuevos centros
monacales que se van a interesar por el regreso a la vida contemplativa y
desapegada del siglo de la que Cluny se había alejado. Así, el surgimiento de
órdenes monásticas como la de los cartujos en el año de 1084, y la de los
cistercenses en 1098, va a contradecir fuertemente el monaquismo cluniacense.
Lo anterior nos muestra con toda claridad las oscilaciones constantes que el
monacato tuvo al debatirse entre una vida alejada del mundo común y un gran
interés por la riqueza, el poder y los problemas de su tiempo. Sin embargo,
apartándonos de la exposición de casos en que grupos monásticos se alejaron
drásticamente del ideal ascético (como fue el caso de Cluny), queremos dirigir
nuestra atención a la exposición de las aportaciones con que las instituciones
monásticas ayudaron al desarrollo de la iglesia y la sociedad medieval.
En primer lugar, queremos hacer notorio
el hecho de que fueron los monjes quienes ayudaron a la conservación de la
cultura clásica. Son ellos, pues, los que se dedican a copiar las obras de los
escritores latinos de la antigüedad. Al hacer esto, su intención no es otra que
aprender y conservar las reglas del buen latín, así como preservar obras que
hacen referencia al pasado pagano de Roma y otros pueblos que estuvieron en
contacto con los romanos. Pero los monjes medievales no sólo se dedicaron a
copiar textos del pasado, sino que también se encargaron de reproducir obras
fundamentales para el dogma cristiano. Es durante el periodo carolingio cuando
los escriptoria (talleres donde los monjes copian libros) van
a ser organizados de tal manera que se mejorará la producción de libros. Por lo
tanto, los monjes no tardaron mucho en desarrollar un tipo de
caligrafía llamada "miniatura carolina", así como la separación de
las palabras y las oraciones mediante espacios y signos de
puntuación, lo cual facilitó en mucho la lectura de los textos contenidos en
los libros, los que, a su vez, ganaron manejabilidad y legibilidad.
De igual manera, los monjes jugaron un
papel importante en la difusión del latín y sus reglas mediante la enseñanza de
la gramática y la retórica. Con la Admonitio Generalis del año
789, Carlo Magno impone la obligación a todo monasterio de tener un centro de
estudios. De este modo, al restaurarse la lengua latina como herramienta para
la interpretación de los textos bíblicos y la comprensión del pensamiento
cristiano, las escuelas monacales juegan un papel decisivo en la conservación y
difusión del latín y de los textos escritos por los grandes pensadores
cristianos de la antigüedad. Pero no sólo con su trabajo como copistas y docentes
ayudaron al robustecimiento del cristianismo, ya que el papel que jugaron como
traductores de sermones a lenguas vulgares fue crucial, logrando de esta manera
acercar el dogma católico a un gran número de fieles que no comprendían el
latín.
Como hemos visto, el monacato cristiano
pasó por distintas etapas que lo llevaron a erigirse en una institución de gran
importancia e influencia en la vida religiosa, cultural y social durante la
edad Media. Con los años dejó de ser un simple conjunto de laicos que
perseguían una vida ascética en franca comunión con Dios para convertirse en
una institución educadora y de difusión del cristianismo mediante el estudio,
reproducción y traducción de textos religiosos de distinta índole. Empero, aún
y con todo el mérito que pudieran tener como los grandes difusores del latín y
la cultura clásica, no fueron los monjes precisamente religiosos encargados de
predicar la fe a las grandes masas iletradas del medioevo. En este sentido,
cabe ahora acercarnos al análisis de los grandes predicadores de la iglesia
católica medieval, pues sin temor a equivocarnos podemos decir que son las
órdenes mendicantes de la Baja Edad media quienes sin exageraciones pueden
ostentar este título.
Sin dudad alguna, una de las órdenes
mendicantes que puede ser considerada como un verdadero ejército al servicio de
Dios es la orden de los frailes franciscanos. Fundada por el italiano Francisco
de Asís, fue en sus orígenes una comunidad de laicos dedicados a la obra
misionera y a la predicación del evangelio en distintas partes de Italia,
y más tarde de Europa y África. Pero antes de continuar con nuestra exposición,
creemos necesario aclarar al lector las palabras monje y fraile, dando pauta
con ello al establecimiento de las diferencias fundamentales entre el monacato
y las órdenes mendicantes. Primeramente, para el medievalista español José
Ángel García de Cortázar, “el monje es la persona que se retira del mundo para
avanzar en soledad en la vida espiritual.”[8] Así
mismo, este autor nos dice que el vocablo monje proviene de la palabra griega monos, la cual significa solo. Por otra parte, la palabra fraile
marca la clara oposición que Francisco de Asís buscaba mostrar con respecto a
los monjes, pues él, según palabras de Jaques Le Goff, “no quería ser un monje,
ya que estaba en medio de los hombres”.[9] De
igual manera, Le Goff nos informa que “su ideal de uniformidad e igualdad, por
una parte, y de amor por otra, le llevó a la adopción del término hermano para designarse a sí mismo y a
sus compañeros. Lo que después sería su orden, fue concebida como una fraternitas.”[10]
Cabe aclarar que el término que usó Francisco fue el vocablo italiano fratello (hermano), el cual a su vez
deriva del latín frater. Tenemos
entonces que la palabra fraile deriva a su vez de estos vocablos. Con lo
anterior hemos buscado mostrar al lector la clara oposición que van a conllevar
los términos monje y fraile, ya que mientras el primero nos remite a la idea de
un religioso que, en el mejor de los casos, lleva una vida aislada de oración y
trabajo, el segundo alude a un religioso que convive con los hombres de su
tiempo. Esto es fundamental, puesto que no sólo va a determinar que
consideremos al monje y al fraile como dos tipos de religiosos que difieren
entre sí, sino que también nos va a ayudar a establecer las diferencias
contextuales entre un monasterio y un convento. Así, el monasterio, como ya lo
hemos mencionado con anterioridad, va a ubicarse en lugares desolados y apartados.
Por el contrario, el convento va a estar situado dentro de las cada vez más
numerosas y bulliciosas ciudades medievales.
Para Jéromê Baschet, la creación de las
órdenes mendicantes viene a significar uno de los acontecimientos eclesiásticos
más notables ocurridos entre los siglos XI y XIII. Tomemos como base la orden
de los franciscanos para discernir el alcance e influencia que tuvieron estos
frailes en el desarrollo de la iglesia, la cultura y la sociedad feudales. Nacido
en 1181 o 1182, Francisco pertenece a una familia de mercaderes acomodados. Al
crecer, abraza el deseo de convertirse en caballero y dedicarse a la carrera de
las armas. Sin embargo, luego de un par de intentos fallidos para lograr sus
aspiraciones, el joven Francisco decide renunciar a la fama y la gloria que la
milicia pudiera otorgarle, y dedicarse a una vida basada en la humildad y la
predicación del evangelio. No pasará mucho tiempo para que Francisco se
convierta en una figura de gran importancia, pues no serán pocos aquellos que
decidan seguir la misma vida de pobreza y penitencia de aquel hombre en pocos
años después será convertido en santo. Poco más tarde, el número de discípulos es
tal que la congregación de hermanos franciscanos tendrá que constituirse en una
orden religiosa de laicos.
Otra orden de gran importancia y cuya fecha
de aprobación no dista demasiado de aquella de los franciscanos (1223) fue la
de los dominicos. Fundada por Domingo de Guzmán y aprobada en 1217, esta orden
se caracterizó por considerar el estudio, la penitencia y la predicación como
herramientas fundamentales para la lucha contra los herejes. A pesar de la
cercanía temporal de la creación de ambas órdenes, encontramos que sus fines
divergen drásticamente desde un principio. Por un lado, los franciscanos
estaban fuertemente interesados por la predicación del evangelio mediante la
palabra y el ejemplo. Por otra parte, los dominicos se enfocaban en la lucha
contra la herejía y la persecución de los enemigos de la Iglesia. Ambas órdenes
tuvieron un éxito inmediato, lo cual aumentó extraordinariamente su aceptación
y número de seguidores. Otras órdenes también surgen en los años siguientes. Así
tenemos que la orden de los carmelitas fue aprobada en 1226, mientras que la de
los ermitaños de San Agustín fue creada treinta años después.
Estas órdenes, que originalmente reciben
el apelativo de mendicantes por su desapego de los bienes materiales y su
disposición a vivir de las limosnas, tuvieron una enorme influencia en el
desarrollo de la iglesia medieval. Pero no sólo podemos hablar de su
influencia, sino que al tratar de estas órdenes mendicantes no podemos dejar de
lado las aportaciones que hicieron al mundo de la Edad Media. Entre estas
contribuciones encontramos la que tal vez sea la más importante y la que mejor caracterizó
a estos grupos religiosos: la predicación. Es importante recordar que aun
cuando los frailes siguen las reglas ascéticas heredadas del monacato, éstos se
distinguen de los monjes por el hecho de vivir en medio de los fieles. Su
lógica de acción va a centrarse en los medios urbanos, hecho que los va a
situar en constante relación con los hombres y mujeres de su tiempo al igual
que con todos los problemas físicos, morales y espirituales que puedan tener.
Los frailes mendicantes también van a
ejercer una fuerte influencia en la educación de la época. Hacia 1230 existe
una gran cantidad de frailes mendicantes en las universidades recién creadas,
llegando a monopolizar las cátedras de teología más importantes. Pero en donde
los frailes van a destacar de manera absoluta será en la predicación a los
fieles. Éstos hacen de la predicación una verdadera profesión, pues acercan las
enseñanzas del evangelio a todos los habitantes de una población. Es por ello
que uno de sus instrumentos predilectos para la predicación será la plaza
pública, lugar en donde se llevaban a cabo sermones que eran verdaderas obras
de arte de la palabra hablada. El uso de los exempla (pequeñas historias con alguna enseñanza moral) se vuelve
fundamental para hacer de la predicación evangélica un medio entretenido y
eficaz para acercar la religión a los fieles y a los herejes sin la utilización
de la fuerza y la violencia.
En el terreno lingüístico, los
frailes franciscanos “representaron un progreso hacia el habla vulgar”.[11]
Como es de pensarse, el latín era para ese entonces una lengua culta. Por lo
tanto, si los frailes querían hacer llegar las enseñanzas de Cristo al pueblo,
que en su mayoría era inculto y no sabía ni leer ni escribir, se tenía que
hablar a los fieles en su lengua materna.
Todo el aprendizaje logrado durante la
obra misional va a ser de gran ayuda a las órdenes mendicantes a la hora de
ensanchar su campo de acción. Por ello, no debe extrañarnos que los primeros en
llegar a la Nueva España hayan sido los frailes de las órdenes de San Francisco
y Santo Domingo. No han sido pocos los autores que nos han hablado de una
herencia medieval en México al hacer referencia a las instituciones políticas,
religiosas y artísticas traídas a México por los españoles en los albores del siglo
XVI. Uno de los primeros autores mexicanos en llamar la atención sobre este
hecho fue el historiador de arte Manuel Toussaint. En su libro, Arte Colonial
en México, este autor nos dice que “la gran arquitectura conventual de mediados
del siglo [XVI], quizás debiera clasificarse como una supervivencia medieval;
puede decirse que estos grandes templos y conventos fortificados vienen a ser
como la última expresión de la Edad Media en el mundo.”[12]
El historiador Luis Weckmann concibió un
estudio que tituló La herencia medieval
de México. En este libro, Weckmann busca “mostrar la importancia de esa
herencia que se manifestó en las concepciones geográficas, las ideas sobre los
seres extraordinarios, la mentalidad caballeresca y señorial de los primeros
conquistadores, los referentes históricos y mentales a los que acudían los
europeos para explicarse la realidad americana, las experiencias místicas, los
aspectos económicos [y] la organización de las primeras huestes conquistadoras.”[13]
Pero en dónde creemos que mejor se puede ver la influencia (para no hablar de
herencia) de las instituciones medievales como el monacato y las órdenes mendicantes,
es en los métodos de evangelización. Entre éstos, la predicación en la lengua
de los neo conversos va a jugar un papel crucial. Así, es de notar que la obra
misionera de los frailes mendicantes de la baja Edad Media europea va a
encontrar cabida años después en un contexto enteramente distinto al que
enfrentaron los primeros frailes mendicantes. Sin embargo, no debemos olvidar
que el monacato también ejerció cierta influencia a través de los frailes, pues
son éstos últimos los que continuarán la tradición de traducir sermones y obras
religiosas de distinto tipo a las lenguas indígenas de los nuevos fieles.
Al haber expuesto esta última cuestión
sobre la evangelización de México no buscamos entrar en una discusión larga y problemática
que dilataría considerablemente la extensión de este escrito, ya que nuestra
intención sólo fue hacer notar la importancia que tuvieron el monacato y las
órdenes mendicantes como una continuación ininterrumpida de características que
fueron surgiendo, cambiando y ajustándose a nuevos contextos y momentos
históricos. Por tal motivo, creemos que para concluir con este pequeño estudio
sería conveniente exponer ciertas conclusiones con respecto al tema que nos ha
llevado a su creación.
En primer lugar, quisiéramos destacar la
importancia que tuvo el monacato en la conservación de la lengua y la cultura
clásicas, puesto que sin su labor muchas de las obras que dieron pie al
posterior surgimiento del Renacimiento no hubieran existido. Además, cabe
mencionar que aunque el monacato tuvo como misión exclusiva la de proveer a los
hombres de un lugar para el aislamiento y la penitencia, tuvo también la
función de acercar el cristianismo a las zonas rurales en donde, en muchos casos,
había fuerte presencia de prácticas paganas. Así mismo, fue el monacato la
fuente donde abrevaron posteriormente las órdenes mendicantes para una mejor
organización política de los religiosos, así como ciertos métodos de
evangelización como la traducción de textos a las lenguas vernáculas de los
fieles.
En segundo lugar, queremos mencionar que
las órdenes mendicantes fortalecieron la difusión del catolicismo en un momento
en que la iglesia y el monacato se habían debilitado considerablemente. Y es de
resaltar cómo estos religiosos supieron entender los problemas de su tiempo, al
igual que los cambios que se venían dando en la sociedad feudal de esa época,
pues no fue casualidad que hayan elegido la ciudad como su campo de acción en
un momento en que la urbanización alcanzaba un desarrollo notable.
Por último, queremos hacer notar como
ambas instituciones contribuyeron grandemente al fortalecimiento de la iglesia
como institución dominante de la Edad Media. Mas no sólo en el aspecto
religioso de dejó ver su influencia, ya que la vida social y cultural también se
vio afectada de distintas maneras por la presencia tan imponente que tuvieron.
En este recuento de aportaciones, no sale sobrando agregar que la presencia de
esas instituciones se dejó sentir con fuerza en el devenir de la historia de
nuestro país. Y aunque autores como Baschet nos inviten a ser cautos con el concepto
de herencia medieval de México, creemos que en muchos aspectos nuestro país
recibió el legado de uno de los momentos más interesantes, pero también peor
entendidos, de la historia de la humanidad.
Referencias.
Baschet,
J. (2009). La civilización feudal, Europa
del año mil a la colonización de América. México: Fondo de Cultura
Económica.
García
de Cortázar, J.A. (2012). Historia
religiosa del occidente medieval (años 313 - 1464). Madrid: Akal.
Le
Goff, J. (2003). San Francisco de Asís.
Madrid: Akal.
Ríos
Saloma, M., F. Los estudios medievales en México: balance y perspectivas,
consultado en http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/boletin/pdf/bol84/bol8401.pdf
el 10 de julio de 2016.
Toussaint,
M. (1974). Arte colonial en México.
México: Porrúa.
Teja,
R. Los orígenes del monacato (siglos
IV-V), consultado en http://www.romanicodigital.com/documentos_web/documentos/C1_RamTeja.pdf
el 8 de junio de 2016.
[1]
Jérôme Baschet, la civilización feudal, Europa del año mil a la colonización de
América, Fondo de Cultura Económica, México, 2009, pp. 176, 177.
[2] Idem. p. 179.
[3]
Ramón Teja, los orígenes del monacato (siglos IV-V), p.16, consultado en http://www.romanicodigital.com/documentos_web/documentos/C1_RamTeja.pdf
el 8 de junio de 2016.
[4] Idem. p. 19.
[5]
Diccionario de la Real Academia Española, versión en internet, consultado en http://dle.rae.es/?id=2UGyYON el 8 de
junio de 2016.
[6]
Idem. p. 29.
[7]
Idem. p. 30.
[8]
José Ángel García de Cortázar, Historia religiosa del occidente medieval (años
313 - 1464), Madrid, Editorial Akal,
[9]
Jacques Le Goff, San Francisco de Asís, Madrid, Editorial Akal, 2003, p. 126.
[10] Idem. pp. 126, 127.
[11]
Le Goff, p. 75.
[12]
Manuel Toussaint, Arte colonial en México, México, Editorial Porrúa. 1974, p.
39.
[13] Martín
F. Ríos Saloma, Los estudios medievales en México: balance y perspectivas,
consultado en http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/boletin/pdf/bol84/bol8401.pdf
el 10 de julio de 2016.