MARTÍN CARRILLO IBÁÑEZ.
MEXISTORÍA CONSULTORÍA ANTROPOLÓGICA ®
Una Breve Reseña
Histórica Sobre
una Letra Muda.
T
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al vez al
lector le parezca raro que el que esto escribe le cuente, a grandes rasgos, uno
de los episodios más recurrentes en sus clases de redacción en español. ¿Qué
tendría de original traer a colación una situación que tal vez muchos de mis
colegas ya han vivido y que de tanto enfrentarse a ella hayan finalmente tirado
la toalla y optado más por un silencio condescendiente que por una elocuencia
edificante? No es poco común escuchar en estos días, según mi parecer, alumnos
enfadados con la ortografía que abogan por esa jubilación de sus reglas que ya
tanto ha criticado el buen juicio de Alex Grijelmo[1].
Es éste el asunto que quiero discutir el día de hoy, pues me parece de suma
importancia.
He tenido ya varias veces la oportunidad de adentrarme en las delicias
de la observación participante, útil herramienta del antropólogo social, y
darme cuenta de una situación recurrente en ciertos sectores de nuestra
sociedad que aún muestran algún interés por hablar sobre su idioma, aunque sea
sólo para quejarse. He puesto atención al tema y he participado con ardor en
las querellas que ha originado algún alumno quejumbroso que ha pasado los
últimos 15 años de su vida usando el diccionario sólo para nivelar la pata de
algún librero, que por viejo e inútil, terminará tirando a la basura.
-Profesor, ¿por qué no escribir todo lo que se pronuncia con /k/ con
una misma letra? ¿Para qué complicarle la vida al alumno con la odiosa
ortografía?-
A veces los alumnos realizan preguntas tan complejas como aquél que se
preguntó algún día si la gallina fue antes que el huevo o viceversa. Ante tales
cuestiones muchos han optado por la vía más fácil y segura: el silencio. Sin
embargo, creo que el silencio en estos casos sólo muestra y fomenta la
ignorancia del educador y el educando, razón por la cual, al no recibir
respuesta, el alumno seguirá pensando que resulta fácil alterar la ortografía
aceptada para palabras que poseen un mismo sonido, e.g., /k/, dense por ejemplo
las palabras de origen latino como casa, cuerpo o capaz, escribiéndolas
arbitrariamente como kasa, kuerpo, kapaz, a lo que se dice que obrando de esta
manera muchos problemas se evitarían si, por ejemplo, empezáramos a escribir
todas esas palabras con una letra afín que represente el mismo sonido presente
en cada una de ellas.
¡Qué belleza más sublime! dirían algunos helenistas faltos de
escrúpulos y amor por la historia al ver tal halago a la letra kappa. No
obstante, creemos que el gran satírico romano Décimo Junio Juvenal[2]
desaprobaría por completo tal acción, y con toda gana y paciencia volvería de
su tumba para escribirnos alguna otra sátira sabrosa e inmortal en contra de
estos falsos helenistas.
¿Pero qué de correcto hay en el hecho de alterar la ortografía de
estas palabras, anulando la letra latina C y sustituyéndola por su homófona griega
K? Es éste el meollo del asunto. Indudablemente sería mucho más fácil (sólo en
apariencia) hacer estas sustituciones tan en boga en nuestros días. Y así mismo
podríamos hacer lo propio para el sonido /s/ en palabras como cielo, zapato,
zoológico, sustituyendo esa variación de letras por una sola letra que
represente el sonido /s/ (sielo, sapato, soológico) para la pronunciación usada
en nuestro país (México).
Creemos, en el caso de la letra k, que esto no sólo tiene que ver con
un gusto por lo griego o con un inusitado desprecio hacia nuestra herencia
latina, porque a veces, los que así obran, no saben nada de los griegos ni de
los latinos. Mas si hemos de culpar a alguien, creo yo que debemos achacar la
culpa al desinterés y falta de amor por la lectura y la historia de la lengua
que hablamos, porque al hacer sustituciones tan arbitrarias atentamos no sólo
contra la ortografía aceptada para cada una de las palabras que conforman
nuestra lengua (sean palabras pertenecientes al español o préstamos procedentes
de alguna otra lengua), sino que también atentamos contra el origen de las
palabras y su historia.
Toda palabra tiene un origen y una función, y cada letra que conforma
una palabra tiene una razón de ser y de estar. Si para algunos resulta fácil
sustituir letras en las palabras, como ya lo mencionamos con anterioridad, para
otros es todavía más sencillo omitir ciertas letras que consideran “inútiles” o
“sin sentido”, o que inclusive han llamado “mudas”.
Recuerdos vagos de mi instrucción elemental me dicen que desde hace ya
varios años la letra H ha sido considerada como “muda” por no pronunciarse en
español. Sin embargo, por el simple
hecho de que una letra no se pronuncie dentro de una palabra, no puede decirse
que tal o cual letra sea inútil o innecesaria. La presencia de la letra H en
el español obedece a varias razones que van desde un punto de vista
etimológico, es decir, del origen mismo de su presencia en nuestras palabras,
hasta la función de reforzar diptongos, entre otras.
¿Pero cómo llega la letra H a perder su voz a través de los años? ¿Por
qué es importante seguirla escribiendo aunque no se pronuncie? Para responder
estas preguntas tomaré como ejemplo una de las más grandes palabras que ha
podido crear el ser humano: la palabra HISTORIA.
Décimo Junio Juvenal, escritor romano, nos legó una de las líneas más
elocuentes dentro de sus sátiras, la cual dice: “Semper ego auditor tantum?”
(¿Acaso he de ser siempre el que escucha?) Y con esta pregunta da inicio a la
obra literaria que lo hizo inmortal. Luego entonces nos podemos preguntar:
¿Cómo enmudecer estando presentes? Esto aplica de igual manera tanto para los
seres humanos como para las letras que conforman cada una de las palabras del
idioma que usa para comunicar sus ideas, sentimientos y sueños. Así la letra H
está presente en varias palabras, y aunque muchos la tachen de muda, en
realidad tiene mucho que contarnos si nos interesamos un poco en conocer su
historia.
Tomemos como punto de referencia el alfabeto griego, haciendo a un
lado datos anteriores sobre el origen de la escritura y a la vez del alfabeto
griego en sí. Baste decir que el momento en que nos posicionamos es aquel en
que la cultura griega ya ha pasado por la escritura de derecha a izquierda, la
escritura bustrofedón, y ya ha implementado también el uso de las letras
minúsculas y ha optado por una escritura que arranque en el lado izquierdo y
termine en el derecho, acontecimiento que sin lugar a dudas marcó la diferencia
entre la escritura semítica y la occidental, de la cual somos herederos
directos.
Es Herodoto quien usa la palabra historia en un sentido del que deriva
el actual, al realizar investigaciones sobre las guerras Médicas. Tenemos
entonces que la palabra en griego es ἱστορία
(pronúnciese jistoría), la cual posee en su
representación gráfica ese signo que los helenistas se han dado en llamar
espíritu áspero ( ̔ ). Este espíritu áspero viene a representar una aspiración
antes de una vocal y que de acuerdo al alfabeto fonético internacional debemos
transcribir de la siguiente manera: /h/. Dicho símbolo fonético representa el
sonido que daríamos a la letra j en México. Ahora bien, de acuerdo a esto
tenemos entonces que la palabra Historia en latín proviene directamente de la
palabra griega ἱστορία, la cual, como
hemos ya mencionado, es una hermosa y trascendental creación griega. Sin
embargo, al pasar esta palabra al latín culto el espíritu áspero viene a ser
representado gráficamente por medio de una letra griega: la letra H (eta), o
para hacerlo más comprensible, una letra que nosotros en la actualidad
pronunciaríamos como una e.
Nos reservamos para otro estudio el hablar sobre el proceso
mediante el cual se dio el cambio y la causa de éste, no obstante, es palpable
que la palabra Historia en latín es exactamente la misma que nosotros conocemos
en nuestro español actual. Mas es indispensable aclarar al lector que de
acuerdo a lo que nos señala Xavier Gómez Robledo en su célebre texto “Cómo se
pronunciaba el latín en los siglos clásicos”, la letra H no había perdido su
aspiración, por el contrario, ya existía una notoria diferencia en la manera en
la que la gente “educada” pronunciaba la letra H con respecto a aquellos que
hablaban un latín perteneciente al pueblo. Para poder comprender este hecho más
cabalmente, es menester recordar que la pronunciación de muchas palabras, en
especial las que provenían directamente del griego, debían ser pronunciadas “a
la griega”, lo cual denotaba la alta cultura e incomparable buena educación de
quien así pronunciaba. Más no todos se mostraban amantes del griego en aquellas
épocas, pues no debemos pasar por alto lo que el ya memorado Juvenal pensaba de
las mujeres que adoraban esta lengua: “Omnia graece, cum sit turpe magis
nostris nescire latine”[3]
(Todo en griego, cuando es más vergonzoso para nuestras mujeres no saber latín,
frase que bien pudiera aplicarse en la actualidad a aquellos que han
desarrollado un gusto excesivo por el inglés y que se han olvidado de su
español). Tal vez a causa de lo anterior, se nos dice, o tal vez a causa de
otras cosas, aquellos que no aspiraban
la H, simplemente dejaron de pronunciarla.
Tenemos así que en el español no pronunciamos la H, situación
que se repite en la palabra Histoire del francés e Historia del portugués, mas
no así en Istorie del rumano o Storia del italiano. Como puede observarse, en
estos últimos dos casos la letra H no sólo dejó de pronunciarse, sino que
desapareció por completo. Caso similar pasa con la palabra Homo, la cual da
origen a Hombre en español, Homme en francés, Homem en portugués, y uomo en
italiano.
Nos reservamos un estudio más detallado para explicar las
causas que originaron la perdida de la H en las palabras antes mencionadas en
lenguas como el rumano o el italiano, pero lo que sí es de notar en este
escrito es que en contraste con estas palabras pertenecientes a lenguas
romances descendientes del latín vulgar que sufrieron una pérdida del sonido
del espíritu áspero, o de éste y la representación de la H, hay una lengua
germana en donde no sólo la forma gráfica latina del espíritu áspero se
mantuvo, sino también su pronunciación. Sea tomado como ejemplo el vocablo
History del inglés, lengua que no sólo ocupó dicho vocablo lo más cercano a la
forma y pronunciación del latín culto y helenizado, sino que también adoptó la
palabra Story, semejante a esa que actualmente se usa en italiano pero con un
sentido distinto al de History.
Con todo lo anterior no intento decir que debemos adoptar una
pronunciación clásica helenizada en palabras como Historia u hombre (jistoria /
jombre) ni que debamos hacer una diferencia semántica al usar las palabras
Historia y Storia como en el inglés; no, mi postura es aquella que busca sólo
dar a notar la importancia de no enmudecer la Historia de nuestra lengua al
borrar letras de manera arbitraria sólo porque muchas veces pensamos que nos
estorban, siendo que más estorba al intelecto la pereza disléxica de no querer
aprender que Historia se escribe con H al igual que Hombre, y que el Hombre que
se aparta de su Historia se pierde a sí mismo, así como apartar la H a sus
palabras por el simple hecho de pensar que es “muda” enmudecerá para siempre la
larga trayectoria cultural de los miles de Hombres que le antecedieron y le
dieron forma a la lengua que habla actualmente.
BIBLIOGRAFÍA.
Décimo Junio Juvenal (1974). Sátiras.
Traducción y comentarios por el doctor Roberto Heredia Correa. UNAM. México.
Gómez Robledo, Xavier. (1952). Cómo se pronunciaba
el latín en los siglos clásicos. Editorial Jus.
Grijelmo, Alex. (2011). Defensa apasionada del
idioma español. Editorial Taurus. México.
[2] Escritor romano del
siglo II D.C., autor de un número considerable de sátiras, textos de crítica
social, y en donde encontramos una de las frases más famosas en la actualidad: “mente
sana en cuerpo sano”.
[3] Para este artículo se
consultó la edición de las sátiras de Juvenal a cargo del doctor Roberto
Heredia Correa, publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México. Así
mismo, las traducciones de las frases empleadas pertenecen al doctor Heredia.